Lee el podcast de Calor extremo y sequia. Estrategias para mitigar su impacto
Este contenido se genera a partir de la locución del audio por lo que puede contener errores.
Bienvenidas y bienvenidos.
Hoy nos sumergimos en un tema, bueno, fascinante y la verdad bastante urgente.
Cómo el mundo del vino está adaptándose, lidiando con un clima que no para de cambiar.
El calor que sube y el agua que escasea son un verdadero rompecabezas, ¿no? Sobre todo en las zonas vinícolas que ya de por sí son cálidas y secas.
Para entenderlo bien a fondo, tenemos material muy variado, ¿eh? Investigaciones técnicas de peso internacional, como las revisiones de Ives o el American Journal of Enology and Viticulture.
También miradas desde España, gracias a la FEA, el CSICTEX, y experiencias desde Australia, vía SBS.
Y no nos olvidamos de estudios más específicos, como riego inteligente de VLAB, o el cuidado del suelo, por ejemplo, desde el blog de NATE.
Bastante completo.
Nuestro objetivo hoy en esta exploración es identificar los golpes más duros del cambio climático en las viñas.
Y sobre todo descubrir ese abanico de respuestas, desde las más tradicionales hasta la última tecnología, que se están poniendo en marcha para que podamos seguir, bueno, disfrutando del vino en el futuro.
OK, vamos a desentrañar esto.
El punto de partida inevitable es el termómetro.
Las temperaturas promedio están subiendo.
Y esto, claro, lo cambia todo en el ciclo de la vida.
Brota antes, madura antes, y muchas veces la cosecha se adelanta.
Hay definiciones claras, como las de Marcus Keller, que nos dicen cuando un clima es cálido, entre 17 y 19 grados Celsius de media, o ya caliente, si pasa de 19 a 21.
Pero el dato que me parece clave es el aumento de días por encima de los 35 grados.
Ese parece ser un número, un umbral crítico para la vida.
Son un punto de inflexión.
Es como si la uva entrara, digamos, en modo de supervivencia.
La química interna se desbarajusta por completo.
El equilibrio delicado entre azúcares y acidez, bueno, se rompe.
Tiende a subir demasiado el alcohol potencial y, algo crucial para los tintos, compuestos como los flavonoides y las antocianinas, que son los que dan color estructura, pueden degradarse o simplemente no se producen como deberían.
Y esto no es teoría.
En Australia, por ejemplo, ya han medido un grado de aumento desde 1910 y han vivido olas de calor brutales, como esa de Barrosa en 2015, que, bueno, dejaron una marca importante.
Y claro, más calor significa más sed para la planta, ¿no? Justo cuando más agua necesita para enfriarse y seguir funcionando.
Resulta que hay menos disponible.
Las fuentes hablan de cambios en los patrones de lluvia, deshielos que llegan antes y se van más rápido, glaciares que se encogen.
Hay proyecciones, como las de Rhones y su equipo, que la verdad asustan un poco sobre el futuro de esas reservas.
Y los acuíferos que bajan de nivel.
Todo eso nos lleva directo a un mayor riesgo de sequía.
Ese es el otro gran fantasma.
Hay regiones que ya viven al límite.
Pienso en el sureste del estado de Washington, por ejemplo, donde llueven apenas 200 milímetros al año.
Allí, si no riegas, la vid simplemente muere.
Y no es un caso aislado, para nada.
Investigaciones como la de Dyer y sus colaboradores proyectan escenarios donde las variedades actuales de vitis vinífera, que es la especie de la mayoría de nuestros vinos, podrían no sobrevivir sin riego en climas futuros aún más cálidos y secos.
La sequía es como un freno de mano para la planta.
Reduce la fotosíntesis, limita el crecimiento de hojas, de brotes, achica las vallas, afecta directamente la cantidad de uva.
El manual de Sisytex lo deja muy claro.
En muchas zonas, el riego ya no es un complemento, es una necesidad básica.
Según los estudios de Keller, parece que la temperatura tiene un impacto más directo, más dominante sobre la composición final de la uva.
O sea, ese balance azúcar-acidez, los aromas, el color.
Es como si el calor pusiera la firma química en la valla misma.
Sin embargo, la disponibilidad de agua es más determinante para el funcionamiento general de la planta.
Su capacidad de hacer fotosíntesis, su vigor, cuánto crece.
Es decir, el agua decide si la planta puede llegar en forma, digamos, a producir esas uvas.
Curiosamente, el efecto de la falta de agua en las fechas de brotación o maduración, la fenología, es más variable.
Depende mucho de cuándo ocurre ese estrés hídrico.
En cambio, el calor sí que acelera consistentemente todo el ciclo.
Así que no es uno u otro.
Es una interacción compleja, pero con roles un poco diferenciados.
Entendido.
Entonces, frente a este doble desafío, calor y sed, los viticultores nos están quedando quietos, claro.
Hablemos de las adaptaciones.
Empecemos por las que se pueden hacer, bueno, año a año.
El manejo del agua parece claro.

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