Cuando hablamos de inteligencia artificial, tendemos a pensar en hardware, algoritmos y poder computacional. Nos imaginamos una revolución técnica, un salto en la capacidad de las máquinas. Pero esa lectura es solo una pequeña parte. Lo que está ocurriendo en un sentido más profundo es una revolución en nuestra relación con el lenguaje mismo, con esa sustancia invisible sobre la que descansa, según Iris Murdoch, todo nuestro tejido humano.
Los grandes modelos de lenguaje no son, en su esencia, herramientas de cálculo. Son máquinas de palabras. Su materia prima es el lenguaje, su interfaz es el lenguaje, y lo que producen, en la inmensa mayoría de los casos, es lenguaje. Si aceptamos, al igual que Murdoch, que “las palabras son los símbolos más sutiles que poseemos” y que olvidar su naturaleza viva y radical es hacerlo “bajo nuestra propia amenaza”, entonces la aparición de una máquina capaz de generarlas de manera ilimitada y aparentemente impecable no es un evento además de tecnológico, ontológico.
El lenguaje no es simplemente un vehículo de información. Es lo que transforma nuestra experiencia de un mundo de estímulos y respuestas en un mundo mediado por símbolos, abierto a la metáfora, al error, a la ficción y a la libertad. Hablar, articularse, buscar las palabras propias para nombrar lo que uno siente o piensa, es precisamente el acto por el cual el ser humano se relaciona con el mundo. Lo que la IA realmente está automatizando es ese acto de relación, ese gesto constitutivo de lo humano.
Wendell Berry, décadas antes del chatbot, ya advertía sobre la correlación entre la desintegración del lenguaje y la desintegración de las personas y las comunidades. Para él, la accountability del lenguaje, es decir, la responsabilidad de quien habla por lo que dice, no era una cuestión estilística sino moral. El punto es que cuando delegamos la articulación a una máquina, ¿de quién son las palabras? ¿Quién las posee? El uso ordinario y honesto del lenguaje presupone que el hablante tiene algo en juego, que asume responsabilidad por lo que dice. El texto generado por IA es texto que nadie puede decir que le pertenece, un lenguaje sin dueño, y esa ausencia es ya una forma de corrupción.
Josef Pieper pensaba que la corrupción de la palabra no es un problema periférico, porque “la palabra y el lenguaje no constituyen un área específica o especializada... forman el medio que sostiene la existencia común del espíritu humano como tal”. Cuando el lenguaje se degrada, la existencia humana misma no permanece indemne. Y George Steiner fue aún más lejos al mostrar cómo un idioma que sirve para justificar atrocidades, queda incapaz ya de cumplir sus dos funciones esenciales: transmitir el orden que llamamos ley y comunicar lo que llamamos gracia.
La revolución de la IA no nos interpela, entonces, como usuarios de tecnología, sino como hablantes. La pregunta no es si los modelos de lenguaje son precisos o eficientes, sino qué le ocurre a nuestra capacidad de ver y de juzgar cuando dejamos de ejercer el trabajo de articulación. Stanley Hauerwas dice: “Solo puedes actuar en el mundo que puedes ver, pero solo puedes ver aprendiendo a decir.” Si delegamos el decir, perdemos el ver. Y si perdemos el ver, perdemos la capacidad de actuar con lucidez moral en el mundo.
La verdadera revolución, pues, no está en los servidores ni en los parámetros del modelo. Está en el lenguaje, en lo que dejamos de decir porque ya hay una máquina diseñada a decirlo por nosotros.
De esto y más hablamos en el último episodio de Creative Talks Podcast.
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Hay una frase del filósofo Karl Schroeder que vale la pena recordar: “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguishable de la naturaleza.” Es la inversión deliberada de la famosa ley de Arthur C. Clarke, y en esa inversión está contenida toda una forma distinta de entender qué significa hacer cosas en el mundo.
El solarpunk parte de ahí. No es un movimiento nostálgico ni una fantasía de regreso a la vida campesina, sino una apuesta por romper la división que la modernidad industrial instaló como si fuera inevitable, la que pone a la tecnología de un lado y a la naturaleza del otro. Esa división nunca fue neutral. Fue una decisión, sostenida por una cosmología particular, la del Occidente industrial, que asumió que la naturaleza era un recurso a dominar y que el progreso se medía por la distancia que lográbamos poner entre nosotros y ella.
Lo que propone el solarpunk no es rechazar la tecnología sino preguntarle a qué sirve y desde qué valores fue diseñada. Los puentes de raíces vivas que los Khasi cultivan en Meghalaya durante décadas, las chinampas aztecas que producen alimento sin agotar el suelo, la arquitectura de caña de los Ma’dan en los pantanos de Irak que sube y baja con el nivel del agua: todo eso es tecnología. Tecnología que durante siglos los ojos occidentales no reconocieron como tal precisamente porque no se parecía a una máquina, porque no dominaba el ecosistema sino que formaba parte de él.
Esa ceguera tiene consecuencias. Cuando se asume que solo hay una forma de hacer tecnología, se descartan siglos de inteligencia acumulada sobre cómo vivir en lugares específicos, con recursos específicos, sin destruirlos. El filósofo Yuk Hui lo llama cosmotécnica: la idea de que cada cultura construye sus herramientas desde una cosmología propia, desde una manera de entender su relación con el cosmos. Globalizar una sola forma de hacer es también globalizar una sola forma de existir.
El solarpunk no es una estética, aunque tenga una muy reconocible. Es una pregunta sobre el tipo de mundo que queremos habitar y sobre si estamos dispuestos a diseñar para ese mundo en lugar de para el crecimiento indefinido. Ciudades que se comportan como ecosistemas, energía que en lugar de acumularse, circula, materiales diseñados para descomponerse y volver al suelo. No la eficiencia como fin sino la suficiencia como horizonte.
Lo que lo hace interesante no es su optimismo, que a veces roza lo ingenuo, sino su insistencia en que el futuro no está escrito por una sola mano. Que hay muchas formas de hacer, muchas formas de saber, y que la crisis que enfrentamos puede ser también una invitación a recordarlas.
En este artículo, Rebeca Solnit inicia con moras. Horas junto a un arroyo, manos arañadas por las espinas, pies en el agua fría, el sonido de los pájaros y las abejas. Y en casa, frascos de mermelada líquida y llena de semillas que regala como una porción de ese verano, de esa paz.
Lo que nos invita a reflexionar con este ejemplo es que hay cosas que hacemos no por lo que producen sino por lo que nos ocurre mientras las hacemos. Silicon Valley lleva décadas convenciéndonos de que esa distinción no importa, de que lo único que cuenta es el resultado, y de que cualquier esfuerzo adicional es un problema que necesita solución.
El resultado es una sociedad que ha ido retirándose del mundo. De los recados, de las conversaciones con desconocidos, del clima, de los vecinos. Cada pequeño contacto eliminado parecía una ganancia en tiempo o en comodidad, y puede que lo fuera, pero también era un hilo menos en una red que sostenía a unos y otros. Pertenencia, quizás. O simplemente la sensación de estar en un lugar que también te conoce a ti.
Y ahora la misma lógica llega al territorio más íntimo. Al poema que alguien le pide a un chatbot que escriba para su esposo en su aniversario. A las citas en las que un joven recibe instrucciones en tiempo real sobre qué decir. A los compañeros de IA que siempre están disponibles, nunca tienen necesidades propias, nunca te contradicen. La promesa es atractiva precisamente porque el contacto humano real es impredecible, a veces doloroso, siempre exigente. Pero esa exigencia no es el defecto de las relaciones humanas, es de hecho, donde ocurre todo lo que las hace irreemplazables.
Lo que se pierde no es fácil de medir, y eso es exactamente el problema. En un mundo gobernado por métricas, lo que no se puede cuantificar tiende a desaparecer sin que nadie lo note hasta que ya es demasiado tarde.
Durante mucho tiempo los exoesqueletos han sido dispositivos médicos o industriales, reservados para contextos muy específicos con costos tan altos que parecían prohibitivos. Que hoy se vendan como productos de consumo en una feria tecnológica, junto a audífonos y relojes inteligentes, nos advierte que posiblemente el cuerpo humano está entrando formalmente al catálogo de cosas mejorables por suscripción.
Lo que esta señal sugiere no es que todos vayamos a caminar con robots en las piernas, sino que se está normalizando la idea de que las capacidades físicas humanas son un problema de ingeniería. Y una vez que esa idea se instala, las preguntas que siguen son inevitables. ¿Quién tendrá acceso a los cuerpos aumentados y quién no? ¿Qué ocurre con los espacios, las instituciones y los empleos diseñados asumiendo cuerpos sin asistencia mecánica? ¿En qué momento dejar de usar uno de estos dispositivos dejará de ser una elección y empezará a ser una desventaja?
Katinka Hofstede van Beek tiene más de 70 años, ilustra, trabaja como voluntaria en una granja y dice que por dentro sigue siendo de 25. Cuando una agencia de publicidad en Amsterdam la convocó junto a otras once personas de su generación para trabajar en briefs reales de clientes reales, acudió para generar ideas. Y funcionó.
Lo que hizo Tosti Creative es pequeño en escala y enorme en el potencial que representa. Cientos de personas mayores de 70 años respondieron a una convocatoria abierta para trabajar como creativos.
La señal no es que los mayores puedan ser creativos, algo que nunca debió estar en duda, sino que el mercado empieza a percibir el costo de haberlos ignorado. Las personas mayores de 60 años concentran una porción creciente del poder adquisitivo en las economías más desarrolladas del mundo, y sin embargo siguen siendo diseñadas por personas que no las conocen, para campañas que no las ven. Esa brecha entre quién produce la cultura comercial y quién la consume es, además de un problema ético, una ineficiencia enorme.
De cara al futuro, esta señal apunta hacia la posibilidad de que el envejecimiento poblacional, lejos de ser solo una crisis de pensiones y sistemas de salud, sea también una reconfiguración de quién tiene autoridad creativa, experiencial y cultural en una sociedad.
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¿Eres inteligente pero tu cuenta bancaria no lo refleja? En este episodio, Jon Black toma una de las preguntas más incómodas de Dan Koe "Si eres tan inteligente, ¿por qué eres tan pobre?" y la examina sin filtros. ¿La inteligencia está sobrevalorada? El mundo no recompensa a los más listos; recompensa a los que actúan. Un episodio que te hará cuestionar lo que realmente te está frenando.
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