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Piensa Imbécil · Aug 19, 2026

Todos quieren ser diferentes, todos se ven iguales

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Piensa Imbécil · Piensa Imbécil

Tal vez algunos se hayan olvidado, pero mis primeros artículos fueron crónicas y textos sobre feminismo. Antes de acostumbrarme a escribir sobre política, derecho, historia y problemas sociales, escribía mucho desde aquello que me pasaba, lo que observaba y, sobre todo, desde las cosas que no terminaba de comprender. Con el tiempo esos dos mundos comenzaron a mezclarse. Me di cuenta de que incluso las experiencias que creemos estrictamente personales suelen tener algo político detrás: una expectativa social, una norma cultural, una relación de poder, una idea sobre lo correcto o una estructura que existía mucho antes de que nosotros llegáramos.

Por eso llevaba bastante tiempo queriendo escribir sobre este tema. No tanto para sentarme a explicar qué significa “tener personalidad”, como si existiera una definición definitiva o como si yo misma hubiese resuelto el problema, sino porque quería pensar una contradicción que veo constantemente y que, sinceramente, también me atraviesa: vivimos en una época obsesionada con la autenticidad y, al mismo tiempo, extraordinariamente preparada para producir personas que se parecen entre sí.

Intento escribir pensando en que quien me lee puede tener trece años o setenta. Eso me obliga a evitar la explicación fácil de que “los jóvenes están demasiado metidos en TikTok”, porque sería cómoda, generacionalmente arrogante y, sobre todo, falsa. Las personas siempre han querido pertenecer. Nuestros padres siguieron modas, nuestros abuelos tuvieron códigos sobre cómo vestirse, comportarse, hablar, amar y relacionarse, y cada época ha desarrollado mecanismos para premiar a quienes encajan y señalar a quienes se alejan demasiado de lo considerado normal. La moda siempre ha comunicado clase, pertenencia, género y aspiraciones; la música siempre ha creado tribus; las opiniones políticas siempre han producido comunidades; y las culturas siempre han tenido una idea más o menos clara de qué tipo de persona merece admiración y cuál provoca rechazo.

Lo particular de nuestra época no es que exista influencia. Lo particular es la velocidad, la precisión y la capacidad comercial que esa influencia ha adquirido. Las tendencias aparecen, se viralizan, se convierten en productos y desaparecen con una rapidez que hace difícil saber si realmente incorporamos algo a nuestra identidad o simplemente alcanzamos a aprender las reglas de una tendencia justo antes de que llegue la siguiente. En los últimos años incluso comenzó a hablarse de fashion burnout para describir el agotamiento producido por la sucesión permanente de microtendencias digitales: coquette, clean girl, old money, Brat, Demure, Barbiecore, Dark Academia, Tomato Girl y una lista que parece reproducirse a mayor velocidad de la que una persona podría desarrollar un estilo propio.

Y, por supuesto, todo esto termina siendo político. No porque elegir una falda equivalga a votar una ley, ni porque cada video de TikTok esconda un complot ideológico, sino porque la política también tiene que ver con quién posee el poder de definir qué comportamientos son normales, qué cuerpos son deseables, qué formas de vida reciben prestigio, qué consumos comunican éxito y qué maneras de hablar son consideradas inteligentes, educadas o vulgares. Pierre Bourdieu dedicó buena parte de La distinción precisamente a desmontar la idea de que el gusto es una decisión completamente privada. Aquello que consideramos bello, refinado, vulgar o mediocre no aparece espontáneamente dentro de nosotros; se aprende dentro de contextos sociales concretos y muchas veces funciona también para diferenciarnos de los demás.

Por eso la pregunta que realmente me interesa no es si está mal que nos guste algo popular. Sería absurdo. Tampoco quiero defender a esa persona que hace de “yo no soy como los demás” toda su personalidad y termina dependiendo de la mayoría exactamente igual, solo que haciendo sistemáticamente lo contrario. Mi pregunta es bastante más incómoda: ¿cómo sabemos cuándo algo nos gusta y cuándo simplemente aprendimos que debería gustarnos?

Porque no existe una personalidad completamente libre de influencias. Somos seres profundamente influenciados y eso no nos vuelve falsos. El problema aparece cuando nuestras influencias dejan de ser materiales con los que construimos nuestra identidad y comienzan a funcionar como instrucciones que obedecemos sin darnos cuenta. En ese punto, hablar de personalidad deja de ser una conversación superficial sobre ropa, música o estética. Empieza a ser una conversación sobre autonomía.

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Antes de hablar de personas performativas, algoritmos, estéticas o capitalismo hay que aclarar algo: una persona auténtica no es una persona que jamás ha sido influenciada. Esa persona no existe.

Nuestra forma de hablar está llena de expresiones que escuchamos a otras personas. Nuestros gustos musicales muchas veces comienzan porque alguien nos mostró una canción. Hay libros que llegan a nosotros porque un profesor, un amigo o internet los puso delante. Aprendemos maneras de querer observando cómo nos quisieron, aprendemos a discutir mirando cómo discutían quienes nos rodeaban y adquirimos gestos, hábitos, palabras, prejuicios, valores y formas de comportarnos sin registrar exactamente cuándo empezamos a hacerlo.

Somos, en gran medida, una acumulación de encuentros.

Eso no contradice la autenticidad. De hecho, filósofos como Charles Taylor han planteado precisamente que la identidad no puede construirse completamente en aislamiento. Nos comprendemos a nosotros mismos mediante lenguajes, referencias culturales y relaciones con lo que él denomina “otros significativos”. La idea romántica de que existe un “yo verdadero” perfectamente terminado en algún lugar dentro de nosotros, esperando que eliminemos todas las influencias externas para finalmente descubrirlo, funciona muy bien en una película, pero no describe demasiado bien cómo se forma una persona.

No somos una estatua enterrada bajo toneladas de expectativas sociales que simplemente necesita ser desenterrada. Nos construimos mientras vivimos.

Incluso aquello contra lo que nos rebelamos termina formando parte de nosotros. A veces una persona decide qué quiere ser porque admira profundamente a alguien. Otras veces lo descubre identificando todo aquello a lo que no quiere parecerse. En ambos casos, los demás continúan participando en el proceso.

Bourdieu ayuda a comprender otro nivel del problema mediante la idea de habitus: incorporamos maneras de percibir, valorar y organizar el mundo que terminan pareciéndonos naturales. El gusto por determinadas comidas, formas de vestir, géneros musicales, maneras de hablar o experiencias culturales puede estar relacionado con nuestro entorno, educación, posición social y acceso a ciertos espacios. No significa que tu clase social determine qué canción estará en tu Spotify mañana, pero sí que aprendemos a desear dentro de posibilidades concretas y muchas veces, olvidamos que alguna vez las aprendimos.

Pensemos en palabras aparentemente inofensivas como “elegante”, “vulgar”, “fino”, “básico”, “intelectual”, “de mal gusto” o incluso “cringe”. Parecen simples adjetivos, pero contienen jerarquías. ¿Por qué ciertos estilos son asociados con sofisticación mientras otros son ridiculizados? ¿Por qué algunos géneros musicales funcionan casi como pruebas de inteligencia cultural y otros se convierten en “gustos culposos”? ¿Por qué decir que lees determinado autor puede generar prestigio, mientras admitir que todavía disfrutas una novela juvenil viene acompañado de una explicación defensiva?

Ya no solamente nos gustan cosas. También aprendemos qué significa socialmente que nos gusten.

Y eso es importante porque demuestra que el gusto puede convertirse en una forma de comunicación. Una camiseta de una banda puede ayudarte a encontrar a alguien que escucha la misma música. Cierta ropa puede comunicar pertenencia a una comunidad. Las subculturas han utilizado históricamente la estética para reconocerse, protestar, diferenciarse y construir identidad. Nada de eso es necesariamente malo.

El problema comienza cuando la pregunta “¿qué me gusta?” es reemplazada por “¿qué debería gustarle a una persona como yo?”.

Ahí la identidad empieza a venir en paquetes.

Si soy cierto tipo de persona, debería vestirme de determinada manera. Si pertenezco a determinado grupo político, aparentemente debería tener una opinión previsible sobre cualquier asunto. Si escucho cierto género, existe una estética que supuestamente combina conmigo. Si quiero parecer disciplinada, intelectual, femenina, alternativa o sofisticada, hay un repertorio completo de hábitos y objetos que me permiten comunicarlo.

La persona comienza entonces a convertirse en un catálogo de coherencia.

Y las personas reales, por suerte, no somos coherentes de esa manera.

Podemos leer filosofía política y pasar la noche viendo algo completamente absurdo. Podemos tener convicciones muy serias y aficiones ridículas. Podemos vestirnos de determinada manera durante meses y cansarnos. Podemos defender una idea a los dieciséis años y descubrir a los veinte que estábamos equivocados. Podemos amar cosas que no combinan en absoluto entre ellas.

De hecho, sospecho que una personalidad demasiado coherente muchas veces es una personalidad demasiado editada.

La vida real produce contradicciones. Conocemos gente, nos decepcionamos, cambiamos de entorno, descubrimos cosas nuevas, maduramos, retrocedemos, nos obsesionamos y nos aburrimos. Una identidad viva debería tener espacio para todo eso. El problema de las etiquetas no es que siempre sean falsas. El problema es que pueden terminar exigiéndonos una coherencia que ningún ser humano posee.

Ser auténtico, entonces, no significa permanecer exactamente igual. Tampoco significa desarrollar gustos que nadie más tenga. Significa que los cambios puedan surgir de una relación consciente con aquello que vivimos y no únicamente del miedo a quedarnos atrás.

Llegamos así a una de las palabras favoritas de internet: performativo.

Actualmente se utiliza para describir a alguien que parece hacer determinadas cosas principalmente porque quiere ser percibido de cierta manera. El lector performativo, el activista performativo, el hombre performativo, la feminista performativa, la persona que aparentemente no escucha cierta música porque realmente le gusta sino porque sabe exactamente qué imagen comunica escucharla.

Es fácil reconocer este comportamiento en otras personas. Es bastante más difícil reconocerlo en nosotros.

Pero también conviene no utilizar la palabra a la ligera. Judith Butler, por ejemplo, desarrolló la idea de performatividad en un sentido mucho más complejo al estudiar cómo ciertas identidades, particularmente el género, pueden producirse y naturalizarse mediante actos reiterados dentro de normas sociales. Su teoría no significa simplemente que alguien esté fingiendo. Lo interesante, para esta discusión, es otra intuición: cuando una conducta se repite dentro de un sistema de expectativas y reconocimiento, puede terminar sintiéndose natural.

En cultura digital la pregunta se vuelve especialmente interesante. ¿Qué ocurre cuando repetimos una versión determinada de nosotros mismos porque es la que mejor funciona socialmente? Publicamos ciertos tipos de fotografías, utilizamos determinado humor, mostramos ciertos gustos, expresamos determinadas opiniones y recibimos recompensas por hacerlo: atención, comentarios, aprobación, pertenencia. Con el tiempo, la distancia entre la versión que mostramos y la persona que somos puede hacerse cada vez menos evidente.

Y no porque seamos necesariamente mentirosos.

Ese es precisamente el punto.

Una representación repetida durante suficiente tiempo puede dejar de sentirse como representación.

Todos adaptamos nuestra conducta. Nadie habla exactamente igual con su abuela que con su mejor amiga. Tampoco hablamos de la misma manera durante una entrevista de trabajo que durante una madrugada con nuestros amigos. Tener distintos registros no significa ser falso. Significa comprender que vivimos en sociedad.

El problema aparece cuando la distancia entre vivir y parecer comienza a desaparecer.

Cuando no visitas simplemente un lugar porque quieres conocerlo, sino que una parte importante de la experiencia se convierte en pensar cómo fotografiarlo. Cuando no lees un libro solamente porque te interesa, sino porque también sabes qué comunica que alguien como tú esté leyendo ese libro. Cuando una conversación política deja de ser un intento de comprender un problema y se convierte en una demostración de que perteneces al grupo correcto.

Por eso hay una pregunta que considero particularmente útil: ¿qué seguirías haciendo si nadie pudiera enterarse?

No porque aquello que hacemos en privado represente automáticamente un “yo verdadero” y todo lo público sea falso. Nuestra personalidad continúa siendo social. Pero la pregunta obliga a revisar algunas cosas.

¿Qué música escucharías si no existieran estadísticas anuales para compartir? ¿Qué libro terminarías si nadie pudiera saber que lo leíste? ¿Qué hobby conservarías si jamás pudieras convertirlo en contenido? ¿Qué ropa comprarías si nunca fueras fotografiado con ella? ¿Qué opinión política mantendrías si todos tus amigos pensaran exactamente lo contrario?

Las respuestas quizá no sean cómodas.

Y precisamente por eso pueden ser útiles.

Hay otra fuerza que considero fundamental para entender por qué tantas personas terminan editándose: el miedo al ridículo.

Las sociedades siempre han utilizado la vergüenza como una forma de regulación. No es necesario prohibir una conducta cuando puedes conseguir que las personas sientan vergüenza de realizarla. Una mirada, una broma o un comentario pueden bastar para enseñarnos qué partes de nosotros conviene ocultar.

Nuestra generación simplemente desarrolló un vocabulario particularmente eficiente para hacerlo.

Cringe.

Nos avergüenza ser demasiado intensos. Nos avergüenza demostrar entusiasmo. Nos da miedo hablar demasiado de aquello que amamos, vestirnos demasiado, interesarnos demasiado, emocionarnos demasiado. Aprendemos a envolver nuestras preferencias en ironía para protegerlas.

“Me gusta, pero irónicamente.”

“Sé que es malísima.”

“Lo escucho por nostalgia.”

“No soy tan fan.”

Como si disfrutar sinceramente algo necesitara una defensa.

La ironía funciona como un escudo. Si nunca admites completamente que algo te importa, tampoco pueden herirte demasiado burlándose de ello.

Pero hay un costo.

La personalidad necesita entusiasmo. Necesita obsesiones, etapas vergonzosas, gustos extraños, errores y curiosidades inexplicables. Si eliminamos sistemáticamente cualquier cosa que pueda provocar burla, quizá terminemos siendo socialmente más seguros, pero también mucho menos reconocibles.

Las personas que considero más auténticas suelen tener rasgos que sobreviven a distintos contextos: una forma particular de contar historias, una obsesión que reaparece durante años, una manera de hablar, ciertos valores, un sentido del humor específico, una forma reconocible de tratar a otras personas. No son auténticas porque nadie más tenga esas características. Lo son porque esas características no desaparecen cada vez que dejan de recibir aprobación.

Y aquí también hablo desde mí.

Yo misma he tenido dificultades intentando descubrir quién soy sin preguntarme constantemente qué tan aceptable resulta esa versión frente a otras personas. También he querido encajar. También he cambiado cosas. También he sentido vergüenza de gustos que alguien podía considerar infantiles, intensos o raros. También me he preguntado si ciertas partes de mí debían desaparecer para demostrar que había madurado.

Probablemente algo que me ayudó, para bien o para mal, fue que siempre tuve muchas ganas de llevar la contraria.

No recomiendo convertir el contrarianismo en filosofía de vida. Hacer siempre lo opuesto a la mayoría también es una forma de permitir que la mayoría decida por ti. Pero esa tendencia sí me enseñó una pregunta que sigo utilizando: ¿por qué?

¿Por qué debería darme vergüenza esto? ¿Por qué una persona de mi edad supuestamente ya no debería disfrutar aquello? ¿Por qué tengo que adoptar automáticamente todas las opiniones de un grupo para pertenecer a él? ¿Por qué necesito comprar esto ahora? ¿Por qué algo me parece ridículo? ¿Realmente me lo parece o simplemente aprendí que debía parecerme ridículo?

No siempre termino llevando la contraria.

Ese nunca fue el punto.

Muchas veces termino descubriendo que, efectivamente, me gusta exactamente lo mismo que a todo el mundo. Y está bien. La autenticidad no exige originalidad constante. La diferencia está en haber atravesado la pregunta.

Hasta este punto podríamos explicar buena parte del problema mediante psicología social: queremos pertenecer, organizamos nuestra identidad frente a otras personas y tememos el rechazo. Pero nuestra época añadió un actor nuevo a la ecuación: los sistemas de recomendación.

TikTok explica abiertamente que su sección For You aprende de nuestras interacciones. Aquello que vemos, compartimos, ignoramos o marcamos con “me gusta” permite al sistema estimar qué contenido puede interesarnos y reorganizar las recomendaciones posteriores. Esto resulta extremadamente útil. En pocos minutos podemos encontrar música, creadores, películas, ideas o comunidades que quizá jamás habríamos descubierto de otra manera.

Pero sería un error imaginar que el algoritmo funciona únicamente como un espejo que refleja gustos que ya estaban completamente formados.

Un estudio publicado en 2024 que analizó datos reales de usuarios de TikTok encontró que una parte importante de las recomendaciones utilizaba intereses que el sistema ya había identificado, mientras otra parte servía para explorar posibles intereses nuevos. En estudios sobre sistemas de recomendación se suele hablar precisamente de esa tensión entre exploitation y exploration: aprovechar aquello que ya parece funcionar y probar contenido diferente para descubrir qué otra cosa puede capturar nuestra atención.

Esto cambia bastante la conversación.

El algoritmo no decide mágicamente nuestra personalidad. No existe evidencia seria que permita afirmar que TikTok determina un porcentaje específico de nuestros gustos. Sería una simplificación absurda. Nosotros seguimos teniendo agencia, historia, contexto, amigos, familia y experiencias fuera de la pantalla.

Pero tampoco podemos tratar el feed como algo neutral.

Un sistema que organiza sistemáticamente qué encontramos, cuánto lo encontramos y qué permanece invisible participa necesariamente en la formación de nuestro entorno cultural.

Si durante varios días ves decenas de versiones de una misma falda, no necesitas comprobar que “todo el mundo” realmente la está usando para empezar a sentir que está en todas partes. Si recibes constantemente videos sobre determinado estilo de vida, ese estilo puede comenzar a parecer omnipresente aunque exista principalmente dentro de tu ecosistema digital.

Tu feed es personal.

Y precisamente por eso puede confundirse fácilmente con el mundo.

Aquí aparece una dimensión política bastante interesante. El poder no consiste únicamente en obligarnos a pensar algo. También puede consistir en organizar aquello que merece nuestra atención.

No es casual que los sistemas de recomendación hayan comenzado a ser objeto de regulación. La Unión Europea, mediante la Ley de Servicios Digitales, ha incorporado obligaciones relacionadas con transparencia y sistemas de recomendación para las plataformas más grandes. En 2026, la Comisión Europea continuaba examinando riesgos asociados a características como el scroll infinito, la reproducción automática y la personalización intensa.

La discusión, por tanto, ya no es simplemente “qué videos me aparecen”.

Es quién organiza nuestro entorno informativo, mediante qué criterios y con qué incentivos.

Esto no significa que las redes sean inherentemente malas. Sería una conclusión floja. Internet puede ser profundamente liberador. Una adolescente que se siente extraña en su colegio puede descubrir una comunidad completa de personas con los mismos intereses. Podemos conocer artistas, diseñadores, movimientos políticos y culturas que hace treinta años habrían sido prácticamente inaccesibles desde determinadas ciudades.

El problema no es recibir recomendaciones.

Siempre hemos recibido recomendaciones.

Un amigo recomendaba un disco. Un profesor recomendaba un libro. Una revista recomendaba una película. Una radio repetía determinadas canciones y una tienda decidía qué prendas colocar en la vitrina.

La diferencia está en la escala, la automatización y el nivel de personalización.

Tu amigo sabe relativamente poco sobre tu comportamiento. Un sistema digital puede procesar continuamente cientos de señales para reajustar lo que aparecerá después.

Cuanto más eficiente sea ese sistema para encontrarnos cosas que probablemente nos gusten, más importante se vuelve conservar la capacidad de buscar también aquello que jamás habría pensado mostrarnos.

Las redes no inventaron las subculturas ni el deseo de pertenecer. Lo que hicieron fue acelerar enormemente la capacidad de crear, nombrar y distribuir identidades estéticas.

Eso explica la sucesión de cores, estilos y microtendencias que hemos visto durante los últimos años.

No simplemente te gusta una combinación de ropa. Ahora puede existir un nombre para ella.

Y cuando algo recibe un nombre, también se vuelve muchísimo más sencillo clasificarlo, recomendarlo y comercializarlo.

Esto puede ser entretenido. Yo misma no creo que exista ningún problema en probar estéticas, inspirarse en Pinterest o decidir durante algunos meses que quieres vestirte de determinada manera. Explorar también forma parte de descubrir qué nos gusta.

El problema aparece cuando una estética deja de funcionar como inspiración y comienza a funcionar como manual.

Ya no se trata solamente de una falda.

La categoría puede incluir maquillaje, perfume, música, decoración, rutina, lugares, comida, libros y hasta personalidad.

La identidad empieza a funcionar como un paquete.

Y entonces ocurre algo bastante irónico: intentamos diferenciarnos utilizando exactamente los mismos códigos que miles de personas están utilizando para diferenciarse.

No somos clones porque tengamos prendas parecidas. Sería una crítica demasiado superficial. Somos “clones de clones” cuando reproducimos conjuntos enteros de gustos, discursos y comportamientos sin preguntarnos qué parte de ellos realmente queremos conservar.

La contradicción está en que internet nos permite acceder a una diversidad cultural enorme mientras, al mismo tiempo, puede concentrar la atención de millones de personas sobre un número relativamente pequeño de tendencias.

Nunca tuvimos tantas opciones.

Y, sin embargo, seguimos viendo miles de versiones de lo mismo.

Aquí es donde la conversación deja de ser solamente cultural y empieza a hablar de dinero.

El mercado no inventó nuestra necesidad de pertenecer.

Pero aprendió a monetizarla extraordinariamente bien.

La investigación sobre cultura del consumo lleva décadas mostrando que comprar no responde únicamente a necesidades funcionales. Eric Arnould y Craig Thompson, dentro de la denominada Consumer Culture Theory, han estudiado precisamente cómo utilizamos bienes, experiencias y significados comerciales para construir narraciones sobre quiénes somos.

Un objeto puede servir para algo.

Pero también puede comunicar quién creemos ser.

Eso explica buena parte del marketing contemporáneo.

Una crema deja de ser solamente una crema cuando forma parte de la rutina de “esa chica” disciplinada que se levanta temprano, hace ejercicio, come perfectamente, tiene una habitación impecable y aparentemente jamás ha pasado veinte minutos buscando un cargador.

Una chaqueta puede vender old money.

Un lazo puede vender coquette.

Una libreta puede vender productividad.

Una botella puede vender bienestar.

Una marca puede vender estatus.

Lo interesante es que el producto deja de prometer únicamente una función y comienza a prometer una identidad.

No compras solamente algo.

Compras la posibilidad de parecerte a alguien.

En este sentido, la estética old money resulta particularmente interesante. La expresión hace referencia visual a signos asociados históricamente con riqueza heredada, educación elitista, determinados deportes, espacios exclusivos y códigos de clase. Lo curioso es que aquello que históricamente representaba una posición social difícil de adquirir se transforma digitalmente en un conjunto de colores, mocasines, bolsos, peinados y prendas que cualquiera puede reproducir mediante consumo.

La clase convertida en estética.

Bourdieu probablemente habría encontrado muchísimo material ahí.

Y no significa que cualquier persona que use mocasines esté intentando fingir que su familia posee una mansión europea. Significa que ciertos símbolos conservan asociaciones con prestigio incluso cuando son separados de su contexto original y convertidos en tendencias.

Entonces aparece la paradoja más divertida de todas: queremos demostrar nuestra individualidad mediante productos fabricados para millones de personas que también quieren demostrar su individualidad.

Pero el problema va más allá de la ironía.

Actualmente, descubrimiento cultural y comercio pueden existir dentro del mismo circuito. Ves una estética. El algoritmo detecta tu interés. Empiezas a recibir más videos. Aparecen creadores explicando cómo conseguirla. Aparecen productos asociados. Puedes comprarlos sin siquiera abandonar completamente el ecosistema digital que generó el deseo.

Esto no demuestra que toda persona sea manipulada ni que cada tendencia nazca en una sala secreta de ejecutivos decidiendo qué debe gustarnos el próximo mes.

No necesitamos exagerar para que la crítica funcione.

Basta con reconocer algo mucho más sencillo: existe un incentivo económico enorme para transformar aspiraciones identitarias en consumo.

Y cuanto más inestable sea nuestra identidad, más oportunidades comerciales aparecen.

Si construyes un estilo lentamente, conservas prendas durante años y tus gustos evolucionan con cierta continuidad, probablemente no necesitas reinventar tu armario cada tres meses. Pero si cada nueva microtendencia exige una nueva versión de ti, siempre habrá algo que falta.

Ahí la inseguridad se vuelve rentable.

El capitalismo no necesita que literalmente “no tengas personalidad”. Esa frase sería demasiado simple. Lo que necesita es que suficientes aspectos de nuestra identidad puedan traducirse en consumo.

Quiero sentirme más sofisticada.

Existe un producto.

Quiero parecer disciplinada.

Existe un producto.

Quiero proyectar intelectualidad.

Existe un producto.

Quiero sentir que pertenezco.

También existe un producto.

La genialidad del sistema está en que no necesita obligarte.

Necesita que quieras.

Y aquí aparece una de las ideas que más me interesan de todo este artículo: el poder contemporáneo no siempre funciona diciendo “haz esto”. Muchas veces funciona construyendo entornos donde ciertas decisiones resultan muchísimo más deseables que otras.

Por eso una persona insegura respecto a quién es puede convertirse en una consumidora especialmente valiosa. No porque carezca de inteligencia, sino porque cada nueva promesa de transformación tiene un lugar donde instalarse.

La identidad se convierte en mercado.

Entonces, ¿qué hacemos?

Definitivamente no convertirnos en personas insoportables que rechazan automáticamente cualquier cosa popular.

Eso tampoco sería tener criterio.

Si decides que algo es malo únicamente porque mucha gente lo disfruta, sigues permitiendo que la mayoría determine tus decisiones. Solamente cambiaste la dirección.

Por eso me interesa más hablar de desinfluenciarse.

En redes sociales, el de-influencing apareció como una respuesta al consumo excesivo: personas explicando por qué ciertos productos virales quizá no valían la pena, cuestionando compras impulsivas o intentando desmontar la idea de que necesitamos cada objeto que aparece repetidamente en nuestro feed.

Pero creo que podemos utilizar el concepto de una manera más amplia.

Desinfluenciarse no significa únicamente “no compres esa crema”.

También significa no permitir que absolutamente todo llegue a nosotros ya interpretado.

Ver una película antes de buscar su puntuación.

Escuchar un álbum antes de averiguar qué canción se volvió viral.

Leer a alguien con quien probablemente no estamos de acuerdo.

Mantener un hobby aunque no sea fotogénico.

Utilizar una prenda cuando ya dejó de estar de moda.

Descubrir música fuera de la playlist que ya aprendió perfectamente nuestros gustos.

Hacer algo sin publicarlo.

Permitirnos experimentar antes de clasificar.

Porque hay una diferencia importante entre conocer una cosa y conocer primero la opinión colectiva sobre esa cosa.

Y cada vez dejamos menos espacio entre ambas.

La desinfluenciación, entendida así, no exige desaparecer de internet. Tampoco significa dejar de comprar cosas, rechazar el maquillaje, odiar la moda o convertir cada decisión de consumo en un acto revolucionario.

Pensar críticamente no debería volvernos incapaces de disfrutar.

Puedes comprender cómo funciona la industria musical y seguir enamorándote de una canción pop. Puedes saber que una tendencia está siendo comercializada y aun así pensar que una prenda es preciosa. Puedes comprar algo simplemente porque te gusta.

La conciencia crítica no debería matar el placer.

Debería impedir que confundamos el placer con obediencia.

Y quizá ahí aparezca una diferencia importante: la personalidad necesita tiempo mientras el mercado digital necesita novedad.

Necesitamos tiempo para probar algo, cansarnos, regresar, mezclarlo con otras cosas, descubrir qué parte nos representa y cuál fue simplemente una etapa. Las microtendencias, en cambio, pueden circular a una velocidad mucho mayor.

Una identidad humana no debería estar obligada a competir con ese calendario.

Hay una idea contemporánea que me incomoda especialmente: la obsesión con convertirnos en marcas.

Una marca necesita coherencia.

Necesita que sus colores, mensajes, valores y productos sean reconocibles.

Una persona no.

Una persona necesita contradicciones.

Necesita espacio para hacer cosas que no combinan con su estética.

Necesita cambiar de opinión.

Necesita atravesar etapas vergonzosas.

Necesita descubrir a los veinticinco algo que contradiga completamente lo que pensaba a los quince.

Porque cambiar no significa necesariamente que nunca supiste quién eras.

A veces significa exactamente lo contrario: que continuaste pensando.

Puedes amar política y disfrutar contenido completamente absurdo. Puedes estudiar filosofía y escuchar una canción que alguien considere superficial. Puedes ser feminista y cuestionar determinadas posturas dentro del feminismo. Puedes ser extremadamente responsable en un aspecto de tu vida y un desastre absoluto en otro.

Eso no te vuelve falso.

Te vuelve difícil de resumir.

Y quizá una parte importante del problema contemporáneo sea precisamente nuestra obsesión por resumir a las personas.

Queremos una categoría.

Un core.

Un signo.

Un MBTI.

Una ideología.

Una estética.

Una palabra que permita explicar rápidamente quién tenemos enfrente.

Pero una personalidad real debería resistirse un poco a ese resumen.

Porque somos contradictorios.

Y esa contradicción no siempre necesita ser corregida.

No creo que la autenticidad pueda medirse por originalidad.

Una persona puede disfrutar exactamente las mismas cosas que millones de personas y seguir siendo profundamente auténtica.

Tampoco creo que dependa de ser extravagante.

Las personas más auténticas que conozco no necesariamente llaman la atención cuando entran a una habitación.

Lo que tienen es continuidad.

Hay características que permanecen.

Una forma de hablar.

Un humor.

Una manera de cuidar.

Una obsesión.

Una curiosidad.

Un conjunto de valores.

Pequeños detalles que hacen que, después de años, alguien pueda decir: “eso es demasiado tú”.

No porque hayan diseñado estratégicamente una marca personal.

Sino porque esos rasgos sobrevivieron a distintos contextos.

Creo que ahí existe una diferencia importante entre una estética y una personalidad. Una estética puede comprarse relativamente rápido. Una personalidad necesita acumularse.

Necesita años.

Errores.

Personas.

Etapas.

Libros.

Canciones.

Vergüenzas.

Decisiones.

La personalidad se sedimenta.

Por eso tampoco me interesa esa obsesión por “encontrarse” como si un día pudiéramos completar el proceso y anunciar oficialmente que ya sabemos quiénes somos.

Quizá nunca terminemos.

Y está bien.

No estamos obligados a convertirnos en una versión definitiva de nosotros mismos.

No creo que nuestra generación sea particularmente falsa.

Quiero terminar diciendo eso porque el subtítulo de este artículo puede parecer una acusación moral y no quiero que lo sea.

Nuestros padres tuvieron tendencias.

Nuestros abuelos también.

Las personas siempre copiaron, imitaron, buscaron pertenecer y utilizaron símbolos para comunicar identidad. La historia humana está llena de uniformes sociales.

Lo que cambió fue el entorno en el que nosotros estamos intentando descubrir quiénes somos.

Hoy podemos despertar, tomar nuestro teléfono y entrar inmediatamente en un flujo personalizado de opiniones, cuerpos, productos, músicas, estilos de vida y personas. Ese sistema aprende de nuestras interacciones, reorganiza parte de lo que vemos y comparte espacio con publicidad, comercio, creadores y tendencias.

Nunca habíamos tenido tantas oportunidades para encontrar personas como nosotros. Y quizá nunca había sido tan fácil que esa búsqueda terminara diciéndonos cómo deberían ser las personas como nosotros. Esa contradicción es la que me interesa.

Internet puede ayudarte a descubrir quién eres y también puede entregarte un personaje terminado. Puede mostrarte una comunidad donde finalmente dejas de sentirte extraño y, al mismo tiempo, enseñarte el uniforme que aparentemente necesitas para pertenecer. Puede ampliar tus gustos y también encerrarte dentro de aquello que ya aprendió que captura tu atención. Puede darte palabras para comprenderte y ofrecerte tantas etiquetas que termines creyendo que conocerte significa clasificarte.

Por eso no creo que la solución sea huir de todas las influencias.

No podemos.

Somos influencia.

Somos nuestra familia, nuestros amigos, las canciones que alguien nos mostró, las películas que vimos demasiado jóvenes, los libros que entendimos y aquellos que no, las personas que admiramos y las personas a las que juramos no parecernos. Somos el colegio donde crecimos, el barrio, la cultura, nuestras condiciones materiales, nuestros errores, nuestras posibilidades y nuestras contradicciones.

La autenticidad no consiste en negar todo eso.

Consiste en procesarlo.

En dejar de ser únicamente recipientes de influencias y comenzar a discutir con ellas.

Creo que ahí empieza realmente la personalidad: cuando puedes recibir una influencia sin convertirte automáticamente en ella. Cuando una tendencia puede gustarte sin gobernarte. Cuando puedes pertenecer a una comunidad sin desaparecer dentro de ella. Cuando una ideología puede ayudarte a interpretar el mundo sin sustituir tu capacidad de pensar. Cuando una estética puede inspirarte sin convertirse en un uniforme. Cuando un producto puede gustarte sin convencerte de que lo necesitas para completar quién eres.

Y, sobre todo, cuando entiendes algo que casi nunca aparece dentro del “sé tú mismo” de las frases motivacionales: ser tú mismo también significa aceptar que habrá personas a quienes no les gustes.

Alguien pensará que hablas demasiado.

Alguien pensará que eres muy silencioso.

Alguien odiará tu música.

Alguien encontrará infantil aquello que amas.

Alguien pensará que eres demasiado intenso.

No existe una personalidad capaz de evitar todas esas opiniones.

Y si construimos nuestra identidad intentando conseguir aprobación universal, tendremos que recortar cualquier cosa que sobresalga hasta convertirnos en versiones perfectamente digeribles de nosotros mismos.

Yo no quiero ser digerible para todo el mundo.

Quiero poder cambiar sin fingir que nunca fui la persona anterior. Quiero conservar cosas que quizá no combinen con la versión que alguien espera de mí. Quiero reconocer que muchas partes de mí vienen de otras personas y quererlas igualmente. Quiero tener suficiente criterio para admitir que algo popular me encanta y suficiente seguridad para decir que otra cosa popular me parece horrible sin convertir ninguna respuesta en una prueba de superioridad.

Por eso creo que tener personalidad sí puede tener una dimensión política.

No porque tus gustos personales vayan a derrocar el capitalismo.

Sino porque la autonomía siempre ha sido política.

Decidir qué deseas dentro de un entorno diseñado para predecirlo también lo es.

Cuestionar las jerarquías que te enseñaron qué gustos debían darte vergüenza también lo es.

Resistirte a convertir cada inseguridad en una compra también lo es.

Permitirte existir sin transformar cada parte de tu vida en algo visible, clasificable y monetizable también lo es.

Desinfluenciarte no significa quedarte sin influencias.

Significa aprender a reconocerlas para poder elegir qué hacer con ellas.

Al final, quizá todos seamos un poco clones de clones de clones. Repetimos palabras que otras personas dijeron antes, escuchamos música construida sobre música anterior, vestimos prendas inspiradas en décadas pasadas y defendemos ideas que aprendimos de alguien que también las aprendió de otra persona.

La originalidad absoluta probablemente nunca existió pero existe una diferencia enorme entre estar hecho de influencias y estar sometido a ellas.

Nuestra personalidad quizá no esté en inventar materiales nuevos, sino en la forma particular en la que mezclamos los que recibimos. En aquello que decidimos conservar. En lo que cuestionamos. En lo que abandonamos. En aquello que transformamos. En las contradicciones que permitimos existir sin corregirlas solamente para que nuestra identidad pueda entrar perfectamente dentro de una categoría.

Entonces quizá la pregunta correcta nunca fue si somos completamente originales.

Tal vez sea otra:

¿seguiríamos reconociéndonos si desaparecieran las tendencias, las estadísticas, los “me gusta”, las categorías, las recomendaciones y el público?

No sé si alguien puede responderla por completo.

Pero creo que vale la pena intentarlo.

Porque ser auténtico no significa conseguir que nadie pueda parecerse a ti.

Significa poder seguir reconociéndote cuando ya no hay nadie mirando.

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Read the original on piensaimbecil.substack.com

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