Hay gente que se pone tontorrona a mediados de noviembre, cuando el cielo gris empieza a acaparar protagonismo y el único plan apetecible es echarse una siesta de baba.
Sin embargo a mí me pone medio nostálgica la segunda quincena de agosto, el ocaso de todo lo bueno, el momento en el que te das cuenta de que queda tan poco estío para tantas ganas.
Lo noto en mi organismo, pero también en la naturaleza. La primavera y el inicio del verano, con la promesa de sus arroyos caudalosos y su ajetreo de mariposas, han quedado atrás; mientras que el otoño, con ese despliegue catártico de dorados, aún no ha llegado. Lo único que tienes ante los ojos y bajo las narices son unos praos medio mustios, vacas agotadas con los ojos repletos de moscas, y en el periódico digital, el titular: “Axilas luminosas, suaves y sin manchas, la nueva obsesión del verano”.
Mira, yo obsesiones he tenido muchas, pero mis axilas, gracias al cielo, no han sido una de ellas.
De hecho, la obsesión de este verano ha sido otra.
Cruzaba yo por el puente sobre la ría, sintiendo la brisa del cantábrico en la carita y contando con los dedos los días que me quedaban de vacaciones, cuando, al pasar junto a un paisanín dedicado en cuerpo y alma a pescar con caña, le oí murmurar por lo bajo:
—Pedazo HIJAPUTA.
Me paré en seco, afectada sobremanera, porque yo seré lo que quieras pero mi madre no tiene la culpa. Así que me di la vuelta con el remango de una Drag Queen a punto de soltar la estocada a un infeliz en la primera fila.
—Oigaaaa perdone.
Pero el señor, a lo suyo. Mordisqueando un palillo con la vista fija en la corriente.
Como comprenderás, me acerqué a mirar lo que observaba, porque cuando un dedo apunta al cielo el tonto mira el dedo y no me da la gana.
—Y yo que quería bañarme hoy —solté, desesperanzada, siguiendo con los ojos los implantes mamarios que flotaban entre las boyas.
—Pues hoy no te bañas —sentenció, rascándose los huevos.
El problema es que, desde que el cantábrico ha dejado de ser fresh mentolado para convertirse en una sopa templada de marisco, se nos llena de carabelas portuguesas. En mi pueblo, de hecho, las carabelas han venido para quedarse, igual que los especuladores inmobiliarios.
—Están criando aquí ya… —el hombre acabó de morder el palillo y lo tiró a la mar, antes de resumir su preocupación en dos palabras— Una hostia.
Criando. Están criando.
Me las imaginé construyéndose una nueva vida alejadas del trópico, enseñando a sus criaturas a hacerse la cama, dar las gracias y dirigir el ardor de sus tentáculos.
Mientras el pescador seguía cagándose en la madre que las parió vi cómo la marea las arrastraba y el viento agitaba su cresta violeta de punkarra bilbaína en los 80. Me pregunté entonces si les agradaría su nuevo hogar. Si este regalito del cambio climático estaría a su gusto.
¿Será esa carabela portuguesa feliz aquí?, ¿vivirá una vida plena?, ¿le afectará alguna angustia?, ¿sentirá algún resquicio de desasosiego?
No controlo yo la vida como hidrozoo, así que me cuesta hacerme una idea, pero tengo mis sospechas.
En mi opinión, la carabela está encantada.
A la carabela le chupa un tentáculo acaparar titulares, enviar a gente a urgencias, lo mal que tú pienses de ella, su carrera, su vida amorosa y la duda existencial sobre si educar a sus carabelitas bajo el método Montessori o el Waldorf. Dudo yo que la carabela tenga conflictos irresolubles consigo misma (y eso que es un organismo colonial formado por un puzzle de organismos marinos que pon tú a toda esa gente de acuerdo. Vamos, yo me imagino que mi oreja se llamara Mari y mi bazo se llamara Paco y no te quiero ni contar).
El caso es que a mi nueva obsesión, la carabela portuguesa, yo la veo bien, obrigada.
Baja cuando la marea baja, sube cuando la marea sube, tranquila, libre de preocupaciones, meneando sus tentáculos de 10 metros al compás del agua de fondo y si te pico no me acuerdo.
Yo creo que la carabela ha aprendido que el secreto de la felicidad es fluir y que le den por saco al mundo.
O igual es que no tiene que preocuparse por el estado de su axila veraniega.
Vete tú a saber.
No sé si la preocupación por tu axila veraniega te dejará tiempo para comentar o compartir. Pero, por si acaso, te invito a hacerlo aquí:

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