A media mañana, cerca del mediodía, entró algo a casa. Algo bastante grande. Una abeja. Pero una abeja con la parte de atrás, que no es la cola sino el abdomen, bastante caída: como si le pesara mucho y le dificultara el vuelo. Hay que decir que ese abdomen estaba bastante más grande de lo habitual. No sé este era el motivo, pero la abeja estaba medio boluda. No es la primera vez que entra una abeja a una de las casas que arrendo con Romi, y no es la primera vez, tampoco, que entra medio boluda. Romi dice que es porque tienen sed. Se deshidratan. Pasé un rato esquivándola hasta que tomé valor y me decidí a atraparla usando una técnica que inventé aunque seguramente ya estuviera inventada (uno puede inventar lo que ya está inventado y, en parte, para mí, de eso, más que de buscar tutoriales en YouTube, se trata la vida): agarro (o mejor dicho: pido) un recipiente (el medidor) y encapsulo al bicho en cuestión de manera tal que quede atrapado entre el recipiente y una pared o el techo. Se requiere, primero, que el bicho no esté muy movedizo, y segundo, algo de precisión. Esta es la primera parte del método, que esta vez logré ejecutar sobre la puerta del baño. La segunda consiste en agarrar (pedir) una hoja y deslizarla por la boca del recipiente, en este caso el medidor. De este modo, el bicho queda ahora atrapado entre el recipiente y la hoja. El tercer paso es el más sencillo si uno no se descuida: enrollar el papel de tal modo que cubra todo el recipiente, sin dejar fisuras por las que el bicho pueda escaparse y luego trasladar el recipiente tapado con el papel a una ventana o balcón para proceder a la liberación que, en este caso, fue en el balcón.
Tengo que decir que después de la captura, específicamente cuando deslicé la hoja, a la abeja le pasó algo. Se quedó agarrada de la boca del medidor, casi tocando el papel y ya no se movió. Pensé que tal vez le había agarrado una patita o el aguijón, en cuyo caso podría haberla matado. Así que, alegre por la captura pero con cierta preocupación por la quietud, llevé todo al balcón. La abeja quedó tirada, inmóvil. Me acerqué un poco y vi que hacía un movimiento. Un único y constante movimiento, bastante enérgico, en el abdomen. Era como si lo metiera y lo sacara, una contracción que tenía algo de esfínterea. Después de pasar unos minutos viéndola hacer eso había por lo menos una certeza: estaba viva. Le tiramos un poco de agua al lado pero claro: no se movía. Después de un mínimo debate, con un dedo fui acercándole unos charquitos de agua. Hubo una mínima revitalización. La abeja se incorporó, primero girando, como si estuviera buscando el lado correcto de entrarle al agua. Después caminó y por último la vimos, claramente, beber. Después de unos segundos se volvió a quedar inmóvil. Pensamos que la habíamos ahogado o que le habíamos mojado las alas. Entonces nos acercamos y notamos que, otra vez, contraía el abdomen con la misma vehemencia que antes. ¿Por qué hacía eso? ¿Tendría algo que ver con el hecho de que, cuando todavía volaba, su abdomen parecía colgarle, como si le pesara? ¿Estaría llena de huevitos? ¿Sería una reina?
Me distraje un poco, me fui a la cocina, no recuerdo muy bien a qué. Seguíamos hablando de la abeja, confundidos, intrigados. Una vez, hace tiempo, nos había pasado algo parecido con una paloma. Un día de lluvia, la habíamos estado mirando desde la ventana de otro departamento arrendado. La paloma estaba enfrente, en una terraza inhabitada, y se la veía, desde esa distancia, muy mal. Cuando las palomas tienen el plumaje todo ajado, con mucho espacio entre pluma y pluma, dicen, están cerca de morir. Era cierto que llovía, pero el estado de su plumaje, sumado a su errático comportamiento, nos había dado la impresión de que se estaba muriendo. Lo extraño era que la paloma estaba encima de un charquito y se iba inclinando, primero a un lado, después al otro, como si quisiera limpiarse las plumas. Nosotros interpretamos que no podía mantener el equilibrio, que se estaba por caer, acaso para siempre. Después estuvo un buen rato quieta, inmóvil. Y al rato arrancó, como si nada. Algo así sentíamos los dos, ahora, con la abeja, aunque no nos lo hubiéramos confesado: esto no era, a pesar de lo que parecía, una muerte.
¡Llamó a otra, vino otra abeja!, gritó Romi. Volví al living y, efectivamente, una segunda abeja se apareció. No entró al balcón ni a la casa, más bien sobrevoló la zona. Diríamos que rodeó la escena y después, como si algo en ella se hubiera satisfecho, se fue a la mierda. Nuestra abeja, la otra, la moribunda, siguió igual: con el abdomen latiéndole incesantemente.
Pasó un rato. Unos cuantos minutos. Desde el inicio del evento, desde el encapsulamiento, por así decir, habría transcurrido una media hora. De pronto la abeja volvió a girar. Varias veces. Como si en verdad lo que estuviera haciendo fuera pararse, ponerse de pie, extender todas sus patitas para despegar del piso el resto de su cuerpo. La vimos erguirse, incorporarse, incluso dar unos pasos laterales, como los cangrejos. Después se quedó un rato quieta, pero ya repuesta, vital. Hubo una pausa en la que me hubiera gustado que nos hayamos mirado, los tres. Después salió volando en vertical, como saltan las palomas y los gatos cuando algún peligro lo requiere, a exactos noventa grados del piso.
Fue una gran mañana.
Llegó el otoño. El sol de la mañana que llega a las veredas después de bifurcarse entre los árboles ya tiene esa opacidad que le imprime el frío, como si hubiera una mínima neblina, apenas visible, que le añade textura a la luz.
Desde hace medio año, frente al Congreso, empecé a ver a un trompetista. Está siempre tirado, recostado sobre una placa ausente, mirando a Rivadavia, y sopla la trompeta en melodías cortas, brevísimas. Se lo puede ver en esta captura del Google Maps, de septiembre del año pasado. Parece que le faltara el aire. El sonido que sale de su instrumento, aunque correcto, atinado, con cierta coherencia, suena cansado, como los últimos estertores de alguien que se está dejando ir. Lo poco que se llega a escuchar de su música no invalida la posibilidad de que se trate de un genio perdido, uno de esos músicos que sienten la música y la ejecutan con maestría pero que no han sido favorecidos en el reparto de los naipes y/o no han sido capaces de ordenar un modo de vida que les permita mantener una mínima calidad de vida. Hasta ahora no lo escuché pedir. Se tira ahí y toca a desgano, como si bufara. Si quisiera hablar, decir algo, nadie le prestaría atención. Si quisiera contar su historia tampoco. Su aspecto general, desalineado, sucio y con ropas añejadas, medio rotas, lleva al transeúnte promedio a la idea de que se trata de un marginal, de un loco, de alguien que perdió la cordura. Cuando algo así emana de una persona, o mejor dicho, cuando las personas normales empiezan a pensar de alguien que está loco, que algo adentro se le rompió, es decir, cuando a alguien se le rompe la credibilidad, se le rompe para siempre. Esto antes pasaba con los periodistas y los políticos. Hoy ya no; periodistas y políticos pueden mentir a diario y se los sigue consumiendo, se les sigue creyendo, como si no hubiera alternativa. Pero a los locos, los marginales y los viejos, es decir, a los caídos, a los que, por uno u otro motivo ya no son parte de los que estamos de este lado de eso que Piglia decidió no llamar de otro modo que este (y que, ya que estamos, yo tampoco), no.
Cuenta Althusser en un pasaje de El futuro dura demasiado, después de referir el modo en que le administraban electroshocks durante una internación: Quisiera relatar un incidente sin importancia, pero que dice mucho de la atmósfera del medio hospitalario, de la imagen de los pacientes y de la incredulidad total de los médicos psiquiatras ante las afirmaciones de un enfermo. Como no podía dormir en absoluto y no disponía de tapones, pensé en confeccionarlos con miga de pan, mi única materia disponible. Pero las bolas de miga de pan introducidas a la fuerza en el canal de la oreja se descompusieron enseguida y los granos viscosos se introdujeron en el canal auditivo hasta el tímpano. Esa disolución y su introducción posterior me causaron padecimientos indecibles, dolores de cabeza y de garganta insostenibles. Advertí a mis médicos sin parar, pero no quisieron creerme, pensando que deliraba. Durante tres semanas se negaron a hacerme examinar por un otorrino. Cuando se dignaron a llevarme, el especialista me liberó en dos segundos de mis migas de pan y de mi suplicio.
A lo largo de sus cinco años de depresión y demencia mi padre reportó muchísimas dolencias físicas. La mayoría de ellas no presentaban síntomas y, cuando los presentaban, rápidamente desaparecían. Además, si uno hacía el ejercicio de preguntarle, de la nada, sin motivo, si le dolía, por ejemplo, la garganta, y de repreguntarle, inmediatamente, por la misma dolencia, podía obtener dos respuestas distintas. Entre todas las dolencias que nos reportó a nosotros, cuando todavía vivía con mi madre, y entre todas las que reportó después, en el geriátrico donde pasó su último año, más de una vez reportó, entre otras, bajones de presión y dolores estomacales.
La noche que me llamaron para decirme que mi papá no andaba bien, tenía la presión muy baja. Cuando llegué al geriátrico lo saludé agarrándole una mano. Su piel estaba fría y muy fina. Ya no podrían estabilizársela. En trece horas su cuerpo se habría apagado completo. En el eximio papel donde consta el diagnóstico de su muerte, en un párrafo larguísimo, entre todo lo que había colapsado en su organismo, figuraba una perforación de intestino.
Sobre el final del octavo episodio de la segunda temporada de The Wire Jimmy McNulty (que arrancó el capítulo borracho, abajo de un puente, chocando su auto voluntariamente dos veces), con la excusa de celebrar ciertos avances en la investigación portuaria que realiza con su equipo sobre el sindicato de estibadores de Baltimore, se va al bar con Beatrice Beadie Russell.
Jimmy firmó hace poco unos papeles para arreglar el cronograma de visitas y la mensualidad que le corresponde sobre sus dos hijos. Después del divorcio, sexeó un par de veces con su exmujer y se entusiasmó con la idea de empezar de cero, algo que desde el inicio de la serie se le antoja cada tanto como una esperancita pero que nosotros, los espectadores, no vemos motivos para que exista. La última vez que vio a su exmujer, en casa de ella, Jimmy se levantó, se hizo el desayuno y se puso a leer el diario. Ella lo echó sin vueltas: una cosa es cojer, otra cosa es desayunar. La noche en la que arranca el octavo episodio de la segunda temporada Jimmy la había estado llamando desde un bar. No lo atendieron y se fue a chocar.
El bar en el que está ahora con Beadie es el mismo en el que estuvo la noche anterior (y otras cuantas). El barman, acostumbrado, le trae, junto con la cerveza que pidió, un shot de algo que Jimmy, incómodo por lo que pueda pensar su nueva compañera, rechaza.
Beadie no es policía. Es una empleada de seguridad portuaria cuyo trabajo consiste en dar un par de vueltas al puerto para chequear que todos los containers estén en regla, esperando para ser subidos a un barco, si se trata de contenedores que se van, o esperando que un camión los retire, si se trata de contenedores que se quedan. Como en una de esas rondas descubre un container con trece mujeres muertas por asfixia, y porque los vericuetos de la jurisprudencia de Baltimore y/o el capricho de los guionistas así lo disponen, termina trabajando con el equipo de la primera temporada: el Teniente Daniels, Jimmy, Lester, Carver, Prez, Kima, Herk y, ahora, Bunk. Lo que se le juega, a ella, a Beadie, a lo largo de la temporada, es que se descubre como policía y al parecer le gusta. Pero no es policía. No es como Jimmy, Bunk, Lester o Kimma. Es de otro mundo.
Después de la birra en el bar, Jimmy termina en la casa de Beadie, que le dice que la espere un minuto y le destapa otra cerveza. Mientras ella levanta juguetes del piso (es madre soltera de dos) y acomoda menesteres desparramados por los pasillos, Jimmy primero se sienta en el sillón pero después se pone a inspeccionar la casa. De fondo, cada tanto, se escucha un Hola, elegí un juego, emitido por la voz robótica que sale de un probable juguete que no vemos. Jimmy examina una pistola de utilería, revisa cd’s (la temporada fue filmada en 2003), lee las notas de la heladera (médico, reunión, pagar cuentas), Hola, elegí un juego, abre un frasco con forma de policía que al ser abierto dice ¡Deténgase! Aléjese de las galletitas, mira unos papeles con cuentas en la mesa de la cocina y unas fotos pegadas con imanes, también en la heladera, casi todas de los hijos de Beadie. Hola, elegí un juego. De pronto Jimmy, a quien hemos visto enredado en sábanas en su departamento sin muebles, a quien hemos visto borracho, tocándole la puerta a la madrugada a mujeres igual de rotas que él que terminan dejándolo pasar, vuelve al sillón, agarra su campera y cuando vuelve Beadie se abre de brazos y le dice: Día largo. Beadie afirma. Ella también está cansada.
La ciudad (no solo) para mí fue siempre la figura que se forma entre Santa Fe, Rivadavia, Callao y el río. Es cierto que esto dejaría afuera a San Telmo, Boedo y otros barrios gloriosos que comprenden a las avenidas Belgrano, Independencia, San Juan y, por qué no, Pueyrredón–Jujuy. Pero no quiero decir que estos barrios, ni tantos otros, no formen parte de la ciudad de Buenos Aires. Lo que quiero decir es que (no solo) para mí, la ciudad, a secas, está ahí: entre el río, Callao, Santa Fe y Rivadavia–Av. De Mayo.
Para ciudad, lo que se dice ciudad, con eso alcanza: el centro y el bajo. Todas las calles que bajan, de Callo al río, entre Santa Fe y Rivadavia–Av. De Mayo. El resto serían barrios: San Telmo, Boedo, Almagro, Caballito, etcétera. Barrios importantes, céntricos y residenciales a la vez. Pero para la ciudad, para la ciudad a secas, repito, alcanza con Callao, Rivadavia–Av. De Mayo, Santa Fe y el río.
Imaginemos esto, el colmo del cosmopolitismo: una ciudad en la que cada calle, entre Santa Fe y Rivadavia, baja temáticamente hacia el río. Alvear, joyas. Paraguay, jazz. Viamonte, pastelerías. Tucumán, gastronomía latinoamericana. Lavalle, comida italiana. Sarmiento, cervezas. Perón, comida criolla. Mitre, gastronomía francesa. Rivadavia, cuando se hace calle, comida oriental. Avenida de Mayo, vinos. ¿Qué mierda hace el barrio chino en Belgrano? ¡En Belgrano! ¿Barrio coreano en Bajo Flores? No me jodan. La descentralización ya destruyó muchos barrios. Hay que volver a centralizar. Florida, que las cruza a todas, junto a las avenidas (Santa Fe, Córdoba, Corrientes y Avenida de Mayo) debería ser el eje de una reindustrialización cultural pensada para el ciudadano local (con explotación turística, desde ya) en vez de ser entregada a la dejadez de la especulación inmobiliaria y al azul, amarillo y rojo que cada vez más la copan con sus luces blancas brillantes y sus músicas estridentes de tipos que sufren abandonos cantando finito.
Votaría a cualquiera, del partido que sea, que prometa (re)fundar esta ciudad dentro de la Ciudad Autónoma Buenos Aires.
A la última religión se le termina la temporada. A los hombres de ciencia se les aclara el epílogo que sospechaban. Los jóvenes, vigorosos y deseosos de emociones nuevas, tienen el espíritu maduro para recibir el tarascón de una nueva religión. Todo esto ha sido previsto como las demás veces. Se ha empezado a ensayar la parte más esencial, más atrayente, más fomentadora y más imponente de la nueva religión: el castigo. El castigo de acuerdo con las leyes de la religión última; con el caminito de la moral, que ha de ser el más derecho, el único, el más genial de cuantos han creado los estetas que han impuesto su sistema nervioso como modelo de los demás sistemas nerviosos.
Esto lo escribió Felisberto Hernández en su Libro sin tapas de 1929.
Mucho para decir.
Para empezar, que el hecho de que el caminito de la moral sea la más genial de las creaciones de los estetas presupone, prefigura, como Kafka a sus precursores, la línea Schwarzböck–Fogwill–Solari–Dárgelos: una tradición que lee al sujeto cultural de la argentina del final del siglo veinte a partir de 1) su carácter burgués (esa burguesía que, con la revolución francesa, no aspiró a obtener derechos políticos sino estéticos: su derecho a tener y expresar su gusto), 2) su origen en una izquierda desarmada refugiada en la cultura para contar su derrota, 3) la renuncia a las contraculturas como derrota espiritual, consecuencia de la necesidad de volver rentable la industria cultural para vivir de ella (lo que lo vuelve hegemónico, inofensivo: se rompe loca/ mi anatomía/ con el humor de los/ sobrevivientes), y 4) una ingenuidad trucha que la vuelve involuntariamente farsante, en la medida en que debe elevar a la potencia del dogma su ideal moral para seguir creyendo en él.
Para seguir, que el caminito moral de este sujeto, es decir, aquello en lo que cree y en nombre de lo cual dice actuar, es un castigo religioso, es decir, la compensación de una culpa. ¿La que arrastra por haber ponderado el derecho al gusto por sobre el derecho político? ¿La del consumo como única forma de evadir su devastadora realidad (que está solo porque sobrevive a costa de muerte, miedo e insensibilidad)?
Y para terminar, que a fin de cuentas lo que impuso este sujeto que habitó la cultura con culpa no fueron hechos, ideologías ni obras sino, apenas, su sistema nervioso como modelo de los demás sistemas nerviosos, que es lo mismo que decir que se volvió hegemónico, citando a Arlt en un prólogo que la primera vez que leí me pareció genial y del que año a año me fui distanciando, por prepotencia de trabajo y que ahora, cansado, impotente, grogui, sin explicaciones para el presente ni excusas para el pasado, tambalea contra las cuerdas de la batalla cultural.

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