Luis Felipe Molina R. – luisfmolina.com
Hay una obsesión contemporánea por la fama. Las redes sociales y el mundo hiperconectado han creado plataformas efímeras donde la visibilidad se vive —bien o mal— en tiempo real. Las reputaciones se inflan y colapsan con facilidad, y la cultura de la cancelación parece no agotarse nunca.
En medio de ese ruido, también han ganado terreno y fama ciertas filosofías livianas, que apelan por la levedad antes que por el peso.
Cada vez más personas quieren “fluir”, como si fueran ríos; insisten en que deben ser su propia prioridad —y no lo critico—, pero terminan, muchas veces, embriagadas en un ‘yoísmo’ que se disfraza de bienestar, pero que roza el egoísmo y se vuelve difícil de cuestionar.
Luego, casi como una consecuencia de todo eso, hay palabras y actos que han caído en el olvido o, peor aún, en la animadversión. Una de ellas es el sacrificio. Hoy suena a pérdida, a renuncia amarga, a vida sin disfrute, casi que a castigo autoimpuesto.
Decir que algo implica sacrificio parece, en muchos contextos, una advertencia: cuidado, ahí no es. Sin embargo, pocas cosas han sido tan mal entendidas.
Si se piensa con calma, con honestidad, casi todo lo valioso en la vida exige algún tipo de sacrificio. No lo hace como imposición, sino como consecuencia natural de elegir, por lo que ahí empieza el problema: nos cuesta aceptar que elegir implica renunciar; que no se puede todo al mismo tiempo y que toda construcción —emocional, profesional, espiritual— tiene un costo. No necesariamente trágico, pero sí real.
Por eso, dentro de las nuevas obsesiones contemporáneas, hemos construido una narrativa donde el bienestar se asocia con la ausencia total de esfuerzo incómodo o como si lo ideal fuera una vida sin fricción, sin tensiones, sin momentos difíciles.
Precisamente, bajo esa lógica, el sacrificio queda mal parado: ¿para qué sufrir si podemos evitarlo? ¿Para qué incomodarnos si hay caminos más fáciles? No obstante, la pregunta que casi nunca nos hacemos es otra: ¿qué estamos dejando de construir por evitar el sacrificio?
El sacrificio no es una noción nueva, aunque hoy parezca incómoda e innecesaria en medio de tantos paliativos existenciales.
Friedrich Nietzsche, por ejemplo, ya advertía que lo valioso no se encuentra en los caminos fáciles, sino en aquello que exige una transformación de quien lo busca.
Su famosa intuición —esa de que lo que no nos destruye nos fortalece— no era una invitación al sufrimiento por sí mismo, sino a entender que hay procesos que incomodan porque nos cambian, porque nos exigen dejar atrás versiones más simples de nosotros mismos.
En una línea distinta, pero profundamente conectada, Viktor Frankl entendió algo que hoy seguimos intentando esquivar: el sentido no aparece en la comodidad, sino en la capacidad de encontrar propósito incluso en medio de la dificultad.
Para Frankl, la vida no se trataba de evitar el dolor a toda costa, sino de preguntarnos para qué estamos dispuestos a atravesarlo. Entonces, esa pregunta, aunque suene exigente, es profundamente liberadora.
Incluso desde una perspectiva más clásica, Aristóteles ya hablaba de la virtud, no como un estado espontáneo, sino como un hábito que se cultiva. Cultivar, por definición, implica tiempo, disciplina y, sí, cierto grado de sacrificio. No hay excelencia sin repetición, sin renuncia, sin esa tensión constante entre lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.
No hay que ir lejos para hallar ejemplos: el keniata Sabastian Sawe cruzó la meta de la Maratón de Londres en 1 hora, 59 minutos y 30 segundos en la edición más reciente. Por primera vez en la historia, un ser humano rompió la barrera de las dos horas en condiciones de carrera oficial.
Pero lo que no aparece en el titular es esto: Sawe llegó tarde. Empezó a correr internacionalmente a los 26 años, una edad en la que muchos atletas ya tienen medallas y contratos. No compitió en campeonatos mundiales en pista. Construyó desde abajo, desde afuera, sin el camino trazado que tienen los que empiezan antes.
Cuando cruzó la meta, dijo algo que no suena a euforia de campeón, sino a algo más honesto: “No lo creía, pero estaba bien preparado y con el entrenamiento que hice, los resultados llegaron ahora”.
Eso es exactamente lo que el sacrificio hace cuando tiene sentido: no promete, no garantiza, no aplaude. Solo sostiene y siempre entrega su recompensa.
Camilo Ramírez Trujillo lo entendió a su manera. Este deportista caldense, invitado al podcast que acompaña esta columna, el año pasado decidió darle un timonazo a su vida. Sacrificó los patines del hockey, sin colgarlos o archivarlos, y decidió emprender su vida como controlador aéreo, pese a múltiples campeonatos y ser parte de la Selección Colombia del hockey sobre patines.
Ahora, Camilo está situado en lo más alto de una torre de control, en un complejo aeródromo del sur del país que cubre enormes dimensiones aéreas, mientras reconoce que sus sacrificios valen la pena. No es algo que esté en discusión, pero, tampoco, un tema que deba cavilarse en exceso.
Tal vez porque el problema no es que el sacrificio sea difícil, sino que hoy cuesta encontrarle sentido. Además, sin sentido, cualquier renuncia se vuelve absurda. Luego, cuando aparece —cuando entendemos por qué elegimos lo que elegimos— el sacrificio deja de ser una pérdida y empieza a parecerse más a una inversión silenciosa.
Ante todo esto, hay una pregunta que pocas veces nos hacemos con honestidad: ¿cuál ha sido su mayor sacrificio? No el más dramático, no el que mejor suena en una conversación. El real. Ese que costó algo que no se recuperó, que implicó cerrar una puerta que tal vez todavía duele no poder abrir. Y luego, la pregunta que sigue: ¿se arrepiente o lo agradece?
La respuesta, casi siempre, dice más de quién es esa persona que cualquier logro que pueda enumerar.
El psicólogo Erik Erikson, menos citado que Freud, pero bastante más útil para entender la vida adulta, planteó que el desarrollo humano no termina en la adolescencia, sino que continúa hasta la muerte y que cada etapa exige una renuncia para poder avanzar.
Es simple: para ganar identidad hay que soltar la dependencia y para construir intimidad hay que renunciar al aislamiento cómodo.
Entonces, para alcanzar lo que él llamó generatividad —ese deseo de contribuir a algo más grande que uno mismo— hay que abandonar la obsesión por el propio centro (o ser uno). El sacrificio, en ese esquema, no es un accidente del camino, sino que se convierte en el mecanismo mismo del crecimiento.
No obstante, hay algo que Erikson no resuelve del todo y es por qué a algunos el sacrificio los templa y a otros los quiebra. Ahí aparece una distinción que la psicología contemporánea ha tardado demasiado en nombrar con claridad: la diferencia entre el sacrificio elegido y el sacrificio impuesto.
No es lo mismo renunciar a algo porque se elige algo mejor que perder algo sin haberlo decidido. El primero construye; el segundo, si no se elabora, destruye. La madurez, en buena medida, consiste en aprender a convertir los sacrificios impuestos en elegidos, al menos en retrospectiva. En encontrarles un sentido que no estaba ahí cuando ocurrieron.
Simone Weil, filósofa francesa del siglo XX, radicalmente incómoda y poco frecuentada en los círculos de autoayuda precisamente por eso, escribió que la atención verdadera —la capacidad de estar plenamente presente en algo— exige siempre una forma de vaciamiento.
No se puede atender de verdad sin renunciar a uno mismo por un momento. Lo llamó “decreación”: ese acto de hacerse a un lado para que algo más pueda existir.
Es una idea que incomoda porque va en dirección contraria a casi todo lo que la cultura contemporánea celebra, pero que resuena con fuerza cuando uno piensa en los sacrificios que más han valido la pena: los que implicaron dejar de ser el centro para poder construir algo real.
Hay también una dimensión que la neurociencia empieza a confirmar lo que la filosofía estoica ya intuía: el sacrificio sostenido en el tiempo reconfigura literalmente quiénes somos. Marco Aurelio no hablaba de plasticidad neuronal, pero sí hablaba de que el carácter no se declara, sino que se forja, acto por acto, renuncia por renuncia.
Lo que repetimos nos moldea y lo que sacrificamos —lo que deliberadamente no hacemos, no tomamos, no decimos— también nos define, quizás con más precisión que lo que sí elegimos.
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Eso explica algo que cualquiera puede verificar en su propia historia: los sacrificios que hoy se agradecen casi nunca se agradecieron en el momento. Hay una distancia temporal necesaria entre el costo y el sentido.
El filósofo Paul Ricoeur lo llamó “identidad narrativa” y decía que solo desde cierta distancia somos capaces de leer nuestra propia vida como una historia coherente, de ver que lo que parecía una pérdida era en realidad un giro necesario. Sin esa distancia, el sacrificio duele y punto; y hasta causa rabia y resquemores. Con identidad narrativa, empieza a tener forma.
Por eso la pregunta de si se arrepiente o lo agradece no tiene una respuesta fija. Depende de cuánto tiempo ha pasado, de si se encontró el sentido, de si lo que se construyó después justifica lo que se dejó atrás.
Pero hay algo que sí parece constante en quienes han atravesado sacrificios reales y han salido transformados: no hablan de lo que perdieron. Hablan de lo que aprendieron a ver desde ahí.
Hay una última trampa en la que conviene no caer: creer que el sacrificio se hace por alguien más. No porque el amor, la lealtad o la entrega hacia otros no sean reales —lo son, y de los más profundos—, sino porque en el momento en que el sacrificio empieza a necesitar testigos, a buscar reconocimiento, a construir una imagen de quien renuncia, deja de ser sacrificio y se convierte en otra cosa.
Se vuelve vanidad y como dice el Eclesiastés con una contundencia que no ha envejecido en tres mil años: vanidad de vanidades, todo es vanidad.
El sacrificio verdadero no se anuncia y no genera deuda emocional ni construye narrativa personal. Ocurre en silencio, hacia adentro, aunque su destino sea alguien más. Es, en ese sentido, profundamente íntimo. Casi secreto.
El sacrificio tiene mala fama porque no es fotogénico ni se ve bien en redes sociales ni estados para presumir de él. También, porque es un sinsentido presumir de algo que nos cuesta. No cabe en una historia de Instagram, no genera likes, no construye marca personal.
El yoísmo que hoy se vende como bienestar necesita audiencia para existir; el sacrificio, en cambio, funciona mejor en silencio. Esa es su paradoja y también su nobleza.
Reivindicarlo no es una invitación al sufrimiento ni una nostalgia por tiempos más duros. Es, simplemente, recordar que hay cosas que no se construyen fluyendo y que algunas puertas solo se abren desde adentro, con esfuerzo, con tiempo, con renuncia.
La vida que vale la pena casi nunca tuvo buena fama mientras se estaba construyendo.
El sacrificio, bien entendido, no nos hace mejores porque nos haga sufrir. Nos hace mejores porque nos obliga a elegir y elegir, de verdad, es quizás el acto más humano que existe.

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