Me declaro fan de la Nivola.
Sí, ya sebes, ese concepto que se casó de la manga Unamuno para referirse a sus propias creaciones de ficción.
No voy a explicarte cuales eran sus características principales —puedes buscarlo en internet—, pero sí te diré que la que más me gusta es la predilección por el diálogo y el monólogo, y también, la falta de descripciones o ambientación.
Sigo esos principios desde hace mucho tiempo: en mis relatos abunda el diálogo y escasean las descripciones —solo se quedan si son importantes para la trama—.
Así que con estos valores sigo presentándome cada vez que tengo la oportunidad a concursos de relatos literarios… y claro, no me como un churro.
La mayoría de concursos de relatos prefieren los textos más literarios. Eso no significa que el diálogo sea malo. Significa que el jurado suele leer cientos de relatos seguidos y, muy a menudo, los textos que destacan rápido son los que tienen una prosa muy reconocible desde el primer párrafo.
Lo sé y, aun así, participo. A la espera de que mis diálogos calen más hondo de lo que pueda hacer la decoración descriptiva.
Sin más preámbulos, te dejo con el relato en cuestión, no ganó ni quedó finalista. Pero me sigue gustando demasiado como para archivarlo en una carpeta del escritorio.
No supe qué contestarle. Con los años, había aprendido que a veces es mejor callarse. Sin embargo, mamá seguía con su monólogo sin importarle que no aportara nada a la conversación aparte de algún murmullo.
—¿Entiendes lo que te quiero decir, Lena? —y seguido, sin dejar que abriese la boca— ¡Es que es lo peor que le podrías haber regalado!
—Pero mamá… —quise intentar mientras enderezaba el manillar de la bici.
—¡Ni peros, ni peras! ¡Un tatuaje! ¡¿Cómo se te ocurre?!
—Mamá… Era lo que Lucas quería…
—¿Y qué? ¿Si se quiere matar le ofrecerás un arma?
—¡Oh! ¡Eso no es… ¡Es solo un dibujo en la piel! ¡No es para tanto!
—¡Es casi peor que fumarse un porro! —sentenció.
—¿Pero qué dices? ¡No se le parece ni por asomo! ¿Cómo puedes afirmar eso y quedarte tan tranquila?
—¡Porque lo es! ¿Tienes idea de lo perjudicial que es para la piel? ¡Y después de todo lo que ha pasado! Entendí que después de la quimio quisiera rebelarse un poco. Pero cuando se hizo el segundo… ¡Eso sí que no! ¿Y si necesita tratamiento en un futuro? ¡Dios no lo quiera! —añadió— ¿Dónde se lo ha hecho esta vez? ¿Cuántos van? ¡Y vas tú y se lo pagas!
Mamá había empezado el segundo monólogo de la tarde cuando decidí continuar el trayecto. Había intentado dos veces cortar la llamada en vano. Es imposible silenciar a una madre cabreada.
Así que sujeté el teléfono entre mi hombro izquierdo y la cabeza, me monté en la bicicleta e intenté avanzar hacia el trabajo lo más rápido que pude.
Fue un hatajo de gremlins lo que me distrajo, o eso pensé. Dos perros —lo que me pareció un pit bull y un rottweiler— fusionados por la boca pegada a un palo: una cabeza, un cuerpo, ocho patas y dos colas. Andaban a trompicones como si fueran uno y se hubiesen olvidado de cómo usar la mitad de sus extremidades, soltando gruñidos amenazantes a los transeúntes.
Eran hipnóticos.
Por un momento me olvidé del dichoso tatuaje, de mi hermano, de mi madre y hasta del stop que tenía justo enfrente.
La Kangoo de color amarillo de correos me arrolló desde el carril de intersección como quien barre el polvo.
El teléfono salió disparado hasta impactar con el asfalto.
—Sabes que te quiero… ahora no vayas a enfadarte conmigo por esto. Eres la única con la que hablo de estas cosas. ¿Lo sa...
Luego un SUV le pasó por encima y se cortó la llamada, salvo que mamá todavía tardó un rato en darse cuenta.
Un mes más tarde mamá se olvidó del tatuaje. Para entonces tenía en mente otras preocupaciones.
—Eres su hermana, la mayor ¿Es que no te importa tu hermano?
—¿Cómo no va a importarme Lucas? ¡Si lo quie…
—¡Pues no debe de importarte mucho! —me cortó, sin dejarme hablar— ¡Porque si te importara, harías algo para evitar que siga saliendo con esa lagarta!
—¡Mamá! ¡Cati no es una…
—¿Y tú qué sabes? ¡No puedes conocerla! ¡No estabas cuando apareció con ella en el hospital! —luego aclaró— Bueno… estabas, pero no en la sala de espera. Tú ya me entiendes. A lo que iba, no me líes, yo sí que estaba allí.
Mamá hizo una pausa en la respiración: para coger aire o darle dramatismo a su explicación, a saber… y yo me agarré a ese espacio entre palabras como a un clavo ardiendo.
—¿Y qué? —le pregunté— ¿Qué es lo que te pareció de ella que es tan censurable? ¿Qué es lo que la hace tan mala persona para tu Lucas?
—Es la actitud —aseguró—. Al principio apareció detrás de tu hermano con una actitud casi pasiva: parecía un corderito de tan buena. Pensé que era una chica educada —se justificó—, era protocolo en esas circunstancias, pero nada más lejos de la realidad…
Exhalé de forma sonora. Mamá era incapaz de aprobar ninguna de las parejas de sus hijos. Siempre había alguna pega y estaba a punto de revelármela.
—Fue a las tres horas; llevábamos casi tres horas en la sala de espera de urgencias. A ti debieron de parecerte menos, eso seguro…
—¿Tanto tiempo? ¿Pero cuánto duró la operación?
—Se sentaron a mi lado y esa Cati no dijo ni mu. Me pareció bien. Bueno, no me pareció nada, porque estaba muy disgustada… ¿Y si no salías de la operación? ¡Jodía, qué mal me lo has hecho pasar!
—Lo siento…
—La cosa es —añadió—, que a las tres horas me levanté yo para fumar. Tu hermano y esa Cati se habían ido a comer algo había un rato y yo estaba que me subía por las paredes. Una enfermera de guardia me explicó que salían a fumar en las escaleras del acceso de atrás y allí fui.
—Ajá.
—Allí estaba tu hermano y su novia. Parecían alegres y me extrañó, pero pensé que en este tipo de situaciones, quizás es mejor reírse, liberar un poco de presión.
—«Mamá, ¿qué haces aquí?», me preguntó Lucas.
Y yo levanté la mano derecha y le enseñé el cigarro. Entonces Cati también levantó su mano, como si quisiera «chocar las copas».
—«Cati también fuma», me dijo él.
—Ahh, pues muy bien.
—¿Y qué narices pretendía que le dijese? ¡El vecino del cuarto también fuma y me importa un pito!
—Supongo que pensó que así tendrías algo en común.
—Supongo que pensó que fumar nos convertiría en amigas del alma… qué sé yo —se justificó— Pero luego, tu hermano se marchó y nos quedamos ella y yo solas. Le conté que estaba muy preocupada por ti. Tenía mucho miedo. La doctora había dicho que era una operación larga y complicada. Había dicho esa palabra que me cuesta tanto pronunciar…
—Politraumatismo —dije.
—Politrauma… eso, tú ya me entiendes. Llegaste hecha un cuadro: había sangre por toda la camilla, estabas en una posición rara, como si te hubieran intentado dar la vuelta a medio cuerpo y tu cara… ¡¿Por qué no llevabas el casco puesto?!
Mamá empezó a llorar, gimoteaba y se quedaba sin aire mientras intentaba explicarme cómo acababa la historia. Podía imaginármela en casa, sentada en el sofá rojo, con el álbum de fotos abierto: las fotografías de tiempos mejores eran su único consuelo.
—Lo siento mamá. De veras que lo siento…
—¿Y sabes qué dijo ella? ¿Sabes qué dijo después de que le contara lo que había dicho la doctora y le explicara como habías llegado?
—¿Qué?
—Dijo: «Lo siento, no puedo imaginármelo. No es mi hija».
—¿Eso dijo?
—¡Eso dijo! Podría haberme dado ánimos; podría haberme dicho «Todo saldrá bien»; podría incluso, no haber dicho nada o darme un abrazo. Pero dijo: «Lo siento, no es mi hija».
Me quedé atónita ante esa explicación.
—Es una mala persona —sentenció—. Las buenas personas no dicen esas cosas.
—Mamá, no puedes encasillar a una persona por una única frase…
—Es mala, me lo confirmó Mari la de la cafetería del hospital. Después de que me dejara en las escaleras llorando sola. ¿Quién hace eso? Me fui a por un café y allí me encontré a Mari.
—¿Quién es Mari?
—A Mari la conozco yo desde hace muchos años, ¿Sabes? Fuimos juntas al colegio.
—Ah.
—Así que es de fiar —confirmó—. ¿Y sabes qué me preguntó?
—¿Qué haces aquí?
—Después de explicarle por qué estaba allí, me preguntó: «Esa chica, la rubia alta, ¿Sale con tu hijo el pequeño?»
—Y yo le dije que eso parece y entonces ella me contestó: «Mala hierba nunca muere. Es un mal bicho».
—¿Eso te dijo?
—¡Pero hay más, que no he acabado! —insistió mi madre— Me contó que salió con su hijo, el mediano, y que, aparte de adicta, una aprovechada. Por interés te quiero Andrés. Cuando Jaime, su hijo, se quedó unos meses sin trabajo ¿Adivina quién desapareció también?
—¿Por qué dices que es adicta?
—¿Y sabes «eso» que me enseñó en las escaleras? No era un cigarro, ni siquiera uno de liar… ¡Era un porro! ¡Una adicta! Me dijo que estaba enganchada a la María, que se fumaba uno detrás de otro y que así estaba que luego no era persona.
—Igual por eso te contestó eso en las escaleras…
—No es buena ¿Sabes cuánto se ha gastado tu hermano en esa lagarta? ¡Tu hermano que era tan ahorrador! El otro día me pidió dinero.
—¿Quién?
—Lo que oyes. Tu hermano me pidió dinero. Tu hermano que trabaja y se gana su buen sueldo le pidió dinero a tu madre.
—Pero tú ¿no trabajas? ¿No tienes tu sueldo? ¡Si estamos a primeros de mes! —le solté.
—Ay, ¿Y qué te contestó?
—¡Dijo que se lo había fundido! Que Cati le había pedido dinero para un préstamo que tenía que acabar de pagar y que luego claro, se la había llevado a cenar y luego de fiesta y que, cuando quiso darse cuenta estaba sin blanca y que no tenía para el teléfono…
—Madre mía…
—¡Lo que yo te digo: una lagarta!
Luego mamá hizo una pausa. Podía escuchar unos ligeros gimoteos. Podía verla en el salón: había sacado algunas de las fotos de los álbumes.
—Y se ha enfadado conmigo —dijo al fin.
—¿Por qué?
—No te enfades con el mensajero, le he dicho yo. Pero no me ha hecho ni caso… Se lo he contado todo: lo que me dijo Cati en la escalera, luego lo de Mari y su hijo Jaime, hasta las caras de ida que pone en casa… Le he dicho: chico, date cuenta. Pero se ha enfadado mucho y me ha colgado.
—¿Te ha colgado?
—Eso mismo… Y ahora no me coge el teléfono.
Volvía a oír el llanto a través de la línea.
—Tienes que advertirle. ¿Es que no te importa tu hermano?
—Sí que me importa. De veras que me importa —insistí de nuevo.
—Ahora te toca a ti. A mí, no me hace caso…
Más llanto.
—Mamá… no llores, todo se solucionará. Ya lo verás.
—¡Ojalá pudieras ayudarme!
Escuchaba también el siseo del papel fotográfico encima de la tela del sofá: las había repartido a su alrededor. Algunas se habían caído en el suelo.
—No llores… —intenté consolarla.
Yo estaba en todas las fotografías: Lena de preescolar, con su bata de color rosa a cuadros; Lena de primaria, sonriendo a la cámara orgullosa de una monstruosa figurita de arcilla para el día de la madre; Lena de secundaria, sacándole la lengua al fotógrafo; Lena en la playa, Lena en la piscina, Lena en el parque, en casa...
Había versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia. Todas eran yo, pero yo ya no estaba y mamá lo sabía.
—No puedes… —gimoteó— Ojalá pudieras... ¿Qué voy a hacer yo ahora?
—Sabes que te quiero… ahora no vayas a enfadarte conmigo por esto. Eres la única con la que hablo de estas cosas. ¿Lo sabes, verdad?
A ti, que has llegado hasta aquí: gracias por leerme.
Mirian.
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