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MA · Apr 13, 2025

Todo lo que es yo

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Leandro Diego · MA

Juntada en casa con Romi, Mariana y Facundo. Pizzas y cervezas. En cierto momento se llega a un tema pendiente: Six feet under. Los tres la habían visto y en varias oportunidades me habían invitado a verla. Yo había visto la primera temporada (y tal vez parte de la segunda) hacía muchísimo tiempo. Después la había dejado, como tantas otras cosas. Este verano, no obstante, la vimos con Romi. Ella por segunda vez y yo, sacando la primera temporada (y tal vez parte de la segunda), por primera. Se sospechaba que a mí no me iba a gustar. En parte, intuyo, por eso que me dijo Darío alguna vez: a vos (a mí) no te gusta nada.

Es curioso: yo no tengo esa visión de mí. Yo no creo que a mí no me guste nada. Más bien creo que me gustan muchas cosas. Muchas más cosas que al promedio de la gente. Pero también creo que las cosas que me gustan, en general, y al menos en el momento en que me gustan, no las conoce nadie. Entre esto y el hecho de que algunas cosas que le gustan a mucha gente a mí no me gusten tanto, creo que se fue tejiendo una idea de mí que considero errónea pero que, ahora, puedo entender. Diega: el contra. Diega: aquel a quien todo le parece una mierda. Y peor: algunas personas, desconfiadas o (¿e?) inseguras, pueden llegar a inferir que esa actitud que me atribuyen, la del contra, sea una pose: como la del adolescente que para reafirmarse a sí mismo necesita oponerse todo el tiempo a algo o a alguien.

No voy a negar que deposito expectativas sobre los fragments del mundo, en especial cuando esos fragments son glosados por gente que quiero y cuyo juicio, en general, respeto. Me parece lo más natural, creo que todos, en mayor o en menor medida, lo hacemos. Al respecto, dos cosas. La primera: hay que hacerse cargo de la expectativa que genera una recomendación, una sugerencia; si uno le dice a alguien, mirá esto, escuchá esto otro o leé esto, le está sugiriendo, sutilmente, que de entre todos los consumos posibles, de todo el universo de la creación humana, elija aquello que se le está recomendado. Hay, desde el vamos, una mínima expectativa que se está trasladando y de la cual, insisto, hay que hacerse cargo. La segunda: la razón de una eventual decepción post recomendación no puede, o no debería, caer solo en el recomendado. Hay tres partes en este intríngulis: el recomendador, el recomendado y lo recomendado. Por eso, sospecho que tanto los casos de éxito (que al recomendado le guste lo recomendado por el recomendador) como los fracasos (que el recomendado repudie lo recomendado por el recomendador) tienen causas múltiples.

Pero volviendo a la juntada, hablamos largo y tendido. Tres contra uno. Mi posición se resume así: me alegro de haberla visto, de haberme instado a mí mismo a verla, de haber seguido las recomendaciones para ver algo que, a priori, yo no hubiera visto (y que, no olvidemos, ya había empezado a ver y había abandonado). Prefiero haberla visto, que no haberla visto. Pero, objetivamente hablando, me parece una serie floja, llena de altibajos, con muchos capítulos de más, una serie del montón. No gustó mi opinión. Se la vapuleó. Los argumentos centrales de mis opositores, creo que sin falsearlos, pueden resumirse en: 1) una supuesta entrega del espectador para suspender el juicio y dejarse llevar (que yo no tendría); 2) la unanimidad de los medios para afirmar que se trata de un clásico, de una de las diez mejores series de todos los tiempos. Es decir: un argumento estaba puesto en el espectador y el otro en el juicio de los críticos. Tuve que esforzarme un poco para que mis oponentes dijeran algo ellos, que digan porqué a ellos les parecía buena. No para que me convenzan sino, primero, para entenderlos, y segundo, para ver si escuchaba algo que a mí se me hubiera escapado, alguna punta a la que no le hubiera prestado atención y, eventualmente, modificara al menos parcialmente mi juicio.

Más allá de que el drama no es mi género, cuando algo es bueno es bueno. No me gusta el género poesía pero he leído grandes libros de poemas. No me gusta el género novelas y he leído grandes novelas. Y así puedo pasar por todos los géneros. No soy un hombre de géneros (a excepción del terror que, aunque me lo tomo en serio, lo considero más como un berretín personal). Y ahí ya puede haber algo: no soy fan de las series ni soy fan de los dramas. Veo, picoteo, de aquí y de allá, y a veces hay cosas que me resultan geniales, ya a veces, la mayoría, hay cosas que me resultan del montón. Creo que lo que no terminó de convencerme a mí de Six feet Under es que todos sus personajes están sumidos en sí mismos y todas sus tragedias personales no ponen en juego ningún valor humano trascendente: solo la identidad (la niegan, la construyen, la desconocen), la familia (como influencia determinante en la identidad) y la muerte (como una presencia constante desde el primer capítulo, tanto por la muerte del padre como por la funeraria como escenario narrativo, pero también pensada sobre todo como factor que opera sobre las identidades). Eso no me convoca tanto. Y como la serie, para mí, es, centralmente, eso, creo que no ha sido suficiente para que yo la considere como la mayoría de los críticos.

Ahora bien: yo me entregué. Vi cinco temporadas de algo que no me convencía. La vi igual. Toda. Eso es entrega. No la vi para bardearla, aunque a veces me fue inevitable no hacerlo. La vi para equivocarme. Yo siempre quiero equivocarme. Es un buen momento para volver a citar a Solari sin ningún ánimos de comparación sino para ilustrar mi modo espiritual en estos menesteres: Yo no discuto con la gente para tener la razón, pongo a prueba al otro y si me da una razón superior, bienvenida sea, la agarro. Si tengo una opinión sobre algo, pero otro dice algo que me convence, es ridículo seguir la discusión porque sí. Y eso es lo que hace el hombre común, que llamo a aquel que nunca ha intentado comprender más allá del sentido común de la sociedad. ¿Qué es el sentido común de la sociedad? El mío no es, porque yo tengo pocos aliados en mi manera de comprender la vida, no digo que eso sea específico mío, le debe pasar a otros.

Por otro lado: yo vengo diciéndole al mundo que mire The leftovers hace años y nadie me da bola. Quiero decir: disponerse a consumir algo que uno, a priori, por su propia naturaleza, no consumiría, es algo que no hace casi nadie. Creo que esa actitud, mía, no se valora lo suficiente. Ahora bien, salir de la experiencia diciendo que es mejor haberla vivido que no haberla vivido es más bien un modo de vida: hasta de la muerte de mi padre salgo pensando así, sintiendo así. Hace años que elijo salirme de mí y vivir situaciones que nunca viví, leer libros que no son los que elegiría, ver películas que prefiere Romi en vez de las que preferiría yo, ir a lugares que me recomiendan en lugar de elegirlos, festejar mi cumpleaños por primera vez, etcétera. Es una actitud, una decisión de vida. Ir en busca de lo otro. Me gusta esa idea: como un sommelier de la vida, que va tomando de lo que le invitan, pero que, en el camino, no pierde el juicio. Entregarse a vivir una vida cultural más incierta, menos predeterminada, sin que eso requiera convertirse en una especie de envase vacío que solo se llena con el mundo y que sale de cualquier experiencia bendecido por la vida. Yo ya estoy lleno: arrastro cuarenta años de vida. No pretendo vaciarme ni llenarme. Con eso que soy, con eso que arrastro, voy al mundo de lo éxtimo, a lo que no soy yo, a lo que es otros. Me viene a la cabeza la inolvidable frase de Américo Rubén Tolo Gallego en un clásico de verano suspendido, cuando le consultaron, mientras hinchas de River robaban choripanes en bolsas de residuo, si el partido podía seguir: mirá lo que es Boca y mirá lo que es nosotros. Yo ya no soy, tanto. Más bien estoy, con todo lo que es yo. No reniego de eso. Y hasta creo que es un modo saludable de vivir: mezclar el afuera con el adentro. Porque el juicio, para mí, es parte de la experiencia. Sin juicio (no solo Six feet under sino) el mundo se transforma en un entretenimiento: uno especta los libros, la música, las series y la vida misma como en un estado de hipnosis en el que el juicio se ausenta de uno para entregarse a la experiencia de no ser. No tengo nada en contra del entretenimiento, más bien lo contrario. Pero tal vez mi posición de espectador, en todos los órdenes, no vaya tanto por ahí. Pretendo, de todo, una experiencia sensible, estética si se quiere. Y entiendo que, para que eso suceda, algo de uno, del yo, para que se produzca eso que podríamos llamar, para resumir, conmoción, tiene que estar presente. O mejor: quiero, decido que esté presente. Uno no elije el modo en que es espectador: se es lo que se es. Uno intenta, luego, explicarse, primero a sí mismo y después, tal vez, a otros, por qué se es como se es. El riesgo, en este tipo de explicaciones, es caer en la ponderación. Yo no pondero mi modo de espectar por sobre el de otros. Explicarlo, tratar de entenderlo y de hacerlo comprensible no implica que lo considere superior. Mi lugar de espectador implica siempre un poco de juicio. Y me gusta que así sea. No arrastro todo lo que es yo como si fuera una condena. Me gusta mi modo de ser. Lo valoro. Con esto no quiero decir que sea el modo ni mucho menos que otros modos sean inválidos o inferiores. Cada cual etcétera. Se es lo que se es, y eso que se es, se honra. Cuando yo no honraba mi modo de ser, decidí cambiarlo. Eso sí, creo, es recomendable.

Un párrafo de Poetry and The Fate of The Senses, de Susan Stewart: La creación poética es un proyecto antropomórfico; el poeta emprende la tarea del reconocimiento en el tiempo –la interminable y trágica tarea órfica de dibujar la figura del otro– desde la oscuridad. Hacer algo donde y cuando antes no había nada. La tragedia del poeta reside en el desvanecimiento del referente en el tiempo, en la impermanencia de lo que se aprehende. La recompensa del poeta es la producción de una forma que entra en la vida transformadora del lenguaje.

Un párrafo de A Teatrise of Human Nature, de David Hume: Por lo que respecta a las impresiones procedentes de los sentidos, su causa última es en mi opinión perfectamente inexplicable por la razón humana. Nunca se podrá decidir con certeza si surgen inmediatamente del objeto, si son producidas por el poder creador de la mente, o si se derivan del autor de nuestro ser. Por lo demás, este problema no tiene importancia. Solo podemos hacer inferencias a partir de la coherencia de nuestras percepciones, ya sean éstas verdaderas o falsas, ya representen correctamente a la naturaleza o sean meras ilusiones de los sentidos.

Un párrafo de Arte y poesía, de Martin Heidegger: La esencia del arte es la Poesía. Pero la esencia de la Poesía es la instauración de la verdad. La palabra instaurar la entendemos aquí en triple sentido: instaurar como ofrenda, instaurar como fundar e instaurar como comenzar. Pero la instauración es real solo en la contemplación. Así, a cada modod e instaurar le corresponde uno de contemplar.

En el mes del Bafici no puede faltar una mención, aunque breve y caprichosa, al célebre festival de cine de la Ciudad de Buenos Aires. Vi, con dos días de diferencia, dos películas: Una noche el Paladium (Francisco Novick), un documental sobre el mítico boliche porteño, y Yo y la que fui (Constanza Niscovolos), un retrato de la fotógrafa Adriana Lestido (que, sospecho, aunque sobre el final oímos a Lestido pronunciar esas palabras, toma su título de un poema de Pizarnik).

Hay, entre las dos películas, además del hecho de haberlas visto casi juntas, una coincidencia a la que, si bien me acostumbré, me sigue llamando la atención: la tendencia a que los documentalistas incluyan en el documental la razón que los lleva filmarlos. Su motivación, su historia personal. Podría criticar esto. Podría decir que las dos películas serían mucho mejores si sus directores hubieran elidido la primera persona (por más que en el primer caso el director sea el hijo de uno de los creadores de Paladium y en el segundo la directora haya sido alumna y sea amiga íntima de la retratada). En Una noche en Paladium este defecto no es tan grave: la película está llena de testimonios y material de archivo que hacen que el desliz autobiográfico ocupe poco espacio. Pero en Yo y la que fui la cosa se agrava porque, tanto sea por la admiración como por el afecto, no hay distancia entre la retratada y la retratista, no hay tensión y sin tensión queda algo que se parece más a la tertulia que al testimonio. Pero, como dije, estas son opiniones, vainas personas, lo que podría llamar boludeces mías. No son importantes.

Lo que me parece importante es destacar que esto parece ser una tendencia. Una tendencia que en literatura conocemos bien. Y que no tiene que ver con aquella idea (discutible, por cierto) de que la obra de arte moderna es, en parte, un testimonio de su propio proceso de creación, sino con lo que, sospecho, puede ser un requisito de mercado (y/o de Estado, si tenemos en cuenta cómo se financian muchas de estas películas). Es como si la motivación del director, su relato de la película usando la voz en off, tildara un check, un casillero, un requisito formal para aplicar a una beca o alguna falopa por el estilo. Una sugerencia de marketing, una recomendación foránea a la que los artistas ya no puedan o quieran negarse, con tal de que sus películas existan.

La amistad es una práctica que siempre me costó cultivar, al menos en los términos en los que suele practicarla la gran mayoría de las personas. Hasta hace no mucho tiempo, me jactaba de no requerir frecuencia ni, mucho menos, como creía Borges, confidencia. La amistad, para mí, no era mucho más que estar. Estar con alguien y hablar. Entre un encuentro y otro podían pasar días, semanas, meses, o años. Y eso, la frecuencia de los encuentros, no tenía nada que ver con la intensidad del vínculo porque al no incluir la confidencia, al no requerir un update de contingencias, al no ser necesario ponerse al día, las personas que se encontraban después de un día, una semana, un mes, un año, eran, más o menos, siempre las mismas. Si quitamos la contingencia de los vínculos, las personas no cambiamos tanto y los vínculos se despejan.

Después las cosas cambiaron un poco. Renuncié a un trabajo después de diez años, mi padre enfermó de algo que lo terminaría matando, mis ingresos estuvieron seriamente comprometidos, llegó el Covid, murió mi gato y ahora, en este momento, mis ingresos pueden volver a estar comprometidos en el mediano plazo si no consigo cambiar de trabajo pronto. Esta última mención, todo lo que dispara la situación de cambio de trabajo, tal vez requiera una entrada aparte. Pero no ahora. La enumeración pretendía indicar que, en la adversidad, mi concepción de la amistad trastabilló. De pronto me fue necesaria la confidencia. Me sentí solo, sumergido en problemas que nadie a mi alrededor parecía tener. No me fue fácil el giro: toda una vida esquivando la confidencia, siendo indiferente a las necesidades ajenas, incluso tal vez ni siquiera percibiéndolas, habiéndole dado la espalda al requisito de la contingencia cuando la necesidad era de otros, sin saber ejercer la habilidad de la compañía… Cambiar el paradigma de pronto, cuando el necesitado era yo, me hacía bastante ruido. No tanto por orgullo, nunca tuve demasiados inconvenientes en asumirme equivocado, en poner la jeta para asumir un error, sino por una cuestión ética, moral. Como si me dijera: Bueno, si de pronto esto va a cambiar y voy a empezar a hablar de mi vida con las personas, si algo en la vida me hizo cambiar, tengamos al menos la decencia de empezar por los demás. No siempre lo logré. En algunos casos el puntapié para incluir esta nueva dimensión en los vínculos estuvo dado por mi propia necesidad. Y en muchos casos esa necesidad revivió vínculos que estaban medio oxidados.

Lo peor, lo más grave, es que aunque no sé estar, aunque no sé acompañar (estoy aprendiendo pero es una habilidad que aun no adquirí del todo), por dentro, en el pensamiento, en el mundo de las ideas y del afecto interior, pienso mucho en las personas, especialmente cuando sé o detecto que están atravesando un momento difícil. Pero simplemente no sé qué hacer con eso. Me debato entre diferentes modos de abordar la cuestión y muchas veces, cuando me decido, me doy cuenta de que ya pasó tanto tiempo de la situación que hubiera ameritado mi compañía, que ya ni siquiera me manifiesto. El otro nunca se entera de esta marea íntima. Lo que el otro recibe es mi indiferencia, que no es real, pero es lo que comunico. Crecer no es fácil y, al parecer, para mí, es un proceso que no termina nunca.

Volviendo a mi período oscuro, recuerdo que fue por ese entonces, en pleno pico de la enfermedad de mi padre, que volví a acercarme a Danilo, un tipo con el que mantengo una amistad que no entiendo pero que, con sus altibajos y sus distancias, ya lleva más de veinte años de duración. Es cierto que no nos vemos por lo menos hace catorce de esos veinte años, cuando precipité nuestro primer reencuentro, pero al fin y al cabo es una amistad y punto.

La historia es más o menos así. Mi segundo trabajo fue en un callcenter de mala muerte, ubicado en las afueras del barrio chino. Vendía paquetes de telefonía de larga distancia a gente que no los necesitaba. Fue mi primer trabajo serio, de oficina. El pasaje a la vida adulta, no desprovisto por entonces de ciertos debates internos. Recuerdo una noche, post capacitación inicial, en la que casi no dormí, preguntándome si esa era la vida que iba a vivir: trabajar de llamar a gente mayor y aprovechar mi locuacidad para vender servicios que no necesitaban. Pude haber renunciado. Decidí otra cosa. Ese callcenter también fue mi primer círculo de socialización mixto. Yo había ido a una escuela técnica y a duras penas había aprendido a socializar entre hombres. Si mi vida fuera una serie de películas, el año que duró el trabajo en ese callcenter sería mi coming of age. En ese contexto, lleno de dramas internos y ebullición emocional, en un momento de pura inestabilidad, una tarde, en un break, fumando en el patio, vi a un pibe enorme, altísimo, con la camiseta número veintiuno del Valencia, la que usaba Aimar. Quiero ser amigo de este tipo, me dije de inmediato (esto me pasó dos veces en la vida, las dos en un callcenter, las dos en un break, las dos fumando).

Con Danilo cultivamos un vínculo donde lo principal era el humor. Es uno de los tipos más graciosos que conozco y con los que más me reí. Hicimos muchas boludeces juntos. Era la época de los blogs y recuerdo que en dos oportunidades nos entrevistamos mutuamente, con grabador (todo muy pro, los dos estudiábamos periodismo). Hacíamos humor urbano, callejero, nos compartíamos películas, discos, libros. Compartíamos nuestro exceso de cultura masiva y nos refugiábamos en ella, mientras nos conocíamos a nosotros mismos, a espaldas de nuestra vida social, amorosa y sexual, que de más está aclarar que era nula. El pico de esta primera etapa sucedió una noche en la casa de su abuelo. Vimos al Maradona de Kusturica, comimos pizza, llamamos a personas rándom por teléfono haciéndoles creer que estábamos en una radio y que algún ser querido les estaba dedicando una canción (les dábamos pistas sobre quién podría ser esa persona) y terminamos tapando goteras con toallones después de una tormenta.

Yo viré pronto a la literatura y creo que eso resintió un poco nuestro vínculo. De pronto yo parecía mostrar interés por cosas más cultas y es posible que me haya boludeado un poco. Creo que este viraje fue leído por Danilo no tanto como una traición sino como una herejía propia de porteño. De hecho, mi porteñismo siempre había sido un factor de humor entre nosotros, frente a su condición de hombre de zona sur. En esa época hubo una pelea. Honestamente no recuerdo del todo lo que pasó, pero recuerdo que Danilo estaba enojado conmigo. Hoy, a la distancia, conociéndome un poco más, estoy seguro de que debió haber tenido motivos para estarlo. Pero sea como fuere, el motivo, si lo hubo, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que la estocada final fue algo que luego sería material de humor entre nosotros: Danilo me dijo algo así como que me iba a morir en un departamento en Capital, latiguillo que luego yo reduciría a me deseaste la muerte. No sé qué quiso decir Danilo con eso, y probablemente él tampoco lo sepa ahora.

Pasó un tiempo largo durante el que no hablamos. Años. Yo hice un programa de radio malísimo con mis compañeros de facultad (en la FM del Parque Patricios), me mudé a un departamento de Recoleta con Facundo, cambié de trabajo y me recibí de periodista. Eventualmente quise hacer otro programa de radio. Pero sentía que, para poder hacerlo, faltaba algo. Alguien. Contacté a Danilo. No recuerdo qué le dije pero recuerdo que me esmeré. Declaré algo así como que juntos teníamos algo, cierta dinámica de tensión y complicidad, que radialmente era no solo explotable, sino también bastante exótica, difícil de replicar. Que no podíamos desperdiciar eso por boludeces. Que yo iba a hacer un programa de radio y estaba dispuesto a dejar todo atrás, a olvidar las giladas que nos habían distanciado, si él quería sumarse. Se sumó. Fue el inicio de la segunda etapa de nuestra relación: la etapa Acá pasan cosas.

Hicimos un programa en FM La Tribu que duró poco y nada, meses. Lo hicimos muy en serio. Teníamos sketchs con guiones que escribíamos nosotros mismos, personajes, artística, separadores, una agenda de bandas que venían a tocar en vivo, y hasta tuvimos mensajes de oyentes reales. El producto nos entusiasmaba pero no logró enorgullecernos. Los dos sentíamos, y pronto esto se volvió nuevamente un mecanismo de humor privado entre nosotros, que no estábamos del todo bien acompañados, que el resto de equipo no estaba a la altura de nuestras intenciones. Renuncié. Recuerdo muy bien que fui yo el que renunció porque a partir de ahí la renuncia sería, para mí, todo un tema. Acá pasan cosas terminó siendo un exitoso magazine musical que tuvo un pico de popularidad en el segundo lustro de la década del diez y que aun sobrevive en formato blog con coberturas de shows, fotos, entrevistas y reseñas. El nombre había sido mío; el proyecto, suyo. Con ese pequeño hurto, personalmente, di por emparejada la cosa: si en algún momento yo había hecho algo que había motivado que Danilo me deseara la muerte, con este choreo quedábamos a mano. De todos modos, como si el reencuentro hubiera tenido el único objetivo de hacer algo juntos, cuando renuncié a Acá pasan cosas nos volvimos a distanciar, aunque esta vez en buenos términos. Esto sucedió hace alrededor de catorce años. Desde allí no volvimos a vernos.

En algún momento, sí, volvimos a hablarnos. Recuerdo haberlo contactado durante el encierro pandémico para contarle sobre la enfermedad de mi padre, y que él me contara una historia tremenda que había vivido, y estaba todavía viviendo con su novia de entonces, ahora ex. Éramos otros, pero los mismos. Estábamos grandes, algo cansados por el paso y el peso de la vida. Pero éramos, también, los mismos. Desde entonces vivimos esta, la tercera etapa de nuestra relación, que se puede resumir así: nos mandamos mensajes, nos compartimos links, nos cantamos canciones imitando músicos locales y analizamos este triste presente cultural, sin poder acostumbrarnos del todo a la muerte de la cultura de masas, sin querer hacerlo, sin resignarnos, creo, tal vez porque sabemos que somos producto de ella y porque valoramos su existencia como dinamizador social, como democratizador de posibilidades e inquietudes, si se quiere, a dejarla morir. Nos une, además, cierta noción de que quedamos atrapados en un cambio de época que no favoreció nuestras tímidas intenciones, nuestros vetustos anhelos. Como sea, siempre quedó entre nosotros la idea de que podríamos haber hecho algo juntos. Algo bueno. Algo grande.

Hace medio año aproximadamente tuve una idea. Se la comenté. Fue haciéndose y deshaciéndose con el paso de los meses, tomando forma, adaptándose a lo posible. Yo no quería que fuera una idea mía, a la que él tuviera que plegarse; quería que sea una idea de los dos. Y más o menos, creo, lo está siendo.

La idea es hacer un podcast. No nos vemos hace catorce años pero queremos hacer un podcast. Vamos a hacer un podcast. Sin vernos, o al menos no presencialmente: convertir la limitación en recurso formal, estético. Ya tenemos cuatro capítulos craneados. El primero va a estar dedicado a leer la obra de Cerati a partir de la influencia de sus domicilios, de los barrios en los que vivió mientras compuso cada uno de sus discos. En el segundo vamos a pensar el devenir de la cultura de masas local a partir de la trayectoria mediática y musical de Gillespi. En el tercero vamos a abordar el deseo de ser amado y la necesidad de reconocimiento enfocándonos en la carrera de Alfredo Casero. En el cuarto vamos a leer las últimas tres décadas del siglo veinte a la luz de los hits de Phil Collins (con y sin Genesis).

Llevamos meses hablando del tema, intercambiando mensajes. Ya tenemos todo definido. Sabemos cómo lo vamos a hacer, qué tenemos que hacer, cómo vamos a grabarlo. Pero llegamos hasta ahí. La materialización, por alguna razón, se está demorando. Las vidas se nos pusieron jodidas a ambos. El tiempo libre es cada vez menos y coordinar para poder cruzarnos un par de horas en una videollamada no es tan fácil como cuando éramos más jóvenes. Pero me pregunto si en el fondo la cosa no se estará demorando por la posibilidad de que hacer algo juntos pueda significar un nuevo distanciamiento, un nuevo problema con el que nadie quiere lidiar.

No quiero ser líder. Pero a la vez me doy cuenta de que, como en tantos otros aspectos de mi vida, si no asumo ese liderazgo, si no doy mi iniciativa, si no me entrego, las cosas que quiero que pasen tal vez no pasen nunca.

Sin pasar por encima de ninguna voluntad que no sea la mía, voy a hacer todo lo posible para que el podcast exista, para que estos cuatro capítulos puedan grabarse este año. Veremos si ambos, esta vez solos y sin excusas, estamos a la altura de nuestros deseos.

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