Hay noticias que parecen pensadas especialmente para despertar curiosidad: un strudel que ocupa más de 100 metros de mesa, una cafetería atendida completamente por un robot capaz de servir más de 200 cafés por hora y una piscina transparente suspendida sobre el vacío.
Tres propuestas muy diferentes, en tres lugares del mundo, pero con algo en común: convertir una experiencia cotidiana en algo difícil de olvidar.
Villa General Belgrano, en Córdoba, celebró la primera edición del Strudel Fest con un protagonista a la altura del evento: un strudel de manzana gigante de exactamente 101 metros y 56 centímetros de largo.
La elaboración estuvo a cargo de reposteros artesanales locales y requirió más de 1.400 manzanas verdes y rojas, además de 30 kilos de azúcar, nueces, pasas de uva, canela y 20 litros de crema.
El resultado se extendió sobre largas mesas instaladas en la explanada del Salón de Eventos, donde vecinos y turistas pudieron acercarse a probarlo.
Pero detrás del tamaño récord había también un objetivo solidario. Cada porción se vendió acompañada por chocolate caliente a un valor de $10.000. Se comercializaron alrededor de 1.000 porciones y la recaudación superó los $10 millones, destinados a colaborar con el primer hospital de Villa General Belgrano.
La propuesta también contempló 90 porciones de strudel sin TACC, aptas para personas celíacas.
Una combinación de gastronomía, identidad local, espectáculo y solidaridad que convirtió a un postre tradicional centroeuropeo —muy ligado a la historia de Villa General Belgrano— en una celebración colectiva.
El segundo caso nos lleva bastante más lejos: Pekín, China. Allí abrió una cafetería operada completamente por un robot humanoide de torso superior que puede encargarse de todo el proceso de preparación del café sin intervención humana detrás del mostrador.
En su jornada inaugural logró servir 202 tazas en una hora, alcanzando un récord Guinness para una tienda operada por robot.
El sistema funciona las 24 horas y el androide puede moler los granos, preparar el café, espumar la leche, mezclar los ingredientes y finalmente entregar la bebida.
Los clientes realizan sus pedidos a través de una tablet interactiva y pueden personalizar aspectos como la cantidad de azúcar, la intensidad del café e incluso el diseño del latte art.
La velocidad es otro de los grandes atractivos: el tiempo de espera promedio es inferior a 30 segundos por taza. Y los precios también llaman la atención. Un café americano grande puede costar alrededor de un dólar, mientras que las bebidas más elaboradas con leche, endulzantes personalizados o latte art rondan los dos dólares.
El proyecto plantea además avanzar hacia recomendaciones de bebidas personalizadas a partir de información vinculada con la salud del usuario.
Más allá de la novedad, el caso abre una pregunta interesante: ¿hasta dónde puede automatizarse una experiencia tan asociada al contacto humano como tomar un café?
La tercera historia cambia completamente de paisaje. En el Parque Nacional Khao Yai, en Tailandia, el hotel MYS Khao Yai convirtió a una piscina en uno de los principales elementos arquitectónicos de todo el complejo.
Se trata de una estructura acrílica transparente de aproximadamente nueve metros de largo que se proyecta desde el edificio principal y queda suspendida varios metros sobre el suelo.
El efecto visual es impactante: quienes nadan pueden observar el vacío debajo de sus cuerpos, mientras desde otros sectores del hotel se ve literalmente un techo de agua sobre la recepción.
La piscina fue concebida como parte del proyecto del estudio Urban Praxis y requirió una solución de ingeniería especialmente desarrollada para soportar el peso del agua, los movimientos de los usuarios y el empuje hidrostático sin perder la sensación de ligereza que genera la estructura transparente.
En su construcción participó Reynolds Polymer, firma especializada en grandes estructuras acrílicas y acuarios.
El hotel cuenta con 16 habitaciones, seis villas con piscinas privadas climatizadas y una villa principal de mayor tamaño. Toda la arquitectura busca reforzar la integración con el paisaje, elevando los espacios habitables y generando la sensación de pequeñas construcciones suspendidas en medio del bosque.
Las tarifas rondan los 200 dólares por noche y posicionan al establecimiento dentro del segmento de lujo.
En este caso, la piscina deja de ser simplemente un servicio del hotel para transformarse en el motivo mismo por el que muchas personas probablemente quieran conocerlo.
¿Qué tienen en común un strudel gigante en Córdoba, un robot preparando café en China y una piscina transparente en Tailandia? Los tres toman algo conocido y cambian su escala, su tecnología o su contexto.
El strudel deja de ser solamente un postre y se convierte en un evento colectivo y solidario. El café pasa de la barra tradicional a un sistema completamente robotizado. Y una piscina se transforma en una experiencia arquitectónica donde nadar implica también enfrentarse visualmente al vacío.
En gastronomía, turismo y hospitalidad, muchas veces la diferencia ya no está únicamente en lo que se ofrece, sino en cómo se transforma en una experiencia digna de ser contada.
Y estas tres historias, definitivamente, tienen mucho para contar.
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