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Orar con GPS · Jul 28, 2026

Entre el buen trigo

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Este contenido se genera a partir de la locución del audio por lo que puede contener errores.

Dios nos envía la semilla de Su Palabra de muchas formas.

Desde luego, los cristianos oímos la voz del Señor en la principal de nuestras celebraciones, en la misa, en la que asistimos a la liturgia de la Palabra.

También cuando individualmente leemos las Sagradas Escrituras, de alguna forma Él nos habla, sobre todo si meditamos esos textos en la oración.

Es en el silencio donde podemos escuchar Su voz, que rara vez habla con palabras, sino subrayando nuestros pensamientos, pues en ello suele estar Él, si nos da paz, la semilla.

También en la conversación con los demás hay frases que nos guiaran interiormente como si fueran aldabonazos, llamadas que Dios nos hace a través de otras personas, leyendo un libro, viendo una película, mientras ordenamos la habitación o nos arreglamos.

El Señor, a través de Su ángel, nos envía mensajes, de los que seremos más fácilmente conscientes si reservamos diariamente un rato para meditar.

Eso puede costarnos, porque en nuestra alma, como en un lago, solo se refleja el cielo si el agua no está removida.

Pero el mismo hecho de estar a solas con Dios ya nos apacigua.

De todas formas, la palabra que escuchamos no se siembra en nuestro interior sin esfuerzo, ni da fruto sin sufrimiento.

Ya San Pablo habla de dolores de palo.

Tratándose esta siembra de una labor costosa, hemos de considerar, en primer lugar, la tierra donde se da el fruto, después la cizaña que aparece y, desde luego, el sueño inoportuno de los hombres y, por último, la impaciencia de esos que colaboran con Dios.

La tierra, como la palabra de Dios que cae en buena tierra, siempre da fruto.

Esta es, precisamente, la misión que tenemos confiadas nosotros, los cristianos, preparar el corazón para que sea un lugar adecuado para la siembra de Dios.

Hay gente que no escucha al Señor a causa de sus caprichos, de los agobios y de la superficialidad.

La tierra de nuestro corazón puede estar llena de piedras, que son los caprichos interiores que hacen que no arraigue la palabra de Dios.

Se irá a nuestro aire y no atender al que nos llega del otro con mayúscula.

También están las zarzas de las preocupaciones excesivas, esos agobios que ahogan la semilla porque nos quitan la paz.

Y la superficialidad por la que nuestro corazón se ha convertido en un lugar de paso, un camino que puede transitar cualquier idea.

La cizaña.

No solo nuestra tierra tiene que estar preparada, sino que debemos estar alerta para que no arraigue la cizaña que siembran nuestros enemigos, sospechas con respecto a los demás que nos llevan a prejuicios, a peligrosos desastres.

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