¡Hola, amiwa! Soy Sofía de Mamarracheo 💅🏻, escritora, guionista y poeta. Un poco mocatriz de las letras🌟
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Queridas amiwas:
¿Cómo estáis? 🫂
Os soy sincera: qué subidón el otro día con el Goya a Alauda. Es por ello que he pensado en escribir esta galletita sobre otra cineasta que sigo, escucho y leo: la Coixet. 🧡
Por cierto, en el proceso de documentación de este artículo he descubierto que se ha unido a Substack, así que ya podéis leer sus cosas aquí ➡️ isabel coixet
Antes de adentrarnos en este post, os cuento que esta semana que empieza volveré a la Librería Lasai a impartir un taller Escribir por los jajas. Es para soltar, echar unas risas, dejar a la impostora en casa y, sobre todo: echar un buen rato.
Para apuntaros, podéis hacerlo en la librería directamente.
Ya me escribistéis algunas pidiéndome el taller anterior online, así que os confirmo que sí: este taller ✨ también será online ✨. Mando las fechas con la próxima newsletter, pero os digo que será a finales de mes.
Hace relativamente poco me di cuenta de que una película que vi de adolescente y que me gustó muchísimo era de Isabel Coixet. Se trataba de La vida secreta de las palabras. Pero os estoy hablando de que aquello era época preLetterbox incluso preFilmAffinity. Seguramente, mi madre la habría sacado del videoclub. No habrá Netflix ni AmazonPrime que recupere la magia de esos espacios en los que leías carátulas y los tráilers era algo alejado, algo que veías antes de que empezaran las noticias en la tele.
Recojo un poco la nostalgia con la que Isabel Coixet y su madre hablan de los cines en el documental Las gafas de Isabel Coixet. Recuerdan cómo vivían cerca de uno, que hasta bajaban en alpargatas.
En mi pueblo no hubo cine hasta que cumplí dieciséis años. Y lo cerraron antes de que cumpliera los veinte. Bueno, hubo otro que alguien instaló en una cochera y donde recuerdo ver El Mago de Oz y Cuarta Planta. Para ir al cine siempre hemos tenido que coger el coche e ir a Sevilla –sigue siendo una realidad–.
Cerca de mi casa de Madrid está el cine Embajadores. El trayecto de vuelta a casa es de cinco a siete minutos –esa glorieta juega con el tiempo–. Normalmente, cuando vuelvo a casa tengo faena por hacer y pienso en la película. De pequeña lo hacía en la oscuridad de la carretera de vuelta al pueblo. En su documental, Isabel Coixet muestra un cuaderno lleno de reflexiones y pensamientos tras ver algunas películas.
El cine, lejos o cerca, es importante que se quede en forma de nube encima de la cabeza un rato. Y los libros también. Yo me imagino que a Isabel Coixet se le quedan pegados algunos fotogramas en sus gafas, la veo limpiándolas con un pañito mientras piensa.
En el podcast de Saldremos Mejores, la directora contaba que le gusta escribir sobre mujeres a las que les pasan cosas tremendas.
Y es verdad. Pero me interesa la creación de universos propios, con sus bandas sonoras, su paleta de colores, sus planos cerca… y los espejos. Siempre, espejos.
Y me diréis, pues Sofía, primero de escritura. Y yo os responderé: creo que en los tiempos que nos están tocando vivir en los que la IA engulle los estilos y los tonos, esto cada vez gana más valor.
En el documental, nos cuenta que siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. Y creo que esto es en aparencia sencillo pero a la hora de accionar, bastante complicado. Quizá en literatura puedes tomarte más licencias porque el equipo es con la editorial, pero en audiovisual, con un equipo enorme, me parece un hito.
Le he escuchado ya varias veces que lo que de verdad le gusta es coger la cámara y rodar. Ir de un sitio a otro. Que detesta las promociones y las alfombras rojas.
Yo me quedo mirando la librería que aparece en su casa de Francia y pienso que es normal.
También le escuché en un podcast –o en unas de las presentaciones de sus pelis– que le da mucha importancia a las cosas sutiles. Pienso en la escena del helado en Cosas que nunca te dije. Pienso en otras escenas de helados:
Como os conté en la galletita anterior, me dedico profesionalmente a adaptar libros a largos. De hecho, la escritura de esta newsletter es la pausa entre un libro y otro.
No he leído el libro de Michela Murgia, Tres cuencos, en el que se basa para crear su última película, pero sí caí –como muchas en aquel verano, ¿qué era, 2022?– en la lectura de Un amor de Sara Mesa.
Cuando salió la película fui con los compis del máster de guion a la presentación. Era un día de lluvia y estábamos en una de las salas pequeñas de los cines Embajadores. Siempre es una sensación rara, porque si no estás en la principal, escuchas como un eco de lo que se dice. Es como una misa moderna del audiovisual.
Pensé mucho en los cambios y en cómo funcionaban. En la motivación de la protagonista. En lo extraño que es el deseo y lo difícil que debe ser traducir a un puñado de imágenes un pensamiento de la protagonista.
Y uso el verbo traducir.
Y también uso la palabra subtexto, que es lo que no se muestra, que en literatura puede tener un pozo de profundidad porque lo sujeta la narrativa de quien lea el libro, pero en audiovisual lo sujeta una imagen.
Admiro, como he mencionado antes, la lealtad al estilo propio en este mundo mainstream en el que la IA genera una Lady Gaga flamenca. También la perseverancia porque, como dice en el documental, hay proyectos a los que les das todo tu cariño y terminan sin salir.
Si tenéis oportunidad, por favor, miraros el documental, que está gratis en RTVE Play.
¡Nos vemos en la próxima galletita creativa!
Ahora, a recoger las migas.

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