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MA · Apr 26, 2025

Ojos suaves

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Leandro Diego · MA

Milei habló cuatro horas y cuarenta minutos con el inefable Alejandro Fantino. Vi algunos recortes. Lo vi cantando la canción de los mandriles, lo vi dedicarle el acuerdo con el FMI a los periodistas (para vos Leuco, para vos Pagni, para vos Fernandez Díaz). En otra entrevista, con Luis Majul, lo escuché apurar al campo para que liquide cosechas, advirtiéndole que en julio vuelven las retenciones.

Dedicar los logros propios a los periodistas, referirse a los enemigos como especies de primates (mandriles hoy, gorilas ayer), apurar al campo a liquidar stock. Ya conocemos ese mood. Por algo, hace más de un año ya, Tomás Rebord acuñó el término La cámpera (alusión a La Cámpora y a la famosa campera de cuero del primer mandatario antes de su asunción) para referirse a la juventud fanática libertaria que respalda y aplaude todo lo que hace el gobierno.

Milei, hoy, parece encarnar el arquetipo del llanero solitario: el líder nato, maradoneano, que va en su senda inclaudicable, con todo en contra, y hace goles sobre la hora y con la mano. Tstá, también, claro, la lectura política: qué creemos que representa, qué intereses creemos que defiende, quiénes son o creemos que son los beneficiarios de sus decisiones, quiénes son o creemos que son los que pierden. A mí todo eso no me importa. Está lleno de analistas y decidores públicos que interpretan la realidad. Esa no es mi zona. Mi zona es más espiritual, si se quiere: lidera el país un tipo que logra sus objetivos (en sus propios términos), se contradice, se enmienda y avanza. Avanza con gran consenso en contra (Trebucq, Fantino y Majul no son, lo que llamaríamos hoy, referentes mediáticos, formadores de opinión, si es que tal cosa todavía existe) y buena parte de la opinión pública diciendo abiertamente que es un loco, un estafador o, en el mejor de los casos, alguien cognitivamente perjudicado, un neurodivergente. Hay que tener muchas ganas de no ver el elemento heroico ahí. Insisto, esto no tiene nada que ver con la política. Estoy hablando de otra cosa. Repasemos la mitología fundante: un tipo empezó a ir a la tele, a gritar y decir que todos eran unos boludos o uno forros, que el único que tenía la posta era él; se postuló, sin partido, sin movimiento, como candidato a diputado para la Ciudad de Buenos Aires y entró; la sociedad siguió viéndolo como un loquito gracioso que se ponía colorado cuando acusaba de zurdos a los invitados de los programas en los que él era panelista; se postuló, todavía sin partido, sin movimiento, como candidato a presidente en las primarias de 2023 y fue el precandidato con más votos en todo el país; luego en la primera vuelta de las generales mantuvo su 30%, seis puntos y medio debajo de Sergio Massa a quien, por último, le ganó por un punto y medio en el ballotage, luego de aliarse con enemigos que había bastardeado públicamente. El relato podría seguir destacando todo lo que consiguió un tipo que dos años atrás era un panelista de televisión, tan relevante para la vida pública nacional como Yanina Latorre. Repito. Hay que tener muchas ganas de no ver el elemento heroico en este racconto: no me importa lo que digan / esos putos periodistas / la puta que los parió / oohh oh / ooh oh / hay que alentar a maradó.

Claro que es bardeable Milei. Claro que canta peor de lo que baila Macri. Claro que tiene hábitos e ideas raras y que conocemos algunas de sus circunstancias personales que podrían llevarnos a pensar que tal vez no esté del todo en sus cabales. Para nosotros, una parte de la sociedad, la parte culta si se quiere, acaso sobre–educada, para ese nosotros, Milei es un freak, como tantos que habitan este mundo y a los que no les damos bola, con quienes no nos vinculamos, tal y como no nos vinculamos, en general, con los pobres, con los marginales. No debería sorprendernos tanto que un marginal con poder se arroje, discursivamente, cada vez que pueda, sobre una sociedad que lo ninguneó y un aparato mediático y político que lo bullyneó como a la mascota de la clase. Recordemos que el tipo se tuvo que bancar que, en pleno debate nacional, dudaran de su salud mental y lo corrieran con los resultados de un psicotécnico. Hechos, factos. Sin juicios de valor.

Hay algo de todo eso, algo del derrotado victorioso, algo del caído que se levanta, que al argentino promedio lo contagia, lo entusiasma. No estoy hablando de política. Estoy hablando, en todo caso, de la época. Cristina contagió lo mismo. Una pregunta válida, interesante, es a quién contagia Milei. Podemos intuir una respuesta que, sabemos, no nos va a gustar. Pero, al menos para mí, ese no es motivo para dejar de pensar, para dejar de observar y hasta para permitirse cierta fascinación a partir de lo observado. Y esto no tiene nada que ver con las consecuencias de su mandato, no estoy diciendo che, mirá si tenía razón. Lo que estoy diciendo es que, si observamos, si pensamos, podemos aprender algo. Porque para mí lo que hay detrás de esta época, lo que se puede intuir, es una verdad que los que creemos que pensamos, los que nos creemos buenos, los que creemos que tenemos dos dedos de frente, no deberíamos olvidar cuando tengamos que volver a ejercer el sufragio: Argentina quiere líderes autoritarios. Los necesita. No importa el partido político que siga, no importa el contexto histórico que me toque, mi aprendizaje en estos años es no volver, nunca, a votar a un tibio (resuenan los versos ya célebres de Alejandro Rubio: Junto a la cama un orinal, / un libro de Mao en la repisa/ y en la cabeza una divisa:/ nunca votar a un radical).

En Argentina no se gobierna por consenso o, en todo caso, los consensos se logran por imposición. De esto no habría que olvidarse. Porque cuando pasa la euforia siempre se suele volver a esta idea: hubo excesos, que fueron la consecuencia de cierto núcleo duro, ahora hay que mesurar, buscar la unidad, etcétera. Yo entiendo la idea. Es lógica. Pero Argentina no es lógica. En Argentina a la unidad no se la logra antes de gobernar, para acceder al poder (cuando eso pasa, sale mal): se la impone gobernando. Y para eso se necesitan líderes fuertes. Después de una década de relativismo político, me gustaría creer que ir en contra de los consensos se vuelva a instalar como un axioma de la vida social. Cristina fue eso, fue también, en su momento, la que iba en contra de ciertos consensos nacionales. Pero, aunque lo que siga no la desmerezca en lo más mínimo, hay que decir que su tenacidad era de otra clase, más ética, moral si se quiere: ella vino a continuar algo. Milei no vino a continuar nada. Sí, ya sé que Martínez de Hoz, que Menem, que Macri. Pero no me refiero a eso: su movimiento, su partido, lo que representa, y lo que eligió representar públicamente es nuevo acá, en nuestra sociedad. Podemos rastrear sus antecedentes, podemos leer globalmente al fenómeno ultra, pero, en términos sociales, es nuevo. Es la primera vez en mis cuarenta años que al peronismo le gana una no–alianza (recordemos que la integración de parte del PRO a LLA se realizó en el intervalo entre las generales y el ballotage, es más un apoyo político que una alianza). Milei no tuvo nada detrás: fue realmente un outsider. Y vive y gobierna como si aún lo fuera. Seguramente aún crea serlo. En sus apariciones públicas con los medios amigos, más que un presidente, parece ser alguien atravesado por la necesidad de demostrarle al mundo que él tiene razón, que sus detractores están todos equivocados, y que él, con todo en contra, se los va a demostrar con hechos, no con ideas. Hay algo ahí para mí. Algo que los argentinos en realidad conocemos bien pero cada tanto olvidamos. Algo que está en nuestra naturaleza y que, esta vez, se está canalizando así, con estos actores, como otras veces se canalizó en otros actores que nos resultaban más simpáticos porque se parecían más a nuestros valores. En estos momentos, la clave, como le pedía Leon–O a la espada del augurio, es ver más allá de lo evidente. Pensar, no a partir de los hechos, sino por encima de ellos.

El fin de la escritura, de Fernando Peirone, es un libro pequeño pero de una potencia enorme. Uno de esos libros (como La doble rendija: Autofiguraciones científicas de la literatura en el Rio de la Plata, de Luciana Martínez) que me impactan por la capacidad autoral para condensar un vastísimo corpus de saberes y conocimientos en un texto legible para alguien como yo: la extraña habilidad de comunicar sin reducir.

Compré El fin de la escritura de improviso: lo vi en un Yenny mientras Romi revisaba bastidores en el Galpón de ropa de Florida, que supo ofrendarme más de una ganga. El día anterior había leído una brevísima reseña del libro que me había llamado la atención. Pero, sobre todo, debo decir, lo que me llevó a comprarlo es, como diría Laiseca, una vaina personal.

En dos mil diecinueve, sin trabajo y a punto de que se me acabaran los ahorros, empecé a dar talleres de escritura. No me gustan los talleres. Ni ir ni darlos. En ese momento no encontré otro modo de sustentarme y supongo que, también, una parte de mí quería evaluar la posibilidad de estar equivocado (y algo de eso hubo). No estuve contento aquella primera temporada: trabajé muchísimo y si bien el intercambio con los talleristas me resultó muy atractivo, había algo que no me cerraba. Una sensación de impostura: no de dar taller en sí, rol en el que descubrí que efectivamente tenía algo para dar, sino en abordar los temas y materiales que estaba abordando (punto de vista, narrador, hábitos, consignas, ejercicios de descripción). Conseguí trabajo. Suspendí los talleres. Pero luego, no recuerdo bien por qué, abrí otro: un grupo reducido con tres chicas (de las que quedaron dos) con las que trabajamos intensamente durante un año. En el transcurso de ese taller descubrí lo que me interesaba abordar, lo que me parecía valioso, acaso lo único que yo podría enseñar: una especie de historiografía de la escritura.

Nunca voy a terminar de estar del todo agradecido a Luciana Martínez. Se lo dije a ella, y cada vez que pueda voy a volver a decirlo públicamente: su libro es extraordinario. Su estudio sobre la mística me reveló un interés que renovó mi relación con la escritura a la vez que despertó en mí el interés de, ahora sí, replicar, expandir, eso que empezaba a estallar en mí: contagiar el entusiasmo. El de Fernando Peirone es otro libro en esa zona, que me renueva el frenesí de querer compartir todo lo que hay en la escritura y solemos dar por sentado, todo lo que, históricamente, está contenido en la palabra como herramienta de creación, y todo el pasado humano con el que podemos conectar, si somos medianamente conscientes de él, cuando escribimos.

Todo esto fue lo que hizo que me compre, casi de improviso, como decía, El fin de la escritura, el libro que ahora, a pocas cuadras del Yenny donde lo compré, en una de mis mesas favoritas del Florida Garden (la última, al lado de la barra, cerca de la escalera que lleva al baño de hombres, al lado de una puerta oculta que se abre desde el piso para bajar y subir mercadería al depósito) estoy comentando.

Hay siete páginas de este libro, de la setenta y siete a la ochenta y cuatro, que son, en sí mismas, una clase magistral que justifica que cualquiera que esté leyendo esto salga corriendo a comprarlo. En estas páginas Fernando explica que cuando las imprecisiones gestuales y guturales que habían caracterizado la comunicación humana empezaron a quedar atrás con las primeras manifestaciones del lenguaje, la palabra experimentó un proceso transformador de cuatro momentos: 1) el período mítico en el que participó activamente de la creación, 2) el momento bíblico en el que se convierte en instrumento de la creación divina, 3) cuando deja de ser un pictograma para transformarse en la unidad de sentido que articulará la narrativa escritural, y 4) el momento en que Occidente la asume como una herramienta de conquista tan potente como la espada.

La cosa sería, más o menos, así: alrededor del 3000 a.C., aprovechando cada vez más la energía natural, animal y humana, se fue configurando un estrato dirigencial que asumió la tarea del resguardo y control comunitario. Fue la condición de posibilidad para la conformación del orden burocrático y la instrumentación de la guerra con el fin (…) de evaluar y planificar la anexión de nuevos territorios junto a sus respectivas riquezas y mano de obra esclava. La reconstrucción histórica de ese período indica que nada de eso hubiera sido posible sin la promoción de un cambio decisivo en el papel que desempeñaban la mujer en la sociedad y la figura de la madre en la religión.

El varón habría promovido un movimiento de doble esclavización: puertas adentro a la mujer, en la casa, y puertas afuera, a los nativos de tierras inexploradas. Cuenta Peirone que Erich Fromm en Anatomía de la destructividad humana fija este momento de la humanidad a la luz del poema babilónico Enūma Eliš, del silgo XII a.C., en uno de cuyos pasajes se cuenta la rebelión de los dioses viriles contra Tiamat, diosa femenina identificada con la naturaleza y la feminidad como La Gran Madre. En el pasaje, un cónclave de dioses masculinos decide reconocer como rey a Marduk a partir de la eficiencia de su palabra, después de descubrir que lo que decía, lo creaba. Mediante la palabra creadora Marduk desplaza a Taimat y se asume como Dios Supremo, dando pie al reemplazo del mito babilónico por el mito bíblico, según el cual, como sabemos, un Dios varón crea el universo por medio de la palabra. El poder de la palabra y la boca del varón (como aparato fonador) se imponían así, en este mito y en el mundo, sobre el útero y la creación natural de la tierra y de la hembra. Esta inflexión sería el puntapié que desencadenaría dos acontecimientos fundantes en la historia contemporánea: el monoteísmo patriarcal de las religiones del libro (judaísmo, cristianismo, islam) y el poder de la palabra como instrumento de control, predicación y dotación de sentido.

Mediante el incipiente ejercicio (no jurídico, al principio) de la patria potestad y la remoción del útero como órgano creador–reproductor (y su reemplazo por la boca del varón como portavoz del pensamiento y del Espíritu Santo), la humanidad abandonaba el dominio de los instintos (que pasarían a ser considerados propios del reino animal y no de los seres pensantes) y comenzaba el reinado de las ideas como un signo de superioridad. Así, el varón quedaba a cargo de la gobernanza social, la defensa de los dominios propios y la conquista de nuevos territorios, a la vez que descalificaba a la mujer para ejercer el poder reestructurando su rol doméstico, identificándola con la fijación instintiva, la inferioridad física, la tentación pecaminosa y las fluctuaciones hormonales.

Este sería, para Peirone, el primer golpe epistémico–político de la historia.

Coda: en una reveladora nota al pie Fernando cita a Fromm indicando que este vórtice histórico refutaría e invertiría la teoría freudiana sobre la envidia del pene y pondría de manifiesto una envidia del embarazo. Esto me habilita a pensar al poder creador de la palabra como una suerte de vendetta ontológica masculina. Si Burroughs tenía razón y resulta que el lenguaje es un virus, no sería natural, no sería alienígena, como él hubiera querido, sino humano, y más todavía: viril. Un virus creado en el laboratorio de la impotencia y el resentimiento masculinos, previo al lenguaje escrito.

El sábado estuvimos con Romi en Perro negro, una cervecería que, como Strange, tiene su propia fábrica. Quiero decir: la cervecería en sí está emplazada en el mismo lugar donde funciona la fábrica de la cerveza que venden, lo que le confiere a estos espacios un aura galponera, cusi liminal. Si bien la música de esa tardenoche era especialmente mala (música latinoamericana de protesta, muy desatinada para el atardecer de un sábado y para la excelsa iluminación del boliche), pedimos dos pintas que con unos pocos tragos nos acariciaron dignamente. Después de un rato de estar en dos sillones, a Romi la cerveza se le fue a la cabeza por lo que decidimos salir a tomar aire. Nos sentamos en un banquito en el que otra pareja nos hizo un lugar. Hablamos un rato y nos fuimos hacia la parada del ciento cinco, un colectivo que me acompaña casi ininterrumpidamente desde la infancia (única línea que conozco que tiene un interno de otro color, el doce, lanzado en el aniversario número cincuenta y cinco de la línea) y que ahora me deja en la esquina de mi momentáneo hogar. Un poco antes, cuando estábamos terminando nuestras pintas (yo, una Festbier, ella una Nippon Dry) me quedé un rato mirando a Romi cuando hablaba. La miraba, la escuchaba, y me parecía que el alcohol la volvía un poco más suave. A ella no le gusta mucho sentirse así, de esa manera que yo ahora estoy llamado suave, y yo lo respeto. Pero, diablos, sí que estaba suave.

Hace mucho, décadas, que con Facundo descubrimos que el ser humano, o al menos nosotros, éramos mucho mejores si estábamos un poco puestos: ligeramente ebrios, recuerdo que decíamos. Creíamos, y creo que todavía creemos, que un ligero estado de ebriedad no solo hace que uno esté más integrado a la realidad circundante, apagando un poco la máquina interna, sino también más sensible, con los sentidos, como se dice, más a flor de piel. Este estado, aunque no es exactamente lo mismo, luego sería explorado por mí a través del cannabis, en lo que ya he llamado en este espacio con el término micropitadas: una succión breve, corta, que aporta el suficiente colocón como para que uno baje la guardia pero sin pasarse de rosca y que, por eso, requiere ser repetida cada tanto, en el intervalo de tiempo que cada cuerpo requiera, para mantenerse en ese estado sin sobresaltos. Como sea, la cuestión sería la siguiente: uno, la persona humana, está sumido en su mente, el órgano que lo domina, por lo que pierde cierta conexión integral con el mundo circundante, es decir, está pero no está. Se pierde algo. Esta es la clave de lo que, al menos para mí, descubrimos con Facundo hace veinte años: que uno, en estado natural, digamos, sobrio, careta, como dicen los marihuianos, es menos que sí mismo.

En el segundo capítulo de la cuarta temporada de The wire, el ex agente Roland Pryzbylewski (Pretz, para los amigos), ahora profesor de matemáticas, busca que sus alumnos resuelvan una ecuación. Como ve que no pueden, que intentan pero no lo logran, les dice: You need soft eyes, with no explanation behind it (Necesitan ojos suaves, nada de explicaciones). En el cuarto capítulo de la misma temporada, el agente Bunk llega con la agente Greggs a una escena del crimen. Bunk llega medio puesto y Greggs se lo hace notar. ¿Resaca?, le pregunta, canchera. Bunk le responde: You got soft eyes you can see the whole thing. You got hard eyes, you’re just staring at the same tree (Si andás con ojos suaves podés verlo todo. Si andás con ojos duros, te quedás mirando siempre el mismo árbol).

La vida es más simple de lo que nos parece cuando estamos sobrios. El mundo es más suave del que percibimos cuando estamos caretas. Esto no es una apología. Pero deberíamos encontrar y cultivar, cada quien a su modo, la forma de equilibrar la supremacía racional que nos habita.

Mis ojos nunca se llevaron bien con la luz. Siempre usé lentes de sol, incluso cuando no hay sol. Tuve que soportar muchas veces la insolencia de quienes exigen motivos para usarlos en días nublados, presumiendo que mis razones habrían podido ser, digamos, estéticas. Los días grises de Buenos Aires son tan o más nocivos para mí como los soleados. Porque la luz directa del sol provoca zonas de extrema luminosidad pero, también, fragmentos de sombra donde la vista puede descansar. En los días nublados, en cambio, todo es de un gris uniforme que, en algunas superficies y en algunos claros de cielo, tienen un brillo que para mis ojos resulta insoportable.

En cierta escena del tercer capítulo de la segunda temporada de Severance, la versión outie de Mark Scout intenta grabar en sus retinas un mensaje que había escrito en el vidrio de un reflector. El plan es envolverse en una colcha, encender el reflector y mirarlo fijo el tiempo suficiente para que, en el ascensor de Lumon, cuando se transforme en su versión innie, el texto todavía sea visible.

La noche que vi ese capítulo soñé que, en el camino a abordar un avión, en una suerte de revisación médica que nos hacían a todos para ver si estábamos aptos para viajar, me descubrían algo en la vista. Una señora sexagenaria, con estilo docente, me explicaba que yo, así, en ese estado, con eso, no podía viajar. Las pruebas que me hacían consistían en mirar fijo a un potente foco sin parpadear. Durante el experimento, la señora examinó mis pupilas una y otra vez, repitiendo gestos de negación con la cabeza. Cuando todo parecía estar perdido, me explicó que había un modo de zafar: buscar a una compañera suya del aeropuerto que podía desempacharme la mirada.

En cierto pasaje de su edibordial del último lunes, (dedicada casi íntegramente al Papa Francisco) Rebord estuvo dándole algunas vueltas a la idea de que, materialmente hablando, no tenemos nada. Es loco lo que le produce al alma no tener, dijo, porque en algunas dimensiones del tener se desarrollan ciertas áreas del individuo que, ahora que no tenemos nada, ahora que somos todos, en cierto sentido, lúmpenes de clase media, no se estarían desarrollando.

Rebord tiene treinta y un años. Yo cuarenta. A pesar de la diferencia, que nos tienta suponer notoria, Rebord también fue al Parque Rivadavia a comprar libros usados, juegos, cds y películas truchas. Tuvo cosas, objetos materiales que, aunque a veces hayan sido réplicas, copias piratas de originales que pocos podían pagar en este lado del mundo, eran suyas. Hoy, decía Rebord, no tiene nada: se compró un juego el fin de semana pero resulta que no lo tiene. Lo que compró es una suscripción. Rebord, como yo, como todos, tiene todo a la mano, tiene el catálogo completo de la cultura de la humanidad a un par de clicks de distancia, pero no tiene nada, empezando por lo elemental: una casa. Rebord, como yo, es suscriptor e inquilino (que es el modo jumbo de la suscripción).

Es difícil pronunciarse sobre estos temas sin que parezca que uno está declarándose a favor del pasado, ponderándolo, y afirmando, tácitamente, que el presente es malo y que, por carácter transitivo, el futuro será peor. Yo no creo eso. No creo que lo mejor de la especie humana ya haya sucedido. Sí creo que estamos, hace rato, en una meseta. Y elijo prestarle atención a lo malo, a lo peor que tenemos, a lo oscuro de nuestro tiempo, no por sádico ni pesimista sino porque creo que vivo en un período de la Historia en el que reina la confusión, que soy contemporáneo de una etapa de transición y que, por consiguiente, estamos todos bastante perdidos. Puede que no haya luz ahora. Yo no la veo. Pero creo que la va a haber algún día. Pienso, leo y escribo sobre lo malo para compartir el malestar, para aportar un poco de equilibrio a la falopa virtual que comparte la fiesta y mezquina el llanto, pero también para testimoniar la época, para pensarla hacia el futuro, para que alguien sepa cómo hemos vivido. Si eso no es optimismo, el optimismo dónde está.

En fin, volviendo a Rebord, claro que hay aspectos positivos en el tener. Por ejemplo, uno que mencionó él: cuidar. Tener algo, por ejemplo, una copia trucha de El padrino III, nos obligaba (a algunos) a desarrollar la capacidad de cuidar. Hay más aspectos positivos del tener, muchos, pero a mí me interesa particularmente uno. Uno que me sorprendió que se le haya escapado a Rebord: dar. Si se tiene algo, se lo puede dar. Si no se tiene nada, no se puede dar nada. Y no dar, no desarrollar la bondad o la generosidad, no solo es una mengua para el sujeto individual. También impide que se produzcan dos fenómenos que para mí (como ya habrán notado algunxs que me leen o escuchan hace rato) son claves para leer esta época: la mixtura social y la circulación contra–algorítmica de cultura.

Cuando estaba en tercer año de secundaria, antes de que el ciclo básico del Huergo se dividiera en especialidades (construcciones, electrónica, mecánica, química), Cristian Bellomi, un compañero, alguien que podríamos llamar sin dudas un conocido (porque jamás nos había unido nada, no compartíamos grupos ni actividades, ni siquiera humor) me prestó los trece VHS que contenían los veintiséis episodios originales de Evangelion. Nunca supe por qué Cristian me prestó esos videos. Supongo que alguna vez me habría escuchado hablar de la serie (había leído en la revista Lazer que era el animé por antonomasia) y me los trajo. No sé si Bellomi venía de una familia de buen pasar. No parecía, pero nunca se sabe. Lo que sí se sabe, lo que sí sé, es que yo no tenía dónde ni cómo ver Evangelion, y que si Cristian Bellomi no me hubiera prestado, no me hubiera dado, esos VHS, probablemente yo no la hubiera visto nunca. Porque no tenía amigos que miraran animé, porque en esa época no tenía cable (creo que entonces la daban por Locomotion) y porque no hubiera podido pagarme los videos.

No tengo idea de lo que pasa hoy en las secundarias, no voy a suponer cómo viven los pibes. Pero nosotros, yo, Bellomi, Rebord y todos mis queridxs, hace rato que ya no podemos prestarnos ni darnos casi nada. Porque no tenemos casi nada. Ya sé que hay circuitos de vinilo, de cds, de dvds y VHS. Pero esto no es una prédica por el retorno de la materialidad. Es, en todo caso y con suerte, un análisis de lo que somos. De lo que el Tiempo está haciendo con nosotros. Con todos: los que arrastramos el último brillo analógico y los que nunca lo vieron.

Esto que bien mencionaba Rebord, que no tenemos nada, y esto que agrego yo, que además de no poder cuidar de lo que no tenemos tampoco podemos darlo, es otra de las causas de la desconexión, del hiato que crece cada vez más entre personas. Porque se rompe el eslabón por medio del cual alguien que podemos suponer que está más favorecido temporalmente en alguna zona de la existencia (material, sensorial, cultural), le presta, le da algo a alguien que, en ese momento, tal vez no hubiera podido tenerlo de otro modo.

Hoy, a mí, Bellomi no habría podido prestarme nada. No digo que en el acto de darle algo a alguien, en el acto de prestar, no intervengan otros factores, como el deseo de compartir: uno le da, le presta a alguien, algo que quiere, a su vez, compartir (aunque lo que se quiera compartir no sea el objeto que presta, el link, diríamos hoy, sino la experiencia posterior de hablar de eso, de socializar la cuestión). Pero a mí me interesa más abordar el hecho de que estar perdiendo o haber perdido estas habilidades, las de dar y de prestar, que fueron extirpadas a gran escala de la vida social por la revolución digital, es un nuevo obstáculo para el desarrollo de los vínculos que impide, además, la conexión entre los diferentes estratos de una sociedad. Porque si los estratos no se vinculan, si no existe dinamismo entre el que puede y el que no, entre el que tiene y el que no, no solo se rompe la cadena mediante la cual socializar era, en cierto modo, que la otredad entre en nosotros (porque quedamos, ahora, reducidos a interactuar entre iguales que, incluso si tuvieran algo para dar no nos lo darían porque ya lo tendríamos también nosotros) sino que además, sin tener nada para darle a nadie, nos estamos acostumbrando también, de paso, en un círculo vicioso de angustia y malestar generalizado, a no recibir nada.

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