Quizás todos hemos sentido esa fricción leve, casi imperceptible, que aparece un día en una aplicación que antes funcionaba bien. Un botón que se mueve de lugar, un paso extra para cancelar algo, una ventana que no existía, anuncios que te impiden disfrutar de la experiencia. No se trata simplemente de errores, alguien, en algún lugar, decidió que tu experiencia podía empeorar un poco sin que te fueras. Y luego un poco más. Y un poco más.
Cory Doctorow le puso nombre a ese proceso: enshittification. El ciclo por el cual una plataforma construye algo que funciona, atrae a millones de personas con esa promesa, y una vez que la dependencia está instalada, comienza a degradar el producto para extraer valor.
El Consejo Noruego del Consumidor (la misma institución que en 2018, con su informe Deceived by Design), acaba de publicar Breaking Free: Pathways to a Fair Technological Future. Y para presentarlo al mundo, lo hizo a través de un sketch cómico. Un hombre en Noruega se levanta cada mañana, va a su oficina y empeora tus aplicaciones. Su título profesional: Enshittificador. Proviene de una orgullosa tradición familiar de personas que hacen las cosas mal, solo que ahora, gracias a internet, el alcance de su trabajo es de millones.
Todo lo que muestra el sketch ya nos pasó de alguna forma u otra: las páginas convertidas en granjas de anuncios, los videos ahogados en pausas publicitarias, el teléfono caro que una actualización volvió lento, las fotos de tus padres muertos almacenadas en una nube que ahora cobra por devolvértelas, la atención al cliente que dejó de ser humana.
La degradación ya ocurrió, está ocurriendo, y lo que argumenta Breaking Free es que no estamos ante una colección de malas decisiones corporativas aisladas sino ante una lógica que se ha vuelto estructural. Categorías enteras de productos se deterioran no a pesar del mercado sino gracias a él, y la única fuerza capaz de interrumpir ese ciclo, sostiene el informe, es una política de protección al consumidor que deje de tratar cada caso como una anomalía y empiece a reconocerlo como el resultado previsible de un modelo que funciona degradando.
De esto y más hablamos en el último episodio de Creative Talks Podcast.
Te damos la bienvenida a #Cápsula.
¿Qué tenemos para ti este mes?
🏢 IA estratégica: Cómo preparar tu empresa antes de implementar
Si tu empresa está pensando en implementar IA, el taller IA Estratégica de Blackschool es el lugar correcto para empezar. No se trata de elegir herramientas o implementar solo por que sí, se trata de preparar tu organización antes de invertir un solo peso.
En 9 horas aprenderás a través del Método MAPA, un framework para diagnosticar oportunidades reales, a alistar a tu equipo, diseñar la colaboración humano-máquina y medir el impacto con criterio.
Lo imparte Jon Black.
Próxima fecha: 23, 24 y 25 de marzo de 2026
100% online
3 horas por día = 9 horas en total
Cupo limitado
Si mencionas que viste este mail puedes obtener hasta un 20% de beca.
🧪 Lab: Design Thinking
Si te interesa explorar cómo resolver problemas que involucran personas reales, el próximo 17 de abril Jon Black imparte el Lab de Design Thinking. 90 minutos para conocer los principios, las fases y las herramientas de esta metodología de manera práctica.
Online · $199 MXN · Cupos limitados
Cambio de paradigmas
😡 La huella del odio
El gobierno español acaba de presentar HODIO (Huella del Odio y la Polarización), una herramienta diseñada para medir la presencia y amplificación de discursos de odio en las principales redes sociales del país. La analogía que eligió Pedro Sánchez para explicarla durante el I Foro contra el Odio en Madrid es que así como existe una huella de carbono que cuantifica el daño ambiental, debería existir una huella del odio que cuantifique el daño al tejido social. La herramienta, desarrollada por OBERAXE, analizará contenido público en Instagram, TikTok, X, YouTube y Facebook, combinando inteligencia artificial con revisión humana experta, y publicará informes semestrales con un ranking que compare el nivel de exposición al odio entre plataformas.
La analogía con la huella de carbono es más interesante de lo que parece a primera vista, y no necesariamente por las razones que pretende el gobierno. La huella de carbono funcionó, cuando funcionó, porque medía algo que la física y la química podían definir con razonable precisión: emisiones de CO₂ equivalente. El odio no goza de esa claridad. Juristas y especialistas en derecho digital han señalado que la principal debilidad de HODIO radica precisamente en la subjetividad de los criterios para definir qué constituye discurso de odio y qué es simplemente opinión incómoda o crítica severa. El abogado Borja Adsuara ha subrayado que se está confundiendo deliberadamente el discurso de odio con el delito de odio, y que según datos del propio OBERAXE, el 71% de los mensajes detectados como odio no son ilegales. Si la mayor parte de lo que se mide no es ilegal, la pregunta obvia es qué está midiendo exactamente el gobierno y con qué autoridad lo clasifica.
Lo que HODIO pone sobre la mesa, quizá sin pretenderlo, es una de las preguntas centrales de la gobernanza digital contemporánea: ¿quién debe arbitrar el discurso público cuando el espacio público ya no es una plaza sino una infraestructura privada optimizada para la viralidad? Las plataformas no lo van a hacer porque su negocio depende de la fricción emocional. Los gobiernos presentan un conflicto de interés estructural. Y dejar las cosas como están equivale a aceptar que el algoritmo, diseñado para maximizar tiempo de pantalla, sea el verdadero editor del debate democrático.
La respuesta probablemente no pasa por herramientas gubernamentales de medición del sentimiento público, que siempre cargarán con la sospecha legítima de parcialidad, sino por lo que ya plantea la regulación europea con la DSA: exigir a las plataformas que hagan transparentes sus algoritmos y que rindan cuentas sobre cómo amplifican ciertos contenidos por encima de otros.
Preguntas incómodas
🔧 ¿Quién construye la infraestructura de la inteligencia artificial?
Cuando hablamos de inteligencia artificial, la conversación gravita casi siempre hacia lo inmaterial: modelos, parámetros, datos, algoritmos. Pero la IA no vive en la nube, vive en edificios enormes, llenos de servidores que necesitan electricidad, refrigeración, cañerías y cableado. Vive, en otras palabras, en el trabajo de electricistas, plomeros y técnicos de climatización. Y resulta que no hay suficientes.
Según el Bureau of Labor Statistics de Estados Unidos, entre 2024 y 2034 habrá un déficit promedio de 81 000 electricistas al año. Un estudio de McKinsey eleva la cifra: calcula que para 2030 se necesitarán 130 000 electricistas adicionales, 240 000 obreros de construcción y 150 000 supervisores más. Algunos sindicatos locales de electricistas ya enfrentan proyectos individuales de centros de datos que requieren dos, tres, hasta cuatro veces su membresía actual.
Durante décadas, las sociedades occidentales, y Estados Unidos de manera particularmente agresiva, construyeron un relato en el que el trabajo manual era lo que hacías si no podías hacer algo mejor. Los propios trabajadores de oficios calificados dejaron de transmitir sus conocimientos a sus hijos y empezaron a empujarlos hacia títulos universitarios de cuatro años. El resultado es que la generación con las habilidades más avanzadas en construcción está llegando a la edad de retiro, y no hay quién los reemplace. La industria llevaba años advirtiendo sobre un “tsunami plateado” de jubilaciones masivas. Ese periodo ya llegó.
Lo que tenemos entonces es una economía que necesita desesperadamente manos que sepan hacer cosas en el mundo físico, construida sobre un sistema educativo y cultural que pasó medio siglo diciéndole a esas manos que no valían lo suficiente. La misma industria tecnológica que ofrece paquetes multimillonarios a investigadores de IA depende ahora de que haya suficientes personas dispuestas a cablear sus edificios, y descubre que no las hay porque durante generaciones el mensaje fue que ese tipo de trabajo era un destino menor.
La inteligencia artificial es, al final, tan material como cualquier otra industria. Necesita tierra, agua, cobre, concreto y personas que sepan qué hacer con todo eso. Que hayamos tardado tanto en notarlo dice menos sobre la IA y más sobre lo poco que “miramos hacia abajo” cuando hablamos de progreso.
🤖 ¿Y si el problema no es perder el empleo sino perder el propósito?
Hay un nuevo constructo clínico que un par de investigadores acaban de proponer: la disfunción por reemplazo de inteligencia artificial (AIRD, por sus siglas en inglés). Describe la angustia existencial que experimentan personas que ven cómo los sistemas de IA automatizan su trabajo. Los síntomas son los esperables: ansiedad, insomnio, depresión, confusión de identidad. Pero lo que subyace no es solo miedo a quedarse sin ingresos, sino el miedo a dejar de importar.
El consejo que circula con más frecuencia en los círculos tecnológicos es reconviértete, aprende un oficio manual, hazte electricista o plomero. Y no es un consejo absurdo; como vimos antes, la demanda de esos trabajadores es real y creciente. Pero la recomendación suele hacerse con una ligereza que delata lo poco que se ha pensado en ella. Ignora, por ejemplo, que el trabajo físico es duro para el cuerpo, que no todo el mundo tiene el temperamento ni las condiciones para hacerlo, y sobre todo, que cambiar de profesión no es solo cambiar de actividad sino cambiar de identidad.
La filósofa Rebecca Newberger Goldstein, en su libro El instinto de la materia, argumenta que la necesidad de significado es una condición básica de lo humano. Somos, en su formulación, “materia que anhela importar”. Cada persona construye lo que ella llama “proyectos de significado”, las actividades y compromisos que le dan su razón de ser. Y cuando esos proyectos se ven frustrados durante demasiado tiempo, el resultado no es simplemente insatisfacción laboral sino crisis existencial, y en su forma más extrema, lo que Goldstein describe como “una muerte dentro de la vida”.
Lo que la conversación sobre IA y empleo tiende a omitir es precisamente esta dimensión. Se habla mucho de cuántos puestos se perderán, de qué sectores son más vulnerables, de cómo reentrenar a la fuerza laboral. Todo eso importa. Pero no captura lo que realmente está en juego para alguien que ha pasado veinte años siendo periodista, o profesor, o diseñador, y de pronto se enfrenta a la posibilidad de que lo que sabe hacer pueda hacerlo una máquina más rápido y más barato. El golpe tiene que ver con quién eres cuando lo que hacías deja de necesitarte.
Y aquí es donde el debate se inclina hacia dos posibles respuestas, sin embargo, ambas son igualmente insuficientes. La respuesta optimista dice que la creatividad humana es irreemplazable, que siempre habrá espacio para lo que solo nosotros podemos hacer. Pero esa promesa se ha ido achicando con cada nueva versión de los modelos de lenguaje. La respuesta pesimista dice que la automatización es inevitable y que hay que adaptarse o morir. Pero adaptarse a qué, exactamente, cuando ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo sobre la velocidad a la que esto está ocurriendo, los escépticos dicen que la difusión será más lenta de lo que prometen las empresas de IA, y los aceleracionistas argumentan que incluso los oficios manuales se automatizarán una vez que lleguemos a la superinteligencia.
Lo que queda en medio, y que casi nadie aborda, es la pregunta por el propósito. No basta con tener un ingreso; hace falta sentir que lo que haces importa, que tus habilidades y tu experiencia tienen un lugar en el mundo. Y eso no se resuelve con un programa de reentrenamiento ni con una renta básica universal, aunque ambas cosas sean necesarias. Se resuelve, si es que se resuelve, entendiendo qué tipo de significado necesitas y buscando dónde más puede encontrarse, antes de que la decisión la tome alguien por ti.
Señales de posibles futuros
🔍 Tus datos a la venta
Google ofrece desde hace un tiempo una herramienta gratuita llamada Results about you que permite a cualquier usuario detectar y solicitar la eliminación de información personal (números de teléfono, direcciones, correos electrónicos, documentos de identidad) que aparezca en los resultados de búsqueda asociados a su nombre. El sistema escanea, notifica cuando encuentra coincidencias, y permite pedir la retirada del enlace directamente desde la página de resultados. Desde su lanzamiento en 2022, Google ha ido ampliando las categorías elegibles y añadiendo alertas automáticas cuando nueva información personal resurge en la web.
Lo que esta señal anticipa es un futuro en el que la gestión de la propia identidad digital se convierte en una tarea permanente, una especie de higiene que hay que practicar con la misma regularidad con la que se cambia una contraseña. Y como toda tarea que exige tiempo, atención y conocimiento técnico, terminará estratificándose: quienes tengan recursos pagarán servicios que lo hagan por ellos, quienes no, quedarán expuestos. Ya existen empresas dedicadas exclusivamente a limpiar tu huella digital por una suscripción mensual. Si la tendencia se consolida, la privacidad dejará de ser un derecho que se protege y se convertirá en un servicio que se contrata, con niveles de cobertura según lo que puedas pagar.
📦 Sabemos donde vives
Mercado Libre acaba de lanzar en Brasil una campaña llamada Scratch Your Data: etiquetas de envío raspables que invitan a los consumidores a borrar sus datos personales antes de tirar el paquete. Si rascan la etiqueta, descubren un cupón de descuento. La iniciativa, desarrollada por GUT São Paulo y lanzada el Día del Consumidor, busca convertir la protección de datos en un gesto cotidiano, tan automático como cerrar la puerta al salir de casa.
Si esta señal se lee hacia adelante, lo que sugiere es que la carga seguirá recayendo sobre el consumidor, que tendrá que añadir un paso más a su rutina (raspar, tachar, destruir) para compensar un diseño logístico que nunca pensó en él. Y que ese gesto individual, por más que se gamifique con cupones, no es suficiente. Lo que en realidad se necesita es rediseñar el sistema para que la información sensible no esté ahí en primer lugar. La pregunta es si las empresas logísticas llegarán a eso por convicción o solo cuando el costo de las filtraciones físicas sea lo suficientemente alto como para que les resulte más barato prevenirlas.
Para llevar
🧠 Únete a la comunidad creativa de Blackbot
Queremos invitarte a formar parte de nuestra comunidad de diseñadores y personas curiosas e inquietas interesadas en creatividad, innovación, diseño, negocios y futuros.
Nuestra comunidad es un espacio seguro donde podrás compartir tus ideas, explorar nuevas perspectivas y desafiar lo convencional. Así que siempre encontrarás apoyo, inspiración y amigos con quienes compartir, intercambiar y debatir ideas.
Además, tendremos retos, herramientas, reportes, webinars y contenido exclusivo para la comunidad.
Únete ahora en el siguiente enlace: https://nas.io/blackbot

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.