“Nunca vi un Argentina-Inglaterra. No vi el de Veron, el de 2002…”, me dice por WhatsApp mi hijo mayor, que apenas supera los 30 años y aquel día estaba en la escuela. Como si ver nuestro particular Argentina-Inglaterra fuera algo obligatorio que en la vida tiene que pasarnos alguna vez, como tocar la nieve o conocer las Cataratas.
Cada generación se conecta con el sentimiento del fútbol con su propia experiencia. El pasado importa y los antecedentes pueden servir para tirarle leña al fuego de las previas, instancias que tienen que ser llenadas con palabras que calmen la ansiedad; pero cada generación precisa de su relación directa, sin intermediarios, con los grandes acontecimientos del fútbol que les toca en suerte vivir en su época. Muchos tendrán entonces su Argentina-Inglaterra. Un partido que le da sentido al devenir histórico de este juego.
Tengo los míos especiales guardados en una memoria que parece cercana y que no lo está: los partidos de 1986 y 1998. Cada episodio con sus particularidades. Estadio Azteca y Saint Étienne. Maradona y el Cholo Simeone que se cargó a Beckham. El gol con la mano. El gol que supera al gol con la mano. La jugada preparada de Zanetti, los penales y Mick Jagger con la cara por el piso.
Dos de los tres icónicos duelos, junto con el que no vi y me contaron del Mundial 66. Del Mundial 62 no recibí la lección. Pero si la data completa del 66 con la expulsión de Rattin, su mano tocando con desdén el banderin del corner; que se sentó en la alfombra de la Reina y el mito de un ex jugador que acaba de morirse.
La historia que me hizo conocer el fútbol, lo que era un Mundial y que por supuesto me aprendí de memoria, como si fueran los ríos de la Mesopotamia.
Le sumo a todo eso un lindo recuerdo de viaje laboral por cobertura en el amistoso de 2000, el último match en Wembley antes de sus reformas. Un espantoso 0-0 en el que Bielsa hizo una de las suyas y sacó a Sensini a los 35 minutos del primer tiempo para poner a Pochettino, el actual DT de Estados Unidos. Montañas de datos acumulados que no tienen ninguna utilidad.
No abundaré sobre la trascendencia de un Argentina-Inglaterra: el significado de este partido excede la voluntad de los que quieran opínar sobre él. No importa la autoridad y la jerarquía que tengan con respecto a los asuntos del fútbol. Es un partido que está por encima de cualquier idea que pretenda mitigar su voltaje, aunque esa persona sea un técnico campeón del mundo y se llame Lionel Scaloni.
“Es un partido de fútbol. El mensaje es que es un partido de fútbol, no busquemos otra cosa. Vamos a jugar contra una gran selección que tiene un gran entrenador, a quien admiro mucho, que lo aprecio... Y es un partido de fútbol. Punto. No hay más que eso”, dijo Scaloni en la conferencia de prensa después de Suiza.
Al mismo tiempo, tal vez un rato antes, los futbolistas argentinos en el vestuario, celebraban el pase a las semifinales y anticipaban el duelo cantando por “Malvinas, por el Diego y por la última de Leo…”.
Scaloni no miente y dice lo que tiene que decir, porque sabe perfectamente que no maneja los sentimientos que despierta ese partido, ni está en sus manos ponerle los límites a su alcance. Como también le pasa a Gary Lineker en su podcast de Netflix: cuentan lo trascendente que es para los dos países este enfrentamiento.
Es la guerra de Malvinas (a Lineker lo insultan en redes por no decirle solamente Falklands, algo que a Lineker lo hace más universal que doméstico), pero también la influencia del deporte británico en nuestro país, con la creación de clubes de rugby y de fútbol.
Lo que nos pasa a unos y a otros con este partido tiene vida propia. Minimizarlo, negarlo o esconderlo revela una pretensión de frialdad y lejanía de la que yo particularmente desconfiaría bastante.
El plano simbólico de este partido no puede ser contenido ni explicado en apenas una declaración protocolar. Es efectivamente solo un partido de fútbol. Pero habría que agregar, con honestidad intelectual, con toda la racionalidad posible que no sea nublada por la pasión, que es un partido con un impacto múltiple en sensaciones y pensamientos.
Argentina-Inglaterra, en un Mundial, no es un cruce que pueda encapsularse en la definición técnica y aséptica de las semifinales de un Mundial. Eso no significa que haya que abonar ideas alocadas que inspiren alguna forma de violencia o lenguaje verbal. Pero darle solo un matiz deportivo, despojado de todo lo demás, desconectando la cultura y la historia de los países al hecho deportivo, es tomar por tonto a cualquier observador de este mítico enfrentamiento.
El Mundial 2026 está siendo un gran despertar sobre la influencia que tiene el fútbol como fenómeno global. Se acabó la era de la inocencia. Un presidente como Trump levanta el teléfono y pide por una tarjeta roja de un jugador suyo. Infantino ya habla de un Mundial de 64 países como para que nadie se quede afuera de esta fiesta deportiva, que además representa un cúmulo de intereses adicionales.
Un artículo en Front Office Sports, plataforma que publica historias sobre el negocio deportivo, da cuenta de cómo los medios generalistas han agregado la cobertura deportiva a sus líneas editoriales como nunca antes en Estados Unidos. “No conocíamos la influencia de la FIFA y de Infantino y nos dimos cuenta que no teníamos ni fuentes ni conocimiento sobre lo que representa el fútbol”, dice en un pasaje del texto un editor del sitio Político. Descubrieron que las oficinas del fútbol eran un pasadizo secreto hacia las formas misteriosas del poder. Lo dice gente acostumbrada a buscar información en off en la Casa Blanca.
El Mundial 2018 domó a Putin y hasta las Pussy Riot pudieron invadir el campo de juego en la final para desplegar sus banderas de protestas. Nunca más supinos de ellas una vez que Moscú descolgó todo su cotillón mundialista.En 2022 a los qataríes que hasta toleraron mujeres en bikini en sus playas artificiales.
En 2026 el Mundial lo hizo con Trump, que estuvo más tranquilo de lo esperado. Con algo más de hielo para moderar sus impulsos y menos ICE por las calles. Líderes y grupos gobernantes suspenden sus modos y se adaptan a la fantasía de un mundo mejor que propone el fútbol cuando captura todo el tiempo libre de la humanidad.
No se si es Infantino en persona, la FIFA o qué, para que la política durante un mes acepte ponerse debajo de las reglas de un juego. Prefiero pensar que es el poder del fútbol como acontecimento insuperable el que tuvo la capacidad de consolidarse como el nuevo lenguaje de la diplomacia definitiva. No es nuevo el fenómeno, pero ahora es más transparente, crudo y salvaje.
Argentina-Inglaterra: que el partido tenga el voltaje que tenga que tener. La historia de este juego se explica con partidos como estos. Para ver cosas así nos asomamos cada cuatro al responder a este llamado.
Del otro lado animan la fiesta Francia-España. El Mundial en el que todos se odian entre sí, tiene las semifinales más perfectas que un Mundial pueda esperar.
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Ramiro Agulla murió el pasado 9 de julio. Fue uno de los creativos publicitarios que cambió la publicidad en los años 90 y que revolucionó el marketing con un concepto singular que ahora es recurrente: que las marcas sean constructoras de cultura.
Un ejemplo es el video (ver arriba) del comercial de Quilmes hecho en 1997 para ligar a la marca de cerveza con el fútbol argentino. Una letra en español -cantada por el propio Agulla- sobre la base musical de la canción Born Slippy. Del clubbing londinense y la película del momento (Trainspotting) a la creación de un jingle que conectó a una marca con el fútbol argentino hasta volverlos un mismo cuerpo. Esto es crear cultura. Una
Hasta la próxima,
mg.
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