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De la columna a la cabeza… y al corazón · Jun 30, 2026

No todo contradictor es un enemigo

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Luis Felipe Molina R. · De la columna a la cabeza… y al corazón

El pensador alemán Carl Schmitt decía que la política tenía una sola pregunta real: ¿amigo o enemigo? No el vecino que vota distinto, no el colega antipático, no el pariente con quien se evitan ciertos temas en la mesa de Navidad o el almuerzo del domingo.

Hablaba de algo más preciso y más brutal: una figura o persona cuya existencia misma se percibe como amenaza para la forma propia de vida. Esa categoría se ha democratizado porque la hemos hecho portátil.

Ya no necesitamos ideologías formales ni guerras declaradas para aplicarla. Basta un comentario en un chat familiar, una etiqueta en redes, una pregunta respondida con demasiada pausa.

Así, lo que ocurre alrededor de cada ciclo electoral en Colombia revela algo más hondo que la polarización. No es que la gente discuta más, sino que ha olvidado, o nunca aprendió, a graduar la enemistad, por así decirlo.

En la vida ordinaria somos precisos con los afectos: distinguimos entre el amigo de infancia, el conocido de trabajo, el vecino con quien se intercambia un saludo, el familiar al que se visita por obligación. Nadie confunde esas categorías.

Sin embargo, con la adversidad política hemos perdido esa precisión. Existe el que piensa igual que yo, y existe el enemigo. El espacio entre ambos —ese territorio enorme donde vive casi todo el mundo— se ha vuelto invisible.

Cuando alguien recibe ese título, algo cambia de forma irreversible. El enemigo no se equivoca, sino que conspira. No duda; calcula. No tiene heridas propias, ni lealtades heredadas, ni esperanzas mal puestas.

El enemigo tiene bando y ese bando, en tiempos de ansiedad colectiva, reemplaza con eficiencia aterradora cualquier cosa más compleja: la historia personal, la buena fe, la inteligencia. Se vuelve una silueta plana que uno puede atacar sin la incomodidad de su humanidad.

Lo más curioso es que esa simplificación produce alivio aparente. Ordena el mundo con la limpieza de los cuentos para niños: los lúcidos y los brutos, los decentes y los corrompidos. Hay algo casi analgésico en esa aparente claridad.

Pero la vida no cabe ahí. Hay personas generosas con ideas peligrosas. Hay dolores reales —económicos, de dignidad, de abandono histórico— que encuentran salidas políticas equivocadas y no se corrigen desde el desprecio, sino desde algo más trabajoso.

Cuando el vocabulario político se reduce a la lógica del frente de batalla, terminamos defendiendo causas justas con formas que corroen el alma: el desprecio, la superioridad moral que imposibilita aprender de quien no nos da la razón.

La causa puede ser correcta y, aun así, el carácter se va deformando sin que nadie lo note. Entonces, Schmitt tenía razón en algo: la política implica siempre la posibilidad del conflicto real, pero esa posibilidad no es una invitación a habitarla con cualquier persona, por cualquier diferencia.

Una sociedad madura no es la que elimina el conflicto, pues eso sería conformidad disfrazada de paz. Es la que aprende a no declarar cada desacuerdo como preludio de una guerra santa.

Quizás, empieza ahí: en tratar la enemistad como lo que debería ser, una categoría grave y escasa, no la respuesta automática a cuanto nos contradice.

Read the original on luisfmolinar.substack.com

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