—Pasa, no te quedes ahí. Sé que allí estás bien. Sé que preferirías no tener que cruzar el umbral... Pero ya está aquí.
Ya ha llegado esa terrible época del año a la que todos se empeñan en llamar… verano.
Como yo no lo soporto, no deja de sorprenderme que los demás lo hagan e incluso lo toleren.
Hubo un tiempo, cuando era pequeña y no tenía que desplazarme para ir al trabajo a diario, en que me entusiasmaba el calor. Por aquel entonces vivía con mi familia en la planta baja de un chalet adosado con piscina y jardín, en una zona de clima estable. Mis mayores preocupaciones eran: no perder el autobús del cole, no perderme entre clase y clase y, jugar todas las tardes en la piscina. ¿Cómo no me iba a gustar?
Por las tardes previas a festivo, nos acercábamos al bar del pueblo donde hacían verbena y si nos portábamos bien, nos dejaban compartir una bolsita de patatas —una para las dos: mi hermana y yo—. Aunque la mayoría de días el ambiente y el consumo de cervezas los convencían para comprarnos otra.
Recuerdo esos días con el aroma de los Cheetos Pandilla —los que tienen forma de fantasma—, el ligero calor del suelo de hormigón de la terraza y La mosca sonando de fondo.
Pero cuando me tocó incorporarme al mundo laboral todo cambió: vivíamos en la ciudad de vuelta, donde se alcanzan fácilmente los 40ºC en verano, y tenía responsabilidades.
A día de hoy, se supone que soy una adulta responsable, independizada del núcleo familiar, con un trabajo estable fruto del trabajo y el esfuerzo durante mis años universitarios. Y, aun así, no hay nada ni nadie que pueda convencerme para amar esta estación.
El fin de semana pasado fue el inicio del verano y, también, de la primera ola de calor, con temperaturas máximas de 43ºC.
Ayer mismo, de camino al trabajo en bicicleta —porque son ocho horas sentada en el despacho y hay que compensar con un poco de movilidad—, pasé cerca de un incendio sofocado. El grupo de bomberos ahí parados con la manguera en la mano se me quedó mirando como si fuera una cerilla humana sobre ruedas. No los juzgo, los comprendo: eran las 15.40h de la tarde y estábamos a 43ºC. El sol no calentaba, picaba y el aire ardía dentro de mis fosas nasales.
Los informativos anuncian que la ola termina después de la festividad de San Juan, pero he visto la previsión meteorológica y se estiman temperaturas de hasta 38-40ºC de máximas y de 22-26ºC de mínimas para lo que queda de semana y la próxima.
Ya no dispongo de una piscina que poder utilizar a mi antojo y tampoco tengo el lujo de un horario intensivo. Mi jornada laboral es partida y para cuando llego a mi pisito —ático infernal donde la temperatura no baja de los 32ºC porque está bajo cubierta sin aislamiento— son la 20.00h de la tarde y las piscinas municipales están a media hora del cierre.
El pingüino climatizador se ha convertido en mi amor de verano, soy un 85% agua debido a la cantidad de líquidos a temperatura del ártico que ingiero a diario y ni descanso bien, ni soy productiva —salvo en el gimnasio, está muy bien climatizado—.
De ahí mi nueva colección de postales dibujadas con apenas 4 líneas escritas para Substack: no doy para más.
Calculo que, si sigo a este ritmo, puedo plantarme con una bonita y un poco macarra colección de entre cinco y diez postales a finales del verano.
Creo que no me he dejado nada. Pero seguro que la lista aumenta a finales de agosto.
Dime ¿Eres de los que tolera el calor?
Déjamelo en los comentarios ;-)
Gracias por leerme pese a las temperaturas en las que te encuentres.
Mirian.
Sin posts

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