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Silvestre y salvaje · Aug 25, 2026

Ballenas escurridizas

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Alba Sueiro · Silvestre y salvaje

Desde mi pueblo natal a mi bosque adoptivo hay un buen trecho de mar que, a falta de chucuchú del tren, solo puedo salvar en avión o en barco. Cuando me es posible, escojo el segundo.

No es que esta historieta la patrocine Britanny Ferries (aunque estaría genial, señores Bretaños, que ya van dos hablando del temita), pero yo a unir Irlanda y España por agua solo le veo ventajas.

Fuera de temporada, como te conté aquí, solo solemos ir camioneros y gente extraña como una servidora, pero en temporada alta, el ferry va lleno de familias, jubilados y grupos de moteros. Vaya, el ferry es todo un zoológico.

Ahí estaremos hacinados unos 1000 animales, solo algunos de cuatro patas, sin internet. Un día y medio extraídos del mundo, sin nada más que hacer que comer, pasear por cubierta, rascarnos la barriga, y abrir la boca cuando nos tiran el alimento dentro de la jaula (porque del menú de la cantina se podría hacer otra historia). Quien tiene suerte y no comparte camarote con la prole, también puede, si le place, aparearse un poco.

Ojo, que el zoológico cuenta con sus amenities. ¿Pues no tenemos un Jukebox Bingo en el que cantar línea al ritmo de Gangam Style?, ¿una estrella de rock jubilada que toca clásicos de los Beatles mientras se come un Maxibon?, ¿un oso gigante de peluche llamado Pierre the Bear, que lleva boina y camiseta de rayas porque tiene que quedar claro que es más franchute que una baguette y que, al intentar abrazar a los niños con ternura los traumatiza de por vida? (De hecho yo a la próxima Serpientes en el avión, la llamaría Osete en el barco. Que no sea por ideas de nuevos éxitos de pantalla).

Si hasta hay un espacio de “juego” con tropecientas mil pantallas para que a tus hijos les dé un buen ataque epiléptico y todos los pasajeros tengan la opción de ver aterrizar un helicóptero de urgencias en el helipuerto. ¿De qué os quejáis? Esto es un zoológico premium.

Pero la amenité que más me gusta es el avistamiento de ballenas. El avistamiento de ballenas empieza con una joven hasta los dientes de buenas intenciones y formación especializada que, en mitad del bar, busca educar a quienes allí nos encontramos en el noble empeño de la protección de los océanos.

La chavala tiene que gritar eso de la protección de los océanos, claro, porque entre los críos con pataletas porque les han arrancado de la sala de juegos (helicóptero en 3, 2, 1…) y los grupos de señoras irlandesas recordando a los viudos españoles que les entraron en Benidorm mientras se toman el gin tonic de las 11, ahí hay que hacerse oír.

La muchacha, que resulta que es medio doctorada en biología marina con especialización en cetología del Golfo de Bizkaia y tiene cinco másteres y 24 idiomas, sube el tono de voz hasta que parece que va a cantar una de los Bee Gees. Solo entonces consigue una migaja de nuestra atención.

Con muchísimo esfuerzo y mucha más pasión por un oficio que a esta mujer no le está compensando, nos muestra la diferencia entre los delfines morrocotudos y los fosforescentes. O algo así.

Nos da una explicación detalladísima, con nombres latinos y todo, que se ve interrumpida por una discusión familiar en la mesa más cercana al escenario porque la niña quiere un zumito y el padre que no y que no. Que me dan ganas de levantarme y decirle: perdone señor, sin ganas de inmiscuirme yo en su crianza, pero la niña se ha tomado ya veinticinco zumitos y por uno más no le va a pasar nada, oiga, porque en lo de la adicción al azúcar esta niña ya está perdida, que además del zumito la he visto yo tomarse tres kitkases, así que asúmalo y cállese un poquito. Pero como mi vasco no me deja, pues la que me callo soy yo.

Total, que el tío no para. Y entre los gritos de la niña y los bufidos del padre aprendemos sobre cetáceos con dientes y cetáceos sin, cómo unos tienen las aletas así y otros el chorro asao y, entre explicaciones y berridos, llegamos al momento clave: el avistamiento en cubierta.

Mi hijo, que a veces es un poco Gerald Durrell, saca entonces los prismáticos que lleva en la mochila desde que salimos de casa. Mi hija se pone el gorro. Yo me vuelvo loca a untarles crema solar y todos los animales salimos de nuestro hábitat del bar del ferry para subir hasta cubierta.

Allí pasaremos una, dos, tres horas, apoyados en la barandilla ventosa, poseídos por un ardor cetáceo que no es ni medio normal. Pero, como estamos cerca de la costa francesa, lo único que vemos es a las gaviotas jugar con el viento, como silencios verticales en una partitura, bailando con la corriente en una carrera con el barco que tiene algo de íntimo, de precioso.

Pero de ballenas nada.

Estamos a punto de retirarnos, con la piel pegajosa de sal, cuando mi hijo señala al horizonte y grita:

— ¡¡¡¡Ahí!!!!, ¡¡¡¡Mamá, ahí!!!! ¡¡¡¡Es una ballena jorobada!!!!

Me doy la vuelta, estupefacta. Mi hijo no es un entendido pero le doy las gracias a los Britanny Ferries (y ya van dos menciones, gente de poder en la empresa), por habérmelo instruido de esa manera tan exprés.

Alrededor de mi cachorro se forma entonces un círculo apresurado de familias, jubilados, señoras con chupas en las que pone “My Harley is my husband”, todos pegados a los prismáticos o protegiéndonos los ojos con la manita para avistar el ejemplar.

La muchacha entendida se abre paso, emocionada no solo por el avistamiento de ballena sino por el nacimiento de afán biólogo en un pequeño cerebro que, muy probablemente, gracias a esta charla sobre cetáceos, llegue a ser un Jacques Costeau de su época.

—¿Dónde —le agarró ella por los hombros, con el llanto a puntito de lagrimal —¿dónde has avistado una Megaptera novaeangliae, pequeño padawan?

(Ok,lo de pequeño padawan no lo dijo, pero a puntito).

Mi hijo irguió la espalda y todo estatua de Cristobal Colón señaló al horizonte, a una mancha lejanísima y oscura que aparecía y desaparecía entre las olas.

—¡Yo también la veo! —gritó alguien.

—¡Es una jorobada de verdad! —aulló otra persona.

La gente estaba al borde del lloro colectivo, se recolocaba los prismáticos hasta hacerse circulitos rojos bajo las cejas, se abrazaba por vivir un fenómeno natural comparable a un eclipse total.

Y allí, entre las aguas bravías del cantábrico norte, al principio como una sombra contra la luz tenue de la tarde, se presentó ante nuestros ojos un majestuoso ejemplar de… de… de... barco pesquero francés.

No tengo palabras para explicar la debacle emocional que arrasó la cubierta en ese instante. Solo te diré que desde entonces fuimos los apestados del Britanny Ferries (tercera mención) e incluso el oso gigante con boina rehuyó nuestra compañía.

Ya en nuestro camarote, a salvo de la ira del resto de pasajeros, oteé el horizonte, segura de que ahí afuera había una o dos o tres ballenas descuajeringándose las barbas de risa, mirando al barco y pensando: menudo zoo.

Entre tú y yo, si compartes o comentas igual este artículo llega hasta los señores y las señoras de Britanny Ferries y a lo mejor hasta me financian el siguiente viaje, que la literatura está muy mala.

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Read the original on silvestreysalvaje.substack.com

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