Raíces y Ramas es mi newsletter de crónicas de viajes. Esta es una nueva carta.
Hola, 👋🏼
disculpa la ausencia de correo en las últimas dos semanas. He estado inmersa en un cambio de mi página web y, al mismo tiempo, le he estado dedicando espacio mental a decidir de qué escribir ahora que, al menos momentáneamente, estoy en Madrid.
La carta de hoy responde a pensamientos que quiero compartir y está dedicada a países a los que espero volver un día pero ahora son un no-no (aunque en el caso de Ecuador sólo ciertas regiones).
He estado en una serie de países a los que hoy no es el momento de volver, pero son de los que merece la pena regresar, para adentrarse más allá del impacto de la primera visita.
Sólo conozco Moscú. El viaje fue hace tres décadas. Ya era Rusia pero en el aeropuerto todavía sellaban el pasaporte con un sello de la URSS.
En la memoria se quedan momentos como la del médico que me vio entrar en el hotel y, sin conocerme, se puso a acariciar el gorro que me acababa de comprar porque hacía un frío que me dejaba tiesa y los locales me habían comentado que si me cubría la cabeza sufriría menos.
Resultó ser que yo, una niñata sin conciencia ecológica, me había comprado un gorro que consideraba bonito. Era de zorro plateado (yo no sabía ni que existía).
La médico, por lo que luego me contaron, siempre había querido uno y nunca había tenido dinero para comprarlo. Yo tenía dólares. Me había parecido barato. Me sentí mal, por la médico y por el zorro.
En las habitaciones del hotel dejaban cada noche una lata de coca cola. Si no la bebías a la mañana siguiente las limpiadores te preguntaban si se la regalabas. La usaban de trueque en el mercado negro. Me costó entenderlo. Al final de mi estancia ya nadie de mi grupo bebía la coca cola. Sentíamos que le robábamos sustento al equipo de limpieza.
El metro de Moscú, que es espectacular, es un descenso a las entrañas de la Tierra. Viaja profundísimo. Es una obra de arte.
En aquellos días en los restaurantes caros la clientela éramos grupos de turistas occidentales y de los países del Golfo Pérsico y ejecutivos occidentales de edad media o avanzada.
Estos últimos siempre estaban acompañados a la mesa de muchachas locales veinteañeras con una buena capa de maquillaje y peinados rebuscados, casi ornamentales.
En los supermercados apenas había producto, pero los extranjeros podíamos comprar de todo. Lo que sí había era energía. Desconozco si ya eran grandes productores de gas natural o de petróleo o se movían con carbón, pero había en exceso y era gratis o muy barato.
Donde entrabas, y yo fui invitada a varios apartamentos de clase media muy justita, el calor era infernal. Pero en vez de bajar los termostatos subían los cristales de las ventanas y ese era su regulador. No había conciencia de ahorro energético en ese momento en Moscú. No puedo hablar ni de antes ni de después ni de otras partes de Rusia).
Al día y medio de llegar ya había encontrado una traductora que me acompañaba a todas partes. Era nieta de unos Niños de Guerra.
Durante la Guerra Civil español (1936-1939) unos 37.500 niños salieron de España enviados por sus padres a otros países para huir del conflicto. Se estima que, aproximadamente, 17.000 no volvieron a España.
Se calcula que unos 3.000 quedaron atrapados en la Unión Soviética. Los que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial y a las hambrunas y enfermedades que acompañaron al conflicto se casaron, en numerosas ocasiones, entre ellos.
Los descendientes de esos Niños de la Guerra conservaron el español como la lengua de comunicación entre ellos.
A finales de los 70, tras la muerte de Francisco Franco, los Niños de la Guerra, que ya eran ancianos, comenzaron su retorno a España. No hay números oficiales de cuántos regresaron pero las fuentes oficiales califican el flujo como “considerable”.
Tras la caída de la Unión Soviética fue el turno para sus descendientes que comenzaron a reclamar la nacionalidad española. Mi guía era uno de ellos. Estaba esperando. Cuando la recibió se mudó a Asturias, el lugar de donde habían salido sus abuelos. Luego le perdí la pista.
Yo no soy la misma viajera de hace 30 años pero ya entonces me llamó la atención un sentimiento al que no supe poner palabras y, posiblemente, ahora tampoco pero lo voy a intentar.
💭 Hay países que derivan su fortaleza interna de su pasado común, de ciertos mimbres culturales, y tienen un sentido de sí mismos que hace que resistan las crisis más salvajes.
👉🏼 Rusia es uno de ellos. China es otro e Irán es otro.
No son los únicos, pero tienen un andamiaje interno que los hace resistir y que les da un sentido de lo que son y cómo se ven a sí mismos. Es un acero que viene del pasado y que, en el caso especial de China e Irán, es extraordinariamente intenso, robusto y arraigado.
No tengo fotos digitales de ese viaje. Todas están en papel en una caja.
De Irán ya he escrito en estas cartas.
Ahora no es el momento de ir por razones obvias pero, además, mientras el régimen tiránico de los ayatolas siga maltratando a su población, hay que mirar extraordinariamente con atención si la dictadura teocrática pasa por un momento de leve apertura. Sólo en ese momento merece la pena ir.
A lo que ya he dicho me gustaría añadir que, para mí, fue pronto evidente que Irán tenía una clase media considerable y notablemente occidentalizada. Vive intentando que el régimen no se enseñe con ellos. Lo que sigo y leo desde entonces sobre Irán confirma mi impresión.
También que parece que ciertos aspectos del zoroastrismo han sobrevivido a la islamización y se han colado en el día a día.
La figura de Ahura Mazda, ese humano con alas y cola de ave, se encuentra a menudo y cuando hablas en inglés en conversaciones largas hay referencias al gran tríptico ético del zoroastrismo:
buenos pensamientos, buenas palabras, buenas acciones.
La impresión que tuve en tres semanas por libre recorriendo el país fue que la clase media desea otra forma de vivir y que se sienten aislados -hablan farsi, no son étnicamente árabes, tienen un régimen que los ha convertido en parias internacionales y son chiítas, en un mundo musulmán de mayoría suni-.
Pero hablaban claramente de su gran temor: acabar como los vecinos. Temían al caos. Temían que los viviesen a “liberar” y acabaran siendo Irak o Afganistán.
Entre las contradicciones que vi estaba que no tenían acceso a Facebook pero parecía que todos los jóvenes tenían Instagram.
Podía leer el NYT pero no tenía acceso a El Confidencial. Se supone que estaban fuera del sistema bancario internacional pero yo contraté al chofer que nos llevó a Pasagarda y Persépolis cuando ya estaba en Irán y le pagué vía Paypal.
Una cosa evidente era que vivir bajo la larga sombra de los ayatolas requería, en ocasiones, de “ayuda”.
Llevaba menos de 24 horas en Teheran cuando paseando por un barrio acomodado dimos sin querer y gracias a nuestro olfato con el jardín donde los niños bien se fumaban sus dosis diarias de porros.
En la zona de vacaciones en las costas Mar Caspio no había que preguntar mucho para dar con los fabricantes caseros de alcohol y en todo el país, cuando la conversación daba para confidencias, te contaban que el problema era el consumo de drogas fuertes entre la gente joven y que llegaba a través de la frontera afgana.
Se explicaban siempre con una frase: “no hay esperanza”.
A diferencia de lo que ocurre en China en Irán el inglés extendido entre la clase media y, en el caso de personas más mayores, también el francés. Me llamó la atención la abundancia de carteles en las ventanas ofreciendo clases de inglés.
He estado en Cuba en dos ocasiones. Además, soy gallega por lo que existe una vinculación centenaria con la Isla, uno de mis bisabuelos está enterrado en La Habana y tengo buenos amigos cubanos.
Cuba me importa y me parece hermosa a rabiar y fascinante. Pero ahora no es el momento para ir.
No tengo una bola de cristal que me diga qué va a pasar pero sé que hay un problema de suministro energético y si yo voy a Cuba y consumo 1 litro de gasolina, eso es un litro de gasolina que no va a llegar a un cubano.
De la situación actual de Cuba ha escrito en Quietud y Movimiento mi querido Oscar Iván Pérez. Todos los problemas que describe ya estaban presentes cuando yo visité la Isla, menos uno.
Durante mi última visita en 2017 se estima que Cuba recibió unos 26 millones de barriles de petróleo de Venezuela, sino regalados sí en condiciones subsidiadas extremadamente ventajosas.
Recorrí la Isla sin pisar un hotel, alojándose solo en casas particulares. Algunas de las habitaciones eran heladeras y tenía que dormir en el Caribe bajo una manta. Tenían el aire acondicionado a tope todo el día y toda la noche y regulaban la temperatura abriendo las ventanas para dejar que entrase el calor.
💭 Recuerdo haber pensado que si yo fuera venezolana a más de uno le daba de hostias.
No tenían el concepto de ahorro energético. No existía. Eso era algo gratis.
Una de las cosas que más me llamó la atención fue que por toda Cuba me encontré con extranjeros que veían a la Isla como un lugar utópico que se ajustaba a sus fantasías revolucionarias de épocas pasadas, a pesar de que la realidad, si la miraban un poco, estaba allí para desmentirlos.
Le imponían - le exigían- a Cuba unas obligaciones morales e históricas cuando ellos estaban de vacaciones con dólares o euros en el bolsillo.
Sus reclamos continuaban cuando a los 15 días de admirar la Revolución se regresaban a sus sofás en sus casas de clase media acomodada. Exigían ortodoxia y resistencia contra el “Imperio” a una población que pasaba sus días y sus noches ocupada en el afán y desgaste de la vida que es vivir en “el resolver”.
Pocos países tienen más carga en el imaginario de los turistas que Cuba.
Cosillas cortas para acabar:
Una de las mejores guías que me he encontrado jamás fue en el Museo Nacional de Bellas Artes. Soberbiamente espectacular.
Parece ser que Alicia Alonso era una persona que dejaba mucho que desear, pero dejó impronta en el ballet cubano. Si puedes verlo dentro o fuera de la isla es un gran espectáculo. Me encanta su magistral Giselle.
Si vas en La Habana a verlo, acuérdate que el edificio del Gran Teatro Alicia Alonso es, en realidad, la sede del Centro Gallego (expropiado). Ahí se tocó por primera vez el himno de Galicia. No fue en Galicia, fue allí, en La Habana.
Y para acabar, en España están homologando sus títulos miles de profesionales latinoamericanos, entre ellos destaca el número de médicos.
Cuando pregunto a la profesión médica española qué sanitarios latinoamericanos son los primeros que contratan la respuesta que invariablemente obtengo es:
cubanos. Bueno, cubanos y argentinos.
A Haití se me ocurrió ir porque estaba en República Dominicana e iba a ir a Cuba. Pensé que sería una buena idea pasar por Haití. Fui sola y sin hablar ni palabra ni de francés ni de creole.
Recorrí la isla en transporte público, aprendí en una semana más que en un año corriente.
Tuve fiebre aunque puedo pasar décadas sin que me suba ni unas décimas y me quedé impactada por la falta de infraestructura, la violencia, la desigualdad, la injusticia, el papel bobo que pueden hacer las organizaciones internacionales y los grupos evangelistas a la caza de conversos y el descalabro medioambiental.
Me sacudió. Cuestionó mis ideas y prejuicios. Y, honestamente, nunca pensé que un país tan desestructurado, devastado y al borde del colapso podía existir en las Américas. Existe y es Haití.
Pero también hay resistencia, un deseo fuerte de querer vivir, de querer mejorar. Y cuando desaparece, cuando la gente se cansa de tanta lucha diaria, surge el refugio evangelista y el sueño de una visa para los Estados Unidos.
Haití a veces vive épocas de caos que puede surgir en las calles de la nada, entonces no se puede ir.
En Ecuador he estado dos veces. Fueron el día y la noche. Ahora el narco se ha infiltrado y hay zonas violentas, principalmente en la costa que está francamente pesada.
Sigue siendo seguro la mayoría de la sierra, la selva y, por supuesto, Galápagos. Del archipiélago publiqué un artículo en El País que sigue estando vigente.
Dentro de lo mucho que podría recomendar, aquí va uno por país:
Rusia: la novela El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov
Irán: la novela gráfica Persépolis de Marjane Satrapi
Cuba: la novela basada en hechos históricos El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura y como Cuba amerita más de una recomendación aquí va una película: Memorias del Subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea.
Haití: Cosecha de los huesos de Edwidge Danticat
Ecuador: Mandíbula de Mónica Ojeda
He escrito dos guías sobre la Antártida eminentemente prácticas.
Una es la lista de 75 barcos y sus características para que puedas elegir así. Sólo está disponible por el momento en Amazon como ebook. Es barata.
La otra es una guía más completa en pdf con abundantes fotos reales, también listado de barcos y sus características, todos los itinerarios, cuándo ir según lo que quieres ver, actividades, desembarcos y más explicaciones. Es más cara.
Finalmente, si quieres también puedes reservar una consultoría de una hora conmigo sobre la Antártida para orientarte y ahorrar.
Abrazos,
María Luz
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🥰 Gracias mil por estar ahí. Esta carta la escribí en Las Rozas, Madrid.

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