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Transmediarte · Jun 25, 2026

Toy Story rompe sus pilares

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Toy Story 5 rompe sus dos pilares, y menos mal

Hay una manera de medir si una saga sigue viva o si ya solo respira por la nostalgia: fíjate en qué está dispuesta a soltar. Toy Story 5 suelta dos cosas a la vez, las dos que sostenían toda la franquicia, y por eso es la entrega más importante de la saga desde la trilogía original. No por ser la mejor. Por ser la que se atreve. Es lo que no le pasó a Star Wars. Es lo que hizo Fast and Furious en la cuarta entrega y lo que debería hacer de nuevo.

Durante cuatro películas, Toy Story ha funcionado con un motor fijo: Woody y Buzz, dos tontos muy tontos, discutiendo, compitiendo, salvándose el uno al otro a base de torpeza y buena fe. Ha sido entrañable, ha sido el corazón cómico de la saga, pero también ha sido, durante mucho tiempo, un cortafuegos que ha impedido que el resto del reparto respirara. Toy Story 5 hace lo que parecía impensable: les quita el centro y se lo da a Jessie, que siempre ha sido, de largo, la juguete más lista del grupo, y que durante toda la franquicia ha tenido que esperar su turno detrás del dúo protagonista.

Esto no es un detalle menor ni un simple relevo generacional de guion. Es la saga reconociendo, treinta años después, que su estructura de poder narrativo estaba anticuada: dos personajes masculinos llevando el peso de la historia mientras los personajes femeninos —Jessie la primera— hacían de soporte emocional o de comic relief secundario. Cambiar eso no es solo una decisión de escritura, es una decisión simbólica. Y conviene decirlo sin rodeos: el hecho de que dar protagonismo a un personaje femenino —y de que se note, y de que parte del público lo note y le moleste— sea motivo de cabreo para cierto sector reaccionario, incel y de derechas, del público es, precisamente, la prueba de que la decisión es socialmente deseable. Si esa gente se irrita, algo se está moviendo en la dirección correcta.

El otro vicio estructural de la franquicia —y de Pixar en general en sus últimas entregas— era tirar de la lágrima fácil apelando a “los juguetes que se quedan atrás”, “el niño que crece y los abandona”, la misma melodía emocional repetida con variaciones cada vez más automáticas. Toy Story 5 podría haber hecho la quinta vuelta a esa noria sin despeinarse. No lo hace. En vez de eso, se mete en un problema social real y actual: el uso de pantallas en la infancia, materializado en Lilypad, la tablet que compite por la atención de Bonnie.

Y aquí está lo más interesante de la jugada: la película no convierte a la tablet en villana de manual. No demoniza la tecnología, no monta el sermón fácil de “las pantallas matan la imaginación de tu hijo” que cualquier guionista perezoso habría firmado sin pensarlo dos veces. Plantea la tensión, la deja incómoda, no la resuelve con un mensaje moralista envuelto en celofán familiar. Eso, viniendo de una maquinaria como Disney, que vive de simplificar conflictos sociales en villanos reconocibles, es un acto de inteligencia narrativa poco habitual.

Lo que hace especial a Toy Story 5 no es que toque uno de estos dos temas. Es que toque los dos al mismo tiempo, sabiendo que cualquiera de los dos por separado ya generaría ruido. Quitarle el protagonismo a Woody y Buzz para dárselo a una mujer, y además no usar la nostalgia como muleta emocional, es renunciar deliberadamente a las dos certezas que garantizaban el aplauso fácil del público de toda la vida. Es la franquicia diciendo: prefiero arriesgarme a incomodar a una parte de mi público que seguir vendiéndole exactamente lo mismo que ya le vendí hace diez años.

Por eso, más allá de si la ejecución es perfecta —no lo es del todo, ninguna quinta parte lo es—, Toy Story 5 merece leerse como lo que es: un movimiento valiente en una saga que ya no tenía nada que demostrar y que, aun así, decide demostrarlo.

Hasta el infinito y, por fin, más allá.

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