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Transmediarte · Aug 9, 2026

Escuchar también es leer

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Transmediarte · Transmediarte

Cada cierto tiempo vuelve la misma discusión, disfrazada de debate literario serio: los audiolibros no cuentan como leer. Se dice con aire de superioridad, casi como una contraseña entre “lectores de verdad”. Y como toda idea que se repite sin cuestionarse, merece que la desmontemos con calma.

La versión más común dice algo así: leer es un acto activo, uno decodifica símbolos, construye el mundo en su cabeza, se apropia del texto. Escuchar, en cambio, sería pasivo: alguien más hace el trabajo por ti, tú solo recibes.

El problema es que confunde el canal con el acto. Leer —en el sentido que de verdad importa, el que transforma algo en nosotros— no es mover los ojos por una página. Es construir un mundo a partir de un lenguaje, habitarlo, dejar que la narrativa se vuelva tuya. Eso pasa exactamente igual cuando la voz de un narrador te entra por el oído. Sigues imaginando los rostros, el ritmo, los silencios; sigues decidiendo qué significa lo que estás recibiendo. La apropiación de la historia no depende de si la información entró por la retina o por el tímpano.

Y aquí es donde el argumento no solo es débil, es directamente excluyente. Si “leer” se define estrictamente como descifrar símbolos visuales con los ojos, entonces el braille tampoco sería leer, porque ahí la información entra por las yemas de los dedos, no por la vista. Nadie serio diría eso. A nadie se le ocurre decirle a una persona ciega que lee en braille que “en realidad no está leyendo”. Sería absurdo y de un capacitismo que asusta.

Pues el mismo argumento, aplicado a los audiolibros, es igual de absurdo: solo que como no apunta directamente a una discapacidad reconocida, a mucha gente le parece una opinión de café en vez de lo que realmente es, una forma de capacitismo con ropa de purismo literario. Asume que solo hay una vía legítima para acceder a una narrativa —la vista, sobre papel o pantalla— y todo lo demás es una versión de segunda categoría. Ignora, de paso, a quienes tienen dislexia, baja visión, fatiga visual, o simplemente procesan mejor el lenguaje oral que el escrito. Para muchísima gente, el audiolibro no es un atajo cómodo: es la puerta de entrada real a la lectura.

Si algo deberíamos tener claro a estas alturas es que la lectura nunca fue sobre el soporte. Cambiamos del rollo al códice, del códice al libro impreso, del libro impreso a la pantalla, y cada vez alguien anunció el fin de la lectura “de verdad”. La voz humana narrando una historia es, de hecho, el soporte más antiguo de todos: mucho antes de que existiera la escritura, ya nos apropiábamos de narrativas escuchándolas.

Lo que hace que una historia sea tuya no es el músculo que usaste para recibirla, es lo que hiciste con ella después: lo que recordaste, lo que te removió, lo que discutiste con alguien, la escena que se quedó viviendo en tu cabeza mucho después de terminarla. Eso pasa igual con papel, con la tinta digital, con braille o con auriculares.

Así que vamos a dejarlo claro, sin suavizarlo: si tu definición de “leer de verdad” excluye a quien accede a una historia por el oído, eres capacitista. No hace falta que lo digas con esas palabras ni que lo pienses con mala intención; el efecto es el mismo, estás diciéndole a millones de personas —con dislexia, baja visión, fatiga ocular, discapacidad motriz para sostener un libro— que su manera de leer no es lectura de verdad, que es una especie de trampa o de versión light. Eso no es una opinión sobre literatura, es poner una barrera donde no hacía falta ninguna.

Y luego está el otro personaje de esta obra: el que jura que solo el papel es sagrado, que hace falta el olor del libro, el tacto, el subrayado a lápiz, para que la lectura “cuente” de verdad. A ese lo llamemos por su nombre también: es un pijo insufrible. Ha convertido un objeto —bonito, sí, con memoria sensorial, también— en una liturgia excluyente, como si la literatura necesitara ceremonia para ser literatura. Le importa más la performance de ser lector que la propia historia. Prefiere la estética de la lectura a la lectura misma.

Y esto no es un matiz sensible, es política pura. La accesibilidad no es una cortesía que el mundo editorial concede cuando le sobra presupuesto: es un derecho, el mismo que exige rampas, subtítulos o pasos de cebra sonoros. Cuando una industria trata el audiolibro como el hermano menor del libro “de verdad” —le pone precios más altos, lo saca meses después, lo relega a categoría aparte en los premios literarios—, no está haciendo una distinción estética, está decidiendo qué cuerpos y qué vidas merecen acceso pleno a la cultura y cuáles tienen que conformarse con las sobras. Y quien defiende esa jerarquía, aunque sea sin querer, está defendiendo un statu quo que ya excluía a la gente antes de que existiera el debate sobre si “cuenta” o no.

Además, hay clase de por medio, aunque no se diga en voz alta. El ritual del papel, la estantería curada, la hora de silencio para sentarte a leer, es un lujo de tiempo y espacio que no todo el mundo tiene. Quien se traga un audiolibro en el metro, cocinando, cuidando a alguien o haciendo un turno de doce horas no está “haciendo trampa”: está leyendo en los únicos huecos que su vida le deja. Decir que eso no cuenta es, otra vez, decidir desde una posición cómoda quién tiene derecho a la literatura y en qué condiciones.

Están defendiendo un club, y decidiendo quién tiene carné y quién no. La historia, mientras tanto, sigue siendo de quien la escucha, la toca en braille o la huele en papel amarillento: de quien deja que se le meta dentro.

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