Normalmente no tenemos activa la suscripción a Netflix en casa: demasiadas decepciones con películas prefabricadas, exceso de pátina comercial en sus series, escasez de oferta de material cinematográfico interesante. Por eso, cuando anunciaron que producirían Cien años de soledad, ni siquiera llegamos a discutir si la veríamos: dábamos por descontado que no reactivaríamos la suscripción para ver ninguna serie, parecía zanjado el asunto.
Por eso, cuando llegó diciembre y poco a poco empezaron a llegar comentarios de amigos nuestros en el país y por fuera, variados pero sobre todo en algunos casos realmente inesperados, empezamos a considerar tímidamente verla. Tal vez el ritmo distinto de estos días de fin de 2024 e inicio de 2025, tal vez las voces que iban llegando, de México y Nueva York, todas con visiones distintas y a veces poco predecibles sobre la serie Cien años, confluyeron y conspiraron en hacernos reactivar el fin de semana pasado la suscripción y empezar a verla.
Creo que hice una preparación mental distinta de la de Juan Fernando Mejía (quien realmente hizo el trabajo más correcto posible: releer el libro entero antes de ver la serie, «antes de que los personajes se queden con el rostro de los actores», como escribió en sus notas maravillosas sobre la relectura). Juan Fernando en realidad hizo una especie de «reseña» anterior a ver la serie, algo único y realmente muy útil e inusual. Sus notas confirmaron muchas cosas que pensé durante mi propia experiencia al ver la serie con MC.
Ayudó también, tal vez, que fuimos a la Guajira una semana en diciembre, también antes de ver la serie, y que teníamos (tenemos aún) muy frescos los colores y rostros de la gente de Manaure, el perfil de la Sierra Nevada de Santa Marta, los sonidos del wayuunaiki, la luz sobre las salinas y sobre el litoral guajiro, la arquitectura peculiar aún visible, con palma trenzada en los techos, chinchorros y hamacas tendidos en las rancherías.
Así pues, nos lanzamos a ver la serie, sin esperar absolutamente nunca que la serie fuera el libro, que lo suplantara de ningún modo. Y, de alguna manera que me parece un poco increíble y mágica, creo que funcionó. Mucho mejor de lo que cabía esperar sabiendo bien cómo es Netflix y cómo pueden ser esas producciones. Me decía Margarita Malagón que en su experiencia, la serie termina informando la lectura del libro, dando un tipo de dibujo paralelo, de mapa alternativo, que permite otra relectura, acaso distinta de las anteriores.
Lo que yo temía inicialmente era quedar con voces suplantadas, caras superpuestas con las de actores o actrices, Úrsula como la actriz de la serie, José Arcadio o Melquíades también.
Curiosamente, no pasó eso. La Úrsula actriz (las dos que van hasta ahora en la primera temporada: la Úrsula joven, la Úrsula madura y vieja) parece representar una idea de Úrsula que es irremplazable, y parece entender perfectamente que como actriz está simplemente haciendo parte de algo mucho más grande que ella, más grande que toda la producción, más grande que todo Netflix: la obra original de García Márquez, casi infinita en dimensión. Lo mismo parecen entender los actores que hacen de José Arcadio y Aureliano, de Pilar Ternera y Melquíades. Todos, sin excepción, parecen haber entendido que en este caso la verdadera actuación consistía en representar algo muy grande, algo muy arquetípico de lo cual ellos/ellas serían solo rostros pasajeros y transeúntes.
La serie logra con los movimientos de cámara, con la impecable factura de trajes y escenarios (que, dice Don Kurka al verla desde su larga experiencia norteamericana, parece mucho más real que cualquier producción hecha en Hollywood), la reducción de diálogos y el uso extremadamente cuidadoso de música e instrumentos, evocar algo mucho más grande que cualquier producción de Netflix, que cualquier producción de cualquier lugar: una novela que convoca la imaginación de todo un continente y de su anclaje en el mundo.
Juan Fernando Mejía dice muchas cosas importantes en su reseña anterior a ver la serie – una de estas es la presencia del tiempo en la obra. La temporalidad condensada de miles de generaciones desde la creación del mundo hasta la Colombia muy real y concreta de la Guerra de los Mil Días, la atemporalidad de Úrsula que sigue moviendo el mundo a medida que este se va desquiciando y perdiendo su eje. También habla Mejía de la visión muy masculina de ese mundo (las iniciaciones sexuales, el rol de Pilar Ternera, la visión arrasadora de José Arcadio y su entrada en diálogo perpetuo con Melquíades, el mundo arrasado por Arcadio y José Arcadio hijo, el idealismo brutal de Aureliano y su soledad esencial, su desamparo perpetuo) y de la centralidad de las mujeres de la novela.
Una periodista del New York Times mencionaba que cuando viajó al set cercano a Ibagué vio muchas cosas, pero algo le llamó poderosamente la atención:
Another thing that struck me was the pride of the Colombian cast and crew, which was palpable. I saw it in the costume crew as its members prepared garments; in the care of the man who served coffee from a cart. Many on the set considered it an honor to be part of the project. Several people told me it would be the most important work they would ever do.
De alguna manera, se percibe que mucha gente (actores y actrices, pero también quienes trabajaron en el vestuario, en las artesanías, en la música) dio lo máximo de sí, llegando a ser parte de algo muy grande, de algo mayor que cada persona individual.
Me encantó la definición que da Mejía al final de su post: evoca la monadología presente en Cien años: la manera como cada personaje, cada época, cada situación, cada espacio, termina siendo una mónada completamente cerrada e incomunicada con las demás, y a la vez un reflejo del universo entero. La novela entera funciona como una mónada máxima del universo, como se ve nítidamente cuando al final la descifra el penúltimo de los descendientes de la estirpe y lee/entiende que todo estaba ya visto y predeterminado por Melquíades en sus manuscritos.
Ante semejante grandeza, tal vez lo más importante era tratar de ser lo más real posible (creo que lo logran muy bien) y a la vez lo más simbólico posible (cosa que no era obvia: una actuación muy grandiosa habría podido destruir eso más grande que había que mantener).
En ese sentido, la serie Cien años logra una verdadera écfrasis con respecto a la novela: un fraseo externo, que no intenta nunca suplantarla pero que sí permite lecturas distintas de la novela.
Yo mismo he leído Cien años de soledad unas cinco o seis veces (dos en voz alta, se la leí a MC cuando estábamos iniciando nuestro noviazgo, aún en el colegio; otra vez la leímos en voz alta muchos años después); la primera vez que la leí tenía yo aún la edad en la que los descubrimientos sexuales de los adolescentes de la novela eran temas escabrosos y difíciles de capturar en la mente de manera clara. El ver la serie sencillamente aporta otros elementos que en otra (muy posible) relectura seguramente activarán temas o ayudarán a articular momentos importantes.
Ayuda inmensamente también, creo, el escuchar también tantas voces de antepasados propios de alguna manera lanzadas a nivel arquetípico en Úrsula o José Arcadio: la voz de los Cardoso del Huila y del Tolima Grande, las historias del fusilado de Tibacuy (un tío de mi abuela, Reynaldo Matiz, oriundo de Neiva, fusilado a los quince años en Tibacuy durante la Guerra de los Mil Días por estar enrolado en un ejército liberal, sobreviviente de esa matanza y luego liberal importante de Neiva, amante de la Alemania de Weimar y del «progreso» que podía traer a Neiva, asesinado luego por alguna otra contienda), las historias de personajes de la familia que se encerraron a vivir sus últimos años (y aunque no hicieran pescados de oro, parecen representados en el arquetipo Aureliano) o personajes que a su manera intentaban abrir trocha y mundo en un lugar donde «el mundo era tan reciente que…». Esas voces las volví a escuchar, de manera remota, en la serie, tal vez por superposición ecfrática con mis varias lecturas anteriores, y con la esperanza de otra lectura futura.
De modo que sí, me pareció realmente excelente la serie, no como suplantación del libro, obviamente (el libro es casi infinito; cualquier otra obra hace bien al evocarlo y conjurar algunos de sus temas), sino como motor de relectura, como apertura de panoramas, como vaivén y adjunción categórica (a sabiendas de estar en una categoría necesariamente menos portentosa que la original) y como lugar de evocación/concreción/proyección de realidades muy bien logradas (vestuario, música, paisajes, habla, rostros, el río, las vajillas con sopa, los espacios) para lograr intentar de nuevo devolverse/adjuntar al libro.

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