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Cápsula · Jan 16, 2026

Cápsula 63: 🚀 Apostando el futuro

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Blackbot · Cápsula

Arrancamos el año con movimientos bastante agresivos a nivel geopolítico, uno ellos, fue el arresto y captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos.

Sin embargo, alrededor de esa noticia hay señales y fenómenos que han venido creciendo en los últimos años. Una de estas señales son los mercados de predicción como Polymarket, que permiten apostar dinero real sobre prácticamente cualquier evento futuro, dichas plataformas se han convertido en terreno fértil para el uso de información privilegiada.

El caso más llamativo ocurrió justo durante la operación militar estadounidense contra Nicolás Maduro. Horas antes de que Trump diera la orden final del ataque, un usuario anónimo apostó más de 20 000 dólares a que Maduro sería derrocado a finales de enero. La cuenta, creada apenas un mes antes, terminó ganando más de 400 000 dólares. Internet se llenó de memes especulando que Barron Trump, encorvado frente a dos monitores en su dormitorio universitario, podría estar detrás del asunto.

Pero este episodio no fue aislado. Algo similar ocurrió con el Premio Nobel de la Paz 2025, cuando las probabilidades de María Corina Machado comenzaron a dispararse en Polymarket justo antes del anuncio oficial. El Instituto Nobel declaró que podría haber sido víctima de espionaje. En otro caso, un operador apostó con precisión asombrosa a las búsquedas más populares de Google momentos antes de que la compañía publicara su informe anual. Ganó más de un millón de dólares.

Lo verdaderamente inquietante es la postura filosófica detrás de estas plataformas. Mientras Kalshi prohíbe explícitamente el uso de información privilegiada, el CEO de Polymarket ha declarado que su plataforma crea incentivos para que la gente divulgue información nueva. La idea es que, si alguien sabe algo que otros no, debería poder monetizarlo y al hacerlo, el mercado se convierte en una especie de fuente de noticias en tiempo real.

Esto implica que, si bien, el uso de información privilegiada tradicionalmente se considera problemático porque distorsiona un campo de juego ya desigual, enriqueciendo a quienes están cerca de las decisiones más importantes mientras el resto queda en desventaja. La innovación de los mercados de predicción es sugerir que esa desigualdad podría, de hecho, facilitar la verdad. Una postura conveniente que pone nuestro futuro a expensas del mejor postor.

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Vivimos en una era donde la comodidad se ha convertido en el valor supremo. Cada aplicación, cada servicio, cada innovación tecnológica promete lo mismo. Eliminar la fricción. Reducir los pasos. Hacer todo más fácil. Y sin embargo, algo se pierde en ese proceso de optimización perpetua.

La fricción solía ser simplemente parte de la vida. Cocinar requería pensar qué hacer con los ingredientes disponibles. Llegar a un lugar implicaba preguntar direcciones o perderse un poco. Comunicarse con alguien significaba tolerar silencios incómodos y respuestas inesperadas. Leer un libro demandaba paciencia, concentración sostenida, la capacidad de habitar el aburrimiento hasta que algo interesante emergiera.

Ahora todo eso puede evitarse. Y lo evitamos. ChatGPT planifica las comidas. Google Maps elimina la posibilidad de perderse. Los mensajes de voz reemplazan las conversaciones. TikTok ofrece dopamina en fragmentos de quince segundos. El resultado es una vida donde la incomodidad se ha vuelto intolerable. No porque hayamos cambiado, sino porque hemos perdido el músculo para soportarla.

Hay algo profundamente perverso en esto. Las empresas tecnológicas han descubierto que nuestra tendencia natural al escape puede monetizarse infinitamente. Cada fricción eliminada crea dependencia de su ausencia. Una vez que dejamos de cocinar, volver a hacerlo se siente como un castigo. Una vez que dejamos de leer libros largos, la concentración sostenida se vuelve casi dolorosa. Nos convertimos en versiones de nosotros mismos que necesitan la mediación tecnológica para funcionar.

La lectura es el ejemplo más claro. Los niños que aman leer no nacieron así. Llegaron a los libros porque, en algún momento, fueron la opción menos aburrida disponible. Eso requiere un contexto donde las alternativas más estimulantes simplemente no existan. Requiere, en otras palabras, fricción deliberada.

Quizás la pregunta más urgente de nuestro tiempo sea esta. ¿Quiénes somos cuando renunciamos a todo lo que nos resulta difícil? La inteligencia artificial elimina la fricción del pensamiento. Las aplicaciones eliminan la fricción de la convivencia. ¿Qué queda?

La respuesta podría ser en sí misma un ejercicio de fricción. Nunca antes habíamos tenido que defender tan conscientemente lo que significa ser humano. La incomodidad, el aburrimiento, la espera, la incertidumbre, el esfuerzo de pensar por cuenta propia. Todo eso que las empresas tecnológicas clasifican como problemas a resolver son, en realidad, las condiciones que hacen posible una vida plenamente vivida.

Abrazar la fricción puede que hoy sea una forma de resistencia. Y quizás, también, la única manera de seguir siendo nosotros mismos.

En este video, Alice examina un fenómeno que redefinió el panorama de la protesta social en 2025. Una ola de levantamientos liderados por la Generación Z en países tan diversos como Marruecos, Madagascar, Nepal e Indonesia.

Lo que unió a estos movimientos fue un hartazgo compartido frente a sistemas que priorizaban el espectáculo sobre el bienestar. En Marruecos, el detonante fue la obscena inversión en estadios para el Mundial 2030 mientras el sistema de salud colapsaba—ocho mujeres murieron en una sola semana por complicaciones en cesáreas. En Madagascar, los jóvenes salieron a las calles hartos de estudiar con velas porque la electricidad era un lujo intermitente. En Nepal, la gota que derramó el vaso fueron los escándalos de corrupción y las fotos virales de hijos de políticos posando junto a montañas de bolsas de marcas de lujo.

Pero quizás lo más fascinante fue el cómo. Estos movimientos operaron bajo una lógica radicalmente horizontal. Sin líderes visibles, sin partidos políticos, sin las estructuras verticales que esta generación asocia precisamente con la corrupción que combate. La coordinación sucedió en Discord, TikTok y Telegram. En Nepal, diez mil personas eligieron a su nueva primera ministra temporal a través de un servidor de Discord, un hecho que habría sonado a ciencia ficción apenas una década antes.

Sin embargo, Alice cierra con una advertencia que vale la pena retener. Citando el libro If We Burn de Vincent Bevins, recuerda la paradoja de los movimientos horizontales. Son brillantes para derribar el poder, pero frecuentemente dejan un vacío que otros terminan ocupando.

Australia desactivó 4.7 millones de cuentas de menores de 16 años en el primer mes de su prohibición de redes sociales. Las plataformas cumplieron porque las multas por incumplimiento ascienden a 33 millones de dólares.

Francia, Malasia e Indonesia ya anunciaron que implementarán leyes similares. Varios estados de Estados Unidos están considerando el mismo camino. El experimento australiano podría ser el primer caso de estudio de una ola regulatoria global que redefina la relación entre infancia y tecnología—o el inicio de nuevas formas de control estatal sobre el acceso a la información, disfrazadas de protección.

Roni Bintang / Getty Images

Vivoo acaba de lanzar un sensor de $99 dólares que se instala en cualquier inodoro y analiza tu orina para medir niveles de hidratación. Withings ofrece una versión más sofisticada por $380 dólares que detecta cetonas, acidez y calcio. Kohler fue más lejos con una cámara que fotografía tus deposiciones y usa IA para analizar tu salud intestinal.

Hace una década, Adult Swim parodiaba la idea de rastrear lo que pasa en el baño como algo universalmente repulsivo. Hoy, después de normalizar el monitoreo de pasos, sueño, ritmo cardíaco y glucosa en sangre, la orina parece el siguiente territorio lógico de la cuantificación personal. La frontera de los datos biométricos sigue expandiéndose, un fluido corporal a la vez.

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