El año pasado, en medio de una discusión con alguien que hoy ya no está —o que, de alguna forma, dejó de existir en mi vida—, me encontré diciendo algo que no pensé que tendría que pedir nunca: “por favor, respóndeme tú y no ChatGPT”.
No era una frase metafórica. Fue una expresión literal y sensatamente desesperada. Le estaba pidiendo que no usara inteligencia artificial para contestarme y que, mejor, escribiera lo que realmente sentía, sin pasarlo por un filtro que opacara las luces de su opinar.
La reacción fue inmediata: Se ofendió. Me dijo que entonces qué creía yo, que si él no sabía escribir, que si no podía formular sus propias ideas. Claro, dicho así, suena casi insultante; como si uno estuviera negándole al otro su capacidad de pensar.
No era eso lo que estaba pasando. Lo que me inquietaba no era si podía escribir o no, porque por años supe que sí lo podía hacer. Era otra cosa más sutil, más difícil de explicar y, al mismo tiempo, más evidente: sus respuestas no sonaban a él.
No tenían su ritmo, ni sus giros, ni sus silencios. Eran respuestas impecables, bien estructuradas, emocionalmente correctas, pero extrañamente ajenas y sin alma. Era como hablar con un muro que no comprendía los picos ni los valles de las emociones humanas; como si alguien estuviera hablando bien, pero no estuviera hablando él.
En ese momento no supe ponerle nombre a lo que sentí. Hoy, quizás, sí: era la ausencia de inteligencia natural.
Hay un concepto que el filósofo Michael Polanyi acuñó a mediados del siglo pasado y que hoy se vuelve más urgente que nunca: el conocimiento tácito. La idea es aparentemente simple —”sabemos más de lo que podemos decir”—, pero sus implicaciones son enormes.
Polanyi argumentaba que gran parte de lo que somos como seres pensantes no es formalizable, no se puede empaquetar ni transferir como información. Tampoco se puede ingresar a celdas de Excel, por suerte.
Mejor, está en el cuerpo, en la experiencia acumulada, en el modo particular en que cada uno habita el mundo. Está, también, en la forma en que alguien escribe cuando de verdad está escribiendo y sintiendo ese acto personal e intransferible.
Lo que yo sentía al leer esas respuestas no era solo una diferencia estilística. Era la ausencia de ese saber que no se dice, pero que se reconoce. Era el silencio de todo lo que, en un texto auténtico, está entre líneas.
Días después, como si la vida quisiera subrayar la idea con marcador grueso de color amarillo chillón, me pasó algo aún más desconcertante. Presenté un curso a una universidad —un trabajo que llevaba tiempo pensando, estructurando, escribiendo con cuidado— y me lo devolvieron con un juicio descalificador e insultante.
¿La razón? Que, según sus herramientas de detección de fraude, el 75% del contenido había sido generado por inteligencia artificial, lo que era falso. No voy a exagerar: eso me indignóhasta el segundo apellido materno.
No obstante, más que indignarme, me obligó a hacerme una pregunta incómoda. No sobre mí, sino sobre nosotros: ¿en qué momento empezamos a desconfiar tanto de lo humano, que lo humano empezó a parecer artificial?
Respondí con un correo largo —muy largo— cuestionando el uso casi dogmático de estas herramientas, la ligereza con la que se estaban convirtiéndose en jueces de autenticidad y el riesgo enorme de empezar a invalidar el pensamiento solo porque suena bien.
Entonces, aparece lo absurdo. Hace poco circuló un ejemplo que, más que anecdótico, es casi simbólico de lo que está pasando. A un detector de inteligencia artificial le introdujeron el célebre inicio de Cien años de soledad y concluyó que había sido escrito con IA. Sí, Gabriel García Márquez, según una máquina, escribiendo como una máquina.
No es un chiste, sino un síntoma concluyente de una enfermedad de supuestos audaces que nos vuelve más brutos.
Cuando un sistema es incapaz de reconocer la profundidad humana de uno de los textos más emblemáticos de la literatura, lo que queda en evidencia no es la “trampa” del texto, sino la limitación del detector en la que, paradójicamente, confía una ignorancia cada vez más segura de sí misma.
Ahí es donde la cosa se vuelve peligrosa. Si todo lo que está bien escrito, empieza a parecer sospechoso y terminamos en un escenario ridículo: la excelencia se convierte en evidencia de fraude. O, dicho de otra forma —y esto es casi distópico—: si todos somos sospechosos de haber hecho trampa, entonces nadie lo es realmente.
Hannah Arendt, en La vida del espíritu, trazó una distinción que a menudo pasamos por alto: la diferencia entre pensar y conocer. Conocer es acumular información, resolver problemas, llegar a conclusiones verificables.
Pensar, en cambio, es algo más incómodo: es detenerse, hacerse preguntas que no tienen respuesta inmediata, habitar la incertidumbre sin el alivio de cerrarla. Para Arendt, pensar era una actividad esencialmente perturbadora y humana.
La inteligencia artificial conoce y conoce extraordinariamente bien. ¡Pero no piensa! No porque le falte potencia, sino porque pensar, en el sentido arendtiano, exige precisamente lo que una máquina no puede tener: una vida que esté en juego en lo que se dice.
Además, la IA no duda. No porque sea brillante, sino porque no puede y no está diseñada binariamente para eso. No se equivoca como nosotros, no porque sea perfecta, sino porque no tiene nada que perder. No tiene una historia, no tiene un cuerpo, no tiene nada que arriesgar en cada palabra.
Responde y responde muy bien. Quizás, demasiado bien, porque en esa perfección, en esa fluidez sin tropiezos, estamos empezando a delegar algo que no deberíamos delegar: el ejercicio íntimo de pensar.
Para entender por qué la inteligencia artificial no puede pensar por nosotros, vale la pena entender, al menos brevemente, cómo aprende. No para tecnicismos, sino para no proyectarle capacidades que no tiene ni demonizarla por las que sí tiene.
Los sistemas de IA que hoy usamos para escribir, responder y generar texto funcionan mediante un proceso llamado machine learning o aprendizaje automático.
En esencia, fueron entrenados con cantidades masivas de texto —libros, artículos, conversaciones, páginas web— y, a partir de ese corpus, aprendieron a identificar patrones: qué palabras tienden a aparecer juntas, qué estructuras son más frecuentes, qué respuestas resultan más coherentes en determinados contextos.
No comprenden el significado de lo que dicen; predicen cuál es la siguiente palabra más probable en una secuencia. Con una precisión asombrosa, pero predicen.
Eso explica muchas cosas. Explica por qué suenan fluidas y bien articuladas. Explica también por qué, en ocasiones, inventan datos con la misma confianza con la que citan los reales: no distinguen entre verdad y verosimilitud. Solo calculan probabilidades.
Asimismo, explica, sobre todo, por qué son extraordinariamente buenas para condensar, organizar y resumir lo que ya existe, pero no para generar lo que todavía no ha sido pensado.
Dicho esto, sería injusto —e impreciso— tratarlas aún como una amenaza. Para acortar procesos, para buscar información, para estructurar ideas dispersas o para corregir un texto, la inteligencia artificial es una herramienta genuinamente útil.
El problema no es usarla. El problema es confundirla con un interlocutor, con un pensador, con alguien que nos responde desde adentro.
Para eso —para eso solamente— sigue siendo insustituible algo que ningún algoritmo puede simular del todo: la inteligencia de quien ha vivido lo que dice.
Byung-Chul Han ha sentenciado, con una claridad que incomoda, que la sociedad contemporánea ha convertido el rendimiento en el único valor que importa. Producir más, responder más rápido, optimizar cada proceso.
Si Arendt nos explica qué perdemos cuando dejamos de pensar, Han nos explica por qué lo estamos perdiendo: vivimos en una cultura que ha convertido la velocidad de respuesta en virtud cardinal y, en ese contexto, la IA no es una anomalía, sino la herramienta perfecta para un tiempo que confunde producir conpoder existir.
Así, pues, la inteligencia artificial no es una rareza: es la expresión más pura de esa lógica. Una herramienta que nunca se cansa, que nunca duda y que siempre entrega. El problema es que esa lógica, aplicada al pensamiento, lo destruye y nos destruye a nosotros al incluirnos en una competencia voraz de siempre vamos a perder.
Pensar no es rendir. Pensar es, muchas veces, demorarse. Es perderse. Es sostener una pregunta sin saber si llevará a algún lado. Es, también, equivocarse y tener que empezar de nuevo.
Primero, usamos la IA para escribir más rápido. Luego, para escribir —dizque— mejor. Sin darnos cuenta, empezamos a usarla para no tener que pensar y ahí es donde perdemos algo esencial: Nuestra inteligencia natural no es solo la capacidad de responder. Es la capacidad de habitar preguntas. De sostener silencios. De construir una idea con el peso de lo vivido.
Es una inteligencia atravesada por la experiencia, por la emoción, por la memoria. Por eso, lo humano, cuando es auténtico, no siempre suena perfecto. A veces se traba; a veces duda y, a veces, incomoda. También, por eso mismo, es irrepetible.
Hace poco alguien, entre risa y chanza, se rio de mí porque escribo “como la inteligencia artificial”. El comentario tenía la intención de ser una broma casual de trabajo, pero me dejópensando en la paradoja que encierra: si escribir con claridad, con estructura, con cierto cuidado formal ya activa la sospecha de que no fuiste tú quien escribió, entonces hemos llegado a un punto extraño en el que la competencia se disfraza de trampa.
Sin embargo, hay algo en eso que, cuanto más lo considero, más me parece una señal involuntariamente esperanzadora: hoy ya se identifica la originalidad de un texto precisamente por sus errores, por sus irregularidades, por las marcas de alguien que estuvo ahí pensando de verdad, sin red de seguridad. La imperfección se ha vuelto credencial. Lo que antes era un tropiezo, hoy es firma.
Volver a nuestra inteligencia natural no es rechazar la tecnología, sino usarla sin entregarle lo que no le pertenece, que es pensar. Es una distinción que parece técnica, pero es, en el fondo, profundamente ética: hay cosas que podemos delegar y cosas que, si delegamos, dejamos de ser quienes somos.
En cierta manera, es recordar que pensar no es producir respuestas impecables, sino hacerse preguntas reales. Es permitirnos escribir algo que no está del todo resuelto y es atrevernos a decir “no sé” sin sentir que estamos fallando o que debemos recurrir a improvisar sapiencia prescindible.
De nuevo, es confiar en que nuestra forma de pensar —incluso cuando es defectuosa o dudosa— tiene un valor que ninguna máquina puede replicar porque en un mundo lleno de respuestas correctas, lo verdaderamente escaso empieza a ser algo mucho más simple y mucho más humano: Alguien que, de verdad, esté pensando y que tenga el coraje de sostener ese pensamiento como propio.

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