Es difícil encontrar un ámbito de la política y la economía que no se vea influido por los acontecimientos en Irán. Incluso la velocidad del desarrollo de la Inteligencia Artificial, en el que se basa gran parte del optimismo en torno al futuro, depende del desenlace de la guerra, aunque el vínculo entre ambos fenómenos no es tan evidente en los titulares.
A un mes del inicio de la guerra en Irán, el problema no es solo la magnitud del conflicto, sino la imposibilidad de anticipar su trayectoria. No se trata de falta de información, sino de la ausencia de un marco estable de toma de decisiones: la política exterior de Estados Unidos se ha vuelto impredecible, transaccional y, en ocasiones, contradictoria.
En ese contexto, más que proyectar escenarios, resulta más útil detenerse en las primeras lecciones que deja este primer mes de guerra.
· Hay una lección para EEUU. La Casa Blanca está aprendiendo el sentido que tenían las instancias multilaterales, como la OTAN. Si Irán representaba una amenaza nuclear inminente, es difícil pensar que los aliados en la OTAN y los del Golfo Pérsico, aliados también de Washington, no hubiesen apoyado una incursión militar.
No planteo que se haya buscado una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, porque dada su composición actual es fácil anticipar que hubiese sido rechazada.
Una acción multilateral hubiese requerido, sin embargo, pruebas de tal amenaza inminente. Reino Unido ya pagó el costo político de embarcarse en la incursión para derrocar a Sadam Hussein a pesar de la falta de pruebas.
Pero incluso si el argumento nuclear no era justificable, EEUU pudo construir una coalición tras la masacre cometida por el régimen iraní contra su población tras las protestas a inicios de año. Organizaciones humanitarias estiman que entre 7.000 y 10.000 civiles murieron en la ola de represión.
Una operación conjunta para derrocar a un régimen actuando contra su población hubiese tenido mayor legitimidad, mayor apoyo político (importante para enfrentar el impacto económico) y habría facilitado una duración más corta del conflicto.
· El daño del discurso. Los insultos recurrentes del presidente Donald Trump a sus aliados y la costumbre de gobernar a través de las redes sociales para luego revertir decisiones han provocado un fuerte daño a la credibilidad de EEUU. A tal punto que nos encontramos dudando entre creer a la Casa Blanca o creer las versiones del régimen iraní. Si este conflicto hubiese ocurrido en diciembre 2024, nadie podría en duda -por ejemplo- que hay negociaciones en curso y que están avanzan bien como afirma la Casa Blanca.
· Punto para Rusia. El dicho es que “nadie gana en una guerra”. Moscú no debe pensar lo mismo. En el último mes, los ingresos de Rusia han aumentado gracias a la decisión de EEUU de levantar las sanciones a su petróleo ya exportado como medida para contener el impacto del cierre del Estrecho de Hormuz. Más ingresos significa más aire para que Rusia pueda continuar con su invasión a Ucrania. Al mismo tiempo, Ucrania corre el riesgo de quedarse sin el apoyo de EEUU (en venganza a la falta de apoyo militar de la UE en Irán) y sin financiamiento (por la presión sobre los gobiernos europeos por el alza de los combustibles).
· Riesgo estructural. En el último año, empresas y gobiernos han tenido que adaptarse a una sucesión de shocks con impacto económico: el alza de aranceles impulsada por Estados Unidos, el recrudecimiento de la tensión comercial con China, el distanciamiento con la OTAN y, ahora, la guerra en Irán. Si se amplía la perspectiva, esta seguidilla se suma a disrupciones recientes de gran escala como la pandemia de Covid-19 (2020) y la invasión de Rusia a Ucrania (2022). El resultado es más que una acumulación de crisis: es la consolidación de un riesgo geopolítico estructural que comienza a incorporarse de forma permanente en los precios de los activos. La energía, el transporte, los seguros marítimos y, en general, las cadenas de suministro se ajustan a las expectativas de disrupciones recurrentes. Esto último implica más costos y más presiones inflacionarias.
· Cambios a largo plazo. El cierre del Estrecho de Hormuz ha confirmado la profundidad de la interconexión de la economía global. Hasta ahora ningún país puede declararse inmune al impacto económico de la interrupción en la cadena de suministro energético y de fertilizantes, a excepción de los más aislados como Corea del Norte o Rusia. Incluso países inicialmente declarados entre los “ganadores” o más beneficiados por sus exportaciones de petróleo, como Brasil, enfrentan un alza en el precio de la energía y dentro de poco de los alimentos.
Puede que no se discuta hoy, pero es de esperar que, tras el shock inicial, una vez resuelta la guerra en Irán, los gobiernos aceleren sus planes para reducir su dependencia energética, alimentaria, de defensa y tecnológica.
Este escenario de shocks geopolíticos y acelerado desarrollo tecnológico parece que nos está llevando a una nueva era de espiritualidad. En Reino Unido se registra una mayor asistencia a las iglesias, también en Silicon Valley, epicentro del desarrollo tecnológico. El próximo mes, el filósofo e historiador Stephen C. Meyer estrenará “The Story of Everything” un documental en el que aspira a probar la existencia de Dios a través de argumentos científicos. Ya diciembre pasado se estrenó “Universe Designed” con el mismo objetivo. Una de las premisas es que si los humanos hemos llegado al punto de desarrollar una tecnología que puede “crear” (IA agéntica), también podemos ser el resultado de un creador.
El interés en el tema llevó a que en octubre pasado se publicara la edición en inglés de “God, the Science, the Evidence”, por los científicos franceses Michel-Yves Bollore y Olivier Bonnasies. Cuatro años después de su debut en francés. En el libro, Bolloer y Bonnasies argumentan que las más recientes teorías científicas conducen a concluir que el universo y la vida que contiene fueron creados por una deidad todopoderosa.
Una discusión sobre las bajas tasas de natalidad y el cambio demográfico me llevó esta semana a recordar una obra de José Saramago. El autor portugués es más conocido por su “Ensayo sobre la Ceguera”, para mí una de sus obras que me causó más impacto (aparte de Caín, que recomiendo siempre) es “Las intermitencias de la muerte”.
Es una visión distópica para abordar el envejecimiento de la población. La historia detalla la crisis que se origina en un país en el que “la muerte decide suspender su trabajo letal, la gente deja de morir”. La euforia inicial es seguida por caos y el colapso de un sistema que no está hecho para la vejez eterna y sus costos.
Si el mundo se vuelve más incierto, más volátil y más difícil de explicar, es natural que resurja la necesidad de sentido. ¿Es la búsqueda de respuestas, ya sea en la ciencia o en la fe, una reacción al caos global?
Me interesa saber cómo lo ven ustedes. ¿Estamos ante un giro espiritual, o simplemente ante otra forma de procesar la incertidumbre?

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