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Piensa Imbécil · Aug 17, 2026

Vol. I: Antes de Israel existía una historia - Todo lo que sé de Israel y Palestina

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Piensa Imbécil · Piensa Imbécil

Canaán, Israel, Judá, imperios, diásporas y la Palestina otomana: la historia de una tierra habitada durante milenios antes del Estado moderno de Israel y antes del sionismo político.

Cuando digo “antes de Israel”, en este volumen me refiero al Estado de Israel moderno, creado en 1948. Hago esta precisión porque el nombre Israel aparece miles de años antes y está relacionado con una población antigua, un reino, una tradición religiosa y posteriormente con la identidad histórica del pueblo judío. Mezclar esas categorías desde el comienzo haría imposible entender lo que viene después.

También quiero establecer una regla para toda esta serie: la historia antigua no puede leerse utilizando automáticamente las categorías políticas del presente. Eso sería anacronismo (aplicar conceptos de una época a otra). Un cananeo del segundo milenio antes de nuestra era no era “palestino” en el sentido nacional contemporáneo; un habitante del antiguo Reino de Israel tampoco era “israelí” en el sentido de ciudadanía del Estado fundado en 1948. Las identidades colectivas cambian, se mezclan, desaparecen, reaparecen y adquieren nuevos significados.

Esta aclaración importa porque una parte considerable de la discusión contemporánea intenta resolver el conflicto mediante una competencia por la antigüedad: quién llegó primero, quién aparece primero en un texto, quién puede demostrar una presencia más antigua. El problema es que la historia de esta región difícilmente puede reducirse a una cadena de propiedad. Durante milenios fue conquistada, poblada, despoblada parcialmente, repoblada, administrada y transformada por sociedades distintas.

Por eso este volumen empieza mucho antes de Theodor Herzl, del sionismo, del islam, del cristianismo e incluso del judaísmo tal como lo conocemos actualmente. Antes de discutir quién reclama esta tierra, tenemos que entender qué tierra era y quiénes pasaron por ella.

Una parte importante de la historia antigua de esta región nos llega mediante textos religiosos, especialmente la Biblia hebrea (colección de textos sagrados del judaísmo). Estos documentos tienen un enorme valor histórico, cultural y religioso, pero los historiadores no los utilizan de manera automática como si fueran una crónica moderna.

La historiografía trabaja comparando textos, inscripciones, archivos de otros imperios y evidencia arqueológica. Esto es especialmente importante cuando hablamos de acontecimientos como el Éxodo, la conquista de Canaán o la llamada Monarquía Unida de David y Salomón, porque existe debate académico sobre la escala, cronología e historicidad de algunos relatos bíblicos. El debate sobre la Monarquía Unida (reino atribuido a Saúl, David y Salomón) continúa siendo uno de los asuntos más discutidos de la arqueología del antiguo Israel.

Eso tampoco convierte a la Biblia en un documento irrelevante. Significa que una serie que pretende servir como material de consulta debe aprender a distinguir entre tradición religiosa, memoria histórica y evidencia histórica disponible.

Cuando diga “según el relato bíblico”, estaré hablando de lo que presenta el texto.

Cuando diga “la evidencia arqueológica indica”, estaré hablando de aquello que puede reconstruirse materialmente.

Esa diferencia nos va a ahorrar varios problemas más adelante.

Uno de los primeros nombres que encontramos asociado con esta región es Canaán (antiguo nombre de parte del Levante). El Levante (región oriental del Mediterráneo) comprende, en términos geográficos amplios, territorios que hoy corresponden aproximadamente a Israel, Palestina, Líbano, Jordania y partes de Siria. El Museo Británico utiliza precisamente “Ancient Levant” para estudiar conjuntamente las culturas antiguas de esa zona, mientras el Institute for the Study of Ancient Cultures de la Universidad de Chicago identifica Canaán como uno de los nombres antiguos empleados para la región.

Canaán tampoco fue un Estado nacional con fronteras semejantes a las actuales. Durante la Edad del Bronce existieron diferentes ciudades, pequeños reinos y centros políticos. Lugares como Hazor, Megiddo, Jerusalén, Siquem y Gezer formaban parte de un escenario regional donde distintas ciudades podían tener gobernantes propios y relaciones de subordinación con poderes más grandes.

Durante parte de la Edad del Bronce tardía, Egipto ejerció una fuerte influencia imperial sobre Canaán. Las conocidas Cartas de Amarna (correspondencia diplomática del Egipto antiguo) muestran a gobernantes de ciudades cananeas comunicándose con el faraón y permiten observar una región políticamente fragmentada. Hacia el final de ese periodo, el dominio egipcio comenzó a debilitarse y el antiguo sistema de ciudades-Estado entró en transformación.

Los cananeos (poblaciones antiguas de Canaán) tampoco constituían necesariamente un único pueblo homogéneo. El término agrupaba distintas comunidades relacionadas cultural y lingüísticamente. Las religiones cananeas eran politeístas y entre sus divinidades encontramos figuras como El, Baal y Asherah. Los restos arqueológicos muestran además conexiones culturales entre las sociedades cananeas y las poblaciones que posteriormente serían identificadas como israelitas.

Este punto resulta importante porque durante mucho tiempo se imaginó la historia como una secuencia demasiado limpia: primero estaban los cananeos, después llegaron los israelitas y los reemplazaron. La arqueología contemporánea presenta un escenario bastante más complejo. Existen importantes indicios de continuidad cultural entre poblaciones cananeas y las comunidades que, durante la Edad del Hierro, comenzaron a adquirir una identidad israelita en las tierras altas del Levante meridional. La discusión sobre cómo ocurrió exactamente esa etnogénesis que es la formación histórica de una identidad colectiva continúa abierta.

La primera lección de este volumen aparece bastante temprano: las identidades históricas no siempre nacen mediante la llegada completa de un pueblo que sustituye a otro. También pueden surgir mediante transformaciones internas, mezclas culturales, migraciones y cambios políticos.

Una de las evidencias antiguas más importantes es la Estela de Merneptah (inscripción egipcia de fines del siglo XIII a. C.), porque contiene una de las primeras referencias extrabíblicas conocidas al nombre “Israel”. La inscripción egipcia trata a Israel como un pueblo y no como una ciudad, lo que indica que hacia finales del siglo XIII a. C. ya existía algún grupo identificado de esa manera en Canaán.

Durante los siglos siguientes se desarrollaron formaciones políticas israelitas en la región. Aquí aparece la conocida historia bíblica de Saúl, David y Salomón y de un reino que habría agrupado diferentes tribus israelitas. Como expliqué al inicio, la dimensión exacta de aquella Monarquía Unida es materia de debate académico. Los historiadores poseen mucha mayor seguridad cuando avanzamos hacia los reinos de Israel (reino antiguo del norte) y Judá (reino antiguo del sur), que aparecen también vinculados con evidencia arqueológica y documentos producidos por potencias vecinas.

El Reino de Israel tuvo como uno de sus principales centros a Samaria y llegó a ser políticamente más grande y diverso que Judá. El Reino de Judá se desarrolló en el sur con Jerusalén como centro principal. Ambos pertenecían al mundo político de la Edad del Hierro y convivían con otros pueblos y reinos del Levante, entre ellos fenicios, arameos, moabitas, ammonitas, edomitas y filisteos.

Los filisteos (pueblo establecido en la costa meridional de Canaán) aparecen aproximadamente desde comienzos de la Edad del Hierro y muestran vínculos culturales con el mundo egeo. Se asentaron especialmente en ciudades costeras como Gaza, Ascalón, Asdod, Ecrón y Gat. Su historia será relevante cuando estudiemos posteriormente la evolución del término Palestina, aunque sería históricamente incorrecto convertir de manera automática a los filisteos antiguos en equivalentes de los palestinos contemporáneos. Entre ambos existen miles de años de transformaciones políticas, lingüísticas, religiosas y demográficas.

Ya podemos observar por qué discutir esta tierra únicamente preguntando “quién estaba primero” produce respuestas deficientes. En distintos momentos estuvieron cananeos, israelitas, judaitas, filisteos, fenicios y otras sociedades que compartían fronteras, intercambiaban elementos culturales, guerreaban y eran conquistadas por imperios mayores.

La historia ya era complicada antes de que aparecieran las religiones que hoy asociamos principalmente con Jerusalén.

En el siglo VIII a. C., el Imperio neoasirio (gran potencia mesopotámica) expandió su dominio por el Levante. En 722 a. C., aproximadamente, el Reino de Israel cayó ante Asiria y Samaria fue conquistada. Las políticas asirias incluían desplazamientos y deportaciones de poblaciones como herramienta de control imperial.

Judá sobrevivió durante más tiempo, aunque quedó sometido a fuerte presión asiria. El Prisma de Senaquerib (inscripción real asiria) conserva el relato de las campañas del rey Senaquerib y menciona al rey Ezequías de Judá y el tributo recibido después de la campaña asiria de 701 a. C. Esta fuente es especialmente interesante porque permite contrastar los relatos bíblicos con un documento producido por el propio Imperio asirio.

Este momento también sirve para comprender algo que aparecerá muchas veces en la serie: la historia de la región ha sido escrita por distintos actores que narraban los mismos acontecimientos desde perspectivas diferentes. Un rey asirio describía una conquista como demostración de poder imperial. Un texto judaíta podía interpretarla desde una perspectiva religiosa y nacional.

Dos documentos pueden referirse al mismo acontecimiento y construir significados completamente distintos.

Esa cuestión reaparecerá, muchos siglos después, cuando lleguemos a 1948.

Judá finalmente cayó frente al Imperio neobabilónico (imperio mesopotámico con capital en Babilonia). Jerusalén fue conquistada y el Primer Templo fue destruido en el siglo VI a. C. Parte de la población de Judá fue deportada hacia Babilonia.

Aquí debemos introducir dos palabras fundamentales para toda la historia judía posterior:

Exilio (expulsión o desplazamiento fuera del territorio propio).

Diáspora (comunidades de un pueblo establecidas fuera de su territorio de origen).

Aunque ambos conceptos están relacionados, la diáspora judía no comenzó ni se explica mediante una única expulsión. Comunidades judías se desarrollaron gradualmente en distintos lugares del Cercano Oriente y posteriormente del Mediterráneo. La experiencia babilónica, sin embargo, adquirió una enorme importancia religiosa y cultural dentro de la memoria judía.

La destrucción política tampoco significó la desaparición de todos los habitantes de Judá. Los desplazamientos imperiales solían afectar de manera desigual a distintos sectores de la población. Parte permaneció en el territorio, parte fue deportada y posteriormente hubo movimientos de retorno.

Esta diferencia será muy importante más adelante porque circula con frecuencia una versión excesivamente simplificada según la cual “los judíos fueron expulsados completamente de la tierra y regresaron dos mil años después”. La historia real incluye exilios y diásporas, pero también distintos grados de presencia judía continuada en la región durante muchos periodos.

En 539 a. C., Ciro II conquistó Babilonia e incorporó sus territorios al Imperio aqueménida (primer gran Imperio persa). El famoso Cilindro de Ciro (inscripción real persa) describe políticas de restauración de cultos y templos después de la conquista de Babilonia. Bajo dominio persa se produjo el retorno de grupos judaítas y la reconstrucción del templo de Jerusalén.

Comienza entonces el periodo conocido como Segundo Templo (época del templo reconstruido de Jerusalén), que sería central para el desarrollo del judaísmo. Durante estos siglos, la relación entre territorio, templo, ley, comunidad y diáspora fue transformándose.

Y aquí aparece una cuestión que luego será fundamental para entender el sionismo: la existencia de comunidades judías fuera de Judea no eliminó el vínculo religioso y cultural con Jerusalén. La diáspora y la conexión con la tierra pudieron existir simultáneamente.

Durante siglos posteriores, comunidades judías desarrollaron vidas religiosas y culturales en Mesopotamia, Egipto y otros territorios mientras Jerusalén continuaba ocupando un lugar central en la tradición.

Esta relación histórica explica parte del significado religioso y cultural que la tierra posee para el pueblo judío.

Explicar ese vínculo históricamente será necesario cuando estudiemos el sionismo. El paso siguiente será preguntarnos cómo una relación histórica y religiosa terminó convirtiéndose, en el siglo XIX, en un proyecto político nacional.

Todavía faltan más de dos mil años para llegar allí.

En el siglo IV a. C., las conquistas de Alejandro Magno incorporaron la región al mundo helenístico (marcado por la cultura griega posterior a Alejandro). Después de su muerte, diferentes dinastías helenísticas disputaron el territorio.

La helenización (difusión de lengua y cultura griegas) transformó numerosas sociedades del Mediterráneo oriental. Las comunidades judías también participaron en ese mundo cultural, aunque surgieron conflictos sobre religión, poder y autonomía.

En el siglo II a. C. ocurrió la Revuelta de los Macabeos (levantamiento judío contra dominio seléucida), que terminó vinculada al establecimiento de la dinastía asmonea (reino judío independiente). Durante un periodo volvió a existir soberanía política judía en la región.

Esta etapa es importante porque demuestra que la historia política judía antigua tampoco termina con Babilonia. Hubo distintas formas de autonomía y gobierno judío antes del dominio romano.

Después llegó Roma.

Roma intervino en la región durante el siglo I a. C. y Judea terminó integrada en el sistema imperial romano. La Judea romana (provincia y territorio bajo Roma) atravesó profundas tensiones políticas y religiosas, incluidas distintas rebeliones judías.

La Primera Guerra judeo-romana (revuelta contra Roma entre 66 y 73/74 d. C.) culminó con la destrucción de Jerusalén y del Segundo Templo en el año 70 d. C. Esta destrucción tuvo una enorme importancia religiosa y política para el judaísmo. Sin templo, las instituciones, prácticas y autoridades religiosas fueron transformándose y el judaísmo rabínico (tradición centrada en rabinos, ley y estudio) adquirió progresivamente mayor importancia.

Décadas después ocurrió la Revuelta de Bar Kojba (rebelión judía contra Roma de 132 a 135 d. C.). Su derrota produjo destrucción, desplazamientos y una fuerte reducción de la población judía en Judea. Galilea pasó a ser uno de los principales centros de la vida judía de la región.

Después de aquella guerra, la provincia romana de Judaea fue renombrada Syria Palaestina (nombre provincial romano posterior a Bar Kojba). Oxford Classical Dictionary confirma el cambio de nombre durante el reinado de Adriano. Este dato será relevante cuando estudiemos posteriormente la evolución histórica de la palabra Palestina.

Hay que manejar este episodio con cuidado. A veces se afirma que Adriano “inventó Palestina” exclusivamente para borrar a los judíos, como si la palabra hubiera surgido de la nada en el siglo II. El nombre tenía antecedentes geográficos anteriores. Lo que sí está documentado es el cambio administrativo romano de Judaea a Syria Palaestina después de las rebeliones. Las interpretaciones exactas de la intención política del cambio han sido discutidas por historiadores.

La precisión nos va a servir mucho en el futuro volumen de mitos.

Las guerras romanas ampliaron los desplazamientos y transformaron profundamente la geografía de la vida judía. Sin embargo, la diáspora judía (comunidades judías fuera de la tierra ancestral) ya existía antes del año 70 y continuó expandiéndose posteriormente por el Mediterráneo, Mesopotamia, el norte de África, Europa y otras regiones.

Al mismo tiempo, comunidades judías continuaron existiendo en diferentes partes de la región. La intensidad de esa presencia cambió según guerras, persecuciones, migraciones, condiciones económicas y gobiernos sucesivos. Durante distintos periodos encontramos comunidades judías en Galilea, Jerusalén, Safed, Tiberíades, Hebrón y otros lugares. La documentación medieval es desigual y los historiadores advierten que las estimaciones demográficas deben manejarse con prudencia.

Esto nos permite construir una formulación históricamente más rigurosa para el resto de la serie:

El pueblo judío desarrolló una diáspora extensa y mantuvo durante siglos una relación religiosa, cultural y en ciertos lugares también demográfica con la región.

Esa historia tampoco elimina la existencia de otras poblaciones que vivieron allí durante esos mismos siglos.

Ambas cosas caben dentro del mismo pasado.

Con la transformación del Imperio romano oriental, la región pasó al periodo bizantino (etapa del Imperio romano oriental cristiano). El cristianismo adquirió una importancia política y religiosa creciente, y Palestina se convirtió en uno de los grandes centros de peregrinación cristiana debido a Jerusalén, Belén, Nazaret y otros lugares asociados con la vida de Jesús.

La composición religiosa de la región cambió nuevamente. Había comunidades cristianas, judías, samaritanas y otros grupos. Las fronteras administrativas también fueron reorganizadas varias veces.

Aquí aparece una idea fundamental para entender toda esta cronología: el territorio no posee una población congelada durante milenios. Las conversiones religiosas, migraciones, guerras, matrimonios, epidemias y cambios económicos modifican progresivamente a las sociedades.

Esto también hace extremadamente difícil trazar una línea biológica sencilla desde una comunidad antigua hasta una nación moderna.

La historia humana raramente funciona de esa manera.

Durante el siglo VII, los ejércitos árabe-musulmanes derrotaron al Imperio bizantino en distintas partes del Levante. La región quedó incorporada a los primeros califatos (Estados gobernados por un califa) islámicos.

Dentro de la organización administrativa temprana apareció Jund Filastin (distrito militar-administrativo de Palestina), integrado en la provincia mayor de Bilad al-Sham. El nombre Filastin pasó así al árabe desde tradiciones geográficas anteriores.

La conquista islámica tampoco produjo una sustitución instantánea de toda la población. La arabización (expansión gradual de lengua y cultura árabes) y la islamización (expansión gradual del islam) fueron procesos que se desarrollaron durante generaciones. Comunidades cristianas y judías continuaron existiendo bajo distintas dinastías musulmanas.

Judíos y cristianos podían ser considerados dhimmíes (no musulmanes protegidos bajo dominio islámico) dentro de determinados sistemas jurídicos islámicos. Esa condición podía incluir protección comunitaria junto con obligaciones fiscales y desigualdades jurídicas, y su aplicación varió considerablemente entre épocas y gobernantes.

Todo esto será importante cuando lleguemos al mito de una convivencia eternamente perfecta entre judíos y musulmanes y, en el extremo opuesto, al mito de una persecución idéntica y permanente. Ninguna de esas dos imágenes explica adecuadamente más de mil años de historia.

A finales del siglo XI comenzaron las Cruzadas (campañas militares cristianas hacia Tierra Santa). Los cruzados establecieron el Reino de Jerusalén y otras entidades políticas en la región. La conquista de Jerusalén en 1099 estuvo acompañada por una gran violencia contra habitantes musulmanes y judíos.

Posteriormente, Saladino (sultán ayyubí) recuperó Jerusalén en 1187. Después de nuevas luchas y cambios territoriales, la región quedó eventualmente bajo dominio de los mamelucos (élite militar que gobernó Egipto y el Levante).

Durante todos estos periodos siguieron existiendo movimientos de población, peregrinaciones y comunidades religiosas diversas. La importancia de Jerusalén para judíos, cristianos y musulmanes aseguraba que incluso gobiernos distantes prestaran atención particular a la ciudad.

A esta altura de la historia ya han gobernado la región cananeos en diferentes ciudades, israelitas, judaitas, asirios, babilonios, persas, dinastías helenísticas, asmoneos, romanos, bizantinos, distintos califatos, cruzados, ayyubíes y mamelucos.

Todavía no hemos llegado a los otomanos.

En 1516-1517, la región pasó al Imperio otomano (imperio que gobernó gran parte de Medio Oriente) y permaneció bajo soberanía otomana hasta la Primera Guerra Mundial. Palestina no funcionó durante todo ese periodo como un Estado soberano independiente ni como una única provincia administrativa con fronteras idénticas a las del futuro Mandato británico. Sus ciudades y distritos fueron integrados en diferentes estructuras administrativas otomanas.

Eso no significa que el territorio estuviera vacío, abandonado o esperando la llegada de alguien que lo desarrollara. Durante el periodo otomano existían ciudades, aldeas, agricultura, comercio, instituciones religiosas y redes familiares. Jerusalén, Jaffa, Gaza, Nablus, Hebrón, Acre, Safed y otras localidades estaban integradas en circuitos económicos y sociales del Levante. La población era principalmente arabófona y mayoritariamente musulmana, junto con comunidades cristianas y judías. Fuentes académicas sobre la Palestina de fines del siglo XIX describen precisamente esa sociedad multirreligiosa.

La identidad de estas personas tampoco debe interpretarse mediante nuestras categorías actuales de manera automática. Un habitante de Jerusalén durante el siglo XVIII podía identificarse mediante religión, familia, ciudad, lengua, región y pertenencia al Imperio otomano. El nacionalismo moderno (ideología que vincula un pueblo con soberanía política) estaba todavía desarrollándose globalmente.

Las identidades palestina, árabe, otomana, local y religiosa fueron adquiriendo diferentes significados durante el siglo XIX y comienzos del XX. La formación del nacionalismo palestino (movimiento de identidad y autodeterminación palestina) pertenece principalmente a la historia moderna y recibirá atención específica más adelante.

Otra simplificación frecuente presenta dos posibilidades extremas: imaginar que no existían judíos en la región antes del sionismo o imaginar que la población judía había permanecido demográficamente dominante de manera ininterrumpida desde la Antigüedad.

La historia documentada permite una imagen más precisa.

Durante el periodo otomano existieron comunidades judías en ciudades como Jerusalén, Safed, Tiberíades y Hebrón. Safed se convirtió durante el siglo XVI en un centro especialmente importante del pensamiento religioso judío y de la cábala (tradición mística judía). También recibió población judía procedente de diferentes lugares después de la expulsión de judíos de la península ibérica.

Estas comunidades anteriores a las grandes migraciones sionistas modernas suelen ser agrupadas posteriormente bajo el concepto de Viejo Yishuv (comunidades judías anteriores al sionismo moderno). Algunas dependían económicamente de redes de apoyo provenientes de comunidades de la diáspora, mientras otras participaban en actividades comerciales, artesanales y agrícolas.

En el siglo XIX también aumentaron distintos movimientos migratorios hacia la región. Había peregrinos, comerciantes, comunidades religiosas extranjeras, europeos y judíos que migraban por motivos religiosos o de seguridad. Palestina estaba cada vez más conectada con la economía internacional y las potencias europeas incrementaban su influencia dentro del debilitado Imperio otomano.

Hacia finales de ese siglo, la población seguía siendo mayoritariamente árabe y estaba compuesta principalmente por musulmanes, además de importantes comunidades cristianas y una población judía menor pero históricamente presente.

Y entonces Europa empieza a cambiar rápidamente.

Aparecen nuevos nacionalismos.

El antisemitismo europeo adquiere nuevas formas políticas y raciales.

Ocurren pogromos (ataques colectivos contra comunidades judías) en partes del Imperio ruso.

Y algunos intelectuales judíos comienzan a preguntarse si la integración dentro de las sociedades europeas será suficiente para garantizar su seguridad.

Estamos acercándonos al sionismo.

La respuesta depende de qué significa exactamente “existir”.

Como nombre geográfico, Palestina posee una historia antigua que atravesó formas griegas, romanas, bizantinas, árabes y posteriormente europeas. Como territorio, la región fue identificada y descrita durante siglos aunque sus fronteras y administraciones variaran. Bajo los otomanos tampoco existía un Estado-nación palestino soberano comparable a los Estados contemporáneos.

La población que habitaba el territorio durante los siglos anteriores al sionismo tampoco apareció repentinamente cuando comenzó el conflicto moderno. Había comunidades árabes musulmanas y cristianas, comunidades judías y otros grupos integrados en sociedades urbanas y rurales del Imperio otomano.

Por eso hay que separar dos preguntas:

¿Existía un Estado palestino moderno?

y

¿Existía una sociedad habitando Palestina?

Son preguntas históricas diferentes.

La ausencia de un Estado-nación moderno no significa ausencia de población, sociedad, vínculos locales o derechos. Durante gran parte de la historia humana tampoco existieron los Estados nacionales modernos tal como los conocemos hoy.

Utilizar la inexistencia de un Estado palestino soberano anterior como prueba de que la tierra carecía de habitantes políticamente relevantes sería aplicar retrospectivamente un modelo estatal que ni siquiera dominaba todavía gran parte del mundo.

Sí, y negarla impediría comprender tanto el judaísmo como el surgimiento posterior del sionismo.

La historia de los antiguos reinos de Israel y Judá está vinculada materialmente con esta región. Jerusalén ocupó un lugar central en la vida religiosa judía. Después de las conquistas y diásporas, esa relación continuó formando parte de la liturgia, las prácticas religiosas y la memoria colectiva. Además, hubo comunidades judías presentes en diferentes periodos dentro de la propia región.

Pero una conexión histórica y una conclusión jurídica contemporánea pertenecen a niveles diferentes de análisis.

Y esa diferencia va a convertirse en uno de los ejes principales de esta serie.

La existencia de un vínculo antiguo ayuda a explicar por qué la tierra posee importancia para el pueblo judío. Para determinar fronteras, soberanía, ciudadanía y derechos sobre poblaciones modernas hacen falta además historia contemporánea, derecho internacional y análisis político.

Un texto antiguo puede demostrar que una comunidad consideraba sagrado un lugar.

Una inscripción puede demostrar que un reino existió.

Un sitio arqueológico puede demostrar presencia histórica.

Ninguno de estos elementos, aislado de todos los demás, resuelve automáticamente cómo deben distribuirse derechos políticos entre millones de personas que viven en el siglo XXI.

Creo que una de las peores maneras de estudiar Israel y Palestina es convertir varios milenios de historia en una competencia infantil por descubrir quién estuvo primero.

Incluso si pudiéramos identificar con absoluta precisión a la primera comunidad que habitó cada ciudad, seguiría pendiente una pregunta política fundamental: ¿la antigüedad de una presencia concede derechos ilimitados sobre las generaciones que vivieron allí después?

Si utilizáramos ese criterio de manera universal, tendríamos que redibujar una parte importante del mapa mundial.

La historia sirve para comprender vínculos, desplazamientos, memorias y reclamaciones. Convertirla directamente en un registro de propiedad produce problemas porque los territorios humanos suelen contener múltiples historias legítimas.

En este caso encontramos una conexión judía antigua, documentada y profundamente vinculada con la historia religiosa y cultural del pueblo judío.

También encontramos siglos de presencia y desarrollo de sociedades árabes que forman parte de la genealogía histórica de la población palestina moderna.

Aceptar una de esas historias no exige borrar la otra.

El verdadero problema político comienza cuando una memoria necesita demostrar que la otra es falsa para justificar su propia existencia.

Hay otra tentación frecuente: intentar resolver la discusión mediante ADN.

“¿Quién desciende realmente de los habitantes originales?”

El planteamiento parece científico, aunque encierra un problema conceptual. Las naciones modernas no son laboratorios genéticos cerrados. Durante miles de años las poblaciones migran, se mezclan, se convierten religiosamente, cambian de lengua y construyen nuevas identidades.

Una persona puede pertenecer plenamente a una comunidad nacional sin demostrar una línea genética directa hasta un individuo que vivió hace tres mil años.

La ciudadanía peruana tampoco depende de demostrar ADN inca.

La identidad francesa no exige descendencia genética de los galos.

La pertenencia política funciona mediante historia, cultura, comunidad, instituciones y memoria, además de genealogía.

Por eso debemos tener cuidado cuando la genética empieza a utilizarse como argumento territorial. Una prueba de ancestralidad puede estudiar relaciones entre poblaciones.

No expide títulos de propiedad.

Al llegar a finales del siglo XIX encontramos un territorio dentro del Imperio otomano habitado principalmente por una población árabe musulmana y cristiana, junto con comunidades judías históricas y nuevas migraciones. Al mismo tiempo, Europa atraviesa la consolidación de los Estados nacionales, el crecimiento del nacionalismo y nuevas formas de antisemitismo.

Ese contexto permitirá entender la siguiente transformación.

Hasta entonces, el vínculo judío con la tierra había sido fundamentalmente religioso, histórico, comunitario y, para ciertas poblaciones, residencial.

Durante el siglo XIX comienza a desarrollarse otra pregunta:

¿y si ese vínculo también pudiera convertirse en soberanía nacional?

Aquí entra el sionismo político (movimiento nacional judío moderno).

Y aquí es precisamente donde termino este volumen.

Porque para entender el sionismo tenemos que entrar primero en Europa.

Tenemos que hablar del nacionalismo.

De la emancipación jurídica de los judíos europeos.

Del antisemitismo.

De los pogromos.

Del caso Dreyfus.

De Theodor Herzl.

Y de por qué una población que llevaba siglos viviendo en diáspora comenzó a considerar que la seguridad podía requerir algo mucho más radical que obtener derechos dentro de otros Estados:

tener uno propio.

Antes del Estado de Israel existieron los antiguos reinos de Israel y Judá. Antes de ellos existió Canaán. Después llegaron y gobernaron asirios, babilonios, persas, dinastías helenísticas, romanos, bizantinos, diferentes gobiernos musulmanes, cruzados, mamelucos y otomanos. Durante ese proceso las poblaciones cambiaron, las religiones se transformaron y los nombres del territorio adquirieron significados diferentes.

La presencia judía pertenece legítimamente a esa historia. La presencia de las sociedades que posteriormente formarían el pueblo palestino también.

Este volumen importa porque las dos grandes narrativas contemporáneas suelen empezar la cronología en lugares diferentes. Una puede comenzar con los antiguos israelitas y saltar rápidamente hacia el retorno judío moderno. Otra puede comenzar con la sociedad palestina anterior al sionismo y concentrarse en la llegada posterior de inmigrantes judíos.

Ambas selecciones producen una historia incompleta cuando eliminan los siglos que incomodan a su argumento.

Quiero que esta serie haga exactamente lo contrario.

Antes de decidir qué significa “retorno”, debemos saber quién permaneció.

Antes de utilizar la palabra “colonización”, tendremos que estudiar quién llegó, desde dónde y bajo qué estructura política.

Antes de hablar de “tierra prometida”, tendremos que abrir los textos religiosos y preguntarnos qué prometen realmente y a quién.

Y antes de llegar a 1948 tendremos que entender que la disputa moderna apareció sobre una tierra que ya contenía miles de años de memoria acumulada.

Por eso el conflicto entre Israel y Palestina resulta tan difícil de reducir a una sola fecha.

Los dos pueblos pueden mirar el mismo espacio y encontrar allí una historia propia.

El problema del siglo XX comenzará cuando esas dos historias dejen de ser únicamente memorias sobre una tierra y se conviertan en dos proyectos nacionales que reclaman soberanía sobre ella.

Ese es el punto donde entrará el siguiente gran concepto de la serie:

sionismo.

Y para entender por qué apareció, tendremos que salir momentáneamente de Palestina y mirar hacia Europa.

(Los ensayos de esta serie serán largos, una mas que otro, estoy evaluando hacer video ensayos sobre esta serie para que puedan disfrutar de la información mientras hacen sus actividades diarias o compartirla a un amigo no lector. Pueden comentar si les agrada la idea o tal vez un formato al estilo audio libro.)

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