El frustrado plan de Gianni Infantino para ejecutar el proyecto FFE en la FIFA produjo mucha repercusión mediática y poco debates de ideas. Las dos cosas son de explicación sencilla: las opiniones sobre cualquier polémica se generan y se consumen en cantidades industriales; por otro lado discutir ideas obliga a golpear una puerta que ningún soldado del status quo tiene interés en abrir. Ni siquiera se habilita un gatopardismo futbolero: cambiar algo para que todo pueda seguir igual.
Entre críticas furiosas y muestras de lealtad, hubo una postura emergió entre la conversación ruidosa que trajo el acontecimiento: la columna de Lorin Parys, CEO de la liga belga, en The Economist, titulada “FIFA needs a constitution for the commercial age.” El espacio concedido para mostrar su tesis tiene su peso: The Economist es la publicación que leen los que ponen el dinero que cambia la ecuación en los negocios. Una historia sobre la FIFA firmada ahí, se destaca por encima de los medios generalistas y los deportivos. Los cazadores de élites intelectuales dirán que no, pero The Economist todavía funciona como medio de referencia para negocios, inversiones y geopolítica.
Es el CEO de la Pro League belga desde abril de 2022, cargo que asumió tras su experiencia como director de operaciones del club Brujas. Además integra los directorios de European Leagues y de la World Leagues Association, dos entidades que tienen más relevancia y son algo más conocidas en los países donde las federaciones y las ligas de fútbol tienen gestión por separado. La columna en The Economist, según él mismo contó, es una síntesis de su propia tesis sobre gobernanza del fútbol.
A partir del estallido que provocó el plan filtrado por The Times y que Infantino tenía oculto, Parys expone una idea simple: una organización no puede ser gobernada a través de revueltas cuando un asunto se va de su cauce. No es una manera saludable ni procedente, en esta época en que las organizaciones intentan ser más dinámicas, flexibles, ejecutivas y también libres del capricho de sus líderes. Son esas premisas que vemos en los reels que dicen los divulgadores de liderazgo y gestión emoresarial para el siglo XXI, y que los usuarios con sus likes las validan como ciertas.
El CEO de la liga belga no cuestiona la existencia de la FIFA. Dice que esta era del fútbol, a la que define como una era comercial, precisa de una FIFA que funcione con más actores de la industria incorporados a la toma de decisiones. Parys sintetiza en tres conceptos directos la problemática que quedó al desnudo a partir del escándalo y la posterior reunión de emergencia en Marruecos:
Una entidad reguladora y operadora al mismo tiempo. FIFA fija las reglas y el calendario del fútbol mundial y a la vez es dueña y opera campeonatos propios (Mundial, Mundial de Clubes) que compiten comercialmente con las de otros actores del sistema. Regula un terreno donde también juega con intereses propios.
Distancia entre quién decide y quién paga el costo. Las grandes decisiones del futbol se toman en la cúpula de FIFA, sin participación de quienes asumen sus consecuencias económicas o deportivas: clubes que pagan sueldos durante las fechas FIFA, ligas que ceden días de calendario y jugadores que absorben el desgaste físico.
Resistencia posterior por encima del mecanismo previo. Hoy el único freno a una decisión unilateral es la presión pública y la amenaza de boicot después de anunciada (como pasó con el plan FFE) y no es producto de un proceso de consulta o veto compartido antes de que la decisión avance.
Aunque la FIFA va camino a cumplir cien años de gestión de los Mundiales, su actividad como “organizadora de eventos” es cada vez más recurrente y no se limita a regular las cosas del fútbol.
No hay nada de malo en eso. Pero según el análisis publicado por Parys esa doble función es la raíz del problema: cuando FIFA decide expandir un torneo o vender derechos, está regulando algo de lo que también es parte interesada.
De hecho las primeras acusaciones -y que contaron rápidamente con un apoyo popular explícito de los hinchas- fueron que la FIFA vendía algo que no le pertenecía. Lo que sugiere el CEO de la Liga Belga es que el fútbol moderno precisa de un nuevo modo de organizarse para la coexistencia de tres escenarios conflictivos que son recurrentes. Su enfoque impácta en esos puntos:
Ampliación del calendario internacional. Cualquier decisión que le quite días al calendario (el ejemplo que ofrece es el Mundial de Clubes ampliado a 32 equipos) tiene un costo que no lo paga la FIFA: lo pagan los jugadores en desgaste físico y las ligas en fechas de competencia perdidas. Su propuesta es que ese tipo de decisión no se tome sin la aprobación de estos dos actores, que son los que ponen el cuerpo (futbolistas) y los que pagan las cuentas (clubes y ligas).
Liberación de jugadores para sus selecciones. Durante las fechas FIFA los clubes siguen pagando el sueldo completo de un jugador que no pueden usar. Es una transferencia de costo del organismo internacional hacia el club, sin compensación. Parys plantea que si FIFA va a decidir cuántas fechas FIFA hay por año y con qué duración, los clubes (que financian ese tiempo) tienen que tener voto y no únicamente ser notificados.
Decisiones comerciales de fondo sobre una competición. Este es el punto que conecta directo con el último episodio por FFE: vender una porción de los derechos comerciales de un torneo, cambiar su estructura de financiamiento o su propiedad, afecta directamente los ingresos de ligas, clubes y federaciones nacionales, que dependen de esos mismos derechos en sus mercados locales. Acá Parys marca la necesidad de un poder de veto compartido y no una consulta posterior.
Parys comentó en entrevistas con medios luego de su artículo, que aunque mañana asumiera otro dirigente, la estructura seguiría permitiendo que una decisión de 20.000 millones de dólares avance sin que los afectados puedan opinar antes de que se haga pública. “El problema no es Infantino: es que no hay ningún mecanismo formal que obligue a consultar antes. Lo único que existe hoy es la resistencia posterior (el boicot de UEFA o la presión pública, esto último clave para derrumbar el plan) y eso nunca puede ser un modelo de gobierno”.
El ejecutivo dice que cuando la cúpula de la FIFA se reunió de urgencia en Marruecos y publicó luego con un comunicado en el que adviertía que “no tolerará ataques a su integridad”, esa fue la prueba de que el diagnóstico de fondo no había cambiado nada: la organización seguía leyendo la crisis como un problema de reputación a defender, no como una falla de gobernanza a corregir.
La postura de Parys no es abolicionista y apunta a una evolución de la FIFA. Sostiene que la autoridad de la FIFA debe limitarse mediante reglas y que no debe ser destruída. Destaca que cumple un rol indispensable como autoridad global para organizar la Copa del Mundo, mantener reglas comunes y redistribuir recursos a los países más chicos que todavía se deben un mejor desarrollo del deporte. También le reconoce un equilibrio de fuerzas al representar a un fútbol “no europeo”.
Sobre el asunto comercial, que fue lo que hizo estallar la actual crisis, su tesis propone que para operaciones de gran tamaño como lo fue el proyecto FIFA Forward Enterprise se deben requerir valoraciones independientes, transparencia por conflictos de interés y aprobación por supermayorías que la hagan posible.
Esto último es muy interesante: Parys ni siquiera dice que la propuesta comercial traída por Infantino haya sido mala o desventajosa; lo que afirma es que el propio sistema de gobernanza, la manera en que fue presentada y los criterios para aprobar, son los que complican cualquier avance y que la gestión se organiza mediante los conflictos, las revueltas y los riesgos de rupturas internas.
El ejecutivo belga tiene en claro que su propuesta está condimentada con bajas dosis de optimismo. “Ningún pavo vota a favor de la Navidad”, dijo al comparar esa metáfora con la idea de que las partes involucradas nunca suelen ir en contra de sus intereses. La propuesta difícilmente sea un motor de cambio posible porque los estatutos de las organizaciones deportivas -incluso la UEFA- están hechos para perpetuar el estado de cosas.
En todo caso puede servir como advertencia y llamado de atención sobre lo que es actualmente el fútbol moderno. Conocer cuáles son las partes interesadas y cuál es el costo de mantener el poder ante un escrutinio inorgánico y sin piedad propio del siglo XXI: los fanáticos en las redes sociales, guardianes del fútbol que salen motivados del cine cuando ven La Odisea, su equipo perdió y canalizan esa energía en causas que consideran que valen la pena.
Así de mezcladas están las cosas.
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Gracias por la lectura.
Suscribite si todavía no lo hiciste.
Hasta la próxima,
mg.
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