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Transmediarte · Jun 5, 2026

Sen: mil entre muchas

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Transmediarte · Transmediarte

Hay una escena que contiene todo lo necesario para afirmar que El Viaje de Chihiro es más que una película para niños. Yubaba sostiene el contrato firmado por Chihiro, pasa el dedo sobre las letras de su nombre, y los caracteres desaparecen uno a uno. No hay violencia. No hay gritos. Solo el gesto administrativo, limpio y eficiente, de una gestora que sabe exactamente lo que hace: no necesita encadenar a la niña. Le basta con hacerla olvidar quién era.

Miyazaki lleva décadas siendo leído e interpretado como un narrador de fábulas mágicas, como un poeta de la infancia, como defensor del medio ambiente y de los personajes femeninos fuertes. Raramente se le lee como lo que también es: alguien que describe con precisión aterradora cómo funciona el poder cuando ya no necesita ser visible. El viaje de Chihiro (2001) no es un cuento sobre crecer. Es un diagrama del poder tal como funciona en las sociedades de control: no mediante la prohibición sino mediante la producción de sujetos que se administran solos, que trabajan sin coerción visible, que han interiorizado tan profundamente las reglas que ya no las reconocen como externas.

Foucault llamó a esto biopoder. Miyazaki lo llamó Baño de Yubaba.

En Vigilar y castigar, Foucault describe cómo las instituciones disciplinarias —la escuela, la fábrica, el hospital, la prisión— producen individuos: los clasifican, los distribuyen en el espacio, los hacen visibles, les asignan una identidad funcional. El nombre propio es, en este esquema, una trampa. Te hace rastreable. Te hace responsable. Te hace tuyo, en el sentido de que tienes algo que perder.

Yubaba entiende esto mejor que muchos filósofos. Cuando te contrata, te roba el nombre y te da uno nuevo. Chihiro se convierte en Sen. La etimología que da la película no es accidental: sen puede traducirse como mil, como lo numeroso, como lo intercambiable. Ya no eres alguien. Eres una instancia. Una posición en el organigrama. El sistema no necesita saber que eras Chihiro; necesita saber que eres Sen, que tu turno empieza a las seis, que tu puesto es el ayudando en las calderas o limpiando al Dios del Río.

Lo que se roba con el nombre no es solo identidad en sentido sentimental. Se roba la posibilidad de narrarse. Sin nombre propio no hay biografía, no hay continuidad, no hay el hilo que conecta quién fuiste con quién eres y hacia dónde vas. Esa discontinuidad no es un efecto secundario del sistema: es su objetivo principal. Un trabajador que no puede narrar su trayectoria no puede reclamar derechos sobre ella. No puede decir yo llevo aquí diez años porque el yo que llegó hace diez años ya no existe administrativamente. Llevas años presentándote con el nombre de tu cargo. Soy diseñador en X. Soy profesor en Y. Soy el responsable de Z. El nombre propio va detrás, casi como dato secundario. La institución va primero. Y estamos muy lejos de Japón.

El Baño de Yubaba es una empresa perfectamente organizada. Hay jerarquías claras, espacios diferenciados, turnos, tareas asignadas. Hay también un sistema de consecuencias que no necesita ser explicado porque todos lo conocen: quien no trabaja se convierte en animal. La amenaza está siempre presente pero raramente se ejecuta. No hace falta. Los propios compañeros se encargan de recordársela a los recién llegados.

El control más eficiente no es el que te vigila constantemente. Es el que te hace asumir que podrías estar siendo vigilado en cualquier momento, aunque nadie esté mirando. Yubaba no necesita estar en todas partes. Tiene espejos. Tiene empleados que llevan décadas en el sistema y han hecho suya su lógica.

Lin es el ejemplo más interesante. No es mala persona. Ayuda a Chihiro, la protege, le enseña las reglas no escritas. Pero también le recuerda constantemente qué cosas no se hacen, qué límites no se cruzan, qué palabras no se dicen delante de ciertas personas. Lin ha sustituido su resistencia por pragmatismo. Ha aprendido a moverse dentro del sistema con suficiente habilidad como para sobrevivir dignamente, y eso, en el vocabulario del sistema, cuenta como éxito.

Ahora no la culpes. Probablemente tú también hayas hecho lo mismo que ella.

Yubaba es rica de una manera que el capitalismo contemporáneo ha aprendido a disimular mejor. Su riqueza es visible, ostentosa, casi obscena: la suite en lo alto del edificio, el bebé monstruoso al que sobreprotege, el oro que acumula sin ninguna justificación más allá del placer de acumular. Miyazaki no hace ningún esfuerzo por hacer simpática esta acumulación. La muestra como lo que es: parasitaria, excesiva, construida sobre el trabajo de otros que apenas recuerdan su propio nombre.

Hay una tentación de leerla como villana personal, como monstruo individual, y así hacer el problema más manejable. Pero Miyazaki se cuida de no dejarnos esa salida cómoda: Yubaba tiene una hermana gemela, Zeniba, que vive retirada, que es amable, que es igualmente poderosa. El problema no es el carácter de Yubaba. El problema es la estructura que ella administra, que funcionaría igual con otra gestora al frente. Que Zeniba, seguramente, haría lo mismo que su hermana, solo que con mejores palabras.

Porque el sistema no necesita jefes malos. Le basta con jefes funcionales.

Sin Cara es el personaje que más me incomoda porque seguramente es el que más me reconozco. Aparece al margen, silencioso, sin identidad propia. Cuando entra al Baño y descubre que el oro que produce genera atención inmediata, se descontrola: pide más, da más, devora más. No es que sea cruel. Es que nunca ha tenido una forma propia y ha encontrado en el consumo la ilusión de tenerla.

El oro de Sin Cara es falso. El sistema lo acepta mientras dure la apariencia.

Aquí Miyazaki está describiendo algo que Foucault apuntó tardíamente y que los teóricos del neoliberalismo como Wendy Brown han desarrollado después: el sujeto neoliberal no solo trabaja, también consume su propia identidad. Compra experiencias, cuida su marca personal, optimiza su bienestar. La diferencia entre trabajar para el sistema y disfrutar del sistema se vuelve imposible de trazar. Sin Cara no sabe si está siendo explotado o si se está divirtiendo. Tampoco nosotros, la mayoría de las veces. TikTok ya se encarga de eso.

La película termina con Chihiro recuperando su nombre. Recuerda quién era. Los padres son liberados. Hay una salida al otro lado del túnel.

Sería tranquilizador leer esto como promesa: si eres suficientemente valiente, suficientemente fiel a ti misma, el sistema te devolverá lo que te robó. Puedes salir.

Pero esta lectura ignora algo incómodo: Chihiro puede salir porque tiene diez años, porque su historia acaba de empezar, porque la película necesita un final. Los trabajadores del Baño se quedan. Lin se queda. El hombre rana se queda. Las criaturas que llevan décadas allí no recuperan ningún nombre porque hace tanto que lo perdieron que ya no sabrían qué hacer con él. Joder, Haku se queda aún recordando el suyo.

El sistema no te destruye de golpe. Te desgasta. Te da suficiente para continuar —un nombre funcional, un sueldo, la ilusión de que el trabajo que haces importa— y retira exactamente lo necesario para que no puedas irte. Para que te va a poner un muro cuando basta con hacerte olvidar que alguna vez quisiste otra cosa.

Y lo más perturbador de la película, lo que Miyazaki se permite dejar sin resolver, es que Chihiro cruza el túnel de vuelta pero no sabemos qué recuerda realmente. Los adultos no pueden ver el mundo al que ella acaba de sobrevivir. Nadie va a creerle. El trauma no tiene lenguaje en el otro lado.

Quizás lo que recupera no es su nombre completo. Quizás recupera solo suficiente para funcionar en el siguiente sistema que la espera.

Porque no la hay. O al menos, no una limpia.

El biopoder no es un villano derrotable. No tiene cara definitiva ni dirección postal. Es la forma en que el poder se ha hecho invisible precisamente porque ha dejado de necesitar ser visible: está en los contratos, en los procedimientos, en la normalización de que entregar tu nombre a cambio de un empleo es una transacción razonable. Miyazaki muestra el mecanismo con claridad casi didáctica: así es como una institución te recibe, así es como te renombra, así es como consigue que obedezcas sin necesitar amenazarte constantemente, así es como acumula en lo alto mientras tú trabajas abajo. Pero no ofrece el manual de escape. No porque sea pesimista, sino porque sería deshonesto hacerlo.

El viaje de Chihiro es una película para niños que hace exactamente esto: te muestra el mecanismo del biopoder con claridad cristalina, te permite identificarte con quien lo atraviesa, y luego te deja en los créditos con la pregunta sin responder.

Chihiro cruzó el túnel.

Tú llevas años trabajando en el Baño y a veces, solo a veces, tienes la sensación de que había algo escrito en ese contrato que no llegaste a leer del todo.

No recuerdas bien tu nombre de antes.

Pero sabes que había uno. Ojalá algún día lo recuperes.

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