Hay algo en la moda que fascina y atrae: nos hace sentir que pertenecemos a ella por el simple hecho de compartir referencias, nombres y lugares. No obstante, la conjunción de estos elementos nos estalla en la cara cuando advertimos que, en realidad, no estamos tan dentro de la moda como creíamos. La propia moda parece recordarnos que, pese a lo que somos o a lo que nos dedicamos, nunca estamos completamente dentro de ella.
Ayer tuve la oportunidad de asistir a la premier de El Diablo Viste a la Moda. Antes de comenzar con mis reflexiones, quisiera agradecer a Daniel Herranz por la invitación y por permitirme ver la película antes de su estreno.
Ahora bien, resulta sensato por parte de los directores y guionistas abordar temas actuales; sin embargo, conviene recordar que esta es, ante todo, una película. Aborda un tema específico dentro de la moda y, aunque a algunos les incomode, no está obligada a ofrecer la profundidad, el análisis o la crítica “seria” que muchos exigen.
Pongámonos en contexto: la película es sencilla de explicar. Veinte años después de la primera entrega, Andy Sachs —quien comenzó en Runway para abrirse camino en el “periodismo serio y real” (palabras tomadas de la propia película)— finalmente se consolida en su carrera y se convierte en la periodista. Para subrayarlo, la cinta abre con Andy recibiendo un premio.
Hasta ahí, todo funciona. Sin embargo, tras un acontecimiento que expone la crisis de los medios, Andy termina —“por causas del destino” (conviene recordar esta frase)— de regreso en Runway. Esto ocurre porque Miranda ha sido cancelada tras ciertas declaraciones y vínculos comerciales que afectan su credibilidad, lo que vuelve crucial la presencia de Andy para rescatar no solo la reputación de Miranda, sino la de la revista misma.
Así, la primera parte de la película se centra en cómo la “cultura” intenta salvar la relevancia de la revista y la carrera de Miranda. Expone, con bastante claridad, el estado actual de los medios tradicionales —o “empresas periodísticas”, como prefiero llamarlos—, donde los intereses ya no giran en torno al contenido, sino a los números, los anunciantes y sus relaciones comerciales. Hay una línea que lo resume todo: “Sin ellos, no hay nosotros”.
Más allá del fan service —con referencias reconocibles como el cinturón cerúleo o las copias impresas que deben dejarse en el departamento de Miranda—, la película muestra que, pese al paso del tiempo, ciertas personas o instituciones permanecen intactas: excluyentes, abusivas y contradictorias, incluso en un sistema que exige lo políticamente correcto de manera constante.
Esto se contrapone con una Miranda distinta a la de la primera película. Aquella escena eliminada de la primera entrega donde Miranda agradece a Andy por salvar a Emily parece ahora materializarse: menos mito y más humana. El subtexto apunta hacia una reconfiguración del empoderamiento femenino. El “monstruo” se transforma: sigue siendo fría, prepotente y hostil, pero también más comprensiva, más abierta, incluso más empática.
La primera mitad de la película es, sin duda, la más susceptible de análisis y probablemente será tema de conversación en la moda —y, sobre todo, en el periodismo de moda— durante los próximos años.
Aquí va mi take: la cinta expone con claridad un conflicto persistente. El periodismo de moda continúa percibiéndose como una práctica menor, carente de rigor, que necesita ser validada por el “periodismo real”: aquel vinculado a la política, al sacrificio y a la narrativa del riesgo. Andy encarna esta lógica: abandona la moda para legitimarse y regresa para “rescatarla”, inyectándole seriedad y, por ende, relevancia.
El mensaje no es sutil: para la película, la moda necesita ser salvada por lo antiglamuroso, por lo feo, por lo antiestético. Esto se conecta con una especie de “síndrome de Betty la Fea”: Andy sigue siendo la mujer sencilla, sin glamour, mal vestida, que introduce rigor —entendido aquí como la capacidad de conseguir lo imposible (un guiño a la subtrama del libro sin publicar de Harry Potter que Andy consigue)— y que posiciona como “cool” el uso de prendas de segunda mano, el bagel de cebolla y los jeans en la oficina. Se afianza un equipo al estilo de Don Quijote y Sancho Panza donde Andy es la que aterriza y resuelve lo que Miranda sueña y encomienda. Todo esto, mientras ridiculiza a quienes sí habitan la moda y se interesan por lo superficial.
Esto recuerda al meme de la mujer con minivestido rosa que, al tomar un libro, se transforma en alguien con jeans, lentes y el cabello desordenado. La estereotipación es evidente. No sé si funciona del todo, pero, de nuevo, es una película.
En esa línea, resulta interesante que se mencionen medios y periodistas como The Business of Fashion o Vanessa Friedman, a quien no se nombra como periodista de moda, sino como crítica cultural. Un gesto que parece un tu quoque dirigido al propio campo. A esto se suman cameos de diseñadores, modelos y figuras clave de la industria estadounidense.
La segunda mitad —activada tras un hecho trágico— se inclina abiertamente hacia el fan service. Recurre a fórmulas y giros narrativos que replican la primera entrega, lo cual probablemente encantará al público. Aun así, no deja de parecer una versión de Los ricos también lloran trasladada a una revista de moda: una institución que pierde sus recursos, su estructura y la maquinaria que sostenía su ilusión.
Aparecen marcas como Dolce & Gabbana, Dior, Marc Jacobs, Valentino y, por supuesto, Prada. También Lady Gaga, quien estrena tres canciones para la película y aparece interpretando una de ellas enfundada en un vestido icónico de Versace.
El resto, en términos generales, está bien. El vestuario sin Patricia Field es notorio pero no me fijé tanto en eso en esta ocasión (será hasta después que vuelva a ver la cinta para fijarme en otros detalles de la trama, el vestuario y demás etcéteras). El Diablo Viste a la Moda es una película cumplidora: romantiza la moda, sí; expone la crisis de los medios y la irrupción de la inteligencia artificial, también. Pero, sobre todo, mantiene intacta su capacidad de fascinar al mostrar ese lado “desconocido” de la industria.
Quizás un análisis más profundo resultaría innecesario. Al final, se trata de una película. Y, veinte años después, ofrece exactamente lo mismo que en su momento: una fantasía sobre lo que, para muchos, hoy es trabajo.

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