Las palabras no trenzan cuerdas
La frontera interpersonal, tan sana en la teoría, se volvió muro perimetral: nadie entra, nadie molesta, nadie salva, si se me permite usar ese verbo.
Columnas, podcasts y reflexiones para sentir, pensar y seguir caminando. Un boletín para hacer una pausa y permitirse vivir con otros ojos.
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La frontera interpersonal, tan sana en la teoría, se volvió muro perimetral: nadie entra, nadie molesta, nadie salva, si se me permite usar ese verbo.

Con la adversidad política hemos perdido esa precisión. Existe el que piensa igual que yo, y existe el enemigo.
No se trata de idealizar: la idealización deja de mirar porque ya decidió lo que quiere ver. La admiración auténtica sigue observando. Sigue aprendiendo. Sigue corrigiéndose y, tal vez, por eso dura.
Hemos perfeccionado el vicio de estar presentes con los ausentes y ausentes con los presentes.

Para nosotros la palabra huele a pereza, a tiempo muerto, a culpa acumulándose en los rincones del domingo. Para ellos era otra geografía del tiempo.
Decir que algo implica sacrificio parece, en muchos contextos, una advertencia: cuidado, ahí no es. Sin embargo, pocas cosas han sido tan mal entendidas.
La pregunta que no hemos querido hacer es brutal: si el placer verdadero es tan simple, ¿por qué somos tan incapaces de reconocerlo cuando lo tenemos?

La inteligencia artificial conoce y conoce extraordinariamente bien. ¡Pero no piensa!
Hemos convertido el medio en propósito y luego nos preguntamos por qué, incluso teniendo más, sentimos que algo falta.
Antes de convertirse en catálogo de rostros simétricos y pieles editadas, la estética era o es la reflexión sobre cómo sentimos el mundo, cómo lo experimentamos a través de los sentidos.