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MVReport · Apr 25, 2026

La IA empieza a cerrar la puerta de entrada al empleo

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Marcela Vélez · MVReport

La advertencia dejó de ser una hipótesis británica. Esta semana apareció una primera señal clara en América Latina: en Brasil, los jóvenes de 18 a 29 años que trabajan en sectores más expuestos a la inteligencia artificial ya muestran una menor probabilidad de empleo y menores ingresos frente al período previo a ChatGPT.

No hace mucho, en este mismo espacio, reflexioné sobre cómo lo que estaba ocurriendo en Reino Unido traía lecciones importantes para los países latinoamericanos. Mi argumento era que los empleos de entrada al mercado laboral —los más estandarizados, los más burocráticos, los más fáciles de codificar— serían la primera línea de fuego en la adopción de la IA.

Advertía también que este impacto no sería solo cíclico, sino estructural. Y que, por lo mismo, tendría consecuencias económicas y políticas: cómo se financian las pensiones, qué pasa con el ahorro de las nuevas generaciones y cómo se sostiene un sistema formal si hay menos jóvenes, y aun menos entrando a empleos formales.

El fenómeno, decía entonces, llegaría antes de lo que muchos políticos y gobiernos latinoamericanos esperaban.

Esta semana tuvimos las primeras pistas de que ese cambio ya está ocurriendo en la región. Y no en una economía pequeña, sino en Brasil, la mayor economía de América Latina.

Un estudio del investigador Daniel Duque, del FGV Ibre, publicado por Folha de São Paulo, muestra que los brasileños de 18 a 29 años en profesiones más expuestas al uso de IA, especialmente servicios de información y financieros, tienen hoy una probabilidad de empleo casi 5% menor que antes de ChatGPT y sus sucesores. Su renta es casi 7% más baja. Para el resto de los grupos etarios, en cambio, el impacto es marginal.

La metodología utilizada por Duque, según cita Folha, compara grupos de trabajadores con perfiles similares entre 2022 —justo antes de ChatGPT— y 2025, y busca aislar el efecto de la exposición a la IA. El propio investigador advierte que los datos son preliminares y que el período de estudio es corto. Pero su conclusión es inquietante: “Sin duda, es un poco inquietante ver ya un impacto tan fuerte de la IA sobre la empleabilidad”.

El dato brasileño coincide con lo que ya se está documentando en mercados desarrollados. En Reino Unido, el estudio del King’s College London que cité en febrero mostraba caídas de empleo juvenil de 5,8% en empresas altamente expuestas a IA. En Estados Unidos, el trabajo de Erik Brynjolfsson y un equipo de Stanford —con datos de nóminas de ADP, la mayor procesadora del país— encontró una caída de dos dígitos en el empleo de trabajadores de 22 a 25 años en ocupaciones altamente expuestas a IA. Mientras tanto, el empleo para trabajadores con más experiencia se mantuvo estable.

Tres países, tres metodologías independientes y un mismo patrón: la IA no está reemplazando empleo de forma generalizada, pero sí está estrechando la puerta de entrada al mercado laboral formal.

Ese es el punto más relevante. El problema no es solo cuántos puestos desaparecerán. Es qué ocurre cuando desaparecen, se reducen o se encarecen las tareas junior: aquellas que permiten aprender dentro de una empresa, acumular experiencia, construir trayectoria y, eventualmente, convertirse en trabajador senior.

La publicación sobre el estudio preliminar en Brasil pasó casi desapercibida en medio de anuncios de recortes en dos grandes empresas tecnológicas.

Meta eliminará 8.000 puestos —10% de su plantilla global— a partir del 20 de mayo, y cancelará otros 6.000 puestos vacantes. En total, 14.000 posiciones menos.

Microsoft, por su parte, ofreció por primera vez en sus 51 años de historia un programa de retiro voluntario, disponible para aproximadamente 8.750 empleados, cerca del 7% de su plantilla en Estados Unidos.

Meta y Microsoft muestran la misma lógica empresarial: menos capas intermedias, menos contratación y más presión para que los equipos pequeños produzcan como los grandes.

En enero pasado, Mark Zuckerberg adelantó que 2026 sería “el año en que la IA empieza a cambiar de forma dramática la manera en que trabajamos”. Y agregó: “Estamos empezando a ver proyectos que antes requerían equipos grandes siendo completados por una sola persona muy talentosa”.

Traducido al mercado laboral: ya no se requieren tantos perfiles junior si uno o dos perfiles senior, apoyados por herramientas de IA, pueden hacer el trabajo que antes necesitaba un equipo más amplio.

Ese cambio puede mejorar la productividad de las empresas. Pero también amenaza con romper el mecanismo tradicional de formación profesional: las compañías siempre necesitaron trabajadores experimentados, pero esos trabajadores se formaban empezando desde abajo.

Si el escalón inicial se reduce, la pregunta es quién formará a la próxima generación de trabajadores senior.

Para las economías latinoamericanas, con altos niveles de informalidad laboral, el problema es aún mayor. Una región que ya ofrecía pocas puertas de entrada al empleo formal puede enfrentar ahora una reducción adicional precisamente en los puestos que servían como primer vínculo entre la educación, la empresa y la seguridad social.

¿Qué pasará hacia adelante? En la entrevista con Folha, Duque plantea una consecuencia de largo plazo: cuando los jóvenes de hoy sustituyan a la generación anterior, probablemente tendrán menor productividad y menos ahorro.

Esa advertencia debería importar mucho más en América Latina. No solo porque la región tiene mercados laborales más frágiles, sino también porque envejece, recauda poco, ahorra poco y mantiene sistemas de pensiones que ya enfrentan tensiones estructurales.

La brecha entre la velocidad de adopción tecnológica y la velocidad de respuesta de la política pública se está ampliando. Ese no es solo un problema latinoamericano. En medio de toda la discusión política sobre cómo aprovechar y, al mismo tiempo, controlar la IA, casi ningún gobierno está planteando una reforma seria en educación, capacitación laboral o transición generacional dentro de las empresas.

Tampoco se discute con suficiente claridad cómo se amortiguará el impacto en las familias y los trabajadores jóvenes que no logren entrar al mercado formal, o que lo hagan más tarde, con trayectorias más fragmentadas y menor capacidad de ahorro.

La pregunta, entonces, no es solo cuántos empleos destruirá la IA. Es qué ocurre con una generación que entra más tarde, aprende menos dentro de las empresas, cotiza menos años y llega con menor ahorro a una economía que ya envejece.

¿Qué piensan ustedes? Me gustaría leerlos.

Read the original on mvreport.substack.com

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