Siempre he sido de hacerlo todo a voces. Hablo alto, canto alto, me quejo alto. Incluso recuerdo un jefe que me hizo llamar a su despacho porque, al parecer, también río demasiado alto. Soy, por tanto, de naturaleza vocinglera.
No lo hago queriendo. Créeme que llevo esforzándome toda una vida en ser una tía elegante, discreta, habladora de susurros. Treintaytantosaños ya dedicada en cuerpo y alma a bajarme el volumen. Pero nada. Ni el mudarme a Irlanda, el país en el que la gente solo sube la voz para cantar Molly Malone con soniquete beodo, ha acabado con mi manía.
Mi teoría es que hablo alto porque pienso alto. No mejor, ni más ordenado, ni de manera más inteligente que nadie. Solo alto. Tanto, que a veces siento que tengo un altavoz en mi cabeza. Uno que me repite los pensamientos en estéreo y no me deja centrarme en nada más hasta que salen de mi boca, alto y en tropel, o los convierto en texto.
Raro, lo sé. Pero más raro es inyectarse cosas para que no se te mueva la frente y no veas cómo está el patio.
Total, que el otro día me desperté tranquila. Con el horizonte vacío de una jornada vacacional lista para ser desempaquetada. Miré las noticias en el móvil. Comí una tostada. Desenredé a mis hijos de la quinta pelea fraternal de la mañana. Todo parecía habitual, tediosamente cotidiano. Y sin embargo… y sin embargo.
El altavoz ya estaba ahí.
Me pasa siempre que leo una noticia de esas que tú ya sabes: una inundación evitable, una sequía que se veía venir, unos científicos climáticos silenciados cuya única esperanza de ocupar portadas es partirse la camisa en La isla de las tentaciones.
Vaya, que cuando al altavoz le tocan a la pachamama se dispara en ese mismito momento, empieza a subir los decibelios y agárrate los machos porque ya no hay quien me clausure las palabras dentro de la boca o me detenga los pensamientos que avanzan sin frenos dirección a la tecla.
En general, esto solo afecta a mis más íntimos. Mi familia escucha mis opiniones ecologistas con la misma atención que al tic-tac del reloj de pared y mis libretas están llenitas de peroratas preacopalípticas que solo releo yo.
Bueno, pues esta vez no.
Esta vez, después de escribir lo que me dictaba el altavoz, decidí que oye, que por qué no enviarlo al periódico. Y allí alguien, seguramente con el raciocinio embotado por la canícula de Madrid, tuvo el valor de publicarlo.
La columna de opinión en cuestión decía así:
...
“Esta mañana me he despertado de un inquieto sueño con un cosquilleo en la nuca, un no sé qué subiéndome por las tripas, un tintineo extraño en los oídos.
—Date —me he dicho—, que me he levantado perogrulla.
Igual que Gregorio Samsa cuando se despertó insecto perdido, me he comprobado las patitas, que seguían igual de largas y en el número acertado; los brazos, en su sitio; la barriga, un poco flácida después de dos partos pero, por lo demás, correcta.
A pesar de mi nula transformación física, la seguridad de haberme convertido en perogrulla no me abandonaba. Como quien descubre por primera vez que le gustan los pimientos de padrón, estaba segura de mi nueva condición. Así que tuve que darle las gracias por la clarividencia a una política de nuestro país, destacada intelectual, que ha iluminado mi perogrullismo de una manera que hasta ahora, no me era evidente.
La política ha venido a decir, con mucho salero, que buena parte de España está formada por perogrullos de campeonato.
Unos perogrullos que no nos hemos enterado de que el clima cambia con el tiempo y así de fácil. Somos perogrullos rechinantes, eso es lo que somos ¿sabe usté?, quienes nos empeñamos en creer a quienes llevan años advirtiendo de los efectos climáticos extremos provocados por la quema de combustibles fósiles.
Qué invento oiga, qué engañifa.
Fíjate el nivel de perogrullismo que tenemos, que llegamos incluso a pensar que esto no es normal. Que cuarenta y tantos grados a la sombra un día sí y otro también y cada año un poquito más, no parece lógico. Que no nos encajan esas llamas infernales que acaban con nuestros montes, desplazan a nuestras familias y amigos, ponen en riesgo a nuestros equipos de bomberos y voluntarios, asesinan nuestros árboles centenarios, nuestras flores, nuestras colmenas, nuestros escarabajos, zorreras y liebres.
Pero a ver, escúchame bien, parecen decir al otro lado: ¿quién no ha visto nunca un incendio tan potente que es capaz de provocar su propio microclima? Esto es tan natural como el menearse de las mareas o la luna que de vez en cuando se levanta redondita. ¿Pero es que no lo veis?, ¿cómo podéis ser tan… tan… tan… ya sabes?
Por lo menos podemos consolarnos, porque los perogrullos y perogrullas de España seremos un hatajo de tontos del haba, pero al menos no estamos solos.
¿Stephen Hawking? Perogrullo.
¿Los 126 premios Nobel que firmaron la declaración Nuestro Planeta, Nuestro futuro en 2021? Perogrullos.
¿El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), la ONU, la NASA, la Agencia Europa de Medioambiente, la OMS, Harvard, Oxford, Cambridge, el MIT….? Perogrullos todos.
Me levanto de la cama, dispuesta a vivir la vida ya como una perogrulla y, mientras desayuno, leo en las noticias que las llamas siguen fuera de control mientras los perogrullos seguimos mirando.
Impotentes. Enrabietados. Intentado ignorar el pestazo político. Mirando por la ventana cielos color ceniza o preguntándonos si será este año o el siguiente cuándo le tocará a nuestro monte, a nuestro corzo, a nuestro pueblo.
Y entonces es cuando más perogrullos nos sentimos, cuando el ánimo se nos cae a los pies y subimos los hombritos como niños chicos o lloramos un rato. Porque sabemos que si la mayoría perogrulla de España no puede parar a quienes se dan cabezazos con la realidad, es que nos hemos ganado el apodo a pulso“
...
Entre tú y yo, no sé si habrá otro artículo de estos.
No sé si volveré a opinar tan fuera de mis límites habituales o si este destello solo ha sido fruto del duelo furioso que últimamente me atraviesa cuando me enfrento con el estado de la tierra.
Pero también te digo, aunque sea por una vez… cómo consuela opinar a voces.
P.D. Si te apetece leer o compartir el artículo en su medio original, aquí está el enlace a la columna de opinión en el Diario Público.
Opinar a voces relaja nivel valeriana. Opíname por aquí debajo o, si quieres, comparte con una persona querida. Ya verás qué gusto.

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