Cierto que tenemos libertad para descaminarnos, aunque también lo es que el Señor nos busca, y emplea los lazos de su amor para que volvamos, como si tuviese un hilo invisible por el que estamos unidos. Y si queremos alejarnos, nos los permite, pero cuando llega el tiempo propicio –y nosotros le dejamos actuar, va enrollando el carrete de su enorme caña de pescar y poco a poco nos atrae hacia sí.
Nuestra persona se compone indudablemente de nuestro yo, pero también de las relaciones que tenemos con los otros y con el medio en el que vivimos. Somos hijos de nuestros padres y también de nuestro tiempo, de nuestro país, de la cultura occidental u oriental.
Según nos cuenta el evangelio de san Mateo (7, 15), decía Jesús en su predicación: «Cuidado con los profetas falsos; se acercancon piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces».
No es extraño que Jesús en las parábolas hable del amor humano. Pues también el resto de la Sagrada Escritura emplea ese mismo lenguaje, desde el primer libro de la Biblia hasta el último.
Dios que nos quiere por Él es bueno. Es nuestro Padre adoptivo y mira nuestra inutilidad y si la reconocemos nos da su ayuda: la más importante es la Caridad, el Amor Santo.
En la parábola del fariseo y el publicano; Jesús nos relata la oración de dos personas que van a rezar, aunque lo hacen de modo muy diferente (cf. Lc 18, 9-14). Sin embargo es una historia de dos personas que tienen fe.
Es en el silencio donde podemos escuchar su voz, que rara vez habla con palabras sino sub-rayando nuestros pensamientos, pues en ellos suele estar él, si nos dan la paz.
El Señor lo llamó mientras remendaba redes, también a otras personas el Señor llamó cuando remendaban redes, como a ti y a mí, nos llama cuando estamos aquí intentando que nuestra vida interior sea fuerte para que en el trabajo no se nos rompan, no perdamos los nervios.