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De la columna a la cabeza… y al corazón · Jun 1, 2026

¡Paremos la obsesión por ser multitarea!

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Luis Felipe Molina R. · De la columna a la cabeza… y al corazón

Por siete años de mi vida hice radio. No solo presentaba y locutaba noticias, sino que coordinaba el guion y era también el máster técnico.

Básicamente, eran cinco roles profesionales en uno. Desarrollé muchas habilidades: la improvisación, la calma en medio de tormentas periodísticas y una muy particular: leer una cosa mientras escribía otra. No sé si eso debería ir en la hoja de vida o en la historia clínica, pero durante mucho tiempo lo presenté como una virtud.

A muchas personas les decía que era un hombre multitasking. Esa habilidad tan apetecida, tan celebrada, tan útil para parecer eficiente en un mundo que confunde la velocidad con la inteligencia y la disponibilidad con el compromiso.

Sin embargo, con el paso de los años, he llegado a pensar que esa fue una de las prácticas más destructoras que incorporé a mi salud mental. No porque la radio no me haya dado oficio, reflejos y criterio, sino porque también entrenó a mi cabeza para vivir partida en varias direcciones al mismo tiempo, en una espiral de ansiedad y pérdida de atención que aún hoy trato de contener.

Por ser multitarea terminé quemado. Sufrí un síndrome de burnout que me incapacitó 50 días hace unos años. ¡50 días! Fue un antes y un después de mi vida y, desde entonces, he ido buscando desmontar esa idea de hiperproductividad que durante tanto tiempo confundí con talento, carácter y compromiso.

Apenas en 2026, gracias al acompañamiento psicoterapéutico de María Leonor Velásquez, voy lográndolo de manera más consciente. Sin embargo, lo que más me inquieta no es solo mi caso, sino la facilidad con la que una cultura entera puede celebrar aquello que enferma.

Nos enseñaron a llamar capacidad a la fragmentación, eficiencia a la dispersión y entrega a la imposibilidad de apagar la mente. La distracción dejó de ser un accidente y empezó a parecer una credencial de época, como si la atención plena fuera un lujo de personas desocupadas y no una condición mínima para pensar, cuidar y vivir con alguna hondura.

Así, nos convencimos de que hacer muchas cosas al mismo tiempo era una forma superior de rendimiento, cuando en realidad muchas veces es apenas una manera elegante de no estar en ninguna parte.

El filósofo y psicólogo William James lo vio hace más de un siglo, cuando todavía no existía el celular ni el correo electrónico. En sus Principios de Psicología, de 1890, escribió que la capacidad de traer de vuelta voluntariamente una atención que divaga, una y otra vez, es la raíz misma del juicio, el carácter y la voluntad.

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No lo dijo como metáfora ni como recomendación de productividad: lo dijo como diagnóstico de lo que nos hace humanos. Lo que está en juego cuando perdemos la atención no es solo el rendimiento laboral, sino la capacidad de discernir, de comprometerse, de ser alguien con coherencia interna.

La multitarea, en ese sentido, no es solo un hábito ineficiente. Es una erosión del carácter.

El problema, además, es que nos acostumbra a vivir partidos: a leer sin leer, escuchar sin escuchar, responder sin pensar, mirar sin contemplar. Poco a poco, sin que se note demasiado, vamos perdiendo la atención profunda, esa que nos permite comprender, crear, amar, aprender y terminar una idea sin sentir que algo invisible nos jala del cuello hacia otra pestaña, otro pendiente, otro estímulo.

Gloria Mark, profesora de informática en la Universidad de California en Irvine, lleva dos décadas midiendo lo que ocurre en el cuerpo cuando saltamos de tarea en tarea. Sus estudios muestran una correlación muy fuerte entre el cambio rápido de atención y el aumento del estrés, medido con monitores de frecuencia cardíaca.

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En condiciones de laboratorio, la presión arterial sube y los niveles de cortisol, la hormona del estrés, se incrementan. Lo que el cuerpo registra no es eficiencia: es alarma sostenida. Luego, esa alarma siempre sostenida, a la larga, se paga con burnout, ansiedad crónica o simplemente con esa sensación difusa de estar agotado sin haber hecho nada que valga la pena.

Quizás por eso hoy nos cuesta tanto simplemente estar. Vemos una película y revisamos el celular. Abrimos un libro y a las tres páginas sentimos la ansiedad de mirar si alguien escribió. Estamos en una conversación y ya estamos redactando mentalmente la respuesta, mirando de reojo una notificación o calculando qué viene después.

La vida se nos volvió una sucesión de ventanas abiertas, como esos computadores agotados con treinta pestañas funcionando que de pronto empiezan a sonar como avión viejo antes del despegue. El problema es que ese computador somos nosotros.

Bastante milagro hacemos con no perder las llaves todos los días. Por eso recuerdo a mi profesora de segundo de primaria, Elizabeth, cuando decía: “No se le pierde la cabeza porque la lleva pegada“. Razón no le falta ni le faltará.

Hace poco leí el libro Inmune a la distracción, de Nir Eyal, y no dejo de pensar en esa paradoja moral de nuestro tiempo: hemos sofisticado las herramientas para capturar la atención, pero hemos empobrecido el juicio para defenderla.

Eyal no habla solo de apagar notificaciones, sino de entender por qué cedemos tan fácilmente ante ellas; por qué buscamos la interrupción incluso cuando nadie nos interrumpe; por qué muchas veces la distracción no viene de afuera, sino de una incomodidad interior que no queremos mirar de frente.

Johann Hari, en el libro El Valor de la Atención, señala que el trabajador promedio pasa el cuarenta por ciento de su tiempo laboral creyendo que hace varias cosas a la vez, cuando en realidad incurre en todos los costos cognitivos de la interrupción sin obtener ninguno de los beneficios de la concentración.

Lo que más inquieta a Hari no es la ineficiencia, sino lo que revela sobre nuestra relación con el ocio: cada vez que un momento de aburrimiento se alivia con una mirada al teléfono, el cerebro se reconfigura hasta quedar incapaz de tolerar la concentración profunda. Hemos llegado al punto de huirle al vacío no porque tengamos algo urgente, sino porque el vacío mismo nos genera ansiedad.

El escritor Cal Newport lo llama deprivación de soledad: un estado en el que la mente nunca tiene tiempo a solas consigo misma y que, acumulado, produce exactamente la fragilidad mental que la multitarea nos enseñó a confundir con fortaleza.

¿Qué clase de vida estamos construyendo cuando nuestra conciencia permanece siempre disponible para lo urgente, pero casi nunca para lo importante? Una muy sofisticada, sin duda. Una en la que mantenemos cinco conversaciones simultáneas con personas en otra ciudad mientras ignoramos con maestría a quien tenemos sentado al frente.

Hemos perfeccionado el vicio de estar presentes con los ausentes y ausentes con los presentes. La mesa familiar con cuatro pantallas encendidas no es una escena de conexión: es una escena de abandono colectivo que hemos aprendido a llamar normalidad.

¿Acaso no es lamentable ver restaurantes llenos de personas mirando su celular sin hablarse entre ellas?

Esta no es una discusión sobre gestión del tiempo. Ojalá fuera tan simple. El asunto tiene que ver con la manera en que hemos organizado el valor de una persona alrededor de su capacidad de respuesta.

Hoy parece más confiable quien contesta rápido que quien piensa bien; más comprometido quien está siempre disponible que quien sabe preservar su atención. La cultura de la multitarea no solo administra mal nuestra energía: también fabrica una moral en la que descansar o no contestar de inmediato empiezan a parecer pequeñas formas de traición. Nos volvimos disponibles para todo, menos para nosotros mismos.

Toca decirlo sin adornos: no estamos diseñados para vivir así. Lo que llamamos multitarea es, en realidad, una cadena de interrupciones. No estamos haciendo todo al mismo tiempo; estamos cortando la atención en pedazos cada vez más pequeños y pretendiendo que el resultado sea brillante, lúcido y sano.

La atención no es solo una herramienta laboral: es una forma de amor. Una conversación atendida tiene algo casi sagrado. Un café sin pantallas puede ser una pequeña revolución.

Aquí sí quiero ser explícito: hay que rebelarse. No con un manifiesto ni con una aplicación de bienestar digital. Con algo más simple y más radical: apagar. Uso esa palabra a sabiendas, aunque la detesto aplicada a personas, porque nosotros no somos electrodomésticos. No fuimos hechos para vivir enchufados, disponibles, con señal permanente.

La gran mentira de nuestra época no es que la tecnología nos conecta; es que nos convenció de que necesitábamos esa clase de conexión para estar completos. La rebeldía no es romántica ni cómoda: es decirle al sistema que se alimenta de tu atención fragmentada que hoy no hay nada para él. Que esta hora, esta conversación, esta persona, este silencio no están en venta.

La atención, en tiempos de dispersión, se está volviendo una forma de resistencia y, en últimas, también una forma de ternura: cuando todo compite por nuestra atención, elegir dónde ponerla se convierte en una decisión profundamente ética.

No busco seguir siendo multitarea. Puede ser la peor noticia para LinkedIn, pero ya no me parece una medalla moral. Lo veo como una advertencia.

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Quiero aprender a hacer menos cosas al mismo tiempo y más cosas con alma. Quiero recuperar la paciencia de terminar una idea, la calma de escuchar sin anticiparme, la humildad de aceptar que mi mente no es una máquina ilimitada y que mi cuerpo no tiene por qué pagar la factura de todas mis exigencias.

De pronto, madurar también sea eso: aceptar que somos limitados y que no todo cabe. Que la vida no se mide por la cantidad de tareas que tachamos, sino por la calidad de presencia con la que habitamos lo que hacemos. Que, a veces, lo más revolucionario no es hacer más. Es cerrar pestañas. Silenciar el ruido. Respirar.

Y volver, con toda la atención posible, a una sola cosa llamada vivir.

Read the original on luisfmolinar.substack.com

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