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Orar con GPS · Jul 30, 2026

El fariseo y el publicano

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Este contenido se genera a partir de la locución del audio por lo que puede contener errores.

En la parábola del fariseo y el publicano, Jesús nos relata la oración de dos personas que van a rezar, aunque lo hacen de un modo muy diferente.

Sin embargo, es una historia de dos personas que tienen fe, la oración de dos hombres.

Como le ocurrió a los ángeles, también los hombres deben decidir entre la soberbia de creerse superiores o la humildad de aquellos que están en la realidad.

La batalla que se libró en el cielo ahora se libra en nuestro corazón.

Esa lucha entre el orgullo y la verdad se da en todos los ámbitos de nuestra vida, sobre todo en el trato con los demás y también con Dios.

Parece que cada uno de nosotros heredamos genéticamente el egocentrismo, como si por defecto lajesimos de fábrica la idea de que somos el ombligo del universo.

Esa es la percepción que se puede tener al mirar a la derecha, a la izquierda, arriba y abajo.

Somos el centro, el centro, sí, el universo.

No extraña la actitud del fariseo de la parábola al vanagloriarse de sus muchas virtudes.

Y precisamente por eso le habla a Dios tan solo de sí mismo.

Piensa que así le ha dado.

Esto es lo que el Papa Francisco llama autoreferencialidad.

No es cierto que seamos en nuestro entorno el sol que da luz a los demás seres, como pensaría Lucifer.

Lo malo que una persona así puede que esté convencida de que los demás son egoístas, por la sencilla razón de que no piensan en ella.

En su imaginación se ven ya en la cumbre más alta del Nepal, entronizados en un altar de purpurina, como un dios, grande y gordo, con su ego.

La realidad es otra. Dependemos de Dios y de los demás.

El publicano, en cambio, conoce sus pecados, sabe que no puede presumir de nada, consciente de sus faltas, pide ayuda a Dios.

No es una persona de las llamadas religiosas.

Está unida al Señor con la principal ligazón, la verdad.

Porque si hacemos bien la oración, nos damos cuenta de que estamos en deuda con Dios.

Y así, con mucha verdad, le podemos llamar Señor.

Gracias a Él somos lo que somos.

No podemos valernos sin Él.

Con esa conciencia comenzamos a hablarle, pero mediante la oración terminamos conseando amigo.

Dice el poeta, Encontré a Dios en los atardeceres, en los pájaros, en el rumor del agua.

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