Uno de los eventos opacados por el inicio de la guerra en Irán fue la declaración firmada por el presidente Donald Trump durante la reunión del 7 de marzo con un grupo de presidentes latinoamericanos, parte de la denominada Cumbre Escudo de las Américas.
En ese documento, Estados Unidos se comprometió a “entrenar y movilizar a los ejércitos de los países socios para lograr la fuerza de combate más eficaz para desmantelar a los cárteles y su capacidad de exportar violencia y ejercer influencia mediante la intimidación organizada”. Es una formulación que va más allá del combate al narcotráfico: al incluir la extorsión y la intimidación organizada como objetivos, amplía considerablemente el rango de lo que podría convertirse en operaciones conjuntas.
La declaración plantea, además, una coordinación entre Washington y los países aliados para actuar contra el crimen organizado transfronterizo, un paso necesario que los gobiernos de la región han sido incapaces de articular durante décadas. La fragmentación política, el temor a fricciones con los vecinos y la presión de los propios grupos criminales han impedido cualquier ofensiva regional coordinada. Si esta vez es diferente, sería un cambio histórico.
Pero el documento deja abiertas preguntas fundamentales. Estados Unidos ya coopera militarmente con Ecuador y esta semana inauguró en ese país una oficina del FBI que operará como centro de operaciones regional. Sin embargo, no hay claridad sobre los alcances de esa coordinación ni sobre si la movilización de ejércitos se produciría simultáneamente en varios países. ¿Qué significa para la región que varios países enfrenten al mismo tiempo una guerra contra el crimen organizado? ¿Qué ocurre con los Estados más débiles, con las instituciones más permeadas por la corrupción?
La experiencia de guerras pasadas contra los cárteles sugiere que los costos sociales y políticos pueden ser tan altos como los propios crímenes que se buscan combatir. Las campañas contra el narcotráfico en Colombia y México mostraron que enfrentar a redes criminales profundamente arraigadas puede desencadenar ciclos prolongados de violencia, desestabilizar las instituciones y alterar el equilibrio político interno de los países involucrados.
Con esta experiencia, para los gobiernos latinoamericanos la decisión de embarcarse en una ofensiva regional de esta magnitud dependerá de la confianza en el compromiso de Washington. Las operaciones contra el crimen organizado requieren años de apoyo en inteligencia, de cooperación operativa y de financiamiento.
En ese contexto, lo que ocurra en Irán adquiere una relevancia indirecta pero significativa. El desarrollo de ese conflicto revelará cuánto desgaste está dispuesta a soportar la Casa Blanca para sacar adelante sus objetivos estratégicos.
Si la Casa Blanca busca una salida rápida del conflicto iraní —presionada por el costo político interno o por el temor a una derrota electoral— enviará una señal clara sobre los límites de su tolerancia al desgaste.
Irán será una prueba de la consistencia de la política exterior estadounidense. Latinoamérica debería tomar nota.
Esta vez coincido con los titulares en que los eventos a seguir están en Irán. Para responder la pregunta de cuánto durará el cierre del estrecho de Ormuz y el alza del precio del petróleo, es necesario saber cuál es el Irán que Washington vislumbra tras el fin de la campaña militar.
Voceros militares estadounidenses han definido cuatro fases para la operación en Irán: ataques a objetivos específicos, control del espacio aéreo, estabilización y retiro de la zona. Estaríamos en la segunda fase.
Pero sin una definición del objetivo final de la Casa Blanca, no se puede vislumbrar la duración de las siguientes fases. También es necesario saber si Estados Unidos e Israel comparten ese objetivo final o si sus planes difieren. Por ahora, informes de inteligencia, apuntan a que el régimen -hoy controlado por la Guardia Revolucionaria- está firme en control del país.
Esta semana estoy leyendo “Montaigne” por Stevan Zweig. El libro fue publicado en 1942, desde el exilio al que se retiró Zweig, de ascendencia judía, en Brasil. Zweig escribe este retrato del ensayista francés durante los años más oscuros de Europa y ve en Montaigne un modelo de resistencia espiritual.
Según Zweig, Michel de Montaigne fue un hombre que decidió no dejarse arrastrar por el fanatismo de su época (las guerras religiosas en Francia, 1562-1598) y construyó una especie de fortaleza interior desde la cual observaba el mundo.
No estoy del todo de acuerdo con el planteamiento individualista y de aislamiento que plantea Zweig, pero comparte una frase que nos hace pensar:
“En épocas como estas, en que los valores más altos de la vida —nuestra paz, nuestra independencia, nuestros derechos fundamentales, todo aquello que hace nuestra existencia más pura, más hermosa, todo aquello que la justifica— son sacrificados al demonio que habita en una docena de fanáticos e ideólogos, todos los problemas del hombre que teme por su humanidad se reducen a una sola pregunta: ¿Cómo permanecer libre? ¿Cómo preservar la incorruptible lucidez de mi espíritu frente a todas las amenazas y peligros del tumulto sectario?”
Finalmente, quiero compartir con ustedes algo que me ha hecho sonreír en los últimos días. No hay nada que me motive más que la historia del “underdog”. No soy fan del rugby, pero no es necesario serlo para no dejarse inspirar por Rhys Carre. El “prop” de la selección galesa sorprendió a todos al lanzarse un sprint de 25 metros para vencer a la poderosa defensa irlandesa. En teoría, Carre, de 139 kilos, no debía ser capaz de superar al “wing” irlandés Rob Baloucoune, considerado uno de los más rápidos, capaz de correr a 35 km/h. Pero Carre lo logra, y con una amplia sonrisa.
Es una sensación en las redes sociales por estas tierras. Pueden verlo aquí.
¿Qué los ha inspirado o ha hecho sonreír esta semana? Me encantaría leerlos.

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