Un hombre cayó a un pozo seco en las afueras del pueblo. Los vecinos, que lo querían bien, corrieron a asomarse. Uno gritó hacia abajo: “no estás solo”. Otro: “cuenta conmigo para lo que sea”. Otro más, con la mano en el pecho: “cualquier cosa, me avisas”.
Cuando cayó la noche, todos volvieron a sus casas con la conciencia tibia de haber acompañado. El hombre, allá abajo, recogió una a una las palabras que le habían lanzado. Las juntó, las anudó, tiró de ellas, pero esas palabras no alcanzaban para trenzar una cuerda.
Días después, alguien preguntó por qué el hombre nunca pidió que lo sacaran. Un forastero, que pasaba por ahí, respondió sin detenerse: “Es que desde el fondo de un pozo no se pide. Desde el fondo de un pozo apenas se respira”.
La depresión puede ser eso: un lugar desde donde no se puede pedir. Sin embargo, hemos construido toda nuestra liturgia del acompañamiento sobre la premisa contraria: “avísame si necesitas algo”.
La frase suena generosa, pero es una transferencia de carga. Le entrega al que no puede cargar nada la tarea adicional de gestionar su propio rescate: identificar qué necesita, formularlo, marcarlo, no sentirse una molestia. Le pedimos al ahogado que además nade hasta el salvavidas. Suena cruel, pero es así.
Kundera lo vio con la precisión de un cirujano. En La insoportable levedad del ser observa que, en las lenguas latinas, “compasión” reúne el prefijo que significa “con” y la raíz del sufrimiento. En checo, en cambio, soucit significa literalmente co-sentir.
La diferencia no es menor: la lástima puede mirar el dolor desde arriba; co-sentir exige una imaginación moral más difícil, la capacidad de entrar en la emoción del otro sin reducirlo a su sufrimiento.
Aquí está nuestra trampa contemporánea. Convertimos el respeto a los límites del otro —que es real, que es necesario— en la coartada perfecta para no cruzar nunca ninguna puerta.
“No quiero invadir”, decimos y hasta suena a virtud. Pero, a veces, “no invadir” es el nombre elegante de “no involucrarnos”. Hay una diferencia entre respetar el espacio de alguien y abandonarlo dentro de ese espacio.
La frontera interpersonal, tan sana en la teoría, se volvió muro perimetral: nadie entra, nadie molesta, nadie salva, si se me permite usar ese verbo.
Otros no bajan porque no saben qué decir, como si la presencia rindiera examen, pero el pozo no necesita discursos: necesita oír, allá arriba, unos pasos que no se van. Nadie recuerda las frases. Todos recordamos quién se quedó. Es simple: hablar menos y escuchar más.
Acompañar es un verbo transitivo y tiene cuerpo. Es aparecer sin cita con una sopa. Es sentarse en un silencio que no exige conversación. Es decir “voy para allá” en vez de “avísame”. Es tomar del brazo, literalmente y mover: al médico, a la calle, al sol de la tarde.
No se trata de irrumpir ni de decidir por nadie, sino de acercarse sin obligar al otro a gestionar también la invitación.
Nada de eso cabe en un mensaje de texto y por eso lo hacemos tan poco: porque cuesta, porque incomoda, porque interrumpe nuestra propia agenda de estar ocupados estando solos.
“No estás solo”, repetimos, y el eco baja al pozo y rebota vacío. La soledad del deprimido no se cura con la noticia de que existe compañía disponible, sino con la compañía misma, presente, terca, sin condiciones de activación.
Las buenas intenciones pueden empedrar caminos, pero las cuerdas —las que de verdad sacan a alguien del fondo— se trenzan con manos.
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