El tempeh es uno de esos alimentos que generan amor u odio al momento. Sin punto medio. En mi caso está claramente en el primer grupo: me encanta y forma parte habitual de mi compra mensual.
No es un nuevo sustituto de la carne ni un producto de moda. Es un alimento fermentado tradiciona de Indonesia, originario de la isla de Java, donde forma parte de la alimentación cotidiana desde hace siglos. Allí se ha consumido históricamente como una fuente accesible de proteína vegetal, especialmente en contextos donde la carne era escasa o costosa.
Si me preguntas, prefiero el tempeh sin pasteurizar porque tiene un sabor más profundo y una textura más jugosa cuando se cocina. Se nota que la fermentación está viva y eso se traduce en más matices en el plato. Ahora bien, la mayoría de las veces termino preparando el tempeh comercial pasteurizado, sencillamente porque es el que encuentro con más facilidad en tiendas y supermercados. Y no pasa nada: bien cocinado, también da resultados muy buenos.
Para mí no necesita grandes complicaciones. A la plancha, vuelta y vuelta hasta que queda dorado por fuera, ya es una base estupenda para acompañar verduras, cereales o legumbres. Pero si hay una forma especialmente útil cuando alguien empieza a cocinarlo es desmenuzarlo con las manos: se convierte en un topping diferente y muy versátil para ensaladas templadas, tacos, bowls o incluso cremas de verduras. Aporta textura, proteína y ese punto tostado que hace que un plato sencillo gane puntos.
Entender qué tipo comprar y cómo prepararlo marca la diferencia entre un ingrediente que “cumple” y otro que realmente apetece repetir.

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