La última noche de mi viejo fue una mierda. Primero, por ser la última. Segundo, por el modo en que transcurrió, por la serie de acontecimientos que determinaron –en parte– que sea la última. Yo estuve ahí. Soy el que recibió una llamada a las nueve y pico de la noche del veintiocho de mayo de dos mis veinticuatro, y el que recibió otra a las once y media. Soy el que llegó al geriátrico y saludó su cuerpo, que ya estaba en una camilla y se sentía muy frío. Soy el que lo acompañó en la ambulancia durante las cuatro horas que siguieron hasta que, después de que le negaran atención en la clínica que PAMI le había designado como cabecera, lo ingresáramos en un hospital público para que pudieran conectarle un suero. Soy el que volvió con él a la Clínica La Merced para ingresarlo por la fuerza. Soy el que lo escuchó decir Se hace largo con todo el peso que tuvieron esas palabras incluso antes de saber que serían las últimas. Soy el que lo escuchó intentar hablar, decir algo con cada exhalación hasta que se volvieron jadeos sin otro significante que la agonía. Soy el que firmó papeles para que lo internen. El que vio cómo lo ingresaban a una sala de guardia pediátrica porque no había habitaciones de terapia intensiva disponibles. El que le bombeó respiración apretando y soltando una recámara manual (que parecía una bolsa de agua caliente) mientras le hacían una tomografía. Soy el que le dijo llorando Gracias, lo mejor de lo que tengo lo tengo por vos y que con tener quiso significar todo lo que cabe en una vida a los cuarenta años. Soy el que lo despidió una hora después, en una habitación de terapia intensiva compartida, que quién sabe cómo y por qué de pronto estuvo disponible. Soy el que se fue una hora antes de que se muera.
Debe ser por eso, por haber sido ese, que recién ahora, después de casi un año de su muerte y más de cinco del inicio de su larga enfermedad, empiezo a sentir algo de tristeza. Durante su enfermedad estuve muy enojado. Con él, por haber llegado a los sesentipocos tan desmejorado física, mental y financieramente, por no haberse esforzado más en tener una relación conmigo. Con mi madre, por el modo en que atravesó la enfermedad de su marido y por haber decidido que sea yo el depositario de todas sus carencias. Los últimos cinco años de mi familia fueron un espiral de mierda que, en parte, se habían buscado, se merecían. Las vidas que habían armado, las decisiones que habían tomado, todo estaba diseñado para que salga mal. Y yo eso lo sabía, lo había intuido muchas veces y desde muy chico, lo que le confería a mi enojo una capa adicional de furia: la menospreciada ira que produce tener razón.
Debe ser por esto, por todo esto y también por Oscar, el tío de Romi, que se murió hace un mes, que empieza a disiparse la bronca para permitir que avance hacia mí, con toda su contundencia, de la fatalidad.
El tío Oscar estaba sano. Le encontraron algo en un chequeo de rutina, le hicieron otros estudios, lo internaron, lo operaron, salió bien de la operación, se agarró neumonía, empezó a desvariar, se murió. ¿Por qué? Porque sí. Se trate de largos padecimientos o de causas repentinas, el evento final que determina el cambio de estado, de la vida a la muerte, nunca es claro. Todas las muertes son un poco porque sí. Lo mismo puede aplicarse a la enfermedad (la de mi padre, la del tío Oscar: cualquiera): por más de que haya determinantes genéticos y patrones de comportamiento que puedan propiciarlas, la que enfermedad puede suceder o no y en esa binariedad final hay una dosis de azar. Puede pasar o no.
Mi padre enfermó porque sí. Y se murió porque sí. Yo recién ahora puedo pensarlo así: como una serie de eventos que sucedieron porque había cierta predisposición para que sucedieran, sí, pero que bien podrían no haber sucedido. Lo mismo vale para su última noche en esa nefasta clínica de Martín Coronado: puede entendérsela como un desenlace tan predecible como su enfermedad, pero la verdad es que, si lo hubieran atendido antes o en mejores condiciones la muerte podría haber sucedido de otra manera y en otro momento.
Lo que vivís como una serie de causalidades, cuando la muerte está cerca y te toca, primero, a tu padre y después a tu gato, de pronto recupera su artificio. En el fondo de los hechos humanos hay un gran porque sí, el tajo que le abren a la razón la muerte, el amor, el arte, el inconsciente: todo lo que te saca de vos. Para saber lo que realmente sentís frente a una verdad tan rotunda como esa, te tienen que pasar cosas. Porque saber, en verdad, lo supiste siempre.
A mí, en el último tiempo, me pasaron cosas. Y lo que siento, ahora, es tristeza.
En un pasaje de El futuro dura demasiado, Althusser se sirve de una metáfora petrolífera: Se sabe que la búsqueda de petróleo en los grandes fondos se hace por sondeos. Las sondas estrechas penetran profundamente en el subsuelo y sacan al aire libre lo que se denominan «testigos», que dan la idea concreta de la composición escalonada de las capas de subsuelo profundo y permiten identificar la presencia de petróleo o de tierras impregnadas de petróleo y de las diversas capas horizontales encima y debajo de la capa freática. Veo ahora con gran claridad que procedía de la misma manera en filosofía.
Antes había dicho que retenía fórmulas expresivas de un autor o de un alumno o de un amigo, que le servían como sondeos profundos en un pensamiento filosófico. Las fórmulas encontradas o recogidas me servían como «testigos filosóficos» para reconstruir fácilmente la naturaleza de las diversas capas profundas de la filosofía de un autor.
Al parecer Althusser se iba aproximando por sondeo al pensamiento de un autor y recién cuando tenía esos testigos podía empezar a leerlo. Ahí sí se entregaba al estudio meticuloso, obsesivo, sin ninguna concesión semántica ni sintagmática del autor.
Así he procedido toda mi vida, y todavía procedo, pero no para aproximarme a textos filosóficos sino para aproximarme a mí mismo, a una zona nuclear de mi manera de ver y entender el mundo, de vivir, diríamos, que no es alcanzable por la razón, el lenguaje y el conocimiento directo y que es el núcleo, la fuente de mi trabajo creativo. Es una zona indecible, la que en uno lo hace uno, y que, a medida que leo, puedo ir reconstruyendo por sondeos a partir de la experiencia y la palabra de otros.
Cuando uno no sabe qué hacer con la nada, la nada empieza a hacer cosas con uno. Esa frase, para mí, es la más transparente para pensar la presencia de la muerte. No la muerte ajena, de otros, sino la que se lleva con uno: la nada haciendo algo con uno, haciendo algo con vos. Ante la amenaza de la nada, para algunos, para todos, de alguna manera, en un lugar o en otro, aparece la compulsión. El hacer, la acción humana, en cualquier orden de la vida civil, está en algún punto de la línea que se extiende entre nuestra respuesta ante la nada, ante la existencia de la muerte, y su negación. Cuando la acción está más cerca de lo primero, se vuelve sublime; cuando está más cerca de lo segundo, deviene compulsión.
Lo que en mi vida pulula entre ambos extremos es, sobre todo, la escritura. Escribir, para mí, es, ante todo, el vector por el cual transito, en procura del equilibrio, la delicada cuerda floja del hacer. Es por eso que esta zona de la escritura (este diario, la serie de columnas En pausa para revista Polvo, otro diario inédito y anterior) es para mí más importante, más necesaria que la escritura que ejerzo cuando quiero, cuando decido, hacer obra (o, si esto suena muy grandilocuente: un libro). Acá, en esta zona, para mí, espero, todavía, se pueda encontrar algo de vida, algo de arte, es decir, algo no tan remotamente alejado de la experiencia de vivir, que inevitablemente deja, en su devenir, una dosis, chiquita, pequeña, como para que uno se vaya acostumbrando de a poco al veneno, de muerte.
Acá, en esta zona, soy un catador de la vida. Alguien que vive y experimenta fragments sublimes de existencia e intenta una torpe restauración mediante la palabra, tirándole frases a las ruinas de la experiencia con la ilusión de embellecerla y el afán de compartirla; como si compensara, así, la fortuna de la experiencia; como si reparara, así, la injusticia de haber sido yo –y no quien esté leyendo, por ejemplo– quien los haya experimentado.
Estuve leyendo a Levertov. Su definición del corte de verso como una pausa que equivale media coma o una semi–coma me sacudió. Me habría gustado que el corte de verso no estuviera normado. Ni por ella ni por nadie. Que el corte de verso sea pura experiencia, tanto el lugar en el que corta como la duración que produce dicho corte. Pero no. Me puse a investigar y resulta que es medianamente universal que la duración de la pausa que el corte de verso le insufla a una frase es aproximadamente igual a la de una coma, apenitas menos. Tremendo. Atontado por la noticia, empecé a leer así un par de semanas. Por un momento todo cambió. Recibí la luz de la novedad, aunque ya con la intuición del peso del consenso. Seguí leyendo unos días más y, gradualmente, dejé de leer. La normativa, la pauta de lectura, aburre y quita gran parte de la aventura de leer.
Agarré los primeros versos de Punctum y los leí como leo yo:
Una pieza
donde el espacio del techo es igual
al del piso que a su vez es igual
al de cada una de las cuatro paredes
que delimitan un lugar sobre la calle.
La bruma se traslada a su mente
vacía, no sabe quién es y el primer
pensamiento "un perro que se da cuenta que es perro
deja de serlo'' vuelve a formar parte
del sueño pero aparece, difusa,
la maceta: una pava abollada con plantas
en el centro de la mesa: dos caballetes
sosteniendo una tabla de madera
--entonces está despierto.
Después analicé mi lectura. Me pregunté ¿qué hago yo, con la pausa, con el corte de verso? ¿Cómo leo? Y no, no hago lo que hacía Levertov ni lo que dice Gemini que en realidad hacen los lectores de poesía. Nada de medias comas. Lo que yo hago es extender la pausa hasta el borde del punto. La duración de la pusa del corte de verso, en mí, siempre estuvo entre el punto y seguido y el punto y aparte. Es claramente más que un punto y seguido (y que un punto y coma, y que un dos puntos, ni hablar de la coma, por el solo hecho de romper la línea) y a su vez menos que un punto y aparte (el punto y aparte, en un poema, a mí me dice que no hay corte de verso, que lo que cortó la frase es el punto). El punto y aparte es la pausa mayor. Luego viene el corte de verso. Luego el punto y seguido, el punto y coma, los puntos, la coma. He ahí mi teoría -netamente experiencial– del verso.
Pocas cosas más lindas que descubrir, develar el propio método. Porque una vez descubierto uno puede enamorarse de él, defenderlo, volver a él con la consciencia y la gratitud de tenerlo. Por ejemplo, el otro día descubrí que mi modo de tomar cerveza es agarrar el vaso o la lata, dar un gran sorbo, dejar el vaso o lata donde estaba, y luego dar sucesivos tragos, dos o tres, haciendo una leve degustación (esto es, promover que el líquido se mueva por toda la boca) después de cada uno. Me pareció un excelente modo de tomar cerveza: triple degustación por sorbo.
Uno descubre, de joven, que hace las cosas a su manera pero como todavía es joven no se da cuenta del todo que esa es su manera. Un poco cree que su manera es la manera, que lo que hace es lo que hacen todos. Después descubre que no, que hay tantas maneras como sujetos. Y como es joven y está en lo que en general se vive como una etapa de experimentación, curiosea otros métodos. Está bueno el viaje de la cultura, es lindo. Pero, guste o no, oprime al individuo. Renunciar a la cultura para volver a ser ese sujeto no domesticado y medio deforme que fue uno, alguna vez, es lo que mantiene vivo a un artista.
Así que, gracias Denise, muchas gracias Gemini, pero me quedo con mi propia pausa, con el valor propio que, al parecer, alguna vez le di, sin saber cómo ni porqué, a la extensión de silencio que impone el corte de verso.
Caminando por Billinghurst, tres tipos hablaban con un policía. En verdad uno de ellos estaba un poco más abajo, sentado en la puerta de una casa. Los otros dos hablaban con el policía: uno parecía enojado, el otro intentaba separarlo. Más de cerca percibí que el que estaba abajo estaba desparramado entre un escalón y la vereda, que el que parecía enojado estaba acercándose al policía como Nelson Vivas a Rivaldo, que el que tranquilizaba en realidad estaba intentando arrastrar al otro, y que el policía les repetía una y otra vez ¿Se van para Lacroze, no, se van para Lacroze? Sospecho que esa debe ser una de las principales funciones de la policía porteña: empujar caídos hacia la General Paz.
Yo no sé lo que es conducir un país. No sé lo que está bien o lo que está mal. Tengo algunos valores, que fui construyendo a lo largo de la vida, casi accidentalmente, y hasta ahora he sufragado siempre por quienes, en mayor o menor medida, los representaran. De pronto ese modo de ejercer el voto me empieza a parecer opuesto a la razón de ser de la democracia representativa: delegar el ejercicio del poder, la toma de decisiones, la conducción. Después de todo, ¿puedo confiar en que mis valores sean los más convenientes para el país? Si ni siquiera sé cómo se vive, se piensa y se siente a cincuenta kilómetros de la ciudad de Buenos Aires.
Hay que decir una verdad dolorosa: desde que vivimos en esta mezcla de capitalismo y democracia la especie se ha embrutecido. Si no nos animamos a decir eso, podemos decir al menos que no se ha desarrollado todo lo que hubiera podido. Esa sensación existe, vamos: la sospecha de que pudimos haberlo hecho mejor. Pero no. No se pudo, no se puede. Y no se puede, precisamente, porque el modo de vivir que hemos desarrollado requiere de cierto grado de estupidez para sostenerse. Si todas las personas fueran igual de autoconscientes y críticas, sería imposible que existan ciertos puestos de trabajo, ciertos roles y ciertas instituciones. El capitalismo democrático es el sistema social que le dio al ser humano algo con lo que saciar su ambición (el consumo) y algo con lo que frenar su desarrollo intelectual (la cultura de masas), condiciones necesarias que de ahí en más el trabajador promedio (incluso cuando auto–emprende) debe cumplir para tolerar puestos de trabajo –cada vez más– estúpidos, salarios –cada vez más– bajos y entretenimientos –cada vez más– precarios.
Quienes buscan el embrutecimiento corren con ventaja: mientras haya pan y circo no pasa nada. Pero siempre terminan pisando el palito, se han engolosinan de poder al punto de que empieza a faltar pan o empieza a faltar circo. Y entonces algo, tarde o temprano, pasa. Quienes buscan dignificar al pueblo, darle acceso al consumo y a la cultura, tienen un gran problema: una vez alcanzado cierto umbral de realización, el pueblo se les vuelve en contra.
Mi conclusión es que la próxima persona que quiera conducir el país en nombre de la movilidad social va a tener que estar dispuesta a cuestionar algunos consensos de la democracia capitalista y bancarse los reveses políticos necesarios. Va a tener que elegir enemigos y estar dispuesta a convencerlos de que ciertas transformaciones son necesarias. Voy a tratar de recordar esto cuando vea la oferta de candidatos de 2027.
Probablemente a casusa de que estoy pudiendo, ahora sí, sentir algo de tristeza, están empezando a llegar a mí algunos recuerdos lindos del pedazo de vida que compartí con mi padre. También pudo haber sido al revés: quizás la emergencia de estos recuerdos haya propiciado la tristeza. No sé, no importa. Pero están llegando, y casi todos vienen de la infancia. ¿Todas las personas conectarán, después de la muerte de sus padres, con los recuerdos de la infancia? ¿O será que mi memoria tiene que irse hasta allá para encontrar algo lindo en el vínculo con mi padre?
Antes de que se quedara sin trabajo en mil novecientos noventa y cinco y se disparara un período de su vida del que saldría cambiado definitivamente y que ahora sé que fue una depresión, mi padre me enseñó a jugar al pool. Al pool y al ping pong. Íbamos a Paloko, que estaba (y sigue estando) a dos cuadras de casa, a pasar unas horas de los sábados a la noche. Mi padre, mi hermana, mi madre y yo vivíamos en un departamento de dos ambientes. Esas noches en Paloko eran el único momento a solas con mi padre. Me encantaban. El mozo traía coca fría para mí, paso de los toros para él, todo en botella de vidrio, y palitos, papitas y maní para compartir. Jugábamos una hora, a veces dos. Hubo una etapa de pool, que no duró tanto, y otra más larga, de ping pong, que además de extenderse en el tiempo se fue extendiendo en el espacio, por fuera de los límites de Paloko hasta llegar, para el fastidio de mi madre, a la mesa extensible del living de nuestro departamento.
A veces, no recuerdo cuándo ni por qué razón, mi padre abría la mesa del living, corría los muebles, ponía Rock&Pop en el Panasonic y jugaba conmigo al tenis de mesa. Recuerdo con gracia y ternura la tarde que, amenazante, develó su arma secreta: el saque Bahía Blanca. Se trataba de un saque con efecto, con menos técnica que picardía, que hacía que la pelota, después de picar, fuera en una dirección que yo, el niño que esperaba de la física respuestas que no implicaran el hecho de que la pelota pudiera, además de viajar de su paleta hacia mi lado de la mesa, girar sobre sí misma, no podía predecir.
No tardé mucho en volverme capaz no solo de responder sino también de replicar el saque Bahía Blanca. Su efectividad duró poco, prácticamente lo mismo que mi niñez, lo mismo que duró nuestra relación, o al menos lo más lindo de ella.
Desde que terminó mi infancia no fue una posibilidad tener una relación con mi padre. Lo supe relativamente pronto. Pero fue la muerte, con su caprichoso devenir, la que puso el sello definitivo: no hubo, no hay, no pudo haber habido y no va a haber, ya, nunca, nada más que lo que hubo. Lo que hay ahora es todo lo que hay, todo lo que hubo y todo lo que va a haber. Ayer, hoy y siempre. Insisto: siempre, de alguna manera, lo supe. Pero ahora, de pronto, dadas las circunstancias, me parece muy poco.

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