El banco era negro. Giraba, pero era incómodo. A mis espaldas, una manguera de oxígeno me impedía recostarme, así que me quedé erguido, como quien espera sin poder descansar en la espera. Cinco horas y ocho minutos. No pronuncié una sola palabra.
A escasos tres metros de mí, alguien abría el maxilar superior de un ser humano, lo reposicionaba en el espacio, fijaba hueso con titanio, reducía un mentón. Lo hacía con una precisión que yo no podría describir sin haberla visto antes.
Esa fue la primera certeza de la mañana de ese jueves: yo no soy capaz de hacer eso. No solo no sé hacerlo; no me atrevería a intentarlo. Entre mis manos y las suyas hay una distancia enorme y esa distancia, lejos de incomodarme, me mantenía quieto, atento, casi en reverencia.
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Podría decirse que estaba ahí por amor. Es cierto, pero esa respuesta me parece incompleta, pues nombra el efecto sin tocar la causa. Lo que me ancló a ese banco incómodo no fue el afecto ni la costumbre ni el miedo.
Fue algo más parecido al reconocimiento: saber, con certeza, que ante mis ojos ocurría algo que merecía ser presenciado, aunque fuera desde la tímida distancia, aunque fuera en silencio, aunque la manguera de oxígeno me obligara a mantenerme recto. Estaba ahí porque lo admiro.
Después de un rato, el tiempo comenzó a medirse de otra manera. Ya no por minutos ni por horas, sino por acontecimientos mínimos. Una puerta que se abría. Un carro que pasaba por el corredor. El sonido metálico de un instrumento contra una bandeja.
Era mi primera vez en la vida, a excepción de la cesárea que llevó a mi nacimiento, que pisaba un quirófano. Allí la espera tiene una textura particular: nada parece ocurrir y, sin embargo, todo está ocurriendo. Quien espera aprende pronto que no controla nada. Solo puede permanecer.
Quizás por eso la admiración se parece tan poco a la posesión. No busca intervenir ni dirigir. No necesita ocupar el centro de la escena. Se conforma con algo más humilde y más difícil: prestar atención. Ver cómo alguien hace aquello para lo que se ha preparado durante años y aceptar que, por un momento, el protagonismo pertenece enteramente a otro.
La idea que traigo hoy no es nueva. Para nada. Platón la puso en escena hace 24 siglos, en El banquete, en boca de Diotima, una sacerdotisa de Mantinea.
Ella le explica a Sócrates que Eros, el amor, es hijo de dos padres improbables: Poros, la abundancia, y Penia, la escasez. La genealogía es extraña, pero dice algo muy concreto: el amor nace en quien tiene la sensibilidad para reconocer lo valioso y, al mismo tiempo, la conciencia de no poseerlo.
Deseamos lo que admiramos precisamente porque nos excede. Por eso, en esa tradición, amar es subir una escalera: comienza en la atracción por un cuerpo bello y asciende hacia el alma, hacia los actos, hacia los oficios bien hechos.
El amor, en Platón, no es ciego: ve, y lo que ve lo mueve. Visto así, ese incómodo banco negro era un peldaño de esa escalera.
La admiración tiene, además, una capacidad extraña para ordenar la mirada. En una época donde casi todo se observa con sospecha, ironía o distancia, admirar implica conceder valor: reconocer que existe algo digno de respeto fuera de uno mismo.
No es una rendición del juicio, sino, mejor, un acto de honestidad. Tal vez, por eso, la admiración resulta tan incómoda para algunos, puesto que admirar obliga a abandonar la ficción de que todos somos equivalentes en todo.
Hay talentos distintos, esfuerzos distintos, vocaciones distintas. Reconocerlo no disminuye a nadie. Al contrario, amplía el mundo.
Siglos después de Platón, José Ortega y Gasset retomó la idea sin el misticismo griego, pero con igual contundencia. Dijo que amamos desde lo que somos, desde lo que preferimos, desde lo que reconocemos como valioso.
El amor es selectivo porque brota de lo más profundo de nuestros valores. No amamos por azar ni por costumbre, aunque la costumbre a veces se haga pasar por amor.
Ortega discutía, en realidad, con un clásico: Stendhal y su famosa teoría de la cristalización. El escritor francés la explicaba con una imagen preciosa: si dejas una rama seca en una mina de sal de Salzburgo y la sacas meses después, la encuentras cubierta de cristales brillantes, irreconocible, hermosa.
Eso, decía Stendhal, hace el enamoramiento con la persona amada: la recubre de perfecciones imaginarias hasta convertirla en otra. Ortega responde que eso no es amor. Es ilusión, porque la cristalización no solo no ve lo real: lo suplanta.
El amor verdadero hace exactamente lo contrario de la mina de sal. No decora al otro. Lo ve. Lo admira precisamente porque es real.
Ahí aparece una distinción que importa: la diferencia entre admirar e idolatrar no es de intensidad sino de dirección. La idolatría proyecta: construye la figura que necesita y le atribuye al otro sus propias carencias.
La admiración reconoce: ve lo que hay, no lo que uno necesita que haya. Eso incluye los límites, la fatiga, los bordes donde el otro es falible y fastidiosamente, si se quiere, humano.
Un cirujano maxilofacial en un quirófano también es alguien que puede equivocarse. Admirarlo no es negar eso. Es ver la excelencia dentro de la fragilidad humana, que es el único lugar donde la excelencia existe.
Emmanuel Levinas llevó esta forma de mirar aún más lejos. Decía que el rostro del otro nos revela algo que ninguna teoría puede contener. No hablaba del rostro físico, sino de esa presencia que interpela, que nos saca de nosotros mismos y nos exige una respuesta.
Para él, ahí comienza la ética: cuando el otro aparece en su vulnerabilidad y su singularidad, el yo descubre que no es el centro del mundo.
La admiración genuina opera de manera parecida. Cuando se admira a alguien de verdad, algo en ti cede: dejas de ser el protagonista de la escena y pasas a ser testigo. No hablo de pasividad, sino que es una forma de entrega que requiere atención sostenida, presencia sin agenda. Es, en miniatura, lo que yo hacía en ese banco.
A tres metros de mí, además, no había una sola persona. Había un equipo entero. Una instrumentadora que parecía anticipar cada movimiento antes de que ocurriera mientras gozaba en acento costeño colombiano.
Había, también, profesionales pendientes de la anestesia, de los signos vitales, de los registros. Estaba Sara, su mejor amiga, también cirujana maxilofacial. Se acompañan en procedimientos complejos sin cobrarse entre sí. Nunca lo hacen por obligación, tampoco por un contrato que medie. Solo por amistad.
Pensar en eso desde aquel banco llevaba a otra conclusión: la admiración no pertenece únicamente al amor romántico. También sostiene amistades, sociedades profesionales y formas silenciosas de lealtad.
Hay vínculos que sobreviven durante años porque las personas involucradas siguen encontrando algo admirable unas en otras. Una competencia; una virtud y una manera de estar en el mundo.
Ahí es donde el amor y la admiración dejan de ser fuerzas separadas y empiezan a alimentarse mutuamente.
La admiración precede al amor porque es lo que lo convoca: lo que hace que algo en ti se oriente hacia el otro con intención y no por deriva. El amor profundo, a su vez, afina la capacidad de admirar. Se ve más cuando se ama y no porque el amor embellezca lo que toca, que a veces lo hace y a veces miente, sino porque amar con atención real aguza la percepción.
Uno aprende a ver lo que el otro hace, cómo lo hace, qué le cuesta, qué le sale sin esfuerzo. Uno aprende a distinguir entre el gesto automático y el gesto verdadero.
Cinco horas y ocho minutos son muchos minutos para pensar en eso. También son suficientes para descubrir que el cuerpo tiene su propia filosofía. Entonces, la espalda protesta, las piernas se entumecen y el reloj parece avanzar a una velocidad distinta.
Sin embargo, cuando algo importa de verdad, la incomodidad pierde protagonismo. Sigue ahí, pero deja de ser el centro de la experiencia.
En algún momento de esos 308 minutos sentados, recordé que en La peste, Albert Camus pone en boca de Rambert, un periodista separado de la mujer que ama, una frase que parece escrita para esta columna: ahora sé que el hombre es capaz de grandes acciones, pero si no es capaz de un gran sentimiento, no me interesa.
Lo dice alguien que ha visto heroísmos de sobra y que, aun así, pone el sentimiento por encima de la proeza. Creo que amar con admiración es las dos cosas a la vez: un gran sentimiento que exige una acción sostenida y es también una forma de rebelión.
Rebelión contra el amor como hábito, contra la ternura que se vuelve automática, contra la presencia que se convierte en paisaje. Elegir ver al otro, elegir asombrarse todavía, elegir quedarse erguido en un banco incómodo porque lo que ocurre al otro lado de esa puerta merece un testigo: eso no es rendirse al amor. Es sostenerlo con voluntad y con lucidez.
No creo en el amor que no admira. No porque sea una condición que uno impone, sino porque sin admiración lo que queda se parece más a la costumbre que al amor, más a la compañía que a la elección.
Luego, cuando el amor es real, tiene algo de elección permanente. No la elección de un día, la del principio, la de cuando todo era novedad. La que se renueva en silencio, a veces en un banco negro con una manguera de oxígeno a las espaldas.
Quizás, por eso, la costumbre es una amenaza tan subestimada. No porque vuelva menos importantes a las personas, sino porque puede volverlas invisibles.
Convivir mucho tiempo con alguien crea la ilusión de que ya se le conoce por completo, de que nada nuevo queda por descubrir. Pero la admiración opera en sentido contrario: mantiene abierta la posibilidad de seguir viendo, de seguir encontrando motivos para sorprenderse y de resistirse a convertir al otro en una rutina.
No se trata de idealizar: la idealización deja de mirar porque ya decidió lo que quiere ver. La admiración auténtica sigue observando. Sigue aprendiendo. Sigue corrigiéndose y, tal vez, por eso dura más.
Hay personas que llevan décadas amando a alguien y siguen siendo capaces de decir, con honestidad, que le admiran; que algo de lo que esa persona hace o es todavía los mueve, todavía los sorprende, todavía los orienta.
Eso no es romanticismo rosado o cliché, sino que resulta hoy como una forma de lucidez que poca gente cultiva, porque cultivarla exige salir del centro de uno mismo y responder, como pedía Levinas, a la presencia del otro. Estar ahí sin caer en la adicción al egocentrismo.
Así, por cinco horas y ocho minutos no dije nada. Tampoco hacía falta. El banco era incómodo, pero no me moví, porque a tres metros Santiago hacía lo que ama con una destreza que yo no tengo, haciendo algo que yo no sería capaz de hacer y que ni siquiera me atrevería a intentar porque ni de mirar sangre me siento competente.
A eso se le llama admiración y de ahí, de asombrarse ante alguien que te excede y elegir quedarse a mirarlo, nace todo lo demás, entre otras cosas, el amor.

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