Judío no significa israelí. Palestino no significa Hamas. Sionismo no significa judaísmo. Y si no distinguimos entre un pueblo, una religión, un Estado y una ideología, empezamos cualquier discusión entendiendo mal aquello que queremos defender.
Antes de hablar de Israel y Palestina hay que hacer algo que parece demasiado básico para un conflicto tan complejo: aprender las palabras. Porque buena parte de las discusiones que veo sobre este tema empiezan mal antes de empezar. Una persona critica al gobierno de Israel y alguien responde que está atacando a los judíos. Otra habla de los palestinos como si todos fueran musulmanes. Se utiliza “sionista” como insulto contra cualquier persona judía, se llama “antisemita” a cualquier crítica contra Israel, se confunde al Estado de Israel con el Israel bíblico y se habla de Hamas como si representara automáticamente a cada palestino que existe.
El resultado, un desastre conceptual.
Y cuando las palabras se mezclan, las responsabilidades también.
Un gobierno puede esconderse detrás de un pueblo. Una organización política puede apropiarse de una población. Una religión puede terminar respondiendo por decisiones militares que no tomó. Y una crítica legítima puede transformarse en prejuicio cuando dejamos de distinguir al individuo de la estructura a la que creemos que pertenece.
Por eso quiero empezar esta serie desde aquí.
No desde 1948.
No desde el Holocausto.
Ni siquiera desde la Torah.
Desde el lenguaje.
Porque antes de preguntarnos quién tiene razón, necesitamos saber exactamente de quién estamos hablando.
Empecemos por una palabra aparentemente sencilla: judío.
Una persona judía no es simplemente “alguien que practica el judaísmo” de la misma manera en que una persona católica practica el catolicismo. La identidad judía puede contener dimensiones religiosas, culturales, familiares, históricas y de pertenencia a un pueblo. Incluso dentro de las propias comunidades judías existen maneras distintas de explicar qué significa ser judío. El judaísmo reformista, por ejemplo, habla de pertenencia al pueblo judío adquirida por nacimiento o conversión, mientras que otras tradiciones establecen criterios distintos sobre cómo se transmite o reconoce esa pertenencia.
Esto significa algo fundamental para todo lo que vendrá después:
una persona puede ser judía y no ser particularmente religiosa.
Puede identificarse culturalmente con la historia, las tradiciones o su comunidad y, al mismo tiempo, no creer en Dios, no observar estrictamente la Torah o no participar activamente en una sinagoga. Reducir “judío” exclusivamente a religión borra una dimensión fundamental de la experiencia histórica judía.
Pero tampoco deberíamos saltar al extremo contrario y afirmar simplemente que “los judíos son una raza”. Esa categoría también resulta problemática. El antisemitismo racial europeo precisamente intentó convertir a los judíos en una supuesta raza biológicamente distinta e inferior, una concepción pseudocientífica que terminó siendo central para la ideología nazi.
Por eso, durante esta serie voy a utilizar pueblo judío cuando me refiera a la comunidad histórica y cultural, judaísmo cuando hable de la religión y personas judías cuando me refiera a individuos.
Puede parecer excesivamente cuidadoso, no lo es.
Esa diferencia va a impedirnos cometer errores enormes más adelante.
Esta es probablemente una de las distinciones más importantes de toda la serie.
Judío es una identidad religiosa, histórica y cultural. Israelí es una nacionalidad vinculada al Estado moderno de Israel.
No todos los judíos son israelíes y no todos los israelíes son judíos.
El propio texto fundacional del Estado de Israel convocó a los habitantes árabes del nuevo Estado a participar en su construcción sobre la base de ciudadanía plena e igualitaria. Actualmente existen ciudadanos israelíes judíos y no judíos, entre ellos ciudadanos árabes musulmanes, cristianos y drusos.
Esto parece obvio hasta que observamos cómo se discute el conflicto.
Cuando alguien dice “los judíos están haciendo esto en Gaza”, está atribuyendo las acciones de un Estado y de sus fuerzas armadas a millones de judíos que viven alrededor del mundo y que poseen posiciones políticas completamente diferentes.
La formulación correcta sería otra.
El gobierno de Israel decidió. El ejército israelí realizó.
Un ministro israelí declaró. Una organización sionista sostiene.
Las palabras permiten identificar al responsable.
“Los judíos” no es un gobierno.
Y ningún Estado debería poder convertir a un pueblo entero en escudo moral de sus decisiones.
Aquí empieza otra pequeña bomba semántica.
Cuando decimos Israel, podemos estar hablando de varias cosas distintas dependiendo del contexto.
Existe el Estado de Israel, fundado en 1948 y reconocido como Estado dentro del sistema internacional. Existe también Israel como concepto presente en las tradiciones religiosas y textos antiguos, relacionado con el pueblo de Israel y los antiguos reinos de Israel y Judá. Y existe la expresión hebrea Eretz Yisrael, “Tierra de Israel”, utilizada dentro de tradiciones históricas, religiosas y sionistas para referirse a la tierra asociada con la historia del pueblo judío. La propia Organización Sionista Mundial distingue esa relación histórica con Eretz Yisrael de la existencia política actual del Estado de Israel.
Estas ideas se relacionan pero no son idénticas.
El Estado de Israel es una entidad política contemporánea.
La Tierra de Israel es también un concepto histórico y religioso.
Y el Israel bíblico pertenece a contextos políticos y sociales de la Antigüedad.
Confundirlos puede producir una consecuencia muy importante: presentar las fronteras o decisiones de un Estado moderno como si fueran automáticamente equivalentes a categorías religiosas de miles de años de antigüedad.
Precisamente por eso, cuando lleguemos al volumen sobre la Tierra prometida, tendremos que separar con enorme cuidado tres preguntas diferentes:
¿Qué dice una tradición religiosa?
¿Qué ocurrió históricamente?
¿Y qué reconoce jurídicamente el derecho internacional contemporáneo?
Una respuesta religiosa puede tener un enorme valor para quien comparte esa fe.
No es automáticamente una norma internacional para quienes no la comparten.
Otra palabra que utilizamos de manera excesivamente libre es hebreo.
En la actualidad, “hebreo” suele referirse principalmente al idioma hebreo. Históricamente, el término también está relacionado con los antiguos hebreos e israelitas mencionados en fuentes de la Antigüedad.
Pero llamar “hebreos” a todos los ciudadanos actuales de Israel o utilizar “hebreo”, “judío” e “israelí” como sinónimos genera más confusión que claridad.
Un ciudadano israelí puede hablar hebreo.
Una persona judía en Argentina puede no hablarlo.
Una persona árabe israelí puede hablar árabe y hebreo.
Un estudioso cristiano puede aprender hebreo bíblico sin ser judío ni israelí.
El idioma no determina automáticamente nacionalidad, religión ni ideología.
Algo similar sucede con la palabra israelita, que se utiliza principalmente en contextos históricos o bíblicos para hablar de los antiguos israelitas. Israelita e israelí no significan lo mismo.
Una letra puede contener varios milenios de distancia histórica.
Ahora hagamos exactamente el mismo ejercicio del otro lado.
Un palestino es una persona perteneciente al pueblo palestino.
No una religión.
No una organización armada.
No una ideología.
La población palestina es mayoritariamente musulmana, pero también existen palestinos cristianos y otras comunidades. Documentos históricos de Naciones Unidas describen precisamente la sociedad árabe palestina como compuesta tanto por musulmanes como por cristianos.
Por eso:
palestino no es musulmán.
Y muchísimo menos:
palestino no es Hamas.
Una identidad nacional no puede reducirse a la organización política o militar que ejerza poder sobre una parte de su territorio.
Sería tan absurdo como afirmar que todo estadounidense representa automáticamente al presidente de Estados Unidos, que cada peruano responde por el Congreso peruano o que cada israelí comparte la ideología de su gobierno.
Los pueblos son más grandes que sus gobiernos.
Esa será otra regla de esta serie.
Esta confusión es especialmente común desde América Latina porque solemos utilizar “árabe”, “musulmán” e incluso “medio oriental” como si fueran distintas formas de decir lo mismo. No lo son.
Árabe es principalmente una identidad cultural y lingüística relacionada con el mundo árabe y con la lengua árabe. Musulmán es una persona que profesa el islam.
Existen árabes musulmanes.
Pero también existen árabes cristianos y miembros de otras religiones.
Y, todavía más importante, la mayoría de los musulmanes del mundo no vive en los países árabes. La mayor concentración mundial de población musulmana está en Asia-Pacífico.
Indonesia, Pakistán o Bangladesh contienen enormes poblaciones musulmanas y no son países árabes.
Del mismo modo, una familia palestina cristiana puede ser palestina y árabe sin ser musulmana.
Estas distinciones importan porque una discusión política puede transformarse muy fácilmente en prejuicio religioso cuando dejamos de saber quién pertenece a qué categoría.
Aquí también necesitamos separar conceptos.
Palestina puede funcionar como denominación histórica y geográfica de una región, como referencia a la patria del pueblo palestino y como parte del nombre del Estado de Palestina.
En 2012, la Asamblea General de Naciones Unidas otorgó a Palestina la condición de Estado observador no miembro dentro de la ONU. Esa condición continúa vigente.
Esto es importante porque a veces se escucha la frase “Palestina no existe” como si fuera una conclusión sencilla.
La realidad es mucho más compleja.
Existe un pueblo palestino cuya autodeterminación está reconocida internacionalmente, existe un Estado de Palestina reconocido por numerosos Estados y con estatus de observador no miembro en Naciones Unidas, y existe al mismo tiempo una disputa territorial, política y jurídica que impide que ese Estado ejerza soberanía plena de la manera tradicional en todo el territorio que reclama.
Por eso, cuando alguien diga “Palestina no existe”, tendremos que preguntar:
¿No existe en qué sentido?
¿Histórico?
¿Nacional?
¿Diplomático?
¿Jurídico?
¿Territorial?
Una frase puede parecer contundente simplemente porque eliminó todas las preguntas necesarias para evaluarla.
Otro error frecuente consiste en utilizar Gaza y Palestina como sinónimos.
La Franja de Gaza es una parte del territorio palestino, no la totalidad.
El otro gran espacio territorial es Cisjordania, también conocida internacionalmente como West Bank, dentro de la cual se encuentra Jerusalén Este. Las Naciones Unidas utilizan actualmente la expresión Territorio Palestino Ocupado para referirse a Gaza y Cisjordania, incluida Jerusalén Este.
La situación política y administrativa de Gaza y Cisjordania tampoco es idéntica. Esa división será fundamental cuando estudiemos Hamas, la Autoridad Palestina, la ocupación, los asentamientos y los intentos fallidos de construir un Estado palestino territorialmente coherente.
Por ahora basta con una idea: hablar de Gaza no significa haber explicado Palestina.
Llegamos a una de las palabras más explosivas de todas.
Sionismo.
La definición histórica básica es bastante concreta. El sionismo moderno surgió como un movimiento nacional judío que buscaba establecer un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina, vinculada en la tradición judía con Eretz Yisrael. El Programa de Basilea aprobado en el Primer Congreso Sionista de 1897 formuló como objetivo crear para el pueblo judío un hogar en Palestina protegido por el derecho público. La Organización Sionista Mundial contemporánea se define a sí misma como continuadora de ese movimiento nacional.
Hasta aquí tenemos una definición.
Pero definir no significa haber terminado la discusión.
Porque el sionismo nunca ha sido una única corriente perfectamente uniforme. Han existido y existen interpretaciones seculares, religiosas, socialistas, liberales, revisionistas y otras corrientes que imaginan de maneras distintas qué significa la autodeterminación judía, qué territorio debe comprender, qué relación debe mantener con los palestinos y qué características debe poseer el Estado israelí. Incluso dentro del sionismo contemporáneo existen profundas disputas acerca de democracia, religión, asentamientos, fronteras y solución de dos Estados. La propia plataforma de la Organización Sionista Mundial reúne objetivos nacionales, culturales y políticos que han evolucionado desde el programa inicial del siglo XIX.
Por eso, utilizar “sionista” sin explicar qué queremos decir puede ser intelectualmente perezoso.
No es lo mismo hablar del sionismo de Theodor Herzl que del sionismo religioso contemporáneo.
No es lo mismo defender la existencia de Israel dentro de determinadas fronteras que defender una expansión territorial basada en una interpretación religiosa de Eretz Yisrael.
Todo eso deberá separarse.
Esta distinción merece su propio apartado porque será crucial cuando hablemos de antisemitismo.
No todas las personas judías sostienen exactamente la misma relación con el sionismo.
Existen judíos sionistas, no sionistas y antisionistas. También existen profundos desacuerdos dentro de las comunidades judías acerca de las políticas de Israel y acerca del significado que Israel debería tener dentro de la identidad judía contemporánea. Incluso las propias corrientes religiosas judías expresan concepciones distintas sobre sionismo, Estado y diáspora.
Asimismo, una persona puede ser sionista sin ser judía. Existen, por ejemplo, movimientos cristianos que apoyan políticamente al Estado de Israel y determinadas interpretaciones del proyecto sionista por razones teológicas propias.
Por eso es incorrecto convertir “judío” y “sionista” en palabras intercambiables.
Y puede convertirse en algo todavía peor cuando “sionista” funciona simplemente como una palabra en clave para referirse negativamente a cualquier judío.
Ahí dejamos de criticar una ideología.
Empezamos a atacar una identidad.
En términos generales, el antisionismo significa oposición al sionismo, pero esa definición abre inmediatamente otra pregunta:
¿A qué aspecto del sionismo se opone esa persona?
Algunas posiciones antisionistas rechazan la idea misma de un Estado específicamente judío. Otras cuestionan el proyecto nacional sionista desde una perspectiva palestina, socialista, religiosa judía o universalista. Existen además personas que no se identifican como antisionistas pero rechazan políticas concretas del Estado israelí, la ocupación o determinados proyectos territoriales.
Por eso antisionismo y crítica a Israel tampoco son automáticamente lo mismo.
Y aquí entramos en uno de los debates más delicados de toda esta serie.
El antisemitismo significa prejuicio, odio o discriminación contra los judíos por ser judíos. El término apareció en Europa en el siglo XIX, aunque la hostilidad contra los judíos existía mucho antes, y posteriormente el antisemitismo racial desempeñaría un papel central en la ideología nazi y en el Holocausto.
Aquí quiero detenerme porque existe una frase que aparece constantemente:
“Pero los árabes también son semitas, entonces no pueden ser antisemitas”.
Etimológicamente puede parecer ingeniosa.
Históricamente es incorrecta.
La palabra antisemitismo fue acuñada específicamente para nombrar hostilidad contra los judíos. No significa “odio contra todas las personas pertenecientes a pueblos de lenguas semíticas”. El término tiene una historia política concreta y esa historia está asociada con el prejuicio antijudío.
Podemos discutir si la palabra fue construida a partir de categorías raciales equivocadas.
Pero no podemos cambiar retroactivamente el significado histórico con el que surgió.
No automáticamente.
Incluso la definición de trabajo de la International Holocaust Remembrance Alliance, una de las más utilizadas internacionalmente, señala que una crítica a Israel comparable con la dirigida contra cualquier otro país no puede considerarse por sí misma antisemita. Al mismo tiempo, la IHRA incluye entre sus ejemplos determinadas formas de discurso sobre Israel que, dependiendo del contexto, pueden constituir antisemitismo.
Pero no existe consenso absoluto sobre dónde se encuentra esa frontera.
La Jerusalem Declaration on Antisemitism, elaborada por académicos como alternativa a la formulación de la IHRA, propone distinguir con mayor amplitud entre antisemitismo, antisionismo y crítica política a Israel. Entre otras cosas, sostiene que apoyar determinadas formas de oposición al sionismo o criticar severamente a Israel no es automáticamente antisemitismo, aunque sí lo sería responsabilizar colectivamente a los judíos por las acciones del Estado israelí.
Por eso no voy a resolver esta discusión diciendo simplemente “antisionismo nunca es antisemitismo” o “antisionismo siempre es antisemitismo”.
Ambas afirmaciones eliminan el contexto.
Podemos criticar la fundación, estructura, políticas o ideología de un Estado.
Podemos cuestionar el sionismo.
Podemos defender los derechos palestinos.
Pero si empezamos a afirmar que “los judíos controlan Estados Unidos”, que existe una conspiración judía mundial, que cada judío debe responder por Gaza o que una persona merece hostilidad únicamente por ser judía, ya no estamos haciendo crítica política.
Estamos utilizando estructuras históricas del antisemitismo.
Y una causa justa no se vuelve más justa cuando utiliza prejuicios contra otro pueblo.
Otra palabra que tendremos que aprender antes de entrar a la historia contemporánea es Hamas.
Hamas surgió en 1987 como una organización palestina islamista relacionada históricamente con la rama palestina de los Hermanos Musulmanes. Ha desarrollado actividad política y armada, y Estados Unidos continúa clasificándola como organización terrorista extranjera.
Más adelante estudiaremos su historia, ideología, gobierno en Gaza, ataques contra civiles israelíes, relación con otros movimientos palestinos y transformación política.
Pero desde este primer volumen debe quedar clara una diferencia:
Hamas es una organización. Palestina es un pueblo y una causa nacional.
No podemos responsabilizar automáticamente a todos los palestinos de cualquier acción realizada por Hamas.
De la misma manera que no podemos responsabilizar automáticamente a todos los israelíes de cada decisión del gobierno israelí.
La responsabilidad política necesita nombres propios.
La estructura política palestina contiene además otras organizaciones e instituciones que suelen mezclarse.
La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) desempeñó durante décadas un papel central como representación política del movimiento nacional palestino. La Autoridad Palestina surgió posteriormente dentro del proceso de Oslo para administrar partes de los territorios palestinos.
Hamas no es lo mismo que la OLP, la OLP no es lo mismo que la Autoridad Palestina.
La Autoridad Palestina no representa automáticamente cada posición existente dentro de la sociedad palestina y Palestina no puede reducirse a ninguna de esas organizaciones. Todo esto parece complicar innecesariamente el mapa.
En realidad ocurre lo contrario. Lo vuelve honesto.
“Ocupación” tampoco es simplemente un adjetivo ideológico utilizado por activistas.
Es una categoría del derecho internacional.
Israel tomó control de Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza durante la guerra de 1967. Naciones Unidas utiliza desde entonces la expresión Territorio Palestino Ocupado, y la Corte Internacional de Justicia ha examinado jurídicamente la presencia y las políticas israelíes dentro de ese territorio. En su opinión consultiva de julio de 2024, la Corte concluyó que la continuidad de la presencia israelí en el Territorio Palestino Ocupado es ilícita.
Eso no significa que todas las cuestiones jurídicas vinculadas al conflicto tengan una única respuesta sencilla.
Sí significa que cuando empleemos la palabra ocupación, podremos explicar exactamente qué marco jurídico estamos utilizando.
Lo mismo deberá ocurrir con términos como asentamiento, anexión, bloqueo, apartheid, terrorismo, crimen de guerra o genocidio.
Esas palabras poseen significados políticos y jurídicos y no deberían utilizarse simplemente porque suenan fuertes.
Ese será precisamente el objetivo del volumen dedicado al derecho internacional.
Los asentamientos israelíes son comunidades civiles israelíes establecidas en territorios ocupados desde 1967, principalmente en Cisjordania y Jerusalén Este. Naciones Unidas sostiene que esos asentamientos contravienen el derecho internacional y continúa documentando su expansión.
Una persona israelí que vive en Israel dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas no es automáticamente un colono.
Un colono israelí, dentro del contexto de este conflicto, normalmente hace referencia a quien reside en uno de esos asentamientos.
Otra distinción pequeña. Otra diferencia enorme.
Si llamamos “colonos” a todos los israelíes, eliminamos cualquier diferencia entre ciudadanía israelí y movimiento de asentamientos.
Si negamos que existan asentamientos, eliminamos una dimensión territorial central del conflicto.
El lenguaje vuelve a decidir qué realidad podemos ver.
Jerusalén es una ciudad central para judaísmo, cristianismo e islam. Su importancia religiosa, nacional y política explica por qué su estatus constituye uno de los problemas más sensibles del conflicto.
Pero incluso aquí necesitamos precisión.
Jerusalén Oeste y Jerusalén Este tienen historias políticas contemporáneas diferentes. Israel controla toda Jerusalén y considera a la ciudad su capital. Los palestinos reclaman Jerusalén Este como capital de un futuro Estado palestino, mientras Naciones Unidas continúa tratando Jerusalén Este como parte del Territorio Palestino Ocupado.
Esto significa que cuando alguien diga simplemente “Jerusalén pertenece a Israel” o “Jerusalén pertenece a Palestina”, probablemente esté saltándose varias capas de historia, religión, guerra y derecho.
Eso será materia de otro volumen.
Por ahora quiero que nos quede una incomodidad útil:
las palabras que parecen más sencillas suelen esconder las historias más largas.
Otra palabra importante será diáspora.
La diáspora judía describe las comunidades judías establecidas fuera de la Tierra de Israel durante distintos períodos de la historia. El concepto será fundamental para entender la relación del sionismo con la idea de retorno, pero también para comprender por qué la identidad judía nunca puede reducirse únicamente al Estado israelí. La propia Organización Sionista Mundial distingue constantemente entre judíos de Israel y comunidades judías de la diáspora.
Después de 1948 también encontraremos una diáspora palestina, formada en gran medida por personas y familias desplazadas fuera de sus lugares de origen a raíz de distintas etapas del conflicto.
Ambas experiencias son diferentes.
Pero ambas nos recuerdan algo importante: un pueblo puede conservar memoria, cultura e identidad aunque sus miembros vivan repartidos entre muchos países.
Nakba significa “catástrofe” en árabe y es el nombre utilizado por los palestinos para recordar el desplazamiento masivo y la destrucción de comunidades palestinas durante la guerra de 1948.
Ese mismo año ocupa un lugar completamente diferente dentro de la memoria nacional israelí, porque representa la fundación y la independencia del Estado de Israel. Naciones Unidas documenta que más de la mitad de la población árabe palestina huyó o fue expulsada durante la guerra de 1948.
Así entramos en uno de los problemas filosóficos más importantes de esta saga:
un mismo acontecimiento puede representar liberación para un pueblo y catástrofe para otro.
Reconocer una memoria no obliga automáticamente a negar la otra, pero tampoco podemos utilizar una memoria para borrar a quien pagó el costo de ella.
En el Vol. V nos quedaremos muchísimo tiempo en 1948.
Porque sin entender esa doble memoria, probablemente nunca entenderemos por qué ambas sociedades cuentan historias tan diferentes sobre el mismo territorio.
Durante toda esta serie voy a intentar aplicar una regla bastante sencilla:
una palabra sin contexto puede convertirse en propaganda.
“Sionista” puede describir una ideología política o utilizarse como insulto antijudío.
“Antisemita” puede identificar un prejuicio real o utilizarse irresponsablemente para intentar deslegitimar una crítica política.
“Terrorista” puede responder a una clasificación jurídica concreta o convertirse en una manera de deshumanizar indiscriminadamente a toda una población.
“Resistencia” puede describir oposición política o utilizarse para romantizar ataques contra civiles.
“Defensa” puede describir una acción legítima de seguridad o convertirse en una palabra utilizada para justificar cualquier nivel de violencia.
“Religión” puede explicar por qué una tierra es sagrada.
No necesariamente quién tiene derecho soberano sobre ella.
El lenguaje nunca es completamente inocente dentro de una guerra.
Cada actor quiere nombrar la realidad de una manera que favorezca su interpretación.
Por eso aprender las palabras también significa aprender a preguntar:
¿Quién utiliza este término?
¿En qué contexto?
¿Para describir qué hecho?
¿Y qué desaparece de la historia cuando aceptamos esa palabra sin cuestionarla?
Antes de continuar con el siguiente volumen quiero dejar establecido algo que funcionará casi como una cláusula editorial de Todo lo que sé de Israel y Palestina:
un pueblo no es su gobierno. Una religión no es un Estado. Una nacionalidad no es una ideología. Y una víctima no representa automáticamente a cada organización que afirma defenderla.
Por eso:
Judío no significa israelí.
Israelí no significa sionista.
Sionista no significa judío.
Palestino no significa musulmán.
Musulmán no significa árabe.
Palestino no significa Hamas.
Criticar a Israel no significa automáticamente odiar a los judíos.
Defender a Palestina tampoco obliga a justificar a Hamas.
Y reconocer el antisemitismo no exige guardar silencio frente a las políticas del Estado israelí.
Estas diferencias no son un intento de volver “neutral” una discusión donde existen víctimas, abusos, desigualdades y responsabilidades concretas.
Son exactamente lo contrario.
Son la condición mínima para poder atribuir cada responsabilidad a quien realmente corresponde.
Me parece curioso que uno de los conflictos más complejos del mundo sea también uno de aquellos sobre los que internet exige una postura más rápidamente.
Una noticia aparece.
Una imagen circula.
Alguien pregunta inmediatamente:
“¿Tú de qué lado estás?”
Pero quizá esa no debería ser siempre nuestra primera pregunta.
Quizá primero deberíamos preguntarnos:
¿Sé qué significa Palestina?
¿Sé qué significa Israel?
¿Puedo explicar la diferencia entre judaísmo y sionismo?
¿Sé por qué 1948 tiene dos memorias completamente distintas?
¿Entiendo qué territorio estoy mirando cuando digo Gaza?
¿Sé distinguir un judío de un ciudadano israelí?
¿Entiendo la diferencia entre antisemitismo y crítica política?
¿Sé qué representa Hamas y qué no representa?
Porque no saber estas cosas no significa ser mala persona o ignorante.
Significa que todavía no conocemos suficientemente la historia.
El problema empieza cuando no queremos aprenderla porque una versión simplificada ya confirma aquello que deseábamos creer.
Esta serie no nace para convertir la complejidad en una excusa para no tomar posición.
Nace precisamente para hacer lo contrario.
Quiero llegar al final pudiendo mirar cualquier argumento y saber de dónde viene, qué historia utiliza, qué parte está demostrada, qué parte es interpretación y qué parte pertenece directamente a la propaganda.
No quiero que al lector le resulte imposible escoger un lado.
Quiero que después de leer resulte muchísimo más difícil engañarlo para conseguir que lo escoja.
Y por eso el primer volumen no empieza con una guerra.
Empieza con un diccionario.
Porque antes de discutir quién tiene derecho sobre una tierra, quién comenzó una guerra o qué significa una promesa divina, necesitamos hacer algo que debería ser elemental:
saber exactamente de quién estamos hablando.
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.