Hace unos años coincidimos en un evento (en Helsinki) con dos personajes maravillosos: Jan Zwicky y Robert Bringhurst: Zwicky, la poeta/filósofa/música de la singularidad y del diálogo entre estas disciplinas y las matemáticas, y Bringhurst, el tipógrafo y lingüista y traductor. Ambos excelentes ensayistas.
No los hemos vuelto a ver, pues Jan y Robert intentan minimizar sus viajes de larga distancia, y viven intensamente en una isla frente a la costa de la Colombia Británica, en el Pacífico canadiense. Pero desde ese encuentro, siempre han estado presentes, de varias maneras.
Profesionalmente, en un libro que editamos con María Clara Cortés hace unos años (Rastrear indicios, publicado por la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia como parte de la Colección Textos (número 29), tenía ensayos que desde el arte, las matemáticas y la filosofía intentaban abordar las tres temáticas entrelazadas Categoricidad, Definibilidad, Representación). Jan Zwicky nos envió su ensayo Show, Don’t Tell! que apareció en el volumen espléndidamente traducido al español por Laura Acosta.
Pero más allá de esos vínculos profesionales, la amistad a distancia con Jan y Robert, el estilo epistolar maravilloso de Jan, la presencia constante de sus seres cercanos (no humanos) y la atención a los cercanos a nosotros (como Abdul), la preocupación intensa por el devenir ecológico del planeta, se ha mantenido siempre. El fuerte apoyo de Jan Zwicky al trabajo de tesis de María Clara, su entendimiento profundo de su importancia real (que vio también Fernando Zalamea), la lucidez impresionante que siempre ha traído a nuestra correspondencia, ha sellado una amistad epistolar absolutamente única. Recibir un paquete de esa pareja singular, desde su isla canadiense, con un par de libros y una carta escrita a mano, o leer un correo electrónico de Jan, es algo siempre único y duradero. Sus correos los releemos muchas veces y los contestamos con cuidado, sus libros están siempre ahí acompañando el trasfondo de nuestras búsquedas.
Pero hoy quiero hablar de Robert, Robert Bringhurst, quien dio en 2015 una conferencia muy singular en el Departamento de Matemáticas y Estadística de la Universidad de Helsinki. No recuerdo el nombre, pero sí que trataba de la estructura de la poesía haida y navajo, de los patrones que permitían contar una historia y hacer que permaneciera en la mente de la gente durante generaciones, en la ausencia de rima pero la cantidad brutal de auto-referencia en esos poemas. Recuerdo al plenum de ese departamento, con Väänänen (entonces, además de profesor y grandísimo lógico matemático, vicerrector de la Universidad) al frente, escuchando esa conferencia dada por un lingüista para un grupo de matemáticos, y la discusión sobre la estructura subyacente, muy compleja y poderosa, en esa poesía.

En esa época ya lejana, todo eso me parecía extremadamente interesante, pero estaba yo aún lejos de iniciar mi camino por el aprendizaje del muisca (ese lo inicié en 2021, durante la pandemia). Pero algunos de sus ensayos ya estaban ahí, marcando el compás de inquietudes que hoy puedo ver de manera un poco distinta.

Hoy traigo aquí una traducción (al vuelo, pero sin IA – no traduzco por el producto final tanto como por el placer de ir leyendo y reescribiendo al tiempo) de un ensayo de Bringhurst que me parece extremadamente significativo: La mente poli-histórica, parte de un maravilloso volumen llamado The Tree of Meaning – Language, Mind and Ecology, publicado por Counterpoint en 1994, sorprendentemente mucho menos conocido de lo que debería ser. En este ensayo (que me trajo a la mente obviamente nuestro trabajo con el grupo pequeño de estudio de muisca, guiado por Facundo Saravia, pero me trajo a la mente también conversaciones sobre ecología cultural y proyectos con María Clara, y conversaciones con Erna von der Walde), Bringhurst discute el que el considera que debería ser el verdadero mapa de la literatura (de las literaturas) canadiense(s). De cómo ese mapa debería incluir muchas literaturas que han tenido transmisión oral, en más de cincuenta idiomas; de cómo las capas inglesa y francesa, por importantes que sean ahora, no son más que un barniz final de un mapa mucho más complejo y rico. El ensayo inicia, con ironía fantástica, con la pregunta que le hace una directora de colegio inglesa, que se sorprende al saber que los pueblos indígenas de Norteamérica habían tenido, tenían idiomas. La estupidez y estulticia de la directora de un colegio prestigioso para niñas en Inglaterra sirve de abre-bocas para muchas reflexiones importantes sobre qué son, finalmente, las literaturas; sobre cómo se hacen, o no, desde el territorio; sobre cómo el monocultivo actual termina acabando no solo los bosques de árboles, sino los bosques que deben ser la cultura. Aunque se refiere a situaciones específicas de Canadá durante buena parte del ensayo (salvo al final), realmente mucho de lo que dice Bringhurst es extrapolable y adaptable a muchos otros territorios, no solo en nuestro altiplano que fue muisca, sino a muchas partes de las Américas y del mundo.
Disfruten la lectura.















































































































































































































































































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