Hay días en los que no te apetece ni levantarte.
Solo con abrir los ojos por la mañana desearías quedarte en la cama por todas las cosas (aburridas y estresantes) que tienes por hacer.
Y pasan 5 minutos y sigues ahí.
Suplicando una tregua o deseando que al abrir de nuevo los ojos la realidad haya cambiado.
Lo peor es que ese mal rollo, esa desgana, se mete dentro de ti y cuesta expulsarla.
Porque ni las cosas que antes disfrutabas, ese día no las disfrutas.
Te ves fea,
o torpe,
o que parece que todo se tiene que complicar y tienes que luchar x4 en cosas diminutas e insignificantes. Y te sientes cansada.
Así estaba yo ayer.
¿Y sabes lo que hice?
Lo que pude
Jajaja
No son fáciles esos días y es fácil dejarse llevar por esa sensación.
Por eso intenté no pensar en nada para no darle bombo a mi cabeza, me levanté, me v vestí y en vez de centrarme en adelantar tareas y alimentar mi estrés, cogí la esterilla y me regalé 15 minutos.
15 minutos de estirar y relajarme.
No hice más.
Al acabar parecía la de siempre.
Tenía más energía, mejor ánimo y volví a tener un día normal.
Con ganas de pasármelo bien y con ilusión.
Volvía a ser yo.
Las tareas de siempre seguían ahí, pero no había dejado que la mierda se colase dentro.
Y mis cervicales y espalda me lo agradecieron.
Así que eso, que hoy quería recordarte que cuando menos te apetece es cuando más lo necesitas.
PD: te escribo a 2.000 metros de altura, en Dolomitas, que hemos venido unos días de vacaciones y aún así hay días que no quieres levantarte de la cama. Que paradoja es la vida eh..

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