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Cápsula · Apr 1, 2026

Cápsula 68: 🚀 ¿El fin de los reportes de tendencias?

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3:49 p.m.Cápsula 67 abre con una crítica a Amy Webb por proponer matar los reportes de tendencias sin atacar el problema real (el liderazgo que no sabe usarlos), pasa por el choremancing como síntoma de una vida afectiva colonizada por la productividad, documenta la resistencia global contra los costos ocultos de la IA, y cierra con dos señales: la maternidad como derecho estructural en el deporte…

1. El diagnóstico de Amy es incompleto

En su última charla de SXSW, Amy Webb “entierra” el reporte de tendencias y propone reemplazarlo por una nueva metodología basada en convergencias y storm tracking. SI bien el gesto fue potente, teatral y coherente con su narrativa de “creative destruction”, su diagnóstico se queda corto.

Amy acierta en dos cosas esenciales. Uno, el entorno es demasiado dinámico para que un PDF anual capture la complejidad; dos, muchos “trend reports” en realidad no lo son y se usan solo como un mecanismo comercial o algo decorativo. Ahí no hay mucho que discutir.

Sin embargo, matar el reporte de tendencias no resuelve el problema estructural, porque el cuello de botella no es el formato, sino la cultura de decisión y el tipo de liderazgo que manda en las organizaciones. Cambiar el contenedor de “trend report” a “storm tracker” o a “convergences outlook” sin cambiar el comportamiento de quienes deciden es, en el fondo, una actualización cosmética.

En otras palabras: puedes tener el mejor radar de tormentas, pero si el capitán sigue negándose a cambiar el rumbo, tendrás el mismo problema.

2. Los reportes no son un “crutch” por naturaleza

Los reportes de tendencias son, en esencia, una herramienta de sentido compartido: crean lenguaje común, hacen visibles las fuerzas sistémicas y permiten alinear narrativas entre actores. Eso es justo lo que Amy reconoció.

Lo que los vuelve un “crutch” es cuando se usan como decoración de PowerPoint, como justificación post hoc (“lo hicimos porque el reporte lo dijo”) o como sustituto de pensamiento estratégico propio.

El problema no es que el reporte sea estático, sino que el liderazgo lo trata como un amuleto en lugar de tratarlo como un espacio de deliberación y decisión continua. Mientras sigamos teniendo líderes que piden “las 10 tendencias” pero no están dispuestos a tomar decisiones impopulares, juntas directivas que premian sólo el próximo trimestre, y estructuras de poder que penalizan la disidencia estratégica, da igual si les das un PDF de 600 páginas o un “storm tracker”. El output estratégico será igual de pobre.

3. Por qué “matar los trend reports” no es la solución

Hay un riesgo de que la muerte del “trend report” se convierta en un gesto performativo, algo que genera atención, reputación e historia (“fuimos los primeros en matar el formato”), pero que no necesariamente cambia los incentivos de fondo.

El nuevo lenguaje (convergences, storm tracker, outlook) es interesante, pero también corre el riesgo de convertirse en otra capa de buzzwords si no se acompaña de cambios en gobernanza, responsabilidad y distribución de poder dentro de las organizaciones.

Ella misma mostró cómo los reportes tuvieron impacto porque estaban llenos de rigor, datos y método. Eso prueba que el formato puede ser fértil por lo que, desde nuestra perspectiva, no tenemos una crisis de reportes de tendencias; tenemos una crisis de liderazgo que no sabe qué hacer con la anticipación.

De esto y más hablamos en el episodio 342 de Creative Talks Podcast.

Te damos la bienvenida a #Cápsula.


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Cambio de paradigmas

🛒 El amor en la lista del súper

El término de moda en el ecosistema de las citas de 2026 es el choremancing, un neologismo acuñado por la aplicación Plenty of Fish que fusiona las palabras en inglés para “tarea doméstica” (chore) y “romance”. La premisa es tan simple como sintomática de nuestra época: convertir las obligaciones mundanas, hacer la compra semanal, pasear al perro, ir a la tintorería, en oportunidades para una cita. Según los reportes, un 42% de los solteros ya está practicando esta modalidad. La promesa que nos venden es el fin de la agotadora teatralidad moderna, es decir, dejar atrás la reserva en el restaurante de moda y los guiones ensayados para apostar por encuentros de baja presión donde, supuestamente, la verdadera personalidad aflora entre los pasillos del supermercado.

La reivindicación de lo cotidiano es más reveladora de lo que parece a primera vista, y no necesariamente por el triunfo de la autenticidad que pregonan sus defensores. El choremancing funciona, hasta cierto punto, sin embargo, su principal debilidad radica en su pragmatismo extremo. Como ya han advertido algunos psicólogos y sociólogos, al abrazar esta tendencia corremos el peligro de convertir la compatibilidad amorosa en una métrica más de productividad. Si evaluamos a una potencial pareja basándonos en su eficiencia logística o su capacidad para tachar pendientes, se está confundiendo el amor con la gestión de proyectos.

Lo que el choremancing pone sobre la mesa, quizá sin pretenderlo, es una de las cuestiones centrales de la intimidad en el capitalismo tardío, ¿hasta qué punto la cultura de la optimización ha colonizado nuestra vida afectiva? Las aplicaciones nos han provocado una fatiga algorítmica tan profunda que la mera idea de sentarnos a conversar con un desconocido resulta exhaustiva. Al mismo tiempo, el tiempo libre es un bien cada vez más escaso. Dejar que la logística absorba nuestras citas equivale a aceptar que el agotamiento generalizado y la necesidad de ser perpetuamente productivos son los verdaderos editores de nuestra vida romántica.

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Preguntas incómodas

✊ ¿Quién paga el costo de la inteligencia artificial?

Un reportaje reciente de Rest of World recoge las voces de personas y comunidades en Chile, México, Kenia y Filipinas que están plantando cara a las prácticas de las grandes empresas tecnológicas, cuyos costos ambientales y sociales recaen desproporcionadamente sobre sus territorios.

En Santiago de Chile, el activista Rodrigo Vallejos descubrió que el sistema de enfriamiento de un centro de datos de Microsoft en Quilicura dependía parcialmente de agua subterránea en una zona que ya padece estrés hídrico. Tania Rodríguez, maestra convertida en activista, logró junto al movimiento Mosacat que un tribunal ambiental suspendiera la construcción de un segundo centro de datos de Google hasta que la empresa reevaluara su impacto ambiental.

En México, Olimpia Coral Melo, cuya lucha contra la violencia digital derivó en la Ley Olimpia de 2021, ahora busca que la legislación incluya las imágenes sexuales generadas por IA sin consentimiento, un vacío legal que deja desprotegidas a miles de personas frente a los deepfakes.

Lo que conecta a todas estas historias es la distribución de los costos. Mientras el valor económico de estos sistemas se concentra en un puñado de corporaciones, los costos materiales, el agua, la energía, la salud mental, la precariedad laboral, se externalizan hacia comunidades que no participaron en ninguna decisión y que rara vez aparecen en las hojas de cálculo donde se proyecta el crecimiento del sector.

Señales de posibles futuros

🌊 Maternar y performar

La World Surf League acaba de crear una figura que no existía en el deporte profesional: la maternity wildcard, una invitación directa al circuito de élite para atletas que regresan después de ser madres. La primera beneficiaria es la surfista francesa Johanne Defay, medallista olímpica de bronce en París 2024, quien podrá reincorporarse al Championship Tour 2027 sin pasar por las competencias clasificatorias. La brasileña Tatiana Weston-Webb recibió la misma invitación para esa temporada.

La medida parece pequeña. No lo es. Durante décadas, el deporte profesional ha operado bajo la lógica de que el cuerpo competitivo es un cuerpo sin interrupciones. Cualquier pausa, sobre todo la maternidad, se trataba como una deserción voluntaria del sistema de rankings, y la atleta que volvía lo hacía desde cero, compitiendo contra rivales que nunca dejaron de acumular puntos. Las mujeres tenían que decidir entre competir o gestar, pero no las dos cosas en secuencia sin pagar un precio desproporcionado.

La pregunta que se abre es más amplia que el surf. Si una federación deportiva internacional puede rediseñar sus reglas para acomodar una realidad biológica que siempre estuvo ahí pero que el sistema prefería ignorar, ¿qué otras estructuras profesionales siguen penalizando en silencio las interrupciones que no encajan en la línea recta de la productividad?

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✈️ Cobramos lo que te quitamos

United Airlines presentó la Relax Row, tres asientos de clase económica cuyos reposapiés se elevan hasta formar una superficie plana donde acostarse en vuelos largos. Planea instalarla en más de 200 aviones para 2030. Air New Zealand inventó el concepto en 2010 THE CHAMPAGNE MILE como solución para una aerolínea condenada a vuelos de catorce horas desde el borde del Pacífico.

Lo que ha hecho la aviación comercial durante décadas ha sido degradar sistemáticamente la experiencia de volar en clase económica. Redujo el espacio entre asientos, eliminó comidas, cobró por el equipaje, encogió los baños, quitó todo lo que alguna vez fue parte del servicio básico. Cada centímetro que se retiró del pasajero de atrás se convirtió en un producto nuevo que se le podía vender al de adelante. La comodidad dejó de ser una condición del viaje y se transformó en un catálogo de extras con precio. Ahora la Relax Row llega como novedad, pero lo que ofrece es algo que cualquier persona que haya volado en los años ochenta reconocería de inmediato: espacio suficiente para acostarse. La diferencia es que antes venía incluido en el boleto y ahora es una categoría aparte con nombre registrado y campaña de marketing.

En síntesis, primero se deterioró el producto base hasta volverlo apenas tolerable, después se empaquetó lo que se quitó como una experiencia premium y se vendió de vuelta al mismo cliente que lo perdió. United ha apostado explícitamente a que la rentabilidad en vuelos de largo alcance depende de la mezcla de cabinas y no del volumen total de asientos, lo cual en la práctica significa que cada necesidad del cuerpo humano, dormir, estirar las piernas, no llegar destruido después de doce horas, se convierte en una línea de negocio independiente. No es diseño centrado en el usuario. Es extracción de valor centrada en la incomodidad que ellos mismos fabricaron.

United Airlines

Para llevar

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El valor del creador en tiempos de IA

En esta edición de El Creador, Jon Black comparte una reflexión que le tomó ocho meses de exploración: cuál es el valor de un creador en un contexto de destrucción creativa donde la inteligencia artificial empieza a provocar una de las disrupciones más radicales de la historia. Y si esto fuera un videojuego y decidiéramos jugarlo, asumir el control y participar activamente, la pregunta cambia: cómo se crea valor dentro de ese juego.

Gracias por leer. ¡Nos vemos en el futuro!

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