RSS Amplifier

Oficio al Medio · Jul 4, 2026

#151: Love and Rockets (IX)

0
Sign in to vote or save

Oficio al Medio · Oficio al Medio

Bienvenidos a una nueva entrega de Oficio al Medio, un newsletter sobre historietas. Cada quince días, Gonzalo Ruiz y Matías Mir analizan algún cómic o alguna temática relacionada al mundo de las historietas, buscando repensar sus lecturas y conectar con otros fanáticos. En este nuevo contacto, Gonzalo retoma su larga serie de notas sobre la mitológica antología.

¡Y ADEMÁS! Ya está en preventa Historieta argentina: Una historia colectiva 2001-2022, un libro coeditado por Comic.Ar y Sector Editorial en el que tanto Gonza como Mati participamos. Este spin-off (?) de Oficio al Medio ya se pueede reservar en las mejores tiendas. Más info acá.

Estoy con poco tiempo para leer y preparar material para este newsletter, y esto probablemente se mantenga por un par de semanas. Así que, para no estar afuera de este hermoso espacio, voy a republicar por tandas la extensa nota que hice sobre Palomar de Beto Hernandez para la Comiqueando Digital de hace cuatro años atrás.

Por Gonzalo Ruiz

Si Jaime nos mostró un mundo de relaciones humanas con adolescentes chicanas amantes del punk que estaban a la deriva y buscaban su lugar en el mundo de una forma casi anárquica, Gilbert peló otra cosa distinta, totalmente opuesta. Su contraposición a esas historias con una tónica “slice of life” fue (y es) un mundo mágico, irreal, detenido en el tiempo, con partes tan fantásticas como sórdidas, ubicado de forma ficticia en Centroamérica. Bienvenidos a Palomar, donde las babosas son un manjar, donde hacen una sopa que te puede sanar los males de amores, y donde domina una mujer armada con dos tetas descomunales y un martillo.

La saga de Palomar no arranca directamente con el número 1 de Love and Rockets. Sin embargo la figura de Luba ya estaba en ese auspicioso debut fanzinero… pero como la Reina de la Isla Ovo. Mientras Jaime arrancaba con Locas, también con una intención fantasiosa, Beto usaba su espacio para BEM, un delirio donde deja en claro que, como buen lector de historietas en los 80, una de sus influencias más actuales es la revista Heavy Metal. Minas medio en pelotas con trajes fabulosos y excéntricos, planetas, bichos gigantes. También aportó la historia corta “Music for Monsters”, donde los nombres de Inez y Bang perfilaban, pero nuevamente en personajes que no serían los mismos que conocemos hoy.

A esto le sigue el segundo magazine, donde debuta Errata Stigmata, personaje también de influencias sci-fi pero punk a su vez, algo que Jaime ya estaba asimilando por completo con la serialización de “Mechanics”. Beto seguía con historias cortas que no terminaban de convencerlo, hasta que llega el tercer número de la serie. Arranca “Sopa de la Gran Pena” (en español, originalmente). Chau Heavy Metal, hola Sofia Loren.

Según Beto, la inspiración de esta primera saga viene de su adolescencia:

“Era mi período de fanático del cine, veía todo lo hecho antes de 1950 porque tenían un sabor romántico, las buenas y las malas. Luego pasé a la década del 50 y empecé a ver películas extranjeras, y cuando veía a Sofía Loren en Ieri, Oggi, Domani (1963, Vittorio de Sica) o cuando vi Orfeo Negro (1959, Marcel Camus) pensaba “Esto sería una gran serie”, como una especie de Gasoline Alley pero en un entorno exótico, para poder dibujar chicas con remeras ajustadas llevando cestas de comida en la cabeza. Era una fantasía infantil”.

Con el correr de las páginas, vamos a ver que todo eso está, y más también.

Palomar es un pueblito perdido en un país ficticio (a veces ubicado en Centroamérica, otras fronterizo a Estados Unidos) que está totalmente negado a la evolución: no hay televisión, teléfonos, tecnología moderna, las chicas tienen que andar siempre con polleras largas… una intención de identidad contra la naciente globalización. Es un lugar que, sin estar sumido en la pobreza, sí peca de extrema humildad. Las cosas andaban bien para Chelo, una mujer que se dedicaba al pujante negocio de bañar gente hasta que llega, por primera vez, una competidora, de carácter fuerte y con un poder de seducción animal. Ella es Luba, uno de los personajes femeninos más relevantes y trascendentes de los últimos 40 años. Junto a ella vienen sus hijitas y su abnegada prima Ofelia, el ancla que trae la mesura a la locura que, poco a poco, empezaría a sembrar Luba.

Por supuesto que el arribo de esta misteriosa mujer no se refleja solo en la competencia que siente Chelo contra un negocio infalible. Luba es irresistible para todos los varones del pueblo, puntualmente cinco jovencitos: Heraclio, Jesús, Vicente, Israel y Martín. Al igual que Jaime, Gilbert arma un elenco gigantesco donde todos van a tener su participación estelar, pero la “condición” es que todo gira alrededor de Luba, esté presente o no. Todo un desafío para el artista, que no quería tener un personaje obvio, aunque en el fondo quería que Heraclio fuera el principal, algo que se nota si uno presta atención durante la lectura. Sin embargo deja que el énfasis se quede en Luba y Chelo. Al igual que su hermano menor, Beto opta por generar mujeres relevantes y de peso, aunque en el caso de Palomar, mucho de esto está enfocado en “el mundo de los hombres visto por las mujeres”. Esto también se verá mejor en otras historias.

Esta primera gran saga marca el camino sobre lo que quiere hablar Beto: el melodrama, las relaciones sentimentales y/o sexoafectivas, todo con un flavour latino, como si fuera María la del barrio pero diez años antes. Todo lo que hace que la gente de Palomar pierda la cabeza es el amor y las chicas hermosas, como Pipo, la primera rompecorazones que tuvo el pueblo. Su relación con un donjuán llamado Manuel le generó unos celos importantes a Gato, enamorado en secreto de Pipo. Su ira pudo más y cagó a tiros al pobre Manuel, cuyo único crimen era coger con una chica hermosa, a quién presuntamente engañó con Luba. Decime si no hay algo más telenovelesco que esto. Mucha de esa herencia latina de los Hernández está volcada acá. Según Beto:

“Con Heartbreak Soup quería atraer a los no latinos. En este país [Estados Unidos] constantemente te están recordando que no sos blanco, y no me refiero a la gente individualmente, sino en televisión o anuncios. Los blancos son los normales y luego están todos los demás”.

Con esta introducción a Palomar, Beto hace una elipsis temporal (lo cual me hace abrir un paréntesis un poco largo: uno de los pocos desaciertos que tiene este primer período es que el hermano Hernández del medio va y viene con la línea temporal muchas veces, y al no ser un dibujante muy ducho en sus comienzo, todo se torna confuso. Hay que estar atento cuando se cuentan cosas “del pasado” y cuando “del presente”) para mostrar a todos un poco más maduros, en sus veintipico o treintaypico, y de paso poner cada vez más el foco sobre Luba. En “Act of Contrition” se habla de su relación con el sexo masculino, mientras que de a poquito se van mostrando puntas de su vida pasada con la llegada de Archie Ruiz, un viejo amor. Aunque el amor para Luba no es lo mismo que el amor para cualquier otro ser humano, es algo más primitivo, una necesidad de sexo y no de afecto, aunque en su soledad sienta que no puede vivir sin la compañía de uno (o más) hombres. Eso pasa en esta historia, donde retoma su amorío con Archie, descuidando otros aspectos personales, como la maternidad. Luba es libertina, como diría Adrián Dárgelos: “Quiere gustar y ser gustada, sentirse deseada, bailar y bailar”. En el medio, los nenitos calentones que fantaseaban con Luba hoy están con problemáticas adultas. Y algo más, también.

A diferencia de su hermano menor, que comenzaba a desembarazar a Maggie y Hopey de las cosas más fantasiosas, Beto sube el realismo mágico con “The Laughing Sun”, un thriller con onda de road movie que arranca cuando Jesús intenta asesinar a su mujer y se da a la fuga, lo que obliga a Heraclio (junto con Jesús, los dos que eligieron quedarse en Palomar) a convocar a sus viejos amigos para que les den una mano en la búsqueda y tratar de entender qué pasó con su amigo. Una historia de reproches personales e introspecciones mientras tratan de detener a un tipo que se volvió loco por el sofocante verano palomarense. Un pequeño tráiler de lo que sería capaz de hacer Beto varios números después, primero con “Duck Feet”, un relato de terror que involucra una bruja a la que le roban una calavera de bebé, maldiciendo a Palomar con alucinaciones y enfermedades, todo esto mientras Luba queda atrapada en un pozo ciego del cual se niega salir con ayuda. Beto empieza a desatarse.

Pero no sin antes dejar claro dos cosas claves, las mismas que Jaime exploró (y explora) en Locas: el orgullo de ser latino y la diversidad sexual. “An American in Palomar” es una obra política, centrada en Howard Miller, un fotógrafo gringo que llega al pueblo con ganas de registrarlo para un libro. Algunos de los aldeanos se sienten orgullosos, sin darse cuenta que la intención es un poquito más macabra: a Miller le gustaría ser premiado al mostrar un pueblo centroamericano lleno de negros cagados de hambre que no saben lo que es la televisión a color y que solo pueden comer babosas asadas. En el medio, seduce a Tonantzín, otra bombshell palomarense que raja la tierra, encargada de vender esas babosas. Howard trata de convencerla que su lugar está en los Estados Unidos y no en el tercer mundo, lo que genera una incomodidad primero y violencia después para con el foráneo. Y en cuanto a lo segundo, mientras que Hopey y Maggie se iban revelando como lesbianas, Beto elige hacer hincapié en la homosexualidad. En “Bullnecks and bracelets”, se revela que Israel, un chongazo que no paraba de levantar minas a lo loco, calentón al punto de irse fácilmente a las manos con quién sea… era en realidad bisexual, aunque prefería la compañía masculina. Todo tocado no desde un lado burdo sino sensible, aunque por supuesto prima mucho el delirio, un aspecto con el que Beto se siente más cómodo, como deja entrever las historias cortas que fue realizando en paralelo.

Queda claro en esta parte del primer volumen de la serie que, mientras Jaime ponía el “rockets” del título, Beto ponía el “love”.

Pero ahora saltemos a julio de 1987, número 21 de la antología, que ya tiene cinco años, varios premios y reconocimientos a cuestas. Sus fans no eran solo jóvenes lectores, sino también figuras como Alan Moore. Los Hernández ya eran lords de la independencia como Dave Sim o el matrimonio Pini, quiénes representaban a la perfección el “Do it yourself” comiquero como modelo a seguir. Por eso es de esperar que ellos mismos empiecen a elevar la vara. Es así que entre el #21 y el #26 (publicado en junio del 88, cabe aclarar que la periodicidad de la revista era errática), mientras Jaime también quebraba en dos el paradigma de Locas con “Vida loca: The death of Speedy Ortiz”, Beto empezaba su primera obra maestra, “Human Diastrophism”.

Historias de asesinos seriales hay miles. No alcanza los dedos de las manos y pies para contar películas, series, historietas, novelas, cuentos… ni hablemos de casos en la vida real. Pero en la ficción, siempre hay alguna que destaca por su encanto o su forma de narrar. “Human Diastrophism” es una de ellas. Primero y principal porque, más allá de los sucesos narrados en “Duck Feet”, la vida en Palomar es excesivamente tranquila. Cuando el trabajo de bañadora comienza a escasear, Chelo se convierte en sheriff y ella se pavonea de haber utilizado poco y nada su revólver, o incluso de meter gente en cana. Pero de golpe, empieza a morir gente. Y en paralelo, los monos enloquecen y aterrorizan la ciudad. Como si fuera Spinal Tap, la trama sube a 11.

Para este momento, Gilbert presentó muchísimos personajes, cada uno con una historia personal distinta a la de otro. Alguna la desarrolló más, otra menos, pero todos tienen algo para contar. Acá hay más de cien páginas donde cada personaje evoluciona y crece en medio de un ambiente que se tornó más hostil de lo normal. De a poco vamos resolviendo el enigma Luba, madre de cinco hijas, todas con padres distintos a los que ella eligió apartar de su vida; en el medio, otro viejo amor, Khamo, regresa a su vida mientras ella sigue enganchada a Archie. Tonantzín se engancha con un chico de ideas radicalizadas que la convierte en una vocera de la revolución izquierdista y que clama por los derechos de unos nativos vecinos a Palomar. Doralis, una de las hijas de Luba, sale del clóset y decide huír de Palomar por miedo a que su mamá la rechace por lesbiana… ejemplos de cómo la cotidianeidad empieza a romperse de forma violenta.

El hallazgo más grande igual, radica en la identidad del asesino. No es una incógnita de último momento, se revela relativamente temprano en la trama, lo cual hace que el resto de la lectura sea más tensa. Sobre todo porque el testigo de su segundo asesinato es Humberto, un nene al que la pasión de dibujo se le despertó hace poco y entra a dibujar todo lo que ve, pelando una chapa de artista más que notable. Y precisamente, una de las cosas que ve es un intento de asesinato. Por supuesto: no solo lo dibuja, sino que, al ser tan bueno, se ve claramente quién es el asesino. Pero claro, una mente tan alunada no cae en la cuenta que es testigo de un crimen, con prueba y todo. El dibujo queda perdido y malinterpretado, mientras vemos que el asesino es parte de una troupe de arqueólogos excavadores que trabajan por la zona. Si hablamos de dibujo, hay que remarcar las virtudes del trazo de Gilbert, que suele quedar a la sombra de su hermano más chico. Pero acá mete unos climas y unas expresiones de terror de alto nivel, que dan cuenta de su amor por la E.C. y el viejo cómic de horror. Ya empezamos a ver ciertos trucos que se mantienen al día de hoy, como un trazo ligero y rápido, sin demasiado cuidado por el detalle pero sí con una expresividad prodigiosa. El epílogo es una historia corta, “Farewell my Palomar”, donde Beto mete, otra vez, un salto temporal hacia adelante. Luba ahora es alcaldesa de Palomar, si bien envejece (aunque el único modo que encuentra Beto para hacerla parecer mayor es dibujarla obesa), sigue siendo una jodida con un pasado de lo más retorcido. Uno que estamos a punto de conocer.

En la antología (es decir, en su publicación original) a “Human Diastrophism” le siguen “Poison River” y “Love and Rockets X”. Pero recopilaciones posteriores eligen dejar cronológicamente estas cosas para el final (la primera es un flashback y la segunda es una historia que no transcurre en Palomar y que no tiene nada que ver con los personajes troncales), así que antes hay que hablar de un par de cosas más.

Luba no está sola en el mundo. Conocemos a su madre María y a sus hermanastras Petra y Rosalba (mucho más conocida como Fritz), y a un viejo misterioso llamado Gorgo Cienfuego, de vital importancia para lo que resta de este primer volumen. De esto se trata “Luba Conquers the World”, que nos deja con una incógnita que se va tardar un par de años en resolver: Luba decide abandonar Palomar y mudarse a Estados Unidos. Y como un símbolo de esta mudanza, en el último número de la serie, el #50, Gilbert se manda con “Chelo’s Burden”, donde decide destruir Palomar por obra y gracia de un desastre natural. Todos se quedan pensando qué será del pueblo sin Luba, su alcaldesa y defensora, la mujer que supo robarse todos los corazones del pueblo para bien o para mal. Así cerraba la primera colección de la antología.

De “Poison River” hablé acá. Así que, en un mes, saltamos a mediados de los noventa, con lo que ocurrió en las miniseries realizadas entre el primer y segundo volumen de Love and Rockets.

Y eso es todo por hoy. Si te interesa recibir cada quince días el newsletter, podés suscribirte con el botón de abajo. Además, todas las entregas anteriores pueden leerse en el archivo.

También nos podés dejar un comentario acá:

Deja un comentario

Y también podés seguirnos en nuestro Bluesky o Instagram.

¡Nos leemos en quince días!

Read the original on oficioalmedio.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.