¡Hola, amiwas!
¿Cómo estáis? 🧡
En Madrid, desde donde os escribo, tenemos unos días bellos en los que apetece salir y darse paseitos 24/7 cafelito en mano y libro en el bolso.
Yo llevo unas semanas frenéticas. Y no quiero entrar en burn out –de nuevo–. Así que voy a reducir las newsletters: os llegará el boletín de Mamarracheo y 🍪 las galletitas creativas, pero las otras… cuando me dé la vida. Sé que las galletitas os están gustando mucho (gracias por el cariño), así que prefieron que tengan más calidad.
🧡 Por cierto, ¡el taller de cartas TKM fue un éxito! Ya estamos planeando con las amigas de la Lasai el próximo, os cuento próximamente, así que al quite. 👀
En este boletín os traigo:
🔸 Una serie, Younger : una madre de familia se hace pasar por una joven de 26 para ingresar en el mundo editorial. Os la recomiendo si necesitáis algo fresquito que ver en bucle y si echáis de menos los tiempos prepandémicos (ay, 2017 🥲)
🔸Y un cómic, AguaGym de Marina Sáez: que habla de un grupo de amiga que se ven en clases de… aguagym, valga la redundancia. Aunque, últimamente, tienen una observadora. Tienen unos diseños preciosos, mirad:
Si estáis en proceso de documentación y os puedo echar una mano, me podéis escribir a sofiamartinj@gmail.com 🤗
Allá por 2009 fui con mis padres a Roma. En serio, veo las fotos y pienso en el efecto de Fama, ¡a bailar! en mi generación a la hora de vestir. Qué estampados. Iba con mis padres por el Castel Sant’Angelo y en un local había mucha gente y cámaras con flashes disparatados. Se estaba celebrando una premiere en la que había un montón de actores norteamericanos. La jefa de House, Jack el de Perdidos… y él, Eric Dane. Tengo una foto pixeladísima. Os la pondría, pero está en uno de los ordenadores de 2008, de milagro que encienda.
Un par de años después, en 2011, mi amiga Trina y yo nos mandábamos muchísimos mensajes por BlackBerry messenger. De fiesta, nos contábamos con quien ligábamos, después hablábamos de las series que estábamos viendo, las pelis. Veíamos Anatomía de Grey –ahorraba todos los meses y después iba a la Fnac a comprarme temporadas completas– y teníamos una broma: a su ligue lo llamábamos McSteamy (el personaje de Eric Dane) y el mío McDreamy.
Cuando vi que había fallecido, fue a la primera a la que le mandé un pantallazo.
Siempre pienso en la huella de la cultura pop y sus maneras. No sé si os pasa.
Conocí a Eva Gallud hace unos años en un taller organizado por Andrea Mateos y desde entonces leo sus Extenso Miscelio y le sigo la pista de lo que va publicando. Hoy la conocemos un poquito más.
¿Qué haces para que haya un poco de arte todos los días?
Lo cierto es que no me lo propongo, pero paso tanto tiempo en internet que, al final, siempre acabo por cruzarme con algo de arte, ya sea un cuadro, una fotografía, una canción o un poema. También me gusta fijarme en los detalles cotidianos, eso que, si vas demasiado deprisa, no percibes: la luz que incide de cierta forma, un rótulo antiguo, algo roto pero hermoso, una risa o una frase que te sorprende… Ayer por la noche, por ejemplo, encontré un gorro de unicornio abandonado en un parque. No no es arte como tal, pero es una forma inesperada de extraña belleza.
¿Una canción que siempre te suba el ánimo?
Tengo varias, depende de qué tipo de día esté teniendo. De las más clásicas Corazón contento de Marisol es un must; o Downtown, de Petula Clark. A la adolescente gótica post-punk que sigo siendo le sube mucho el ánimo Open de The Cure (aunque sea en realidad un poco bajonera) o Date with The Night de los Yeah Yeah Yeahs. Y más actuales Red Wine Supernova de Chapell Roan o Sinner de The Last Dinner Party.
¿Una serie que sea comfort space?
Me gustan las comedias de media hora. Soy fan de casi todas las que ha escrito Michael Schur, The Office, Parks & Recreations o Brooklyn Nine-Nine. Esta última además me parece que consigue algo increíble que es hacer una serie sobre una comisaría con unos personajes totalmente fuera del cliché del poli americano (y el que lo es es pura ironía).
Y luego está la primera temporada de Twin Peaks, que me flipa y siempre digo que me gustaría no haberla visto para volver a verla por primera vez. No obstante, aun habiéndola revisitado ya varias veces, siempre me embelesa y le encuentro algo nuevo.
Y aunque no son series, hay algunos programas que me dan mucha paz mental, como Maestros de la costura o Drag Race.
¿Qué andas leyendo estos días?
Como siempre, tengo varios libros empezados que voy leyendo según me apetece. Uno es Cuentos atados a la pata de un lobo de Angélica Liddell. Este lo leo poco a poco porque no es para darse un atracón. Liddell plantea siempre temas controvertidos que nos remueven y nos invitan a pensar sobre la violencia, lo desagradable, lo perverso, estirando continuamente los límites y llevándonos a lugares incómodos. Creo que es una de las creadoras que, ahora mismo, le trae al pairo la opinión general y hace lo que le da la gana, artísticamente hablando, sin miedo.
Acabo de empezar Lapvona, de Ottessa Moshfegh, de quien no he leído nada hasta ahora.
Y siempre tengo algo de poesía en la mesilla. Ahora mismo Digo cascada y el viento arde, de Iosune de Goñi que es una poeta navarra a la que tenía muchas ganas de poder leer por fin en castellano.
Cuéntanos una anécdota mamarrachesca, de esas de “tierra, trágame”.
Por suerte, debo tener mala memoria para estas cosas porque, así de repente no se me ocurre ninguna, más allá de caerme al entrar en un vagón de metro por ir corriendo para no perderlo. También es cierto que con la edad una va perdiendo la vergüenza y aprende a reírse de sí misma y a flagelarse menos por según qué errores.
Si pudieras cambiarte con unx creadorx, ¿con quién sería?
Con alguna que pueda vivir de sus creaciones y además viva en el campo. Algo como lo de Enya, pero en lugar de vivir recluida en un castillo que me parece un poco exagerado y un poco torre de marfil, que fuese en una casa cómoda y bien preparada, con un bosque y un lago cerca.
Tampoco estaría mal cambiarse por un rato con un señor blanco cishetero bien burgués que se dedique a la cultura. Más que nada para saber qué se siente con toda esa seguridad en sí mismo y para colarme en algún sarao de la élite cultural (por el chisme y los canapés, of course).
Has publicado poemarios, novelas y también traduces. ¿Tus mundos de creación se mezclan o los tienes claramente separados?
La traducción literaria la tengo inevitablemente ligada a la esfera de lo laboral, aunque sea un trabajo creativo es uno que requiere una disciplina bastante férrea para entregar en plazo un trabajo bien hecho. Eso no quiere decir que no “afecte” creativamente a mis poemas o a mi narrativa. Al final, traducir es escribir y el proceso de documentación, revisión, corrección y demás es prácticamente igual, de modo que todo lo que ocurre en una faceta permea hacia la otra: algo que descubro traduciendo me lleva a inspirarme para algo que estoy escribiendo, por ejemplo. Y al contrario, escribiendo puedo encontrar soluciones para escollos que me topo a la hora de traducir.
¿Qué te llevó a traducir a Emily Dickinson en Herbario y Antología Botánica?
Como muchas cosas que ocurren en esta vida, fue un cúmulo de circunstancias. Yo había publicado un poemario con la editorial y el editor, que sabe que también soy traductora, quería publicar algo de Dickinson, así que estuvimos valorando distintas opciones. Luego surgió la idea de hacer la selección de poemas sobre plantas, flores y árboles y la guinda la puso el permiso de la Biblioteca de Harvard para reproducir el herbario. Fue un proyecto muy bonito y muy retador. Traducir a Dickinson me daba un vértigo tremendo, pero parece que el resultado ha gustado mucho porque el libro va ya por la sexta o séptima edición y eso, en poesía, aunque sea un clásico como Dickinson, es todo un logro.
La última mamarracha entrevistada, Nicolás Teté, te dejó una pregunta, la que hacen en el cuestionario de la librería argentina Eterna Cadencia y que le ayudó a recuperar dos libros. ¿Cuál es el libro que más regalaste y por qué?
No sabría decir cuál es, porque esto también va por épocas y por edades, y depende mucho también de a qué personas les regales libros. Cuando regalo un libro me gusta elegirlo según quién lo va a recibir, no me guío por mis gustos sino por lo que creo que le va a gustar a la otra persona.
Cuando era joven regalaba Seda, de Alejandro Baricco porque me parecía un libro hermoso (del que, sinceramente, hoy en día no recuerdo nada) y que se adapta al gusto de casi cualquier lector. También El Maestro y Margarita de Bulgakov, porque me parece divertidísimo. Y ya de más adulta, probablemente uno de los que se ha repetido es Claus y Lucas, de Ágota Kristóf.
Y por último, ¿qué pregunta le dejas a la próxima mamarracha?
A mí me encanta escribir y recibir cartas así que a la siguiente mamarracha le preguntaría con qué creadora (viva o no) o personaje de ficción le gustaría mantener correspondencia.
Por cierto, Eva dictará un taller un taller online de poesía que el 21 de marzo «Jardinería para poetas». Si queréis apuntaros, os dejo aquí dónde hacerlo.
De nuevo, me veo apuntada a otro curso.
Desde que me di de alta como autónoma mi autoexigencia ha subido en el 200% y me creo capaz de aprender de absolutamente de todo y de aplicarlo con efectividad: diseño gráfico, palante, edición, venga, automatizaciones, vamos.
Pero he detectado mi momento de flaqueza: la ensoñación del caso de éxito. Cuando el típico vendedor dice: “en muy pocos casos ocurre que…” y pienso que qué sabrá, que seguro que puedo conseguirlo. “No deberías hacer sola todo esto porque…” y yo que sí, que claro que puedo.
No puedo más.
A veces creo que nos vendieron el sueño americano a to quisqui, eso de que puedes amasar tu fortuna, trabajar en lo que quieras. Quiero estar tranquila, sí, pero hay una parte como de adrenalina, de echarle ganas, de ensoñación también. Los límites se vuelven raros.
¿Se consigue en algún momento a estar en paz con todo lo que queda por hacer? ¿Hay un curso para eso también?
🎀 Por cierto, os dejo por aquí lo que vamos a leer y ver en el club de lectura. Este mes el encuentro será online y también hablaremos con la editora de Bamba Editorial, Raquel Bada.

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