No se cayeron los puentes. Se cayeron muchos muros. Una torre de nuestra Catedral se inclinó hacia adentro, se abrieron enormes grietas en los edificios de Milán y quedaron ladrillos en el andén de medio occidente colombiano.
Los ingenieros explican que los muros divisorios no cargan nada y por eso fallan primero, mientras los puentes se diseñan pensando en el sismo. Yo, que no soy ingeniero, no puedo evitar leer ahí otra cosa.
Cuando la tierra se movió, nadie corrió a buscar las escrituras del apartamento. Ni los títulos valores, ni el diploma. Uno busca a los de uno; papás o hijos, al perro, al vecino de al lado. Uno es de quien piensa mientras busca evacuar. El terremoto fue un examen sin preparación previa sobre lo que de verdad nos importa y resulta que lo pasamos.
Rebecca Solnit dedicó un libro entero a esto. En Un paraíso en el infierno revisó los grandes desastres del último siglo —San Francisco en 1906, Ciudad de México en 1985, Nueva Orleans— y encontró lo contrario del cliché.
No el sálvese quien pueda, no el saqueo, no la turba. Encontró comunidades extraordinarias que se organizan solas, sin que nadie las mande y que después extrañan esos días. En México, el terremoto de 1985 no solo tumbó edificios: fundó una sociedad civil.
Basta leer las listas que publicó este diario los días posteriores al seísmo de hace dos semanas. Perros calientes gratis para los voluntarios que sacaban escombros. Almuerzos en Milán. Una camioneta para trasteos pequeños. Consultas pediátricas virtuales. Valoraciones auditivas. Insulina para quien la necesite. Orientación jurídica. Sesiones de yoga para calmar el sistema nervioso. Nadie, en ninguna de esas puertas, preguntó por quién había votado el damnificado.
Aquí conviene frenar antes de la moraleja fácil. Estanislao Zuleta advirtió en 1980 que desconfiáramos de las mañanas radiantes y de los paraísos sin sombras: el ideal de una sociedad sin conflicto no es un ideal, sino una fantasía peligrosa.
Sin embargo, lo que ha pasado estas semanas no prueba que seamos un país sin diferencias. Prueba algo mejor y más modesto: que la diferencia nunca fue el muro. El muro es otra cosa. Es el hábito de convertir al que piensa distinto en alguien cuyo dolor ya no me obliga a nada.
Llamémoslo por su nombre: la polarización. No lo levantamos solos; nos fueron poniendo los ladrillos en la mano, en pantallas, en trinos, en titulares, hasta convencernos de que éramos dos países que apenas se toleran.
El terremoto mostró que solo hay uno y que ese país madruga, presta la camioneta, reparte el almuerzo, abraza al desconocido. No nos volvimos solidarios desde el 10 de agosto: siempre lo fuimos y lo hemos sido.
Lo que pasó fue que se cayó el muro y por fin nos vimos la cara para vernos a los ojos con verdad. De ahí una especie de alegría rara de estos días: la de reconocernos en la solidad y el apoyo.
Ese muro sí se agrietó y ya aparecieron las réplicas. El video de la mujer deseando otro temblor para el Chocó “porque allá solo hay pobreza”. Las imágenes hechas con inteligencia artificial, los videos de Filipinas presentados como si fueran de Cali.
Las réplicas llegan siempre después, cuando ya pasó el susto, y buscan exactamente las mismas grietas de antes.
Ahora llega la parte difícil: los censos, los contratos, los plazos incumplidos, el reparto de culpas. Ahí van a volver los albañiles del muro, con material nuevo y el mismo diseño. Ojalá tengamos la sagacidad de reconocerlos para negarles ingreso.
Yo me sentí cuidado estos días. Millones fuimos cuidados y millones cuidamos, sin preguntar nada. Esa, y no la otra, es la estructura que quedó en pie. El puente que nos une después de ver el muro caer.
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