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De la columna a la cabeza… y al corazón · Mar 24, 2026

El complejo arte de ser sencillos

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Luis Felipe Molina R. · De la columna a la cabeza… y al corazón

Ser sencillo es muy complejo. Puede parecer una paradoja, pero basta mirarnos: nos hemos vuelto expertos en complicar todo lo que tocamos, incluyendo la manera de vivir.

Hablamos de la habilidad que los humanos hemos perfeccionado sin proponérnoslo: la de complicarlo todo. La ropa, la comida, el tiempo, las palabras, los vínculos. Ser sencillo, en ese contexto, se ha vuelto casi un arte perdido.

Abres el clóset lleno y piensas que no tienes nada que ponerte. Revisas la nevera, también llena, y no sabes qué comer. Cinco chats abiertos, pero ninguna respuesta clara.

Explicas durante minutos algo que sabías en segundos. Abres tres aplicaciones, saltas entre pestañas y no terminas nada. Relees un mensaje simple y lo dejas en visto. Guardas algo “por si acaso” y no lo vuelves a usar.

Estás ocupado todo el día, pero no sabes en qué se fue el tiempo. No es que falten cosas, ni que falte tiempo: es que sobra complejidad y ya ni lo notamos porque se volvió paisaje.

La sencillez es escasa, pese a abundar desde un principio. Ahora queremos poseer tantas cosas que ser sencillo es una rareza.

También, porque la ilusión de la sofisticación nos arranca de tajo poder funcionar con lo básico o ser elementales. Ya no sabemos diferenciar con fácil discernimiento lo que necesitamos de lo que queremos o deseamos.

En ese enredo silencioso, casi imperceptible, empezamos a confundir la acumulación con el sentido. Acumulamos objetos, sí, pero también acumulamos versiones de nosotros mismos: quien aparenta, la que responde lo correcto, el que no puede fallar, quien tiene que sostener una narrativa coherente incluso cuando por dentro todo se tambalea.

Con una mínima dosis de sensatez, cualquiera puede reconocerse en esto. Nos volvimos expertos en sostener estructuras que no necesariamente nos sostienen a nosotros.

Hay una trampa particularmente artificial en todo esto: creer que entre más compleja sea nuestra vida, más valiosa se vuelve. Como si lo difícil, lo enredado o lo lleno de capas fuera automáticamente más profundo.

Pero la profundidad real —la que transforma— rara vez necesita tanto ruido. De hecho, suele aparecer en espacios mucho más silenciosos: en una decisión clara, en una conversación honesta, en la capacidad de decir “esto sí” y “esto no” sin tener que justificarlo todo.

Nos cuesta, porque la sencillez nos deja sin excusas. Cuando simplificamos, también nos enfrentamos a lo esencial.

Eso esencial, aunque más limpio, también es más exigente. Ya no podemos escondernos detrás de agendas imposibles, ni de relaciones ambiguas, ni de pensamientos que se justifican a sí mismos en un bucle interminable. La sencillez nos pide algo incómodo: responsabilidad.

Hacernos cargo sobre lo que elegimos, sobre lo que sostenemos, sobre lo que dejamos entrar a nuestra vida. Ser sencillo no es vivir con menos por obligación, ni romantizar la carencia. Es, también, elegir con intención. Es entender que no todo lo que está disponible merece un lugar en nosotros.

Entonces, aquí aparece otra incomodidad: la sencillez también implica renuncia. Renunciar a tener siempre la razón, a responder todos los mensajes, a opinar de todo, a sostener vínculos que ya no tienen verdad, a cargar expectativas que ni siquiera son propias. Renunciar, en el fondo, a esa ilusión de control absoluto que tanto alimenta el ego.

Quizás, por eso la sencillez es tan escasa, pues exige un tipo de madurez que no siempre estamos dispuestos a asumir. Es más fácil seguir sumando capas que empezar a quitarlas. Es más fácil parecer complejo que ser claro.

Cuando alguien logra esa claridad, ocurre algo casi contraintuitivo: la vida se vuelve más habitable. Las decisiones pesan menos, las relaciones respiran mejor y el tiempo deja de sentirse como una persecución constante.

Y no es casual: la gente más complicada suele ser la que nunca tiene tiempo, no porque tenga más obligaciones, sino porque cada decisión les cuesta más, cada relación exige más gestión.

La sencillez no solo ordena la vida: la devuelve y, sobre todo, aparece una forma de tranquilidad que no depende de cuánto se tiene, sino de cuánto ya no hace falta.

El pensador austriaco Ivan Illich, por ejemplo, advertía que las sociedades modernas habían cruzado un umbral peligroso: el punto en el que las herramientas dejan de servirnos y empiezan a moldearnos. Lo que debía facilitarnos la vida termina, en muchos casos, incapacitándonos para lo básico.

Así, ya dependemos de sistemas para movernos, para aprender, para cuidarnos, incluso para pensar y en ese tránsito, perdemos algo esencial: la capacidad de habitar el mundo con autonomía.

Su idea de “herramientas convivenciales” era radical en su sencillez: lo verdaderamente valioso no es lo más avanzado, sino aquello que amplía nuestra libertad sin volvernos dependientes. Dicho sin rodeos, hay progresos que nos hacen más torpes.

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Algo similar, pero aún más inquietante, planteaba el sociólogo francés Jacques Ellul cuando hablaba de la técnica como la verdadera religión moderna. No se refería solo a máquinas o dispositivos, sino a una lógica mucho más profunda: la obsesión por la eficiencia como criterio absoluto y que ahora es una enfermedad incurable de esta sociedad occidental.

Hacer todo más rápido, más productivo, más optimizado. El problema no es la eficiencia en sí, sino su tiranía silenciosa, pues cuando todo se mide bajo ese lente, dejamos de preguntarnos si lo que hacemos tiene sentido, si es justo, si es humano.

Es la sociedad de rendimiento de Excel que nos encasilla a todos en celdas homogéneas, como si todos fuéramos iguales. En definitiva, no todo lo que mejora un proceso mejora la vida. A veces, solo la vuelve más administrable, más predecible y curiosamente, más vacía.

Luego, E. F. Schumacher desmonta otra ilusión que llevamos bastante bien instalada: la idea de que más siempre es mejor. Más crecimiento, más consumo, más escala.

Su propuesta, que llamó “economía budista”, tiene una claridad que desarma: vivir bien no es acumular más medios, sino aprender a necesitar menos. El consumo, decía, es apenas un medio, no un fin. Como decía mi profesora de redacción en la universidad, por allá en 2010: lo bueno, si es breve, es dos veces bueno.

Parece obvio, pero basta mirar cómo organizamos nuestras vidas para entender que hemos invertido esa lógica. Hemos convertido el medio en propósito y luego nos preguntamos por qué, incluso teniendo más, sentimos que algo falta.

Nos llenamos de ruido, de distracciones, de explicaciones -quizás como esta-, para no enfrentarnos a ese vacío incómodo que, bien mirado, podría orientarnos.

Su idea de la atención es profundamente reveladora: ver sin adornar, sin apropiarse, sin deformar la realidad para que encaje en nuestras narrativas. La sencillez, en ese sentido, no es simplificar la vida por fuera, sino dejar de mentirnos por dentro.

Recibes un cumplido amoroso o lleno de admiración y, en lugar de agradecer, calculas la respuesta: no sonar vulnerable, no parecer interesado, no dar demasiado. Ensayas una frase neutra, correcta, segura y en ese cálculo pierdes lo único valioso del momento: la naturalidad de simplemente decir “gracias” con auténtica gratitud.

Sin embargo, sabemos todo esto. Lo sabemos, tal vez lo aceptemos y hasta lo prediquemos, y seguimos eligiendo la complicación. Ahí está, quizás, la pregunta más honesta que podemos hacernos: ¿por qué?

Una respuesta incómoda es el ego. No el ego como concepto psicoanalítico sofisticado, sino el ego cotidiano, ese que necesita ser visto, reconocido, validado. El que no puede permitirse parecer ordinario.

El que confunde la simplicidad con la insignificancia y teme, en el fondo, que si deja de acumular —logros, títulos, opiniones, presencias— deje también de importar.

Vivir con sencillez amenaza directamente esa construcción, porque le recuerda al ego que no es la obra, sino apenas el arquitecto ansioso que no sabe cuándo parar de construir.

Está también el miedo. No siempre el miedo dramático que uno reconoce fácilmente, sino ese miedo más discreto que opera como un zumbido de fondo: miedo a quedar expuesto, a no ser suficiente, a que la vida sin ornamentos revele algo que preferiríamos no ver.

Cuando nos complicamos, estamos ocupados y estar en función de la ocupación, paradójicamente, se ha convertido en una forma de no estar presentes. De no tener que mirarnos.

La complejidad también cobra un precio silencioso en los vínculos. Muchas relaciones no se rompen por falta de afecto, sino por exceso de capas: expectativas no dichas, roles no acordados, narrativas que ambos sostienen, pero ninguno eligió conscientemente.

La sencillez relacional —decir lo que se siente, pedir lo que se necesita, soltar lo que ya no tiene verdad— es quizás la forma más exigente y más generosa de querer a alguien.

El orgullo, por su parte, añade otra capa. Hay un orgullo particular en ser irremplazable, en sostener que nuestra situación es tan única, tan difícil, tan cargada de matices, que la sencillez simplemente no aplica para nosotros.

Es una trampa elegante: la inflexibilidad disfrazada de profundidad. Creemos que ceder, simplificar o soltar es rendirse, cuando en muchos casos es exactamente lo contrario: es el movimiento más valiente que podemos hacer.

Simplemente, la sencillez, bien entendida, no es pasividad ni renuncia al mundo. Es, mejor, una vocación. Una vocación de libertad que no depende de circunstancias externas para sostenerse y de bondad que no necesita audiencia para ejercerse.

Es la disposición a soltar la necesidad de tener siempre la última palabra, de que nos den la razón, de que los demás confirmen que estamos en el camino correcto. Es vivir desde adentro hacia afuera y no al revés.

Eso requiere una forma de confianza poco común: la de creer que, sin tanto ruido, sin tanto adorno, uno sigue siendo suficiente; que la vida no pierde valor cuando se vuelve más ligera y que hay una dignidad profunda en lo elemental, en lo que no necesita explicarse ni justificarse ni ser admirado para tener sentido.

No es un estado que se alcanza de una vez. Es una práctica, una elección que se renueva cada día frente a la tentación permanente de volver a complicarlo todo y, en esa praxis, hay algo que se parece mucho a la madurez: no la madurez que impresiona, sino la que tranquiliza.

Visto así, la sencillez deja de ser ingenua. Se vuelve exigente. Casi rebelde, porque implica desmontar muchas de las ideas que hemos dado por hechas: que más es mejor, que lo complejo es más valioso, que la vida debe optimizarse en cada rincón.

En un mundo que monetiza la atención y vive del escándalo continuo, elegir la sencillez es también un gesto político. No consumir opinión como si fuera oxígeno, no necesitar ser tendencia: eso tiene una dimensión colectiva que va mucho más allá de lo personal.

Ser sencillos, entonces, no es retroceder. Es, quizás, una de las formas más lúcidas de avanzar. Esta columna pudo haber sido sencilla, pero no lo fue. Por lo contrario, la complejidad me sedujo, otra vez. Quizás, también llevo conmigo la patología de la complicación.

Read the original on luisfmolinar.substack.com

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