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MVReport · Apr 10, 2026

El daño está hecho

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Marcela Vélez · MVReport

Cuando el mundo está concentrado en si Irán abre o no el Estrecho de Hormuz, los vaivenes del precio del petróleo o si la tregua se mantiene, creo importante hacer una pausa para reflexionar sobre el daño causado por esta guerra hasta ahora.

La descripción y la inspiración para el título de este post son de Kristalina Georgieva, directora ejecutiva del Fondo Monetario Internacional (FMI). En su discurso de apertura de las reuniones de primavera con el Banco Mundial en Washington, Georgieva advirtió: “Incluso en nuestro escenario más optimista, proyectamos un recorte en el crecimiento esperado”.

No hay un desenlace capaz de devolver a la economía global al punto en que estaba el 27 de febrero. Ni una tregua duradera, ni un acuerdo de paz, ni la reapertura plena de Hormuz borrarían lo ocurrido en estas semanas. El shock ya se transmitió a expectativas, precios, decisiones de inversión y cálculos de riesgo.

Hasta hace poco, el FMI veía un panorama muy distinto. En enero había elevado su proyección de crecimiento global para 2026 a 3,3% y se preparaba para revisar ese escenario en un contexto más benigno. Ahora se dispone a recortarlo. La actualización se conocerá el 14 de abril.

La cobertura mediática ha gravitado, comprensiblemente, en torno al petróleo. Pero el daño de esta guerra va mucho más allá del barril de Brent. Cerca de 15% de los bienes que transitan por el Estrecho de Hormuz no son energéticos. Son fertilizantes, aluminio, helio, petroquímicos, azufre: insumos clave para la agricultura, la manufactura avanzada, la defensa, la medicina y la infraestructura tecnológica.

Georgieva advierte de 45 millones de personas en riesgo de sufrir hambre debido al aumento del precio de los fertilizantes, o de un freno al desarrollo de la IA por la falta de helio para semiconductores, o de costos más altos para equipo médico, como las máquinas de resonancia magnética.

Lo positivo es que el escenario no es, por ahora, de crisis. Esta guerra encontró a la economía mundial en relativamente buen pie. El impulso de la inversión en inteligencia artificial había reforzado la actividad en Estados Unidos y en economías como Japón y Corea del Sur, con efectos indirectos en otras regiones, incluida Sudamérica, a través de la demanda de minerales y de proyectos asociados. Las condiciones financieras, además, eran menos frágiles que en otros momentos de conflicto.

Eso no impide que veamos un impacto también en Latinoamérica. Un mayor precio del petróleo encarece los combustibles, el transporte y las importaciones. Un dólar más fuerte frente a monedas emergentes restringe aún más el margen de maniobra de los bancos centrales para reducir las tasas de interés, mientras los gobiernos ven sus arcas fiscales más exigidas por demandas de subsidios y ayudas.

No es solo el petróleo

El daño de esta guerra no es solo económico. Es también político.

En las últimas seis semanas confirmamos que Estados Unidos puede romper las reglas cuando quiere —iniciar una guerra sin autorización del Congreso, amenazar con crímenes de guerra, invocar el genocidio como táctica de negociación— y muy pocos están dispuestos a frenarlo.

El 7 de abril, Trump publicó en Truth Social: “Una civilización entera morirá esta noche, para nunca ser traída de vuelta”. Hablaba de Irán, una nación de más de 90 millones de personas, heredera de una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad. ¿Qué líder político mundial condenó directamente esta amenaza?

Fue el Papa Leo quien la llamó “verdaderamente inaceptable” y pidió explícitamente a los estadounidenses que presionaran a sus líderes por la paz. Hubo algunas reacciones aisladas —como la del canciller francés Jean-Noël Barrot o, más tarde, la crítica del primer ministro australiano Anthony Albanese a la retórica de Trump—, pero no una condena amplia, coordinada y proporcional a la gravedad de la amenaza.

Y dentro de Estados Unidos, la narrativa de que hay crecientes “dudas” republicanas sobre la guerra no resiste un contraste con los hechos. Sí, hay rostros del movimiento MAGA que han roto con Trump por haber iniciado una guerra, a pesar de que prometió no hacerlo. Pero en el Congreso, los republicanos han seguido bloqueando los intentos demócratas de forzar una votación sobre los poderes de guerra. Ayer, el representante republicano que presidía una sesión proforma simplemente cerró la sala antes de que los demócratas pudieran presentar su resolución. Sin debate. Sin voto.

Esto importa más allá de la política interna estadounidense. Para el mundo, y especialmente para Latinoamérica, que debate su relación de seguridad con Washington, es un mensaje: no hay un contrapeso institucional efectivo frente a esta administración. Y si no lo hay dentro de Estados Unidos, difícilmente vendrá de fuera.

Dos elecciones este domingo merecen atención.

En Hungría, el aliado más fiel de Vladimir Putin y Donald Trump en Europa se juega su continuidad. Sí, tanto Putin como Trump quieren a Viktor Orbán en el poder. Deténganse un momento para pensar en ello.

Pero tras 16 años, acusaciones de autoritarismo y corrupción, Orbán enfrenta la mayor amenaza a su permanencia en el poder con el ascenso del partido Tisza, liderado por Péter Magyar, que busca capitalizar el hartazgo con la corrupción, el estancamiento económico y la subordinación a Moscú. Las encuestas independientes favorecen a la oposición, pero el sistema electoral húngaro favorece estructuralmente al oficialismo.

Hay denuncias de compras de votos y la intervención extranjera fue patente con la visita del vicepresidente estadounidense, JD Vance, a Budapest esta semana, exclusivamente para apoyar a Orbán.

Para la UE, la salida de Orbán del poder significaría el fin de un bloqueo permanente a intentos de mayor integración o votos clave como medidas de apoyo a Ucrania.

En Perú, 35 candidatos compiten por la presidencia en la primera vuelta, pero el dato más relevante es quiénes lideran: los tres primeros en las encuestas son de derecha. Keiko Fujimori encabeza con cerca de 15-18% de los votos válidos, seguida por el humorista Carlos Álvarez y el ultraconservador Rafael López Aliaga. Los tres comparten un discurso de mano dura contra la inseguridad y el crimen organizado. Con un 17% de indecisos y una fragmentación extrema, la segunda vuelta es prácticamente segura. Pero de confirmarse la tendencia, Perú se sumaría a la ola conservadora que ya instaló a Javier Milei en Argentina, a Daniel Noboa en Ecuador, y a José Antonio Kast en Chile, consolidando un giro regional hacia la derecha.

Read the original on mvreport.substack.com

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