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R a í c es & R a m a s 🌎 · Apr 26, 2026

Cementerios

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María Luz Rodríguez · R a í c es & R a m a s 🌎

Esta carta está dedicada a un alma buena que la semana pasada se fue

.

👋🏼 Hola, ¿cómo estás?

Me tomé unas semanas de descanso para pensar hacia dónde giro Raíces y Ramas ahora que estoy en España. Todavía no tengo la solución así que, por ahora, escribiré de temas diferentes relacionados con viajes.

La carta de hoy va de una afición mía que durante años pensé que era extraña: visitar cementerios. Ahora ya sé que es un turismo con un buen número de aficionados y que entra en una categoría, al parecer, de moda a la que llaman “viajes místicos”.

Recuerdo la primera vez que leí una historia completa e incluso la felicidad que sentí. Tenía seis años y fue en un libro de Senda. También recuerdo que la única letra que tuve que repetir al aprender a leer por una cartilla fue la N.

Cuento esto porque yo soy de esas personas que todo lo mete a la memoria. Sin querer, como un acto reflejo. Mi memoria es un gran almacén en el que todo tiene cabida, lo bueno y lo malo, lo importante y lo insignificante. Sin embargo, a veces no registro y no tengo ni idea.

En esa categoría está el momento cuando comencé a visitar cementerios. Lo que sí tengo claro es el día que pensé

ostras, yo cuando viajo visito cementerios.

Sucedió en uno de los cementerios más asombrosos y, a su modo, didácticos, que jamás he visitado: el cementerio de la hermosa ciudad blanca de Sucre, Bolivia.

Todos los cementerios son clases magistrales en divisiones sociales. Pero ese era una clase nivel doctorado a velocidad turbo. De los mausoleos exagerados a los nichos enanos, rozando lo mísero, casi tapados por ornamentaciones varios de plástico.

En los primeros, los apellidos eran europeos y los nombres compuestos. En los segundos, indígenas.

También había una diferencia en las edades. Unos parecían morir de viejos mientras que a los otros parecía que la muerte de sus niños no era un evento aislado de mala fortuna.

Pero había algo más, un murmullo incesante.

En unas calles entre mausoleos flanqueadas por cipreses había unos asientos de madera en los que estaban sentados unos ciegos. Rezaban muy rápido en voz queda el rosario. Ese era su trabajo.

Las familias pudientes les pagaban para que rezaran por el alma de sus familiares muertos y para, a su manera, asegurar que gente a la que nadie daba trabajo y a la que el Estado no ayudaba, tuvieran para comprarse unos mendrugos al regresar a sus casas.

No sé si sigue existiendo, porque los tiempos cambian y las políticas también. Pero esa imagen se grabó en mi memoria y no puedo ni quiero borrarla.

Esa imagen de los ciegos rezando moviendo con sus dedos las cuentas de los rosarios, con sus bastones blancos apoyados en los bancos, es tan clara que casi me juego un dedo y te digo el color de sus chompas y lo rotos que estaban sus zapatos.

Y es que los cementerios te cuentan mucho de los muertos, de los vivos, de sus sociedades y de sus tiempos. Quizá esa es la razón por la que los visito. O quizá no. No necesito ni razones ni excusas ni explicaciones.

A continuación te cuento de mis visitas a algunos cementerios.

En general, los grandes monumentos funerarios me dejan fría. El ejemplo que me viene a la cabeza es, en realidad, dos y ambos en la misma ciudad: Shah-i-Zinda y Gur-e Amir ambos en Samarcanda, Uzbekistán. Sí, son hermosos, pero no impactan, no se me grabaron. No hablo de ellos.

Lo mismo puedo decir de la Cripta Real de El Escorial.

Sin embargo, sí que disfruté el Panteón Real medieval de San Isidoro de León, una joyita del románico.

El famosísimo de La Recoleta, en Buenos Aires, tampoco me enamoró, aunque no importa el día que vaya, siempre hay devotos dejándole flores (¿y rezando?) a Evita.

A mí la tumba que me volvió loca fue una en Pasargarda, Irán. Me dejó pasmada

No sé si fue el tiempo fresco casi de tormenta dando tregua en un agosto achicharrante, o fue la enorme figura alada de Ahura Mazda que miré con detalle.

Quizá fue la tumba pétrea en el medio de un descampado de Ciro II El Grande, que es un personaje tan remoto en el tiempo que sale en el Antiguo Testamento…o simplemente es saber que el lugar y la tumba sobrevivieron a saqueos e incendios y está ahí desde hace casi 2.600 años…No sé que fue, pero me sacudió y fui consciente en ese momento.

Pasargarda fue mi momento Síndrome de Stendhal.

Ya en Mesopotamia había la idea de unos espíritus alados con apariencia humana que acompañaban a las almas. Es una idea –o creencia– presente también en Egipto y la Grecia clásica y común al judaísmo, cristianismo e islam.

Los ángeles en todas sus versiones de querubines, masculinos, femeninos o andróginos son una presencia constante en los cementerios católicos y me gusta fotografiarlos.

Tengo una pregunta a la que, por ahora, no tengo respuesta: ¿por qué la gente les deja flores? Es una práctica común que traspasa países y continentes. Me gustaría saber.

Tengo también un comentario. Quiero recordar que en Medellín hubo una moda por la que se entraba a los cementerios y se robaban los dedos de estos seres pétreos. Al parecer creen que da suerte.

En Japón no hay ángeles, pero sí que hay seres del reino espiritual tallados en piedra. Lo sorprendente para los occidentales es que les ponen gorritos de lana y baberos rojos. Supongo que la misma sorpresa o intriga despertará en el Oriente nuestra afición a los angelitos.

En Koyasán está el cementerio de Okunoin en activo desde el siglo IX y con más de 200.000 tumbas. Está en un bosque y al anochecer se ilumina con linternas de piedra. Visitarlo cuando la noche avanza es sentirse como un personaje de un cuento de hadas.

Unos con ángeles y otros con los Jizo, pero unos y otros mostrando que nuestros muertos importan y que hay un mundo más allá del físico que nos intentamos explicar, aunque cada cultura y época a su manera

La primera historia va sobre fuegos milenarios y aves carroñeras.

En Yazd, Irán, lleva milenios encendido el fuego de los zoroastrianos. Hasta los años 50 del pasado siglo se deshacían de los cadáveres de sus muertos en las Torres del Silencio.

Son unas construcciones circulares con tres círculos concéntricos en la cima de pequeñas colinas en una explanada desértica y donde, al anochecer que yo trepé hacia ellas, corría el viento y su ronronear intenso era lo único que se oía.

Hasta que por motivos de sanidad se prohibieron estos ritos, los zoroastrianos depositaban allí los cadáveres que eran devorados por los buitres.

La idea detrás de esta práctica era que los elementos sagrados que son el agua, la tierra y el fuego no podían ser contaminados por contacto con un cadáver. Una vez que los buitres comían la carne, los huesos se echaban a un agujero y se tapaban con cal viva.

Cuando yo visité las Torres del Silencio ya hacía décadas que no se usaban para esa práctica, pero el lugar se quedó dentro de mí.

La otra historia va de guerra psicológica.

La ocupación japonesa de Corea (1910-1945) fue brutal e incluyó prácticas para molestar a los muertos.

En el Santuario Jongmyo en Seúl están las tablillas ancestrales de los reyes de la dinastía de Joseon (1390-1910). Según la tradición coreana sus espíritus residían (o residen) allí.

Este santuario se construyó siguiendo los principios del pungsu, que es el feng shui coreano. Debido a ello, está orientado hacia el cercano palacio de Gyeongbokgung. El fin era armonizar el flujo de energía entre el palacio real y el edificio sagrado.

Según consta en unas placas que leí en Jongmyo un día de calor asfixiante, los coreanos creen que los japoneses intentaron interrumpir esta energía para debilitar el espíritu de Corea y su resistencia.

Para ello también habrían colocado estacas por los montes en lugares estratégicos energéticos y habrían colocado el gobierno de ocupación frente al palacio real.

Los coreanos están convencidos. Los japoneses les dicen que se lo están inventando, que no es más que una leyenda.

Con lo único claro que salí de Corea sobre este tema es que los espíritus pueden viajar a las tablillas para estar presentes en los rituales, que es mejor dejar en paz a las líneas energéticas y que con Japón todavía hay muchos temitas pendientes.

Desde niña estoy acostumbrada a ver flores u otros símbolos marcando lugares de muertes violentas, especialmente de accidentes de carretera. Pero en ningún sitio he visto tantos y tan elaborados como en el desierto del Atacama en Chile.

Son pequeños o gigantes, sencillos o recargados. A veces, en la misma recta, brotan estas construcciones a las que en Chile llaman animitas.

Son un sincretismo vivo, de católico e indígena, de orgullo chileno y raíces hondas andinas. Son devociones que evolucionan e incorporan nuevos santos, como la Difunta Correa que llegó desde la vecina argentina, cruzando los Andes y sembrando devotos que dejan botellas y garrafas de agua a los pies de las animitas.

La emigración masiva gallega a las Américas entre 1880 y 1930 trajo de vuelta remesas de dinero, ideas, modas y sufragio de obras de infraestructura.

Se construyeron más de 350 escuelas, relojes que daban la hora para toda la parroquia, lavaderos de piedra y tejado para que las mujeres de la aldea lavasen sin tener que arrodillarse y sin mojarse los días de lluvia. Y también se pagó por cementerios.

En el norte de Lugo, cuando te alejas de la costa y te adentras en un paisaje de páramo que se me asemeja a escenario de Cumbres Borrascosas, se llega, después de muchas curvas, al pueblo de Xerdiz en el municipio de Ourol.

Su estrella es un cementerio indiano, es decir, construido con el dinero de la emigración. Parece fuera de lugar con la sencillez de la aldea porque el cementerio es rico y recargado, pero bello. Quiso reflejar un esplendor, el de una Cuba que fue y ya no es pero que siempre se quedó en el corazón de los gallegos.

Se puede visitar, pero tienes que ir buscando por el pueblo quién tiene las llaves. Las originales se perdieron y quedan las que los parroquianos guardan y se pasan de unos a otros según sus necesidades.

Otra historia chiquita que quiero contar es la del cementerio de Viña del Mar, en Chile. Allí se ve muy claramente lo que en realidad está presente en buena parte de Latinoamérica.

Primero te fijas en los nombres de los enterrados más antiguos. Todos tienen el mismo origen y se casan dentro del mismo grupo étnico. Según avanzan las generaciones ves mezclar apellidos, que el italiano se casa con la croata y la hija con el hijo del alemán y la inglesa y así llegas al presente y tienes a Chile.

El cementerio de Arlington en Estados Unidos es bello es su sencillez.

Pero los que a mí me llamaron la atención fueron los franceses en Macedonia del Norte. Más de un siglo ha pasado desde el fin de la I Guerra Mundial y, en tierra extraña, Francia invierte dinero para mantener las cruces y las media lunas levantadas, los nombres marcados y el césped cortado.

Alemania tiene un cementerio militar en España en Cuacos de Yuste, Extremadura.

Allí se llevó a todos los soldados que murieron en las costas o en territorio español durante la I y la II Guerra Mundial. Digamos que murieron de “refilón” porque España no formó parte de las contiendas. Son los que se ahogaron o fueron derivados y de algún modo aquí quedaron.

De esta acción alemana me llaman la atención dos cosas: eligieron el lugar donde murió Carlos I de España o V de Alemania. Los alemanes siempre lo consideraron más su emperador que, posiblemente, los españoles su rey. Carlos, sin duda, si tenía que pensar en qué era él, además de el emperador, pensaría que era un alemán, un Austria.

Lo otro que me llama la atención es que cuando anduvieron por toda España buscando a sus cadáveres no le prestaron atención a los miembros de la Legión Cóndor abatidos durante la Guerra Civil Española.

Ni los tocaron ni los miraron. Están en el cementerio de la Almudena, a pesar de que Madrid fue la ciudad más castigada por los bombardeos del infame grupo 88.

Los cementerios tienen su propio lenguaje.

Los cipreses: ya los griegos y los romanos los usaban en sus cementerios. Es un árbol perenne y se asociaba a la inmoralidad del alma. Al ser vertical, se entendía como una metáfora de ascensión al cielo.

Además, sus raíces tienden a propagarse hacia abajo y son de crecimiento poco agresivo en horizontal, lo que ayuda a evitar que las tumbas se levanten y los cementerios parezcan un escenario de película zombi.

👉🏼 Esa práctica pagana de asociar cipreses y muerte, como otras muchas, pasó al cristianismo, y así hasta nuestros días.

El cementerio con los cipreses más inusuales que yo haya visto es el de Punta Arenas, en Chile. Están podados como si fueran misiles gordos y son muchísimos. Los usan para distribuir el espacio.

Las coronas talladas en piedra con pequeños círculos representan a los nomeolvides.

Los laureles aparecen tallados en tumbas de personajes que alcanzaron cierto grado de relevancia.

Las hiedra representan el paso del tiempo

Los búhos son las criaturas que ven en la noche y guían a las almas

El girasol y la piña esparcen sus frutos. En las tumbas cristianas expanden la fe, en las masónicas aluden a la expansión de ideas tolerantes y progresivas.

La acacia representa la idea de inmortalidad, pero si está en la tumba de un masón hace referencia a su grado de maestro.

Las amapolas son el sueño eterno, especialmente comunes en tumbas de niños o de soldados.

Las espigas representan el renacimiento y, en cementerios católicos, la Eucaristía.

Las aves en vuelo son la transición al más allá.

El reloj de arena es el paso del tiempo.

Y tres puntos en una tumba revelan que su ocupante era masón. Son la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza.

En cuanto a los ángeles, si miran hacia la tumba o hacia la entrada del cementerio, son guardianes del alma. Pueden tener en sus manos una espada o una palma.

Si los ángeles están cabizbajos o sus alas están bajas, entonces es que comparten su dolor con los vivos.

Si tienen las manos juntas o apuntando hacia el cielo o son sus ojos los que miran al firmamento, estamos ante ángeles intercesores entre el difunto y Dios.

Si tienen la trompeta en las manos, simbolizan la resurrección y la vida eterna.

Si son apenas querubines, son la inocencia y si llevan en la mano una antorcha dada la vuelta representan la muerte y la llama que se apaga.

Si tienen una corona en las manos, rinden homenaje al difunto y si tienen un libro hacen referencia a la memoria.

Leído en tumbas diversas en la Sacramental de San Isidro, en la Sacramental de San Justo y en el cementerio civil de Madrid.

“Saber que estás en paz. Saber que amarte es saber todo.”

“Escudriñadlo todo y retened lo bueno”

“Mil besos, mil amores y un recuerdo infinito”

“Ningún hombre es una isla”

“El amor es más fuerte que la muerte”

“Disculpe que no me levante”.

“Pinchita, siempre conmigo, aunque bruto y ciego. La eternidad es escasa para seguir amándote.

“Aquí duerme un ángel”

“Manolo, te querré siempre”.

“Ni nos domaron ni nos doblaron ni nos van a domesticar”

“In Memoriam….dedicaron su vida y obra privada y pública a poner a España al día en materia educativa para que todos tuvieran acceso a la cultura. Murieron en el exilio”.

“Aquí yacen los restos de dos comunistas marxistas leninistas”

“Mamá”

“Papá”

“Una vida de vanguardia”

“Son las cosas que no conocéis las que cambian vuestras vidas”

“Cuando yo muera no me vengáis a llorar. Nunca estaré bajo tierra, soy viento de libertad”.

“A la tarde te examinarán en el amor”.

Y acabo con este poema que encontré en una lápida:

“No quiero cuando me muera

nada con el otro mundo

quiero quedarme en la tierra.

Quedarme solo en la tierra

sin paraíso ni infierno

ni purgatorio siquiera

quedarme como se quedan

sobre el suelo humedecido

del bosque las hojas muertas”.

Un abrazo,

Luz

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🥰 Gracias mil por estar ahí. Esta carta la escribí en Las Rozas, Madrid.

Angel con flores en cementerio de Punta Arenas.
¿Quién anda por los cementerios del mundo poniendo flores en las manos de los ángeles?.

Read the original on raicesyramas.substack.com

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