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Cápsula · Feb 2, 2026

Cápsula 64: 🚀 El uso de la inteligencia

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Blackbot · Cápsula

Durante décadas, el mercado convirtió la inteligencia en producto: estudiar, acumular conocimiento, transformarlo en experiencia, y con ello volverse “contratable” y “cotizable”. MBAs, certificaciones, maestrías, como sellos de garantía de que tu inteligencia es útil para resolver problemas reales. En ese modelo, la inteligencia humana era escasa y por eso valía. Pero con la irrupción de la IA generativa y el discurso de figuras como Jensen Huang, se instala otra narrativa en donde la inteligencia técnico‑operativa es ahora un commodity. Lo que antes se veía como inteligencia se presenta ahora como algo que la máquina puede hacer “con mayor facilidad”.

Esto significa que, desde la perspectiva de muchos millonarios y grandes corporaciones, la inteligencia que cuenta es la que maximiza eficiencia, reduce costos y escala sin reclamar derechos. Por eso no les interesa la inteligencia humana en toda la extensión de la palabra, nos referimos a esa inteligencia encarnada que incluye vulnerabilidad, contradicción, intuición, conflicto ético, organización colectiva. Todo aquello que no se deja parametrizar en un KPI aparece algo que “estorba”, algo que hay que eliminar.

Esta distancia se vuelve más obscena cuando vemos cómo se precariza e invisibiliza el trabajo humano detrás de la “magia” de la IA. Etiquetadores mal pagados entrenando modelos, moderadores de contenido expuestos a material traumático, creativos presionados a producir más en menos tiempo “apoyándose en la IA”, trabajadores reemplazados por flujos automatizados sin una red de seguridad real. Mientras tanto, en la narrativa aspiracional de los ricos, se habla de ingreso básico universal como si fuera una especie de concesión filantrópica para la humanidad excedente, no como un derecho que reconozca el valor de todas las formas de contribución humana, incluidas las que no son monetizables.

En síntesis, en la economía actual, se paga poco a la gran mayoría y se idolatra a unos cuantos fundadores, mientras se invisibiliza a las multitudes que alimentan, sostienen y corrigen a las máquinas.

Cuando los millonarios “no se preocupan” por el verdadero uso de la inteligencia humana, no es por ignorancia, sino porque su arquitectura de poder depende de esa desvalorización. Valorar de forma plena la inteligencia humana implicaría reconocer y remunerar los cuidados, la organización comunitaria, la imaginación política, la capacidad de decir “no” a ciertos usos de la tecnología. Implicaría aceptar límites a lo que puede ser automatizado en nombre de la dignidad. Y eso choca frontalmente con un modelo que ve en la IA la oportunidad de sustituir relaciones laborales conflictivas por sistemas predecibles y obedientes.

El desafío, entonces, no es sólo redefinir “inteligencia” en términos más ricos y complejos, sino disputar y cuestionar quién se beneficia de ella y bajo qué condiciones. Mientras la conversación esté capturada por una élite que habla de “futuro” sin hacerse cargo de las vidas que precariza, la inteligencia humana seguirá siendo explotada como si fuera un insumo barato.

De esto y más hablamos en el último episodio de Creative Talks Podcast.

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El “centauro inverso” que plantea Doctorow es una figura potente para pensar el presente tecnológico. Ya no es el humano asistido por la máquina, sino el humano subordinado a ella. En lugar de un cuerpo que se potencia con herramientas, tenemos un cuerpo convertido en periférico de un sistema automático cuyo verdadero propósito no es mejorar el trabajo ni la vida, sino proteger la rentabilidad de unos pocos monopolios.

En el ejemplo del repartidor de Amazon, el trabajador no conduce realmente la furgoneta; es la furgoneta, y el sistema que la gobierna, quien lo conduce a él. Cámaras, sensores y algoritmos lo vigilan, le prohíben cantar, controlan hacia dónde mira, miden cada segundo. La persona está ahí solo porque todavía no existe un robot capaz de bajar el paquete a la puerta. Su cuerpo es el apéndice que falta para cerrar la cadena de valor. Eso es el centauro inverso: no un humano empoderado por la técnica, sino un humano degradado a extensión biológica de una máquina cuyo diseño obedece a intereses empresariales, no a necesidades humanas.

Doctorow insiste en que no se trata únicamente de herramientas que podrían ayudarnos a trabajar mejor, como en el caso ideal del radiólogo que usa un sistema automatizado para detectar tumores con más precisión, aunque eso implique leer menos radiografías por día. Esa versión “centáurica”, humano al mando, máquina como apoyo, no es la que se está vendiendo a los inversores. Lo que se vende es otra cosa: la posibilidad de despedir a nueve de cada diez radiólogos, programadores o ilustradores y dejar a uno solo como “humano en el bucle”, cuya función real es absorber la culpa cuando la IA se equivoca. Ese trabajador ya no toma decisiones en libertad; vigila a la máquina, firma el informe, carga con la responsabilidad. Es un sumidero de responsabilidad, un fusible humano dentro de una infraestructura algorítmica diseñada para maximizar recortes de costos.

El centauro inverso surge entonces de una configuración muy concreta de poder, una donde los monopolios tecnológicos han agotado su crecimiento real y necesitan inventar nuevas narrativas para sostener valor bursátil, fondos de inversión que reclaman disrupción permanente, y una cultura gerencial que ve en la automatización no una posibilidad de redistribuir el trabajo y el tiempo, sino una oportunidad de disciplinar y abaratar mano de obra. La IA, en este esquema, no “hace tu trabajo”, sirve para convencer a tu jefe de que pueda despedirte, mantener tus tareas fragmentadas dentro de un sistema automatizado y culparte cuando la estadística disfrazada de inteligencia produzca errores.

Frente a este paisaje, el centauro inverso de Doctorow nos obliga a preguntar a quién asiste realmente. ¿Quién gana autonomía y quién la pierde? ¿Estamos construyendo tecnologías para ampliar nuestra capacidad de cuidado, creatividad y deliberación colectiva, o solo nuevas formas de extraer productividad mientras convertimos personas en interfaces vivientes de sistemas opacos?

Igor Omilaev en Unsplash

El siguiente video es una exploración de los peores escenarios plausibles de cambio climático y de cómo podrían llevar a un colapso civilizatorio, no solo por el calor en sí, sino por la combinación de clima extremo con sistemas humanos frágiles.

Empieza mostrando cómo, durante décadas, el gobierno de EE. UU. (vía NOAA) registró el costo creciente de los desastres climáticos, hasta que se recortó el financiamiento de esos datos. El video discute que, en campos de alto riesgo (aviación, medicina, energía nuclear), diseñar en torno al peor caso es simplemente gestión responsable del riesgo, no pesimismo. Con el clima, en cambio, los escenarios de alto calentamiento (3–4.5 °C o más) han estado subrepresentados incluso en informes científicos clave como los del IPCC.

A partir de ahí, afirma que bajo las políticas actuales vamos hacia unos ~2.6–2.9 °C de calentamiento a finales de siglo, pero existe una banda de incertidumbre mucho mayor. Esa incertidumbre tiene dos fuentes: la política (qué tan bien se cumplirán las promesas del Acuerdo de París, qué pasará con la cooperación internacional) y la física (la “sensibilidad climática”, es decir, cuánto se calienta realmente el planeta por cierta concentración de CO₂). Por esa combinación, hay un 18% de probabilidad de superar 4.5 °C incluso con niveles de CO₂ algo menores a los previstos, un riesgo inaceptable si lo comparamos con algo tan cotidiano como subirse a un avión con 18% de probabilidad de estrellarse.

El video, sin embargo, subraya que “fin del mundo” no significa que un día la temperatura sube y todo se acaba, sino que el clima actúa como un acelerador que tensiona sistemas ya frágiles.

Esta señal apunta a una fractura estructural entre el guion clásico de la carrera profesional y las condiciones materiales y afectivas del trabajo contemporáneo. Durante décadas, “ascender” equivalía casi automáticamente a mandar sobre otros, asumir más carga emocional y burocrática, y sacrificar tiempo personal a cambio de dinero, estatus y cierta promesa de estabilidad. Ante ello, la llamada Gen Z está renunciando a ese supuesto.

Por un lado, es una respuesta racional a un entorno donde la volatilidad económica, la precariedad y el burnout han vaciado de sentido la figura del jefe. Han visto a sus jefes actuar como parachoques del sistema, absorbiendo presión desde arriba y sufrimiento desde abajo, sin poder real para transformar las reglas del juego. Si el liderazgo se percibe como ser “ese saco de boxeo” en una máquina que no controlas, renunciar a ese rol es incluso una forma de autopreservación.

Getty Images

Esta es una señal importante de futuro. No es la primera vez que una fiebre de infraestructura reconfigura el mapa antes que las instituciones. Ferrocarriles, oleoductos, minas, siempre hubo un relato de progreso inevitable que servía para justificar expropiaciones, cambios de uso de suelo, desigualdades en la distribución de beneficios. Aquí ocurre algo parecido, solo que envuelto en lenguaje de “nube”, “inteligencia artificial”, “innovación”. El resultado sigue siendo que unas pocas empresas obtienen control de nodos estratégicos, mientras los costos (riesgo en la red, presión sobre recursos, paisajes transformados) se socializan.

La geografía que se dibuja no es la clásica de una ciudad atrayendo talento y capital, sino la de islas de alta densidad energética en medio de lo que, en apariencia, son espacios vacíos. Pero no están vacíos, tienen comunidades, ecosistemas, acuíferos, redes eléctricas rurales que no fueron pensadas para una demanda continua y concentrada. La física de la infraestructura empieza a mandar sobre la política local, y muchas veces a espaldas de ella. Las compras de tierra mediante compañías pantalla, los acuerdos con cooperativas eléctricas antes de que exista un verdadero debate público, muestran cómo el capital se mueve primero y solo después vienen las preguntas.

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